lunes, 15 de febrero de 2021

Rodolfo Alonso ( Buenos Aires 1934-2021)









El músico en la maquina

Yo compartía un país delicado y terrible; amaba

todo candor, toda barbarie.

Las tormentas abrían las puertas de mi casa.

Viajero: la piedra en que tropiezas también es

el mundo.


Vidalero

Hombre que cantas pendiente de una caja, empinado en

tu vino, desnudo de tu voz, harto de tu miseria sin saberlo: el silencio no te

apisonará.

El Silencio sólo muele silencios.

 

sábado, 13 de febrero de 2021

Rubén Pagliero (Ramona 1957)

 




sus manos en el aire

en una el peine en la otra la tijera

van y vienen

entretejiendo pelos

enhebrando el etéreo tejido

las voces de las mujeres

se entremezclan se elevan

bajan son susurros

que nació el hijo de aquella

que murió el marido de esta

que una le fue infiel

que la otra se quedó sola

catástrofes y desconsuelos

alegrías y certezas

sus manos toman un mechón

y realizan el sueño

sus manos

llenas de claridad

sobre el aire en el aire

 



sábado, 6 de febrero de 2021

Luis de Góngora y Argote​(Córdoba , España 1561- 1627)

 




Oveja perdida, ven

sobre mis hombros, que hoy

no sólo tu pastor soy,
sino tu pasto también.
 
Por descubrirte mejor
cuando balabas perdida,
dejé en un árbol la vida
donde me subió el amor;
si prenda quieres mayor,
mis obras hoy te la dan.

Pasto, al fin, hoy tuyo hecho,
¿cuál dará mayor asombro,
o al traerte yo al hombro
o el traerme tú en el pecho?
Prendas son de amor estrecho
que aun los más ciegos las ven.

Oveja perdida, ven
sobre mis hombros;
que hoy  no sólo tu pastor soy,
sino tu pasto también.
                       

domingo, 24 de enero de 2021

Cómo se inventó el pueblo judío por Shlomo Sand

 






Deconstrucción de una historia mítica 

 

¿Los judíos conforman un pueblo? Un historiador israelí aporta una respuesta nueva a esta pregunta antigua. Contrariamente a la idea recibida, la diáspora no fue el resultado de la expulsión de los hebreos de Palestina, sino de las conversiones sucesivas en África del Norte, en Europa del Sur y en Medio Oriente. Esto estremece uno de los fundamentos del pensamiento sionista, el que pregona que los judíos fueron descendientes del reino de David y no –¡Dios no lo permita!– los herederos de guerreros bereberes o de caballeros jázaros.

 

Todo israelí sabe, sin sombra de duda, que el pueblo judío existe desde que recibió la Torá (1) en el Sinaí, y que es su descendiente directo y exclusivo. Está convencido de que este pueblo, que partió de Egipto, se estableció en la “tierra prometida”, donde se construyó el glorioso reino de David y Salomón, dividido luego en Judea e Israel. Del mismo modo, nadie ignora que vivió el exilio en dos oportunidades: tras la destrucción del Primer Templo, en el siglo VI a. C., y la del Segundo Templo en el año 70 d. C.

 

Siguió luego una errancia de alrededor de dos mil años: sus tribulaciones   lo conujeron a Yemen, Marruecos, España, Alemania, Polonia y hasta lo más recóndito de Rusia, pero siempre logró preservar los lazos de sangre entre sus comunidades alejadas.

 

Así, su unicidad no se vio alterada. A fines del siglo XIX, maduraron las condiciones para su retorno a la antigua patria. Sin el genocidio nazi, millones de judíos habrían naturalmente repoblado Eretz Israel (la tierra de Israel), algo con lo que soñaban desde hacía veinte siglos.

 

Virgen, Palestina esperaba que su pueblo original volviera para hacerla reflorecer. Ya que ésta le pertenecía, y no a esa minoría, desprovista de historia, que había llegado allí por azar. Justas eran pues las guerras libradas por el pueblo errante para retomar la posesión de su tierra; y criminal la violenta oposición de la población local.

 

¿De dónde viene esta interpretación de la historia judía? Es obra, desde la segunda  mitad del siglo XIX, de talentosos reconstructores del pasado, cuya imaginación fértil inventó, en base a fragmentos de memoria religiosa, judía y cristiana, un encadenamiento genealógico continuo para el pueblo judío. La abundante historiografía del judaísmo incluye, desde luego, múltiples enfoques. Pero las polémicas en su seno nunca cuestionaron las concepciones esencialistas elaboradas a fines del siglo XIX y comienzos del XX.

 

Cuando aparecían descubrimientos susceptibles de contradecir la imagen del pasado lineal, éstos casi no tenían repercusión alguna. El imperativo nacional, como una mandíbula fuertemente cerrada, bloqueaba toda clase de contradicción y desvío con respecto al relato dominante. Las instancias específicas de producción del conocimiento sobre el pasado judío –los departamentos exclusivamente consagrados a la “historia del pueblo judío”, totalmente separados de los departamentos de historia (llamada en Israel “historia general”)– contribuyeron ampliamente a esta curiosa hemiplejia. Incluso el debate, de carácter jurídico, sobre “¿Quién es judío?” no les interesó a estos historiadores: para ellos, es judío todo descendiente del pueblo obligado al exilio hace dos mil años.

 

Estos investigadores “autorizados” del pasado tampoco participaron de la controversia de los “nuevos historiadores”, iniciada a fines de los años ’80. La mayoría de los escasos actores de este debate público provenía de otras disciplinas o bien de horizontes extra­académicos: sociólogos, orientalistas, lingüistas, geógrafos, especialistas en ciencias políticas, investigadores en literatura y arqueólogos formularon nuevas reflexiones sobre el pasado judío y sionista. También integraban sus filas académicos provenientes del exterior. Los “departamentos de historia judía” sólo lograron, en cambio, temerosas y conservadoras repercusiones, disfrazadas de una retórica apologética basada en ideas recibidas.

 

En síntesis, en sesenta años, la historia nacional maduró muy poco, y seguramente no evolucione en el corto plazo. Sin embargo, los hechos actualizados por las investigaciones plantean a priori a todo historiador honesto asombrosos interrogantes, que son sin embargo fundamentales.

 

¿Puede considerarse la Biblia un libro de historia? Los primeros historiadores judíos modernos, como Isaak Marcus Jost o Leopold Zunz, en la primera mitad del siglo XIX, no la consideraban así: a sus ojos, el Antiguo Testamento se presentaba como un libro de teología constitutivo de las comunidades religiosas judías tras la destrucción del Primer Templo. Hubo que esperar hasta la segunda mitad del mismo siglo para  encontrar a historiadores, en primer lugar Heinrich Graetz, portadores de una visión “nacional” de la Biblia: transformaron la partida de Abraham a Canaán, la salida de Egipto o incluso el reino unificado de David y Salomón en relatos de un pasado auténticamente nacional. Desde entonces, los historiadores sionistas no dejaron de reiterar estas “verdades bíblicas”, convertidas en alimento cotidiano de la educación nacional.

 

Pero hete aquí que en los años ’80 la tierra tiembla, haciendo tambalear estos mitos fundacionales. Los descubrimientos de la nueva arqueología contradicen la posibilidad de un gran éxodo en el siglo XIII antes de nuestra era. Del mismo modo, Moisés no pudo liberar a los hebreos de Egipto y conducirlos hacia la “tierra prometida”, por la sencilla razón de que en esa época... estaba en manos de los egipcios. Además, no se


observa ninguna huella de una revuelta de esclavos en el reinado de los faraones, ni de una conquista rápida del país de Canaán por parte de un elemento extranjero.

 

Tampoco existe signo o recuerdo del suntuoso reino de David y Salomón. Los descubrimientos de la década transcurrida muestran la existencia, en esa época, de dos pequeños reinos: Israel, el más poderoso, y Judea. Los habitantes de esta última tampoco sufrieron el exilio en el siglo VI antes de nuestra era: sólo sus elites políticas e intelectuales debieron instalarse en Babilonia. De este encuentro decisivo con los cultos persas                                 nació                       el                       monoteísmo                       judío. En cuanto al exilio del año 70 de nuestra era, ¿se produjo efectivamente? Paradójicamente, este “hecho fundacional” en la historia de los judíos, que origina la “diáspora”, no dio lugar a la menor obra de investigación. Y por una razón muy prosaica: los romanos nunca expulsaron a ningún pueblo en la región oriental del Mediterráneo. Salvo los prisioneros reducidos a la esclavitud, los habitantes de Judea siguieron viviendo en sus tierras, incluso tras la destrucción del Segundo Templo.

 

Una parte de ellos se convirtió al cristianismo en el siglo IV, mientras que la gran mayoría se sumó al islam durante la conquista árabe en el siglo VII. La mayoría de los pensadores sionistas no lo ignoraban: así, Isaac Ben Zvi, futuro presidente del Estado de Israel, al igual que David Ben Gurión, fundador del Estado, lo escribieron hasta 1929, año de la gran revuelta palestina. Ambos mencionan reiteradas veces el hecho  de que los campesinos de Palestina son los descendientes de los habitantes de la antigua Judea (2).

 

A falta de un exilio desde la Palestina romanizada, ¿de dónde vienen los numerosos judíos que pueblan el Mediterráneo desde la Antigüedad? Detrás de la cortina de la historiografía nacional se esconde una sorprendente realidad histórica. De la revuelta de los macabeos en el siglo II antes de nuestra era, a la revuelta de Bar Kojba en el siglo II después de Cristo, el judaísmo fue la primera religión proselitista. Los asmoneos ya habían convertido a la fuerza a los idumeos del sur de Judea y los itureos de Galilea, anexados al “pueblo de Israel”. Partiendo de este reino judeo­helenista, el judaísmo se propagó en todo Medio Oriente y en el Mediterráneo. En el primer siglo de nuestra era surgió, en el actual Kurdistán, el reino judío de Adiabeno que, fuera de Judea, no fue el último reino en “judaizarse”: otros lo hicieron más tarde.

 

Los escritos de Flavio Josefo no son el único testimonio del ardor proselitista de los judíos. De Horacio a Séneca, de Juvenal a Tácito, muchos escritores latinos expresaron sus temores. La Mishná y el Talmud (3) autorizan esta práctica de la conversión, aun cuando, frente a la creciente presión del cristianismo, los sabios de la tradición talmúdica expresaran reservas al respecto.

 

“Judeización”

La victoria de la religión de Jesús, a comienzos del siglo IV, no puso fin a la expansión del judaísmo, sino que empujó el proselitismo judío a los márgenes del mundo cultural cristiano. En el siglo V apareció así, en el actual territorio de Yemen, un reino judío vigoroso con el nombre de Himyar, cuyos descendientes conservaron su fe tras la victoria del islam y hasta los tiempos modernos. Del mismo modo, los cronistas árabes dan cuenta de la existencia, en el siglo VII, de tribus bereberes judaizadas: frente al avance árabe, que alcanza África del Norte a fines de ese mismo siglo, aparece la figura legendaria   de   la   reina   judía   Dihya­el­Kahina,  quien  intentó   frenarlo.   Bereberes judaizados participaron de  la  conquista  de  la  casi  isla  ibérica,  y establecieron allí  los fundamentos de la particular simbiosis entre judíos y musulmanes, característica de  la cultura hispano­árabe.

 La conversión masiva más significativa se produjo entre el mar Negro y el mar Caspio:comprendió al  inmenso  reino  jázaro  en  el  siglo  VIII. La  expansión  del  judaísmo  delCáucaso a la Ucrania actual engendró múltiples comunidades, que las invasiones de los mongoles del siglo XIII rechazaron engran medida hacia el este de Europa. Allí, conlos  judíos  provenientes  de  las  regiones  eslavas  del  sur  y  de  los  actuales  territorios alemans, sentaron   las   bases   de   la   gran  cultura      yidish   

Estos relatos de  los orígenes múltiples de  los judíos figuran, de  manera  más o  menosimprecisa, en la historiografía sionista hasta los años ’60: progresivamente irán siendodejados de  lado  antes de desaparecer totalmente de  la  memoria pública en Israel.  Losconquistadores de la ciudad de David, en 1967, debían ser los descendientes de su reinomítico  y no  –¡Dios  no  lo  permita!–  los  herederos de  guerreros bereberes o  de  jinetesjázaros. Los judíos aparecen entonces como un “etnos”specífico que,después dedos mil   años   de    exilio    y   errancia,    terminó    volviendo    a    Jerusalén,    su   

capital.Los defensores de este relato lineal e indivisible no sólo recurren a la enseñanza de lahistoria:  convocan  también  a  la  biología.  Desde  los  años  ’70,  en  Israel,  una  serie  deinvestigaciones  “científicas”  se  esfuerza  por  demostrar,  por  todos  los  medios,   laproximidad  genética  de  los  judíos  del  mundo  entero.  La  “investigación  sobre  losorígenes de las poblaciones” representa actualmente un campo legitimado y popular dela biología molecular, mientras que el cromosoma Y masculino ocupa un lugar de honor junto con una Clío judía en la búsqueda desenfrenada de la unicidad de origen del“pueblo elegido”.

 Esta  concepción  histórica  constituye  la  base  de  la  política  identitaria  del  Estado  deIsrael,  ¡y  ése  es  su  punto  débil!  En  efecto,  da  lugar  a  una  definición  esencialista  yetnocentrista del judaísmo, alimentando una segregación que separa a los judíos de losno judíos, tanto árabes como rusos o trabajadores inmigrantes.

 Israel, sesenta años después de su fundación, se niega a considerarse una república queexiste  para  sus  ciudadanos.  Aproximadamente  el  25%  de  ellos  no  son  consideradosjudíos y, según el espíritu de sus leyes, este Estado no les pertenece. En cambio, Israelse presenta siempre como  el Estado  de los judíos del mundo  entero, aunque  ya  no  setrate de refugiados perseguidos, sino de ciudadanos de pleno derecho que viven en plenaigualdad en los países donde habitan. Dicho deotromodo, una etnocracia sin fronteras justifica   la  severa  discriminación  que  practica   con  una  parte  de  sus  ciudadanos invocando  el  mito  de  la  nación  eterna,  reconstruida  para  reunirse  en  la  “tierra  de  susancestros”.

Escribir una nueva historia judía, más allá del prisma sionista, no es algo fácil. La luzque lo atraviesa se transforma en colores etnocentristas intensos. Ahora bien, los judíossiempre  formaron  comunidades  religiosas  constituidas,  la  mayoría  de  las  veces  porconversión,  en  diversas  regiones  del  mundo:  éstas  no  representan  pues  un  “etnos”portador de un mismo origen único y que se habría desplazado a lo largo de una errancia de veinte siglos.


Tomado de Le Monde Diplomatique Agosto 2008


sábado, 23 de enero de 2021

James Joyce (1887-1941 Irlanda ) " Evelina "





Sentada a la ventana vio cómo la noche invadía la avenida. Reclinó la cabeza en la cortina y su nariz se llenó del olor a cretona polvorienta. Se sentía cansada.

Pasaban pocas personas. El hombre que vivía al final de la manzana regresaba a su casa; oyó los pasos repicar sobre la acera de cemento y crujir luego en el camino de ceniza que pasaba frente a las nuevas casas de ladrillo rojo. En otro tiempo hubo allí un solar yermo en donde jugaban todas las tardes con los otros muchachos. Luego, alguien de Belfast compró el solar y construyó allí casas -no casitas de color pardo como las demás, sino casas de ladrillo, de colores vivos y techos charolados. Los muchachos de la avenida acostumbraban a jugar en ese placer: los Devine, los Water, los Dunn, Keogh el lisiadito, ella y sus hermanos y hermanas. Ernest, sin embargo, nunca jugaba: era muy mayor. Su padre solía perseguirlos por el yermo esgrimiendo un bastón de endrino; pero casi siempre el pequeño Keogh se ponía a vigilar y avisaba cuando veía venir a su padre. Con todo, parecían felices por aquel entonces. Su padre no iba tan mal en ese tiempo; y, además, su madre estaba viva. Eso fue hace años; ella, sus hermanos y hermanas ya eran personas mayores; su madre había muerto. Tizzie Dunn también había muerto y los Water habían vuelto a Inglaterra. ¡Todo cambia! Ahora ella también se iría lejos, como los demás, abandonando el hogar paterno.

¡El hogar! Echó una mirada al cuarto, revisando todos los objetos familiares que había sacudido una vez por semana durante tantísimos años, preguntándose de dónde saldría ese polvo. Quizá no volvería a ver las cosas de la familia, de las que nunca soñó separarse. Y, sin embargo, en todo ese tiempo nunca averiguó el nombre del cura cuya foto amarillenta colgaba en la pared, sobre el armonio roto, al lado de la estampa de las promesas a Santa Margarita María Alacoque. Fue amigo de su padre. Cada vez que mostraba la foto a un visitante, su padre solía alargársela con una frase fácil:

-Ahora vive en Melbourne.

Ella había decidido dejar su casa, irse lejos. ¿Era esta una decisión inteligente? Trató de sopesar las partes del problema. En su casa por lo menos tenía techo y comida; estaban aquellos a los que conocía de toda la vida. Claro que tenía que trabajar duro, en la casa y en la calle. ¿Qué dirían en la tienda cuando supieran que se había fugado con el novio? Tal vez dirían que era una idiota, y la sustituirían poniendo un anuncio. Miss Gavan se alegraría. La tenía tomada con ella, sobre todo cuando había gente delante.

-Miss Hill, ¿no ve que está haciendo esperar a estas señoras?

-Por favor, miss Hill, un poco más de viveza.

No iba a derramar precisamente lágrimas por la tienda.

Pero en su nueva casa, en un país lejano y extraño, no pasaría lo mismo. Luego -ella, Eveline- se casaría. Entonces la gente sí que la respetaría. No iba a dejarse tratar como su madre. Aún ahora, que tenía casi veinte años, a veces se sentía amenazada por la violencia de su padre. Sabía que era eso lo que le daba palpitaciones.

Cuando se fueron haciendo mayores, él nunca le levantó la mano a ella, como sí lo hizo a Harry y a Ernest, porque ella era mujer; pero últimamente la amenazaba y le decía lo que le haría si no fuera porque su madre estaba muerta. Y ahora no tenía quien la protegiera, con Ernest muerto y Harry, que trabajaba decorando iglesias, siempre de viaje por el interior. Además, las invariables disputas por el dinero cada sábado por la noche habían comenzado a cansarla hasta decir no más. Ella siempre entregaba todo su sueldo -siete chelines-, y Harry mandaba lo que podía, pero el problema era cómo conseguir dinero de su padre. Él decía que ella malgastaba el dinero, que no tenía cabeza, que no le iba a dar el dinero que ganaba con tanto trabajo para que ella lo tirara por ahí, y muchísimas cosas más, ya que los sábados por la noche siempre regresaba algo destemplado. Al final le daba el dinero, preguntándole si ella no tenía intención de comprar las cosas de la cena del domingo. Entonces tenía que irse a la calle volando a hacer los recados, agarraba bien su monedero de cuero negro en la mano al abrirse paso por entre la gente y volvía a casa ya tarde cargada de comestibles. Le costaba mucho trabajo sostener la casa y ocuparse de que los dos niños dejados a su cargo fueran a la escuela y se alimentaran con regularidad. El trabajo era duro -la vida era dura-, pero ahora que estaba a punto de partir no encontraba que su vida dejara tanto que desear.

Iba a comenzar a explorar una nueva vida con Frank. Frank era bueno, varonil, campechano. Iba a irse con él en el barco de la noche, y ser su esposa, y vivir con él en Buenos Aires, en donde le había puesto casa. Recordaba bien la primera vez que lo vio; se alojaba él en una casa de la calle mayor a la que ella iba de visita. Parecía que no habían pasado más que unas semanas. Él estaba parado en la puerta, la visera de la gorra echada para atrás, con el pelo cayéndole en la cara broncínea. Llegaron a conocerse bien. Él la esperaba todas las noches a la salida de la tienda y la acompañaba hasta su casa. La llevó a ver La muchacha de Bohemia, y ella se sintió en las nubes sentada con él en el teatro, en sitio desusado. A él le gustaba mucho la música y cantaba un poco. La gente se enteró de que la enamoraba, y, cuando él cantaba aquello de la novia del marinero, ella siempre se sentía turbada. Él la apodó Poppens, en broma. Al principio era emocionante tener novio, y después él le empezó a gustar. Contaba cuentos de tierras lejanas. Había empezado como camarero, ganando una libra al mes, en un buque de las líneas Allan que navegaba al Canadá. Le recitó los nombres de todos los barcos en que había viajado y le enseñó los nombres de los diversos servicios. Había cruzado el estrecho de Magallanes y le narró historia de los terribles patagones. Recaló en Buenos Aires, decía, y había vuelto al terruño de vacaciones solamente. Naturalmente, el padre de ella descubrió el noviazgo y le prohibió que tuviera nada que ver con él.

-Yo conozco muy bien a los marineros -le dijo.

Un día él sostuvo una discusión acalorada con Frank, y después de eso ella tuvo que verlo en secreto.

En la calle la tarde se había hecho noche cerrada. La blancura de las cartas se destacaba en su regazo. Una era para Harry; la otra para su padre. Su hermano favorito fue siempre Ernest, pero ella también quería a Harry. Se había dado cuenta de que su padre había envejecido últimamente: le echaría de menos. A veces él sabía ser agradable. No hacía mucho, cuando ella tuvo que guardar cama por un día, él le leyó un cuento de aparecidos y le hizo tostadas en el fogón. Otro día -su madre vivía todavía- habían ido de picnic a la loma de Howth. Recordó cómo su padre se puso el gorro de su madre para hacer reír a los niños.

Apenas le quedaba tiempo ya, pero seguía sentada a la ventana, la cabeza recostada en la cortina, respirando el olor a cretona polvorienta. A lo lejos, en la avenida, podía oír un organillo. Conocía la canción. Qué extraño que la oyera precisamente esa noche para recordarle la promesa que le hizo a su madre: la promesa de sostener la casa cuanto pudiera. Recordó la última noche de la enfermedad de su madre: de nuevo regresó al cuarto cerrado y oscuro al otro lado del corredor; afuera tocaban una melancólica canción italiana. Mandaron mudarse al organillero dándole seis peniques. Recordó cómo su padre regresó al cuarto de la enferma diciendo:

-¡Malditos italianos! ¡Mira que venir aquí!

Mientras rememoraba, la lastimosa imagen de su madre la tocó en lo más vivo de su ser –una vida entera de sacrificio cotidiano para acabar en la locura total. Temblaba al oír de nuevo la voz de su madre diciendo constantemente con insistencia insana:

Dedevaun Seraun! ¡Dedevaun Seraun!

Se puso en pie bajo un súbito impulso aterrado. ¡Escapar! ¡Tenía que escapar! Frank sería su salvación. Le daría su vida, tal vez su amor. Pero ella ansiaba vivir. ¿Por qué ser desgraciada? Tenía derecho a la felicidad. Frank la levantaría en vilo, la cargaría en sus brazos. Sería su salvación.

* * *

Esperaba entre la gente apelotonada en la estación en North Wall. Le cogía una mano y ella oyó que él le hablaba diciendo una y otra vez algo sobre el pasaje. La estación estaba llena de soldados con maletas marrones. Por las puertas abiertas del almacén atisbó el bulto negro del barco, atracado junto al muelle, con sus portillas iluminadas. No respondió. Sintió su cara fría y pálida y, en su laberinto de penas, rogó a Dios que la encaminara, que le mostrara cuál era su deber. El barco lanzó un largo y condolido pitazo hacia la niebla. De irse ahora, mañana estaría mar afuera con Frank, rumbo a Buenos Aires. Ya él había sacado los pasajes. ¿Todavía se echaría atrás, después de todo lo que él había hecho por ella? Su desánimo le causó náuseas físicas y continuó moviendo los labios en una oración silenciosa y ferviente.

Una campanada sonó en su corazón. Sintió su mano coger la suya.

-¡Ven!

Todos los mares del mundo se agitaban en su seno. Él tiraba de ella: la iba a ahogar. Se agarró con las dos manos en la barandilla de hierro.

-¡Ven!

¡No! ¡No! ¡No! Imposible. Sus manos se aferraron frenéticas a la baranda. Dio un grito de angustia hacia el mar.

-¡Eveline! ¡Evvy!

Se apresuró a pasar la barrera, diciéndole a ella que lo siguiera. Le gritaron que avanzara, pero él seguía llamándola. Se enfrentó a él con cara lívida, pasiva, como un animal indefenso. Sus ojos no tuvieron para él ni un vestigio de amor o de adiós o de reconocimiento.


viernes, 1 de enero de 2021

María Auxiliadora Álvarez (Caracas, Venezuela, 1956)

 




para no morir 


 se va uno 

para no ver

 que la mirada que ama 

se ha cerrado

 para no volverse a abrir jamás 


se va uno

 para que nunca más 

le digan a uno “adiós”


 se va uno 

con su amor a cuestas

 para un lugar imaginario 

donde el pájaro sin alas

 es útil a pesar 

de la privación de cielo


 se va uno 

a conciencia de que todo

 lo ha imaginado 

todo menos 

la intimidad de la luz


 se va uno 

con la certeza 

de que nunca 

podrá tocar lo intocable

 de que nunca verá lo invisible

 (perseguido como ha estado

 por fragores tan apremiantes 

y tan menos sutiles)


 se va uno reciamente 

con su agradecimiento cercado 

por una fila de piedras pequeñas 

alrededor de la lengua 


se va uno 

sin preguntas 

sin movimientos bruscos 

como un mar pacífico


 se va uno 

silencioso 

como quien cumple un deber 

como quien olvida 


se va uno

 dominando 

el tiempo del llanto 

el tiempo que siempre 

es el mismo 


se va uno

 como quien dice “se acabó” 

como quien no estuvo 


se va uno

 y deja en el dejar

 lo que fue uno 

lo que aún es uno: 

una corta exhalación 

de la brisa una brisa 

que se mueve para no morir 



 Publicado en El amor de los enfermos (Compendio de Ca(z)a, Páramo solo y Las regiones del frío) México: Mantis/UANL, 2018.

Arthur Schopenhauer y los puercoespines por Vincent Valentin

 



En invierno los puercoespines se encuentran aquejados por dos sufrimientos. O bien se alejan unos de otros y padecen frío. O bien se juntan unos con otros para mantener el calor y se clavan las espinas que les destrozan las carnes. Buscan, pues, una situación intermedia aceptable entre la soledad helada y la proximidad hiriente. Mediante esta fábula, Arthur Schopenhauer (1788-1860) resume de una manera sencilla uno de los aspectos importantes de su pensamiento. Como los puercoespines en invierno, los hombres se encuentran, según él, empujados los unos a los otros por «la necesidad de la sociedad surgida del vacío y de la monotonía de su propio interior (...) pero sus numerosas cualidades repulsivas y sus insoportables defectos los dispersan de nuevo. La distancia intermedia que terminan por descubrir y en la cual la vida en común se hace posible, consiste en la cortesía y las buenas maneras». Friedrich Nietzsche veía en el texto el estado de espíritu de una sociedad devenida vulgar y niveladora. Sigmund Freud apreciaba la parábola en que reconocía su propio escepticismo en lo tocante al proceso de civilización, necesario pero productor de neurosis. Tal vez no sea casual que tuviese en su mesa de trabajo un pequeño puercoespín como pisapapeles. Para Arthur Schopenhauer este ejemplo ilustra la idea, recurrente en su obra, según la cual la vida: «oscila como un péndulo de derecha a izquierda, entre el sufrimiento y el aburrimiento»; lo mismo sucede con el amor en que uno –el que desearía aproximarse– sufre, mientras que el otro, indiferente, se aburre. Cada uno de nosotros duda necesariamente entre ambas miserias. De un lado, la soledad en que el hombre, animal social, se consume. Del otro, el juego social, en que lo que Schopenhauer denomina el «querer vivir», nos empuja a fin de satisfacer nuestros deseos, pero donde no encuentra mucho en que expandirse. En un mundo que es «el peor de los mundos posibles», las penas prevalecen sobre las alegrías. La vida en sociedad multiplica los deseos y, en consecuencia, las frustraciones. El sufrimiento es redoblado por la conciencia que la «voluntad» no sólo nos somete sino que no tiene razón de ser. Actuamos sin saber verdaderamente porqué, obedeciendo a un instinto nunca pensado. El absurdo se hace trágico: no tan solo no tiene ningún fundamento, sino que actuamos como si lo tuviese. La vida en sociedad nos obliga a tomar en serio un juego absurdo y penoso. ¿Estamos condenados a la fría soledad, a la ilusiones sociales o a la mediocre «cortesía»? No, porque existe una alternativa que aparece al final de la parábola: «el que posee en sí mismo una gran dosis de calor interior, prefiere alejarse de la sociedad para no causar contrariedades ni sufrirlas». Preferir la soledad, pues, pero a condición de neutralizar la propia voluntad, de negar el querer-vivir y la propia individualidad. Sólo la filosofía y la contemplación estética permiten comprender la vanidad de la existencia. Ambas liberan de los instintos gregarios, de los deseos vanos y nunca satisfechos. Sin embargo la sabiduría que de ello resulta es negativa: no se trata de www.alcoberro.info felicidad, sino de la simple capacidad de no sufrir. Del sosiego –cuando no se notan ni los pinchazos ni el frío– más que de la felicidad.


«Philosophie Magazine»; nº 13, octubre 2007.