domingo, 30 de agosto de 2026

" Soledad" un texto de Jorge Santkovsky





En toda biblioteca hay libros que uno no recuerda haber comprado. Aparecen ahí, como si hubieran llegado solos, arrastrados por los años o dejados por alguien que ya no está. Eso me ocurrió con El cantor de tangos, de Tomás Eloy Martínez. Nunca lo había leído. Tampoco era un autor que estuviera especialmente en mi radar y, cuando me regalaron el libro, no le presté demasiada atención. Quedó en la biblioteca, intacto, durante años. Hasta que un día volví a encontrarlo. Tenía una dedicatoria escrita con letra prolija y algo inclinada. Era de Soledad, mi antigua empleada. En esas pocas líneas, se quejaba con ironía de las exigencias del trabajo, pero también —con algo de pudor— decía que me tenía cariño. Sin saber si debía decirlo, lo dijo. No recuerdo cuándo me confesó que había mentido para conseguir el puesto. Un día cualquiera me lo dijo, con naturalidad. Vivía en una pensión, pero me lo había ocultado porque pensaba —con razón, quizás— que no la hubiera contratado. Se manejaba efectivo, tarjetas, proveedores: no era un puesto menor, y ella lo sabía mejor que nadie. Tal vez decidió contarlo cuando ya había tomado otra decisión más grande. Como quien salda una deuda antes de partir. Lo hizo con alivio, pero también con una sombra de culpa. Soledad era hija de desaparecidos. Había sido apropiada por su abuela materna, que la crió como hija propia, ocultándole su historia. Según Soledad, su abuela había llegado incluso a negociar de algún modo con quienes habían secuestrado a su hija. Le exigía que la llamara "mamá" en público, como si cambiar las palabras pudiera borrar los hechos. Nunca le permitió conocer la historia de su madre ni vincularse con la familia de su padre. Cuando supo que yo había sido parte de aquella juventud comprometida, creo que eso la convenció de confiar. Que yo fuera judío —una identidad que su abuela despreciaba— sumó lo suyo, aunque nunca me lo dijo directamente. Con el tiempo empezó a repetir, a quien quisiera oírla, que trabajar en mi empresa había sido lo mejor que le había pasado. En aquellos años proveíamos a varias comisarías de la ciudad, que estaban bastante mal equipadas. Un día, un agente vino al local a pedir ayuda. Soledad lo atendió con una furia que me desconcertó. El policía, sorprendido, volvió al patrullero sin decir nada. Al rato regresó y me pidió hablar en privado. —¿Qué hice para que me tratara así? —me preguntó, genuinamente confundido. Le conté parte de la historia. Que Soledad era hija de desaparecidos. Que su relación con la policía no era personal, sino histórica. Que había crecido en el centro de una herida abierta. Él me escuchó en silencio y, al final, me dijo algo que no olvidé: —Yo soy policía de la democracia, no de la dictadura. A partir de entonces, hablé con ella sobre la indemnización que el Estado ofrecía a los hijos de desaparecidos. Le costaba aceptarla. Sentía que cobrar por sus padres era una forma de traicionarlos. Le dije que no era un regalo ni un premio, sino una forma de reparar —aunque tarde y mal— lo que ellos no habían podido hacer por ella. Finalmente lo entendió. Y con ese dinero, se retiró de la empresa. Compró dos departamentos: en uno vivía, el otro lo alquilaba. Supe que, por fin, se había reencontrado con la familia de su padre, a quienes su abuela le había prohibido siempre conocer. La última vez que la vi fue en una muestra de arte. Trabajaba como modelo para pintores. Me lo dijo con cierta vergüenza: había subido de peso, pero, entre risas, decía que eso servía para el arte renacentista. —Con esto vivo —dijo. Y sonrió. La felicité. Cuando abrí el libro, descubrí que hablaba de tangos, de nostalgia, de identidades y de historias que se empeñan en volver. Pero a mí me pareció que hablaba de ella.


Este texto es parte de " Un judío amateur"

"What a Wonderful World " partitura en saxo alto

Mi profesor, Neke, me había propuesto tocar *What a Wonderful World* en la próxima clase, quizás como compensación por algunas baladas bastante más complicadas que me había hecho sufrir al sacarlas últimamente. Para relajarme un poco del estrés, me adelanté. Busqué la partitura y saqué el tema antes de la clase. La melodía me resultó inmediatamente optimista, un canto a la vida. Después leí la letra y descubrí que letra y música estaban en perfecta armonía: los árboles verdes, las rosas rojas, el cielo azul, los amigos que se saludan, los chicos que crecen. Y entonces escuché a Louis Armstrong cantarla. Hay canciones que uno escucha y otras que, por alguna razón, entran por otro lado. Armstrong cantando *What a Wonderful World* literalmente me pone la piel de gallina. Más todavía cuando uno conoce algo de su historia personal, de la pobreza y el racismo que atravesó, y piensa que esa voz cascada, que había conocido un mundo bastante menos maravilloso que el de la canción, podía todavía cantarle de esa manera a la vida. Mientras la tocaba pensé que quizás yo no agradecía lo suficiente los dones que la vida me había dado. No fue una reflexión demasiado elaborada. Apenas una sensación que quedó dando vueltas mientras guardaba el saxo. Un rato después salí al supermercado de la esquina a comprar algunas cosas que faltaban. En la puerta había una señora mayor. No estaba mal vestida ni tenía el aspecto que uno suele asociar inmediatamente con alguien que pide en la calle. A cada persona que entraba le preguntaba si podía comprarle algo para comer. A mí me pidió una leche y, por supuesto, se la compré. Había algo en esa mujer que invitaba a ayudarla. Pero entonces noté algo más: prácticamente todos los vecinos que entraban al supermercado salían con alguna de las cosas que ella les había pedido. Durante unos minutos aquella esquina pareció un lugar un poquito mejor. Volví a casa pensando en la canción. Aunque después se me ocurrió otra explicación. ¿Será que mis vecinos me escucharon tocar *What a Wonderful World* y se contagiaron?

sábado, 29 de agosto de 2026

" Puertas que se abren " un texto de Jorge Santkovsky

 


Ser judío no es solamente cargar con una historia de expulsiones y cenizas. También, a veces, es encontrar una puerta que se abre sin preguntar nada.

Yo lo supe en 1977, cuando llegué a Buenos Aires desde Bahía Blanca con una valija prestada y más miedo que ropa. Me estaba escondiendo de los militares: había militado contra la dictadura, como tantos jóvenes de esa época. La Casa del Estudiante de la AMIA me recibió sin hacerme preguntas ni pedirme nada a cambio. Fue una bendición, porque estaba muy vulnerable en una ciudad enorme y hostil. Otros iban para hacer contactos o encontrar pareja. Yo fui porque no tenía dinero ni alojamiento.

Me dejaron quedarme sin pagar, hasta que pudiera hacerlo. No me preguntaron si creía en Dios, si respetaba el Shabat ni si pensaba volver. Bastó con mi apellido.

Durante unos meses creí que allí estaba a salvo. Era una ilusión, lo sé ahora. Con los años supe también que entre las víctimas de la dictadura hubo una proporción enorme de jóvenes judíos y que el antisemitismo formaba parte del horror de muchos centros clandestinos. Yo entonces no lo sabía, y ese no saber fue mi refugio. A veces la ignorancia también es una forma de fe.

Por esa misma época llegué hasta una oficina de la Sojnut, la Agencia Judía, en la calle Lavalle, casi llegando a Callao. No recuerdo quién hizo el contacto; posiblemente una tía que temía por mi vida. Lo que sí recuerdo perfectamente es el rostro del hombre que me recibió. Casi cincuenta años después creo que podría reconocerlo. No recuerdo su nombre, pero recuerdo algo más importante: él sabía lo que estaba pasando.

Me contó que ya habían sacado de Chile a jóvenes perseguidos por la dictadura de Pinochet, muchos de ellos militantes de izquierda como yo. Y me ofreció hacer lo mismo conmigo: sacarme de la Argentina y llevarme a Israel.

Me iría sin documentación argentina y debía entender que irme significaba no volver.

No "hasta que terminara la dictadura". No volver.

Hoy sabemos que terminó en 1983. En 1977 nadie podía saberlo. Podía durar veinte años, treinta, toda una vida.

Yo tenía diecinueve años. No era sionista; Israel ni siquiera formaba parte de mi horizonte. Tampoco hablaba hebreo ni tenía parientes allí. Me imaginaba llegando solo a un país extraño y, además, con la posibilidad de terminar haciendo el servicio militar. Había conseguido evitarlo en la Argentina y tampoco quería hacerlo en Israel. No lo sentía para mí.

Pero creo que hubo algo todavía más fuerte que me impidió partir. Mis conflictos estaban acá. La locura de mi padre era una sombra sobre mi vida y mi hermano se quedaría, de algún modo, todavía más huérfano. Irme podía salvarme, pero también significaba abandonar todo aquello. Sentía, además, que había cosas que debía resolver acá; que si me iba huyendo quizá nunca terminaría de sanar.

Salí de aquella oficina y empecé a caminar por Callao hacia Corrientes. No necesité llegar muy lejos. A mitad de cuadra ya sabía que no me podía ir.

Me quedé.

Y tuve suerte.

Todavía hoy paso a menudo por aquella antigua sede de la Sojnut en la calle Lavalle. Cada vez que lo hago miro el edificio y recuerdo aquel día, el rostro del hombre que me atendió y la caminata por Callao en la que decidí quedarme. Durante décadas no supe que aquella puerta que no atravesé tenía incluso un nombre.

Milut —"rescate" en hebreo— era el nombre de la operación en la que participaron la Agencia Judía, la Embajada de Israel y otros organismos israelíes para sacar de la Argentina a personas cuyas vidas estaban en peligro. Se estima que entre 350 y 400 argentinos lograron escapar mediante ese operativo. 

Chile había sido el antecedente.

Eso me conmueve ahora de una manera que entonces no podía entender.

Yo no era sionista y ellos lo sabían. Tampoco parecía importarles demasiado. No estaban tratando de convencerme de Israel. Estaban tratando de salvarme.

Me gusta pensar que aquellos jóvenes idealistas, imprudentes y temerarios no eran vistos solamente como un problema que había que sacar del país. Que alguien creyó que sus vidas merecían ser salvadas, aun cuando muchas de sus ideas estuvieran lejos de las propias.

Rechacé el ofrecimiento. Pero fue bueno saber que, cuando alguien quería borrarme, había otro lugar dispuesto a hacer exactamente lo contrario: ayudarme a seguir existiendo.

Hay otro edificio frente al que también suelo pasar. La antigua Casa del Estudiante sigue en la calle Córdoba, pero está abandonada: rejas oxidadas, ventanas rotas, maleza creciendo en el patio. Si Lavalle me recuerda la puerta que decidí no atravesar, Córdoba me recuerda la que sí crucé.

Dicen que su cierre tuvo algo que ver con la caída del Banco Mayo y del Banco Patricios. No lo sé. Yo sólo siento que es una especie de tumba sin nombre. Allí dormí, allí me sentí seguro, allí fui recibido. Ahora nadie entra. Y tantos estudiantes del interior lo necesitarían. A veces me pregunto si alguien más lo recuerda.

Muchos años después, cuando mi hermano enfermó de Corea de Huntington, aprendí otro tipo de frontera. Su cuerpo se movía sin obedecerle y su conducta asustaba. La enfermedad tiene una etapa en la que la agresividad es imposible de contener. Ningún geriátrico lo quería aceptar. Nos lo decían con diplomacia: "No tenemos infraestructura". En la obra social del Hospital Italiano me lo dijeron sin malicia, pero sin rodeos:

—Busque un geriátrico judío. Ellos lo van a recibir.

Y así fue. Evité llevarlo al Borda —al hospital psiquiátrico— o a algún lugar parecido. Pude cumplir con el pedido de mi madre antes de morir: cuidarlo lo mejor posible. No hubo milagros ni privilegios lujosos. Cuando aparecieron los incidentes previstos, no hubo reproches. Sólo el reconocimiento de que alguien, en algún lugar, no nos iba a dar la espalda.

Otra vez, ser judío fue pertenecer a esa red que sostiene incluso cuando nadie mira.

No quiero exagerar. No es que ser judío me haya abierto siempre puertas. Hubo momentos en los que esperé una solidaridad que nunca llegó. También se han cerrado algunas oportunidades por la misma razón. A menudo sin palabras: una mirada, un chiste a mis espaldas, una ocasión perdida. Pero tiendo a olvidar esos episodios. No por ingenuidad, sino porque no quiero que definan mi memoria.

No creo en un Dios todopoderoso. Soy, en el mejor de los casos, un agnóstico que confía en el misterio. Y, sin embargo, sigo siendo judío. No por fe ni por observancia, sino porque se puede negar a Dios sin dejar de pertenecer.

Sin templo fijo, sin rezos obligatorios, con dudas más que certezas. Pero tampoco reniego. Siempre dejo en claro que soy judío. En los momentos decisivos, mi historia habló por mí. No lo elegí: apareció. Y tuve la suerte, y el pudor, de aceptarlo.

Ya no paso privaciones, nadie me busca de madrugada, no tengo que esconderme ni cuidar a mi hermano. Y, sin embargo, tengo una pesadilla recurrente: alguien me pide documentos en la calle, y yo no los encuentro, o los encuentro y no son los míos. Busco en los bolsillos, en la valija, en cualquier lado, y cuando por fin aparecen, las letras se mueven, se disuelven: no logro leer mi propio nombre. Y en esos sueños nunca logro demostrar quién soy.

Me despierto cuando algo no encaja y el sueño se quiebra. Supongo que esas fisuras existen también en la vida: dejan pasar lo que uno fue, incluso cuando todo parece estar en orden.

Mucho tiempo después, en un café de Barcelona, me senté por primera vez con un primo con el que el destino nunca me había cruzado. Hablando de aquellos años, me contó que a él también le habían ofrecido escapar a Israel. A su esposa, que no era judía, intentaron convencerla invocando la frase bíblica de Rut: «Tu pueblo será mi pueblo».

Ella se resistió. No iba a definir quién era por un texto que no era el suyo. Terminaron yendo igual por sus propios medios, y vivieron unos años en Israel. No porque ella hubiera aceptado ser Rut, sino porque quedarse en la Argentina de los militares era peor.

Escucharlo, casi cincuenta años después, me devolvió a aquella oficina de Lavalle y al hombre cuyo nombre olvidé pero cuyo rostro todavía recuerdo.

Mi primo cruzó esa puerta. Yo decidí no atravesarla.


Este texto correspónde al conjunto " Un judío amateur"

lunes, 24 de agosto de 2026

"Entre Mordejai y Marek " de Jorge Santkovsky

 



De mi madre conservo unas pocas cartas sin enviar. Ella amaba las palabras, pero apenas unas pocas llegaron a mi poder. Nunca se animó o no pudo dedicarse a la literatura, aunque escribía muy bien.

A veces pienso que escribía para no desaparecer del todo.

En una de esas cartas recuerda la emoción de presenciar un acto escolar en la escuela idish a la que yo asistía, cuando tenía ocho o nueve años. En ese acto, yo representaba a Mordejai Anielewicz.

No recuerdo nada de aquella escena. Ni el disfraz, ni las líneas, ni si estaba nervioso o feliz. Pero sí recuerdo el nombre. Anda a saber por qué, algo de ese nombre se quedó adentro.

Mordejai se convirtió, sin que yo lo advirtiera, en mi primer superhéroe.

No fue Superman ni Batman: fue aquel joven que murió peleando en el gueto, como jefe de una resistencia que sabía que no tenía salida. Un héroe con nombre judío, de carne y hueso. Mi infancia fue solitaria y carecía de juguetes o historietas que acompañaran mi imaginación, así que el pobre Mordejai, sin saberlo, ocupó en mi mente los espacios que en otros niños estaban destinados a la fantasía.

Lo que yo no sabía entonces es que lejos de ser un superhéroe de espaldas anchas, Mordejai estaba famélico. Su mayor fuerza no salía de un físico espléndido sino de una certeza: después de la conferencia de Wannsee, el destino de los trenes no era un campo de trabajo sino la máquina de la muerte. Era mejor morir peleando. Hacerlo dignamente era lo único que daba sentido al final —al menos como ejemplo para los otros—. Desde el Once donde crecí, yo me imaginaba a ese muchacho haciendo la guerra de guerrillas por los subsuelos de Varsovia, antes de suicidarse junto a su novia en el búnker de Mila 18 para no caer con vida en manos de los nazis.

De mi paso por esa escuela recuerdo casi nada; hoy, en su lugar, se enseña hebreo. El idish era melancólico, una lengua sin territorio; la lengua de la diáspora que hablaban millones de judíos en Europa del Este antes de que la historia los borrara de golpe. El nuevo Estado hizo del hebreo, una lengua antigua resucitada, la lengua de una nueva identidad nacional, mientras esa lengua quedaba relegada como vestigio de la diáspora. Años después me enteraría de que Marek Edelman nunca terminó de perdonar ese desplazamiento. Lamento esa pérdida; hoy, que vivo enamorado de las palabras, acudo a veces a ella como a un tesoro invaluable para el disfrute de los sentidos.

Con el tiempo, en un viaje a Varsovia, descubrí a Marek Edelman. Hay un mural enorme que lo recuerda en la ciudad, un memorial que refleja su importancia para la propia historia de Polonia.

Cuando murió Mordejai, él lo sucedió en el mando del levantamiento. Logró salvar su vida escapando por las alcantarillas. A diferencia de su compañero caído, Marek sobrevivió al gueto, a la guerra, a la posguerra, al antisemitismo y al comunismo. Y también al exilio interior, que acaso fue el más difícil de todos.

Lo que más me impresionó fue otra cosa: Marek era un polaco judío más que un judío polaco. No era religioso ni un miembro destacado de la comunidad. Como yo, había hecho todo lo posible por salirse de la aldea hacia el mundo. Pero lo atrapó la historia del modo más cruel. Me sentí identificado con eso. No fue menos valiente que Mordejai, pero su coraje fue distinto: menos épico, más sostenido. No el del que se lanza al fuego, sino el del que permanece alerta entre las cenizas.

Dudo que en el acto escolar de mi infancia hubiera habido un niño representando a Marek. Tal vez no sabíamos aún cómo dar lugar a los que sobreviven.

Marek y Mordejai no solo fueron distintos en sus destinos: también en sus ideas. Marek era del Bund, el movimiento socialista judío que creía en luchar por la igualdad dentro de cada país, sin patria propia, sin Estado, sin banderas. Mordejai, en cambio, militaba en Hashomer Hatzair, el sionismo socialista; soñaba con una tierra judía en Palestina y creía que la reconstrucción nacional era parte de la redención. Ambos eran jóvenes, idealistas, militantes. Ambos enfrentaron al mismo despiadado enemigo. Si hubieran sobrevivido a la guerra, quizás no habrían estado de acuerdo en nada.

Y sin embargo, en el corazón del gueto, esas diferencias se suspendieron. La historia no les pidió coherencia: les exigió coraje y dignidad.

Marek había conocido a Mordejai de chico. Lo recordaba como un muchacho humilde y vivaz, que ayudaba a sus padres en la feria. Contaba, con una ironía filosa, que Mordejai le agregaba tintura roja a las cáscaras de los huevos pasados para que parecieran frescos y venderlos mejor.

¿Un futuro héroe nacional puede haber hecho esas picardías? Quizás ahí radica lo más inquietante y lo más esperanzador de todo esto: no existen las personas extraordinarias por naturaleza. Como contrapunto a lo que Hannah Arendt definió como la banalidad del mal, la historia de Marek parece proponernos una especie de banalidad del bien. Una decencia pedestre, gris, que no necesita de santos ni de estatuas de bronce. Alguien común, atrapado en un contexto de oscuridad absoluta, simplemente hace lo que se debe hacer. Lo normal, aunque el mundo alrededor se haya vuelto loco.

Muchos años después, Edelman lo diría a su manera: "Los héroes hacen cosas extraordinarias. Lo que yo hice no fue algo extraordinario. Fue simplemente normal."

Mi madre no podía imaginar que ese pequeño acto escolar iba a quedar flotando en mi memoria durante décadas. Tampoco que yo, muchos años después, seguiría preguntándome si ese niño que representaba a Mordejai habría sido un hombre distinto de haber representado a Marek. No uno que se inmola en el búnker, sino uno que elige la intemperie de seguir viviendo después.

Sé que uno nunca termina de dejar atrás al niño que fue. A veces es apenas un recuerdo, una nostalgia, una escena vaga. Otras veces, sin saberlo, seguimos sus pasos para intentar entender quiénes somos. En este caso, quizás para buscar un lugar entre ambos.



Este texto es parte de " Un Judío amateur"

domingo, 23 de agosto de 2026

"El derecho a fracasar" de Jorge Santkovsky








Tuve un gran fracaso económico hace más de treinta años. Me bastó para aprender, aunque todavía vuelve en mis sueños. A veces me despierto de una pesadilla y por un segundo no sé si aquella incertidumbre sigue vigente. Heridas así nunca cierran del todo. Fue un dolor para mi familia y una vergüenza para mi orgullo. El negocio había arrancado en mi adolescencia, como forma de subsistencia, y fue creciendo hasta que un día cayó, como pasa con tantos emprendimientos construidos sin bases suficientemente sólidas. Años después, negociando uno de mis primeros negocios importantes —con Hewlett Packard, nada menos— tuve que sentarme a contarles aquel viejo fracaso, con el pudor intacto de quien todavía no sabía que en Estados Unidos esas cosas se cuentan de otra manera. Me dijeron algo que no olvidé nunca: para el espíritu americano, el bankruptcy no era necesariamente una vergüenza. Volver al mercado podía ser, por el contrario, la prueba de que uno era un emprendedor de verdad. Lo único que los preocuparía, me aclararon, era que se repitiera, que fuera una constante. Yo había entrado a aquella reunión dispuesto a confesar una quiebra. Ellos escucharon otra cosa: un fracaso. La diferencia no era solamente de palabras. Para nuestra cultura latina, al menos para la de mi generación, alrededor de una quiebra siempre flotaba cierta sospecha: irresponsabilidad, deshonra, incluso algo cercano al delito. Para aquellos norteamericanos, en cambio, haber fracasado y estar otra vez sentado frente a ellos podía ser un antecedente a favor. Esa conversación se me quedó grabada y con el tiempo empecé a coleccionar ejemplos que la confirmaran. El más grande de todos, el que muchas veces cuento en mis charlas, es el de un tipo que fracasó dos veces antes de fundar la empresa que lo hizo famoso. Henry Ford fundó su primera compañía, la Detroit Automobile Company, en 1899. El proyecto fracasó y la empresa terminó disolviéndose en 1901. Poco después volvió a intentarlo con la Henry Ford Company, pero las diferencias con sus inversores terminaron con Ford afuera del proyecto. Aquella empresa que había llevado su apellido fue reorganizada y terminó convirtiéndose, curiosamente, en Cadillac. Recién en el tercer intento, en 1903, la cosa prendió. Cinco años después apareció el Model T y, unos años más tarde, la línea de montaje móvil. El automóvil dejó de ser un lujo para convertirse en un producto de masas. El obrero podía aspirar a comprarse el mismo auto que ayudaba a fabricar. Henry Ford terminó convertido en uno de los hombres más ricos y famosos del planeta. Durante mucho tiempo pensé que no era casualidad que una historia así hubiera ocurrido en Estados Unidos. Con los años entendí que aquella respuesta que me habían dado en Hewlett Packard hablaba de algo más que de negocios. Hay sociedades en las que el fracaso es una mancha y otras que pueden permitirse considerarlo una experiencia. Los regímenes autoritarios llevan la primera lógica al extremo: el fracaso puede dejar de ser simplemente incapacidad o mala suerte para convertirse en deslealtad, sabotaje o traición. Y la historia ofrece ejemplos en los que el precio fue la cárcel o incluso la muerte. Una sociedad abierta, en cambio, puede darse un lujo extraordinario: dejar que alguien se equivoque y vuelva a probar. Pero hay una parte de la historia de Henry Ford que no suele aparecer en las charlas sobre resiliencia. Porque ese mismo talento —el de escalar una idea hasta volverla masiva, hasta poner un automóvil en cada garage de Estados Unidos— Ford lo utilizó también para otra cosa. A partir de 1920, el diario de su propiedad, el Dearborn Independent, empezó a publicar una serie de notas que luego serían reunidas bajo el título El judío internacional. La base de buena parte de aquel material eran los Protocolos de los Sabios de Sion, un documento falso fabricado en Rusia que aseguraba la existencia de un plan judío secreto para dominar el mundo. Una fantasía tan burda como efectiva: la reciclaron, la tradujeron, la imprimieron en varios tomos y millones de personas la leyeron como si fuera un informe de inteligencia. El éxito tiene una trampa: solemos concederle al que triunfa en un terreno autoridad sobre todos los demás. Ford sabía fabricar automóviles. Pero millones de personas terminaron escuchándolo también como si supiera algo sobre los judíos. Tenía prestigio, dinero y un diario. A veces alcanza. Y en su antisemitismo había un componente que después tendría consecuencias enormes: el miedo al “judío bolchevique”. Ford era un anticomunista ferviente y su diario vinculaba una y otra vez a los judíos con el bolchevismo, la revolución y el desorden social. La contradicción nunca pareció molestarlo demasiado. El judío podía ser, al mismo tiempo, el banquero que controlaba el capitalismo mundial y el revolucionario bolchevique decidido a destruirlo. Las teorías conspirativas tienen esa ventaja: no necesitan ser coherentes. En 1924, las notas del Dearborn Independent se ensañaron con un blanco puntual: Aaron Sapiro, abogado, hijo de inmigrantes, que se había pasado años organizando cooperativas de granjeros por todo el país. La idea era bastante sencilla y, dicho sea de paso, bastante noble: que los pequeños productores pudieran vender juntos y no quedar a merced de los grandes intermediarios. Para el diario de Ford, en cambio, Sapiro estaba construyendo un entramado mediante el cual los judíos pretendían apoderarse de la agricultura norteamericana. Sapiro hizo algo que pocos se animaban a hacer: demandó a Ford. No solamente al diario. A Henry Ford. El juicio comenzó en marzo de 1927 y terminó seis semanas después sin veredicto, declarado nulo por irregularidades relacionadas con el jurado. En medio de aquel proceso Ford sufrió, además, un accidente automovilístico que lo dejó malherido, justo cuando crecía la posibilidad de que tuviera que declarar. Algunos cronistas de la época no creyeron demasiado en la casualidad. Ford quería evitar a cualquier precio un segundo juicio. Sus abogados empezaron a buscar una salida y la encontraron en Louis Marshall, abogado judío, presidente del American Jewish Committee y uno de los hombres más respetados en la defensa de los derechos de las minorías en Estados Unidos. Fue Marshall quien redactó, palabra por palabra, la disculpa que Ford terminó firmando. Ahí está el detalle que a mí más me quedó picando. En esa disculpa, Ford se declaraba profundamente mortificado, se retractaba de las acusaciones y prometía retirar de circulación El judío internacional. Pero no mencionaba a Sapiro. Ni una vez. El hombre que había puesto la cara, el nombre y años de pleito para desafiar a uno de los hombres más poderosos de Estados Unidos quedó afuera del texto que ese mismo pleito había conseguido arrancarle. Ford llegó a un acuerdo, se retractó y, a fines de 1927, cerró el diario que había fabricado todo aquel material. Sapiro había ganado. Y, sin embargo, pocos recuerdan hoy su nombre y su gesta. Los folletos de El judío internacional, en cambio, siguieron circulando. En Estados Unidos y, sobre todo, en Alemania. Adolf Hitler admiraba a Ford y lo mencionó elogiosamente en Mein Kampf. La propaganda había adquirido vida propia. El juicio, la retractación y el cierre del diario podían quedar atrás; los libros ya estaban circulando. Hay algo especialmente perverso en las mentiras: retractarlas no obliga a regresar a cada ejemplar impreso. Pero el odio tampoco se hereda necesariamente en línea recta. Henry Ford II, nieto del fundador, heredó el imperio pero no aquella obsesión. En 1972 visitó Israel, donde Ford ya tenía una planta de ensamblaje en Nazaret, y sostuvo que la empresa no aceptaría que el boicot árabe determinara dónde podía o no podía hacer negocios. Nazaret queda cerca de Har Meguido, el Megido bíblico asociado al Armagedón. Medio siglo antes, el diario de su abuelo se preguntaba si el sionismo traería el fin del mundo. Las historias a veces tienen un extraño sentido del humor: la misma marca que había financiado la paranoia terminaba fabricando motores a pocos kilómetros del Apocalipsis. Pero el verdadero problema de las ideas no es cómo se desarman en la tercera generación, sino cómo cobran vida en la primera. Vuelvo entonces a Henry Ford. Al hombre que fracasó dos veces antes de fundar la empresa que cambiaría para siempre la manera en que el mundo se movía. Estados Unidos le permitió fracasar y volver a empezar. Le permitió enriquecerse, convertirse en una celebridad y expresar sus ideas, incluso las más miserables. Pero esa misma sociedad permitió que un abogado judío bastante menos poderoso llamado Aaron Sapiro lo llevara ante un tribunal. Quizás ahí esté la parte que durante años no vi cuando contaba la historia de Ford. La libertad que permite equivocarse también permite equivocarse monstruosamente. Ford ganó en el mundo de los negocios. Sapiro lo enfrentó en la Justicia y le arrancó una disculpa. Pero esa disculpa quedó encerrada en un expediente, mientras que el odio que Ford había fabricado siguió su propia línea de montaje mucho después de que él intentara detenerla. Llegó a las manos de un hombre en Alemania que lo citó con admiración en Mein Kampf, sin que a esa altura importaran el juicio, la disculpa, ni el nombre de Sapiro, a quien Ford ni siquiera se había dignado a nombrar en su retractación. Hace más de treinta años entré a una reunión avergonzado por una quiebra y salí de ella habiendo aprendido otra palabra: resiliencia. Yo sigo contando la historia de los dos fracasos de Ford cuando me parece pertinente, porque es una historia real y valiosa sobre no bajar los brazos. Pero aunque no la cuente, no olvido la otra parte de la historia. Este texto pertenece a " El judío amateur"

sábado, 22 de agosto de 2026

"Nosotros y ellos, el peligro de los pronombres " de Jorge Santkovsky

 


Adriana escuchó el audio que había compartido Alicia. Hablaba de lo que estaba ocurriendo en Qusra, una aldea palestina de Cisjordania: un grupo de colonos israelíes había bloqueado el acceso a tres viviendas, instalado una carpa frente a ellas y dejado a varias familias prácticamente encerradas en sus propias casas. Antes les habían cortado el agua y la electricidad. El ejército israelí había enviado más efectivos a la zona. El relato coincidía con lo que le contaban sus propios amigos y familiares en Israel, gente en la que confía. Le pareció espantoso. Pero se frenó en una frase del audio: “El mundo tiene razón”. —¿Qué mundo? —escribió después—. ¿Los que festejan masacres de judíos? ¿Los que apuñalan judíos en cualquier parte del mundo? ¿La BBC? ¿Los que ondean la bandera palestina y no podrían ubicarla en un mapa? Y cerró con una anécdota de Borges. Poco después de la Segunda Guerra le preguntaron qué opinaba de los alemanes. “No sé, no los conozco a todos”, contestó. Alicia le respondió que esa mujer del audio era amiga suya, con familia en Israel; que no había que olvidar que los religiosos son insufribles de los dos lados, y que los palestinos también son cautivos de los suyos. Que el mundo tiene razones parciales. Que a ella le dolía. —No entendiste lo que dije —contestó Adriana. Alicia volvió, más despacio. Sí había algo de razón, explicó, en decir que lo que pasa en Gaza es un desastre y que el gobierno de Israel no hace lo suficiente para que cese. Y que eso lo vamos a pagar nosotros también. —Así es —dijo Adriana—. Pero no tiene nada que ver con lo que dije. —No te interpreté —cerró Alicia—. Vos hablaste de los rehenes y de Hamas; yo hablé de la paz y el fin de la guerra. En realidad, ninguna estaba discutiendo exactamente con la otra. Adriana respondía a una frase —“el mundo tiene razón”— y a todo aquello sobre lo que esa frase parecía darle la razón al mundo. Alicia respondía a Gaza, al sufrimiento y a la necesidad de terminar la guerra. Se cruzaron durante un tiempo sin encontrarse, cada una defendiendo algo distinto de lo que la otra atacaba. La discusión me dejó pensando en otra cosa. Algo bastante más incómodo. A muchos judíos nos resulta difícil aceptar que dentro de nuestro pueblo, como dentro de cualquier otro, hay y hubo gente capaz de cometer atrocidades. Es una frase muy fácil de escribir. Se vuelve bastante más difícil cuando el pueblo del que se habla es aquel al que uno siente que pertenece. No es un pensamiento nuevo. Marek Edelman, el último comandante vivo del levantamiento del gueto de Varsovia, cuenta en *Hubo amor en el gueto* que se lo dijo a Léon Blum en 1946, en los jardines de Luxemburgo, cuando la guerra acababa de terminar: el Holocausto no lo hicieron los alemanes. Lo hicieron los seres humanos. Lo decía alguien a quien difícilmente pudiera acusarse de querer disculpar a los alemanes. Tal vez esa sea una de las enseñanzas más difíciles de aceptar. Nos tranquiliza pensar que las atrocidades las comete alguna clase particular de gente. Los nazis. Los fanáticos. Los terroristas. Los otros. Edelman eliminaba ese consuelo: las hacen seres humanos. Y nosotros también lo somos. En la Guerra de la Independencia de Israel hubo episodios que hoy preferimos no recordar demasiado. Deir Yassin es uno de esos nombres. Y durante esa misma guerra, en Haifa, el intendente judío Shabtai Levy les pedía a sus vecinos árabes que no abandonaran la ciudad. Las dos cosas ocurrieron. Naturalmente nos resulta más fácil quedarnos con la segunda. Se parece mucho más a la imagen que queremos tener de nosotros mismos. Pero la otra también forma parte de la historia. No soy experto en esa guerra ni en ninguna de las guerras entre Israel y sus vecinos. Pero hay algo para lo que no hace falta serlo: no empezamos a ser humanos recién ahora. Mi propia incomodidad con todo esto apareció de una manera mucho más pequeña y cercana. Mi relación con los religiosos nunca fue sencilla. Hace un tiempo le pregunté por el 7 de octubre a un hombre religioso al que conozco desde hace años. Siempre me había parecido una persona macanuda. Habíamos hablado muchas veces y nunca había tenido motivos para pensar otra cosa. Su respuesta me dejó helado: —Pobre gente, pero no eran religiosos. Todavía me cuesta acomodar esa frase con la persona que conozco. Quizás justamente por eso me impresionó tanto. No tenía delante a un monstruo. Tenía a la misma persona amable con la que había conversado tantas veces. Solo que, en ese punto, parecía existir una frontera. De un lado estaban los suyos. Del otro, personas por las que podía sentir lástima, pero no exactamente la misma empatía. El “pero” hacía todo el trabajo. Y sería demasiado cómodo convertir esa experiencia en una demostración de cómo son “los religiosos”. Estaría haciendo exactamente aquello que me inquieta en otros casos: tomar lo que hizo o dijo una persona y trasladarlo al colectivo al que pertenece. Quizás por eso el lenguaje importa tanto. En Israel esto se discute abiertamente. *Haaretz* entrevistó al comentarista militar Roy Sharon, de Kan 11, autor de un libro sobre lo que él mismo llama “terrorismo judío” —una expresión que me produce una incomodidad que no termino de resolver. ¿Describe al terrorista o describe a los judíos? No es una pregunta puramente semántica. Somos millones de judíos que no tenemos ninguna responsabilidad por lo que haga un colono que incendia una casa, ataca a un palestino o comete un acto terrorista. Pero tampoco podemos resolver el problema negándonos a reconocer que existen judíos capaces de hacerlo. Y aun así queda una pregunta incómoda. ¿Por qué aceptamos con tanta facilidad hablar de científicos judíos, escritores judíos, artistas judíos o premios Nobel judíos? Ninguno de nosotros participó de los descubrimientos de Einstein por el solo hecho de ser judío. Sin embargo, algo de ese prestigio colectivo nos gusta reclamar como propio. Con las culpas hacemos, razonablemente, lo contrario. No son operaciones moralmente equivalentes. Pero hay un mecanismo común que merece ser observado: nuestra facilidad para viajar del individuo al colectivo. Cuando el viaje nos halaga, apenas lo advertimos. Cuando nos acusa, inmediatamente reclamamos precisión. Y tenemos razón en reclamarla. Porque una pertenencia puede describir a una persona sin convertir a todo el grupo en autor de sus actos. Tal vez por eso Adriana se detuvo justamente allí: “El mundo tiene razón.” “El mundo.” “Los palestinos.” “Los religiosos.” “Los judíos.” Palabras enormes para millones de personas que no conocemos. Palabras que convierten con demasiada facilidad a algunos en todos. Borges, al menos en aquella anécdota, eligió una respuesta bastante más modesta. No conocía a todos los alemanes. Este texto forma parte de " Un judio amateur"

Partitura de " Hava Naguila " para saxo alto

Escuché esta melodía muchísimas veces de chico. Era una de esas canciones que uno conocía sin saber muy bien de dónde venía, pero que inmediatamente remitía a una fiesta judía. Ahora sé que **Hava Nagila** tiene su origen en un *nigún* jasídico, una de esas melodías que se cantaban muchas veces sin palabras. Con el tiempo salió de aquel mundo religioso, viajó, se transformó y terminó convirtiéndose en una de las músicas judías más reconocibles del mundo. Aprender algo de música me permitió descubrir además lo sencilla que es su estructura. Y, curiosamente, entender esa sencillez no le quitó nada: al contrario, me hizo disfrutarla más. Hay algo fascinante en comprobar cómo con tan pocos elementos se puede construir una melodía capaz de sobrevivir generaciones y de provocar todavía las mismas ganas de acompañarla, cantarla o bailarla. La melodía es bastante más antigua que la letra. Provenía de los jasidim de Sadigura, en la región de Bucovina —hoy parte de Ucrania—, y llegó a Jerusalén con miembros de esa comunidad. Allí el musicólogo **Abraham Zvi Idelsohn** la recogió y, en 1918, la adaptó y le agregó una letra en hebreo inspirada en los Salmos. **Hava Nagila** significa, sencillamente, **“alegrémonos”**. Y quizá buena parte de su secreto esté justamente ahí: una melodía sencilla, unas pocas palabras y una invitación que no necesita demasiadas explicaciones. **Alegrémonos.**