domingo, 6 de septiembre de 2026

" Audios de una mujer sin salida" un texto de Jorge Santkovsky



Anoche vi una película, The Fundamentals of Caring. Cuenta la historia de un chico de mente brillante, atrapado por una enfermedad en un cuerpo casi inmóvil. Su madre, al menos, tenía los recursos para pagar un cuidador que se ocupara de todo lo que ese cuerpo exigía. La película me devolvió, sin pedirlo, a una vecina que tuve hace años: una mujer judía ortodoxa, aproximadamente de mi edad, que vivía con una hija adolescente atrapada en una silla de ruedas por una enfermedad degenerativa cuyo nombre nunca supe. A diferencia de la madre de la película, no tenía un peso para delegar nada.

En la película, cuando le preguntan al chico qué haría si pudiera caminar, responde algo inesperadamente sencillo: orinar de pie. Hacia el final, con ayuda, consigue hacerlo. Me quedé pensando qué habría querido hacer aquella chica si hubiera podido caminar. Y qué habría querido hacer su madre si hubiera sido libre.

Siempre tuve una incurable curiosidad por la vida de los extraños. Quizás por eso le prestaba tanta atención. Y pocas vidas me resultaban tan extrañas como la de los judíos ortodoxos: tan meticulosa, tan vigilada, tan ajena a cualquier forma de placer visible.

Lo que sí supe fue el dolor: cada baldosa floja era un golpe seco, y los reclamos los hacía con el tono justo entre la queja y la súplica. Hablaban más del cuerpo de su hija que de las veredas en mal estado. Yo no sabía cómo ayudar. Escuchaba, pero también me detenía en sus silencios, en los gestos que decían más que las palabras. La madre solía repetir que su hija era muy estudiosa, que en ese cuerpo inmovilizado había una inteligencia despierta esperando una oportunidad. Se percibía en su mirada que callaba mucho más de lo que hablaba.

Mi vecina no trabajaba ni salía del barrio de Once. Cuidar a su hija era una ocupación de tiempo completo, aunque no tuviera sueldo ni reconocimiento. Solo hacía tareas menores para otros miembros de su comunidad religiosa, que le pagaban lo justo para no morirse de hambre. El pago venía acompañado —al menos así lo vivía ella— de una cuota de control, miradas, rumores, una vigilancia constante que no necesitaba cámaras: bastaban las ventanas. Ventanas y balcones había en toda la cuadra.

Para ella, salir del barrio era como atravesar una frontera invisible. A veces daba la impresión de que vivía en una cárcel sin rejas. Estaba atrapada en un espacio donde cada esquina estaba marcada por quienes la sostenían y la sofocaban al mismo tiempo.

Por su ortodoxia no podía saludarme con un beso ni darme la mano. Y cuando ya quería salirse de ese mundo, tampoco lo hacía: temía que la vieran desde los balcones del edificio de enfrente, habitado por varias familias religiosas. El control estaba en todas partes, incluso en un simple gesto de cortesía.

Estudiaba diseño gráfico. Lo hacía a escondidas, o al menos con cierta discreción. No era una carrera mal vista, pero tampoco típica en su entorno. Esperaba que ese aprendizaje le abriera otros horizontes laborales, alguna forma de independencia, de vida fuera del encierro cotidiano. Era su modo de crear algo propio, de moverse, aunque fuera con el cursor en la pantalla. Dibujaba con una precisión delicada, como si cada trazo fuera un intento de recuperar el control de algo. De su tiempo, de su mente, de su cuerpo.

En una ocasión me mandó un enlace con algunos de sus dibujos. No les presté demasiada atención. Cuando me preguntó si me habían gustado, le respondí que sí, por no ofenderla. Entonces se quejó de que no hubiera puesto un "like". Esa pequeña escena revelaba tanto su necesidad de ser vista como la frustración de no lograrlo del todo.

Parecía alguien que, de haber nacido en otro lugar o en otra época, habría tenido otra vida. Pero esto pasa con casi todas las personas, si uno se toma el trabajo de escucharlas. A ella le había tocado una hija enferma, un padre que no se hizo cargo, y una comunidad que la abrazaba y la asfixiaba al mismo tiempo.

Un día, todavía en su etapa más religiosa, me regaló un par de libros. Yo los acepté, aunque en realidad no me interesaban: eran propaganda disfrazada de lectura. Me gustan los libros sobre religión, pero los que abren preguntas, no los que solo repiten respuestas. En una ocasión quise regalarle yo también un libro, algo más abierto, más inquietante. Pero no podía entregárselo en la mano: la ortodoxia le impedía recibir nada directamente de un hombre. Lo dejé en el suelo, entre nosotros, y ella lo recogió. Esa escena me pareció ridícula y conmovedora al mismo tiempo, como si la fe pudiera desaparecer con un roce de dedos.

El quiebre llegó con la muerte de su hija. Me enteré casi de casualidad, porque en ese departamento las ambulancias eran parte del paisaje: entraban y salían con la regularidad de un servicio programado. Pero una tarde fue la última. Ya no hubo regreso. La enfermedad se había llevado a la chica silenciosa que apenas conocí desde lejos, y a su madre le quedó un vacío que ni las rutinas ni las plegarias pudieron llenar.

A partir de entonces empezó a aflojar con la ortodoxia. Nunca mencionó que hubiera dejado de creer, pero se cansó del encierro, de tanta mirada ajena, de tanto control. Se quitó la peluca y la dejó en el ropero, gesto mínimo pero suficiente para marcar que ya no era exactamente la misma. Quería salirse, pero no tenía ni el coraje ni los recursos para dar el paso. Y como siempre, el dinero la mantenía atada: seguía trabajando para los mismos que antes la vigilaban, soportando poco pago y mucha presión.

Con el tiempo empezamos a hablar más seguido. Ella necesitaba cosas que no siempre podía pagar y yo terminaba facilitándole lo que estaba a mi alcance, nunca esperando devolución. Un día me pidió un celular usado, de esos mínimos que alcanzaban para tener WhatsApp. Dentro de la ortodoxia esa aplicación estaba prohibida, así que pedírmelo fue, en sí mismo, un acto de rebeldía. Para ella fue como abrir una ventana al mundo. Me decía que estaba dispuesta a "negociar" el pago, pero yo jamás se lo reclamé. El dinero había sido siempre su problema y un tema recurrente de conversación: siempre tenía poco y dependía, en buena medida, de una comunidad que le pagaba mal y la controlaba mucho.

Alguna vez hablamos de los judíos religiosos y de lo pobres que eran muchos de ellos. Ella se quejaba de esa pobreza que veía como autoinfligida: largas horas de rezos en lugar de trabajar por sus familias, como si la devoción pesara más que el pan. Para alguien que contaba cada centavo, esa elección le resultaba casi incomprensible.

Conmigo se permitía un humor distinto, algo más libre —sabía, creo, que la tenía en cuenta y no solo la toleraba, como sentía que hacían otros vecinos, incómodos con su sola presencia—. Cuando venía a buscarme al local, lo hacía sin ninguna de las formas que se esperan entre un comerciante y una clienta cualquiera —se paraba cerca, esperaba, no sabía irse ni quedarse del todo bien—. Y yo, que no tenía ningún interés comercial en ella, igual le prestaba atención. Algunos de mis empleados llegaron a imaginar que en el pasado habíamos tenido algo: no encontraban otra explicación para que el dueño se detuviera a hablar con alguien que no dejaba plata en la caja. En esas charlas se mezclaban la frustración, el deseo de salir de una cárcel invisible, y la imposibilidad real de hacerlo.

Era septiembre de 2020, plena pandemia, cuando un domingo a las siete y media de la mañana recibí un audio suyo. Decía que la tenían secuestrada en un hospital, al que había entrado para ayudar a una vecina. Hablaba rápido, exaltada, como quien sabe que está pidiendo algo imposible: que yo buscara un médico que la sacara de allí.

Media hora después, a las ocho, llegó otro audio. Repetía lo mismo: que sabía lo difícil de su pedido, pero que no veía otra salida. Nunca dijo en qué hospital estaba. Después, silencio.

Le mandé un audio preguntándole si se había equivocado de contacto. No éramos tan cercanos como para que yo pudiera rescatarla de un secuestro, y mucho menos de un hospital en tiempos de Covid. Sin embargo, esos mensajes quedaron ahí, flotando como un acertijo al que nunca encontré la solución. Parecía exaltada en los audios que luego no me respondió. Me imagino que se resistía a morir y que habrá sido difícil su desenlace.

Unos días más tarde me enteré de su muerte. No por su familia ni por sus amigos, sino por otra vecina que no la quería demasiado. Me dijo que había muerto de cáncer de pulmón. Yo nunca lo creí: jamás la vi fumar, ni toser, ni dar señales de esa enfermedad. Lo cierto es que ignoro qué produjo su muerte.

Con el tiempo se comunicó conmigo un amigo suyo que vivía en Israel. Había visto un comentario mío en el Facebook de ella y me escribió con dudas: no estaba convencido de que hubiera muerto, sospechaba que quizá se había mudado al interior para escapar del control de la comunidad. De estar seguro de su muerte, quería visitar su tumba. Supuse que podía haber sido un antiguo amor adolescente. Me preguntó quién vivía ahora en su departamento, si lo había heredado o si era prestado por la comunidad.

Siempre sospeché que esos departamentos quedaban en manos de la comunidad. Investigué con los vecinos: las expensas las siguen pagando y hay otra gente viviendo allí. Supongo que en la misma condición, pero ninguno de los nuevos habitantes ha llamado mi atención, y no tengo más información porque nunca se acercaron a hablar conmigo.

En esas charlas me contó también que ella tenía un hermano, un psicoanalista renombrado que residía en Israel. Ella nunca me lo había mencionado. Según su amigo, cuando le preguntó si podía ayudarla, el hermano reaccionó mal, casi ofendido. Como si la desgracia de ella no fuera asunto suyo. Esa revelación me golpeó: mientras ella se debatía entre la ortodoxia, la enfermedad y la pobreza, alguien de su propia sangre vivía con prestigio y comodidad a miles de kilómetros, sin mover un dedo por ella.

De ella solo me quedaron aquellos audios, enviados desde el celular que yo mismo le había regalado: una voz exaltada, pidiendo lo imposible. A veces pienso que siguen flotando en mi aparato como un testimonio de su encierro y de su resistencia. Fue lo más cerca que estuvo de dejarme entrar en su mundo sin salida.


este relato pertenece a " Un judío amateur"

Rick, uno de los Justos Ocultos: una lectura de Casablanca



Según una antigua tradición judía, el mundo se sostiene por el mérito de treinta y seis justos ocultos. — La tradición de los Lamed Vav Tzadikim, a partir del Talmud, Sucá 45b



En 1946, mientras los hermanos Marx filmaban Una noche en Casablanca, Warner Bros. les envió un ominoso documento legal advirtiéndoles que el título violaba sus derechos sobre el nombre. Groucho no se privó de contestar: le explicó al estudio, con ironía, que hasta entonces él ignoraba que la ciudad de Casablanca perteneciera en exclusiva a la Warner, y que el apellido Brothers tampoco era solo de ellos, porque los Marx eran hermanos profesionales desde mucho antes que los Warner. El estudio insistió, pidió un argumento de la película, Groucho inventó uno cada vez más absurdo, y finalmente se dieron por vencidos.

Me acordé de esa disputa hace poco, pensando en la otra Casablanca, la seria. Porque si algo queda claro viendo la película de Curtiz es que nadie es dueño de Casablanca. Ni el estudio que litiga por el nombre, ni los refugiados que la cruzan sin poder quedarse, ni siquiera Rick, que dice ser dueño del café y termina perdiendo lo único que tiene.

El éxito inexplicable de ciertas historias podría no deberse solo a su guion, a sus actores o a la pericia técnica con la que están realizadas. A veces, detrás de esa fascinación que no se comprende del todo, parecen actuar otras energías. Según una antigua creencia judía, el mundo se sostiene por treinta y seis hombres justos —los Lamed Vav Tzadikim—, ocultos y anónimos, que con sus actos de bondad preservan el equilibrio espiritual del universo.

En la tradición judía, el justo oculto (tzadik nistar) no sabe que lo es. Si lo supiera, si siquiera lo sospechara, perdería esa condición. Su justicia no radica en la conciencia de su virtud, sino en el anonimato absoluto de su entrega. No hay orgullo en su bondad, ni relato en su renuncia.

En Casablanca (1942) hay una escena que parece emerger de esta tradición. Un joven matrimonio búlgaro, recién casado y desesperado por huir de la Europa nazi, está dispuesto a cualquier cosa con tal de conseguir la visa que les permita llegar a Estados Unidos y cumplir su sueño americano. Ella está a punto de entregarse al corrupto comisario Renault para asegurar ese pasaje. Su marido, Jan, intenta sin éxito reunir el dinero jugando a la ruleta, ignorando la extorsión a la que su mujer está siendo sometida.

Cuando la joven acude a Rick, el cínico dueño del café, para pedirle consejo sobre si el comisario cumplirá su promesa, él decide intervenir. Se acerca a la ruleta y le indica discretamente al muchacho qué número debe apostar: el 22. Gana. Le dice entonces que apueste todo lo ganado al mismo número. Vuelve a ganar.

Rick está actuando con trampa, por supuesto; probablemente manipula el juego o utiliza su conocimiento del sistema turbio que él mismo regenta. No es un acto de magia, sino de estrategia. Sin embargo, en esta intervención reside una de las mayores justificaciones de su figura como tzadik. Su justicia no es puritana ni épica, sino pragmática y clandestina. Utiliza su control sobre el vicio y la corrupción —la ruleta amañada— para generar un bien y evitar un mal.

Gracias a ese dinero inesperado, la pareja puede escapar sin que ella deba humillarse. Los empleados del bar lo celebran. Rick, que se proclama neutral y egoísta, actúa como uno de los justos: protege a los inocentes, restaura el equilibrio y lo hace sin esperar gratitud ni reconocimiento. El tzadik a veces debe ensuciarse las manos en el mundo para preservar lo esencial.

El detalle del número no es irrelevante. En la tradición cabalística, el 22 posee un valor especial: corresponde al número de letras del alfabeto hebreo. Según el Sefer Yetzirá, con esas veintidós letras Dios creó el mundo. No son simples signos, sino fuerzas activas que configuran la realidad.

No hace falta forzar la lectura: alcanza con notar que Rick, sin saberlo, elige para su intervención el número con el que la tradición dice que el mundo fue creado.

No crea un mundo. Pero sí, esa noche, una vida posible.

No es el único gesto de justicia en la película. Rick renuncia al amor de Ilsa para que ella acompañe a Victor Laszlo, líder de la resistencia, y así pueda continuar su lucha contra el nazismo. Rick sabe que Laszlo necesita de ese amor para seguir luchando.

Y esa noche pierde algo más. Al matar al mayor Strasser para que los dos puedan escapar, pierde también el café, lo único que todavía era suyo. Ya no puede quedarse en Casablanca. Rick tendrá que huir, como todos los que hasta entonces solo veía cruzar su barra.

¿Puede la justicia brotar del fango? La tradición judía, que no es ajena a la complejidad moral, ofrece el caso de Pentakaka.

En una historia narrada en el Talmud de Jerusalén (Ta’anit 1:4), se relata el caso de un tal Pentakaka, un personaje que vivía en un ambiente sórdido de burdeles y espectáculos decadentes, un hombre de apariencia vulgar cuyo nombre, según una interpretación simbólica, derivaría de las palabras griegas penta (cinco) y kaká (pecados).

Un rabino supo en un sueño que las plegarias de Pentakaka eran atendidas por el cielo. Al encontrarlo, le preguntó si alguna vez había realizado una buena acción. Pentakaka recordó entonces que, ante el ruego de una mujer desesperada por liberar a su esposo de la cárcel, había vendido su propio lecho para conseguir el dinero y ayudarla, evitando que tuviera que prostituirse. Al escucharlo, el rabino comprendió por qué sus plegarias eran escuchadas.

Así como Pentakaka, Rick también transita un mundo turbio —regenta un bar y se codea con contrabandistas, traficantes y policías corruptos— y, sin embargo, cuando llega el momento, renuncia a lo suyo para salvar a otros. Su gesto es silencioso, alejado de toda épica, y tal vez por eso más poderoso: no busca gloria, solo hace lo correcto.

Tal vez sea por eso que Casablanca sigue conmoviendo: porque muestra cómo incluso un cínico puede, sin saberlo, estar sosteniendo al mundo.

Ninguno de los personajes de Casablanca pertenece verdaderamente al lugar que habita. Están de paso. Dejan atrás países, guerras, idiomas y afectos. Todos esperan algo: un visado, un barco, un avión, una firma. Casablanca no es una ciudad: es un umbral, un purgatorio terrestre donde lo único que se respira es la espera.

En la tradición judía, esa espera tiene un nombre: galut, el exilio. El galut no es solo una condición geográfica, sino también espiritual. Se puede estar exiliado incluso en la tierra prometida; se puede ser extranjero entre los propios. El exilio es errancia, pero también el lugar donde se cultiva la memoria y se mantiene la esperanza en la noche más larga.

El Café de Rick es un refugio. Allí se negocia, se sobrevive, se canta y se teme. Se comercia con lo que se tiene: dinero, nombres, favores, ilusiones. En el café, como en la diáspora, se resiste sin decirlo. Y es ahí, en ese umbral sin patria, donde el tzadik oculto tiene más sentido: no hace falta un templo para sostener el mundo. Alcanza un café con la ruleta trucada.

Hay algo que me llamó la atención cuando volví a ver Casablanca. En una película poblada de refugiados que huyen de una Europa dominada por los nazis, la palabra “judío” no se pronuncia. Ninguno de esos hombres y mujeres desesperados por conseguir un visado es identificado como tal.

Y, sin embargo, los judíos estaban allí.

Michael Curtiz, el director, había nacido en Budapest en una familia judía húngara. También había judíos entre quienes escribieron la película y entre sus actores y extras; algunos de estos últimos eran verdaderos refugiados europeos que habían escapado del nazismo.

Hay algo conmovedor en esa paradoja: hombres y mujeres que habían debido huir de Europa representaban en Hollywood a hombres y mujeres que intentaban huir de Europa.

Casablanca no habla de judíos. Pero habla del exilio.

Nada permite suponer que Curtiz haya pensado conscientemente en Rick como un justo oculto. Es probable que, si algo de esa tradición operó en su cine, lo haya hecho de manera inconsciente, filtrado por una sensibilidad que ya traía consigo. Antes de cruzar el Atlántico, en Viena, había filmado dos grandes superproducciones sobre temas bíblicos: Sodoma y Gomorra (1922) y La reina esclava (1924), esta última centrada en el Éxodo y en el romance entre un príncipe egipcio y una joven hebrea.

Pero haya sido deliberado o no, lo cierto es otra cosa: son esos gestos nobles y silenciosos de Rick los que hicieron que el público se enamorara del personaje, y esa fascinación sigue intacta más de ochenta años después.

Y quizás sea por eso que, a mí, que no soy creyente, la sabiduría del Talmud me sigue seduciendo: no porque exija fe, sino porque explica, mejor que casi cualquier otra cosa, por qué ciertos gestos anónimos alcanzan para sostener el mundo.


Este texto pertenece al libro aun inedito " Un judío amateur"

viernes, 4 de septiembre de 2026

"Matemática macabra" un texto de Jorge Santkovsky

 



Era la guerra de Iom Kipur, octubre de 1973. Escuché, en el Bet Am de Bahía Blanca, una frase que me desterró para siempre.

Un orador hablaba ante la sala repleta. En esos años la comunicación era lenta y exclusiva: las noticias llegaban a cuentagotas, y todos esperaban con una mezcla de ansiedad y resignación. En un momento, su voz se endureció y lanzó la sentencia que aún persiste en mi memoria:

—Un millón de árabes no valen la vida de un judío.

Tenía quince años. Demasiado joven para comprender el mundo, pero lo bastante adulto como para sentir la herida de esa aritmética.

Salí a la calle con la kipa puesta, todavía aturdido, y me fui caminando hasta mi casa. A pocas cuadras, un pasajero, sin sacar la cabeza de la ventanilla, me gritó:

—¡Judío de mierda!

Cuando Israel entra en guerra, el antisemitismo despierta de su siesta y sale a respirar.

La paradoja era cruel: ese colectivo pertenecía a la empresa que había ayudado a fundar mi abuelo, en la que aún trabajaban algunos de mis tíos.

Años después, el eco de aquella cuenta regresó con otra forma. En Gaza, los números vuelven a disputarse el alma.

Veinte rehenes vivos por casi dos mil prisioneros palestinos. Cien por uno.

Por cada rehén israelí muerto, quince cadáveres palestinos devueltos.

Por el cuerpo del joven nepalí, nada.

Hay muertos que no cotizan.

Entre los cuerpos entregados como rehenes israelíes apareció el de un gazatí. El ADN no miente: no era un rehén. Se dijo que era un colaborador de Israel. Nadie sabe con certeza cómo terminó su cuerpo en ese intercambio.

Es otro cadáver sin compensación.

En 2018 el Mosad recuperó el reloj de Eli Cohen. En 2025, unas 2.500 piezas de su archivo sirio. El cuerpo del espía imposible sigue sin precio de cambio. Sospecho que su valor es cercano al infinito, y el infinito, en la guerra, es sinónimo de imposible.

Incluso dentro del mismo bando la matemática no perdona. Israel perdió cientos de soldados durante una guerra en la que el rescate de 251 rehenes convivió con otros objetivos militares. Muchos de esos rehenes ya estaban muertos; algunos no soportaron sobrevivir; otros volvieron con una vida que ya no encaja en el recuerdo que tenían de sí mismos. Es cierto que algunos conservaron una entereza que desafía toda lógica y serán un faro para otros.

No es una buena inversión —si la palabra “inversión” puede aplicarse al horror—. Pero la guerra no entiende de pérdidas: solo multiplica.

En Ucrania y Rusia las cuentas son distintas. Allí los intercambios de prisioneros parecen conservar una simetría que en Medio Oriente se ha perdido.

Y no puedo evitar que Ucrania me lleve a una de mis obsesiones: los jázaros, aquel pueblo de las estepas cuya élite, según las crónicas, abrazó el judaísmo. Basta mencionarlos para entrar en una discusión histórica interminable. A mí me interesa otra cosa: pensar que también por esas tierras pasó alguna vez una manera inesperada de ser judío.

La matemática macabra no es nueva.

Churchill también la practicó: ordenó a las tropas británicas resistir en Calais para ganar tiempo mientras el grueso del ejército aliado escapaba de Dunkerque. Unos pocos miles sacrificados para ayudar a salvar a cientos de miles.

El cálculo, impecable; la cuenta, insoportable.

Estas cuentas vienen desde la antigüedad. En las Termópilas, trescientos espartanos, junto con otros contingentes griegos —entre ellos unos setecientos tespios que permanecieron hasta el final—, contuvieron a los persas para dar tiempo a los helenos a preparar su defensa.

Siglos después, Bibi diría que Israel debería prepararse para convertirse en una “super-Esparta”. Hablaba del aislamiento y de la necesidad de autosuficiencia militar, no de las Termópilas. Pero la metáfora estaba allí y, con Irán nuevamente convertido en enemigo, resultaba difícil no escuchar el eco de los antiguos persas.

He comprendido que la guerra no tiene contadores: tiene profetas de la cifra. Y cada pueblo los escucha, convencido de que su dios lleva la contabilidad correcta.

Aquel chico de quince años que salió del Bet Am con la kipa puesta no sabía nada de Gaza, de rehenes, de Eli Cohen, de Ucrania, de los jázaros, de Calais ni de las Termópilas. Solo sabía que un millón contra uno era una cuenta que no entendía.

Después estudié Matemática en la facultad. Me enseñaron ecuaciones bastante más difíciles. La matemática macabra no era una materia. Es de esas que se aprenden en la calle.

Tal vez lo que todavía me sorprende no sean las cuentas, sino la facilidad con que las naturalizamos. Discutimos si cien por uno es demasiado, si fue un buen o un mal negocio, si el precio pagado alentará el próximo secuestro. Discutimos el resultado.

Casi nunca la existencia de la ecuación.



Este texto forma parte del " Judio amateur"


domingo, 30 de agosto de 2026

" Soledad" un texto de Jorge Santkovsky





En toda biblioteca hay libros que uno no recuerda haber comprado. Aparecen ahí, como si hubieran llegado solos, arrastrados por los años o dejados por alguien que ya no está. Eso me ocurrió con El cantor de tangos, de Tomás Eloy Martínez. Nunca lo había leído. Tampoco era un autor que estuviera especialmente en mi radar y, cuando me regalaron el libro, no le presté demasiada atención. Quedó en la biblioteca, intacto, durante años. Hasta que un día volví a encontrarlo. Tenía una dedicatoria escrita con letra prolija y algo inclinada. Era de Soledad, mi antigua empleada. En esas pocas líneas, se quejaba con ironía de las exigencias del trabajo, pero también —con algo de pudor— decía que me tenía cariño. Sin saber si debía decirlo, lo dijo. No recuerdo cuándo me confesó que había mentido para conseguir el puesto. Un día cualquiera me lo dijo, con naturalidad. Vivía en una pensión, pero me lo había ocultado porque pensaba —con razón, quizás— que no la hubiera contratado. Se manejaba efectivo, tarjetas, proveedores: no era un puesto menor, y ella lo sabía mejor que nadie. Tal vez decidió contarlo cuando ya había tomado otra decisión más grande. Como quien salda una deuda antes de partir. Lo hizo con alivio, pero también con una sombra de culpa. Soledad era hija de desaparecidos. Había sido apropiada por su abuela materna, que la crió como hija propia, ocultándole su historia. Según Soledad, su abuela había llegado incluso a negociar de algún modo con quienes habían secuestrado a su hija. Le exigía que la llamara "mamá" en público, como si cambiar las palabras pudiera borrar los hechos. Nunca le permitió conocer la historia de su madre ni vincularse con la familia de su padre. Cuando supo que yo había sido parte de aquella juventud comprometida, creo que eso la convenció de confiar. Que yo fuera judío —una identidad que su abuela despreciaba— sumó lo suyo, aunque nunca me lo dijo directamente. Con el tiempo empezó a repetir, a quien quisiera oírla, que trabajar en mi empresa había sido lo mejor que le había pasado. En aquellos años proveíamos a varias comisarías de la ciudad, que estaban bastante mal equipadas. Un día, un agente vino al local a pedir ayuda. Soledad lo atendió con una furia que me desconcertó. El policía, sorprendido, volvió al patrullero sin decir nada. Al rato regresó y me pidió hablar en privado. —¿Qué hice para que me tratara así? —me preguntó, genuinamente confundido. Le conté parte de la historia. Que Soledad era hija de desaparecidos. Que su relación con la policía no era personal, sino histórica. Que había crecido en el centro de una herida abierta. Él me escuchó en silencio y, al final, me dijo algo que no olvidé: —Yo soy policía de la democracia, no de la dictadura. A partir de entonces, hablé con ella sobre la indemnización que el Estado ofrecía a los hijos de desaparecidos. Le costaba aceptarla. Sentía que cobrar por sus padres era una forma de traicionarlos. Le dije que no era un regalo ni un premio, sino una forma de reparar —aunque tarde y mal— lo que ellos no habían podido hacer por ella. Finalmente lo entendió. Y con ese dinero, se retiró de la empresa. Compró dos departamentos: en uno vivía, el otro lo alquilaba. Supe que, por fin, se había reencontrado con la familia de su padre, a quienes su abuela le había prohibido siempre conocer. La última vez que la vi fue en una muestra de arte. Trabajaba como modelo para pintores. Me lo dijo con cierta vergüenza: había subido de peso, pero, entre risas, decía que eso servía para el arte renacentista. —Con esto vivo —dijo. Y sonrió. La felicité. Cuando abrí el libro, descubrí que hablaba de tangos, de nostalgia, de identidades y de historias que se empeñan en volver. Pero a mí me pareció que hablaba de ella.


Este texto es parte de " Un judío amateur"

"What a Wonderful World " partitura en saxo alto

Mi profesor, Neke, me había propuesto tocar *What a Wonderful World* en la próxima clase, quizás como compensación por algunas baladas bastante más complicadas que me había hecho sufrir al sacarlas últimamente. Para relajarme un poco del estrés, me adelanté. Busqué la partitura y saqué el tema antes de la clase. La melodía me resultó inmediatamente optimista, un canto a la vida. Después leí la letra y descubrí que letra y música estaban en perfecta armonía: los árboles verdes, las rosas rojas, el cielo azul, los amigos que se saludan, los chicos que crecen. Y entonces escuché a Louis Armstrong cantarla. Hay canciones que uno escucha y otras que, por alguna razón, entran por otro lado. Armstrong cantando *What a Wonderful World* literalmente me pone la piel de gallina. Más todavía cuando uno conoce algo de su historia personal, de la pobreza y el racismo que atravesó, y piensa que esa voz cascada, que había conocido un mundo bastante menos maravilloso que el de la canción, podía todavía cantarle de esa manera a la vida. Mientras la tocaba pensé que quizás yo no agradecía lo suficiente los dones que la vida me había dado. No fue una reflexión demasiado elaborada. Apenas una sensación que quedó dando vueltas mientras guardaba el saxo. Un rato después salí al supermercado de la esquina a comprar algunas cosas que faltaban. En la puerta había una señora mayor. No estaba mal vestida ni tenía el aspecto que uno suele asociar inmediatamente con alguien que pide en la calle. A cada persona que entraba le preguntaba si podía comprarle algo para comer. A mí me pidió una leche y, por supuesto, se la compré. Había algo en esa mujer que invitaba a ayudarla. Pero entonces noté algo más: prácticamente todos los vecinos que entraban al supermercado salían con alguna de las cosas que ella les había pedido. Durante unos minutos aquella esquina pareció un lugar un poquito mejor. Volví a casa pensando en la canción. Aunque después se me ocurrió otra explicación. ¿Será que mis vecinos me escucharon tocar *What a Wonderful World* y se contagiaron?

sábado, 29 de agosto de 2026

" Puertas que se abren " un texto de Jorge Santkovsky

 


Ser judío no es solamente cargar con una historia de expulsiones y cenizas. También, a veces, es encontrar una puerta que se abre sin preguntar nada.

Yo lo supe en 1977, cuando llegué a Buenos Aires desde Bahía Blanca con una valija prestada y más miedo que ropa. Me estaba escondiendo de los militares: había militado contra la dictadura, como tantos jóvenes de esa época. La Casa del Estudiante de la AMIA me recibió sin hacerme preguntas ni pedirme nada a cambio. Fue una bendición, porque estaba muy vulnerable en una ciudad enorme y hostil. Otros iban para hacer contactos o encontrar pareja. Yo fui porque no tenía dinero ni alojamiento.

Me dejaron quedarme sin pagar, hasta que pudiera hacerlo. No me preguntaron si creía en Dios, si respetaba el Shabat ni si pensaba volver. Bastó con mi apellido.

Durante unos meses creí que allí estaba a salvo. Era una ilusión, lo sé ahora. Con los años supe también que entre las víctimas de la dictadura hubo una proporción enorme de jóvenes judíos y que el antisemitismo formaba parte del horror de muchos centros clandestinos. Yo entonces no lo sabía, y ese no saber fue mi refugio. A veces la ignorancia también es una forma de fe.

Por esa misma época llegué hasta una oficina de la Sojnut, la Agencia Judía, en la calle Lavalle, casi llegando a Callao. No recuerdo quién hizo el contacto; posiblemente una tía que temía por mi vida. Lo que sí recuerdo perfectamente es el rostro del hombre que me recibió. Casi cincuenta años después creo que podría reconocerlo. No recuerdo su nombre, pero recuerdo algo más importante: él sabía lo que estaba pasando.

Me contó que ya habían sacado de Chile a jóvenes perseguidos por la dictadura de Pinochet, muchos de ellos militantes de izquierda como yo. Y me ofreció hacer lo mismo conmigo: sacarme de la Argentina y llevarme a Israel.

Me iría sin documentación argentina y debía entender que irme significaba no volver.

No "hasta que terminara la dictadura". No volver.

Hoy sabemos que terminó en 1983. En 1977 nadie podía saberlo. Podía durar veinte años, treinta, toda una vida.

Yo tenía diecinueve años. No era sionista; Israel ni siquiera formaba parte de mi horizonte. Tampoco hablaba hebreo ni tenía parientes allí. Me imaginaba llegando solo a un país extraño y, además, con la posibilidad de terminar haciendo el servicio militar. Había conseguido evitarlo en la Argentina y tampoco quería hacerlo en Israel. No lo sentía para mí.

Pero creo que hubo algo todavía más fuerte que me impidió partir. Mis conflictos estaban acá. La locura de mi padre era una sombra sobre mi vida y mi hermano se quedaría, de algún modo, todavía más huérfano. Irme podía salvarme, pero también significaba abandonar todo aquello. Sentía, además, que había cosas que debía resolver acá; que si me iba huyendo quizá nunca terminaría de sanar.

Salí de aquella oficina y empecé a caminar por Callao hacia Corrientes. No necesité llegar muy lejos. A mitad de cuadra ya sabía que no me podía ir.

Me quedé.

Y tuve suerte.

Todavía hoy paso a menudo por aquella antigua sede de la Sojnut en la calle Lavalle. Cada vez que lo hago miro el edificio y recuerdo aquel día, el rostro del hombre que me atendió y la caminata por Callao en la que decidí quedarme. Durante décadas no supe que aquella puerta que no atravesé tenía incluso un nombre.

Milut —"rescate" en hebreo— era el nombre de la operación en la que participaron la Agencia Judía, la Embajada de Israel y otros organismos israelíes para sacar de la Argentina a personas cuyas vidas estaban en peligro. Se estima que entre 350 y 400 argentinos lograron escapar mediante ese operativo. 

Chile había sido el antecedente.

Eso me conmueve ahora de una manera que entonces no podía entender.

Yo no era sionista y ellos lo sabían. Tampoco parecía importarles demasiado. No estaban tratando de convencerme de Israel. Estaban tratando de salvarme.

Me gusta pensar que aquellos jóvenes idealistas, imprudentes y temerarios no eran vistos solamente como un problema que había que sacar del país. Que alguien creyó que sus vidas merecían ser salvadas, aun cuando muchas de sus ideas estuvieran lejos de las propias.

Rechacé el ofrecimiento. Pero fue bueno saber que, cuando alguien quería borrarme, había otro lugar dispuesto a hacer exactamente lo contrario: ayudarme a seguir existiendo.

Hay otro edificio frente al que también suelo pasar. La antigua Casa del Estudiante sigue en la calle Córdoba, pero está abandonada: rejas oxidadas, ventanas rotas, maleza creciendo en el patio. Si Lavalle me recuerda la puerta que decidí no atravesar, Córdoba me recuerda la que sí crucé.

Dicen que su cierre tuvo algo que ver con la caída del Banco Mayo y del Banco Patricios. No lo sé. Yo sólo siento que es una especie de tumba sin nombre. Allí dormí, allí me sentí seguro, allí fui recibido. Ahora nadie entra. Y tantos estudiantes del interior lo necesitarían. A veces me pregunto si alguien más lo recuerda.

Muchos años después, cuando mi hermano enfermó de Corea de Huntington, aprendí otro tipo de frontera. Su cuerpo se movía sin obedecerle y su conducta asustaba. La enfermedad tiene una etapa en la que la agresividad es imposible de contener. Ningún geriátrico lo quería aceptar. Nos lo decían con diplomacia: "No tenemos infraestructura". En la obra social del Hospital Italiano me lo dijeron sin malicia, pero sin rodeos:

—Busque un geriátrico judío. Ellos lo van a recibir.

Y así fue. Evité llevarlo al Borda —al hospital psiquiátrico— o a algún lugar parecido. Pude cumplir con el pedido de mi madre antes de morir: cuidarlo lo mejor posible. No hubo milagros ni privilegios lujosos. Cuando aparecieron los incidentes previstos, no hubo reproches. Sólo el reconocimiento de que alguien, en algún lugar, no nos iba a dar la espalda.

Otra vez, ser judío fue pertenecer a esa red que sostiene incluso cuando nadie mira.

No quiero exagerar. No es que ser judío me haya abierto siempre puertas. Hubo momentos en los que esperé una solidaridad que nunca llegó. También se han cerrado algunas oportunidades por la misma razón. A menudo sin palabras: una mirada, un chiste a mis espaldas, una ocasión perdida. Pero tiendo a olvidar esos episodios. No por ingenuidad, sino porque no quiero que definan mi memoria.

No creo en un Dios todopoderoso. Soy, en el mejor de los casos, un agnóstico que confía en el misterio. Y, sin embargo, sigo siendo judío. No por fe ni por observancia, sino porque se puede negar a Dios sin dejar de pertenecer.

Sin templo fijo, sin rezos obligatorios, con dudas más que certezas. Pero tampoco reniego. Siempre dejo en claro que soy judío. En los momentos decisivos, mi historia habló por mí. No lo elegí: apareció. Y tuve la suerte, y el pudor, de aceptarlo.

Ya no paso privaciones, nadie me busca de madrugada, no tengo que esconderme ni cuidar a mi hermano. Y, sin embargo, tengo una pesadilla recurrente: alguien me pide documentos en la calle, y yo no los encuentro, o los encuentro y no son los míos. Busco en los bolsillos, en la valija, en cualquier lado, y cuando por fin aparecen, las letras se mueven, se disuelven: no logro leer mi propio nombre. Y en esos sueños nunca logro demostrar quién soy.

Me despierto cuando algo no encaja y el sueño se quiebra. Supongo que esas fisuras existen también en la vida: dejan pasar lo que uno fue, incluso cuando todo parece estar en orden.

Mucho tiempo después, en un café de Barcelona, me senté por primera vez con un primo con el que el destino nunca me había cruzado. Hablando de aquellos años, me contó que a él también le habían ofrecido escapar a Israel. A su esposa, que no era judía, intentaron convencerla invocando la frase bíblica de Rut: «Tu pueblo será mi pueblo».

Ella se resistió. No iba a definir quién era por un texto que no era el suyo. Terminaron yendo igual por sus propios medios, y vivieron unos años en Israel. No porque ella hubiera aceptado ser Rut, sino porque quedarse en la Argentina de los militares era peor.

Escucharlo, casi cincuenta años después, me devolvió a aquella oficina de Lavalle y al hombre cuyo nombre olvidé pero cuyo rostro todavía recuerdo.

Mi primo cruzó esa puerta. Yo decidí no atravesarla.


Este texto correspónde al conjunto " Un judío amateur"

lunes, 24 de agosto de 2026

"Entre Mordejai y Marek " de Jorge Santkovsky

 



De mi madre conservo unas pocas cartas sin enviar. Ella amaba las palabras, pero apenas unas pocas llegaron a mi poder. Nunca se animó o no pudo dedicarse a la literatura, aunque escribía muy bien.

A veces pienso que escribía para no desaparecer del todo.

En una de esas cartas recuerda la emoción de presenciar un acto escolar en la escuela idish a la que yo asistía, cuando tenía ocho o nueve años. En ese acto, yo representaba a Mordejai Anielewicz.

No recuerdo nada de aquella escena. Ni el disfraz, ni las líneas, ni si estaba nervioso o feliz. Pero sí recuerdo el nombre. Anda a saber por qué, algo de ese nombre se quedó adentro.

Mordejai se convirtió, sin que yo lo advirtiera, en mi primer superhéroe.

No fue Superman ni Batman: fue aquel joven que murió peleando en el gueto, como jefe de una resistencia que sabía que no tenía salida. Un héroe con nombre judío, de carne y hueso. Mi infancia fue solitaria y carecía de juguetes o historietas que acompañaran mi imaginación, así que el pobre Mordejai, sin saberlo, ocupó en mi mente los espacios que en otros niños estaban destinados a la fantasía.

Lo que yo no sabía entonces es que lejos de ser un superhéroe de espaldas anchas, Mordejai estaba famélico. Su mayor fuerza no salía de un físico espléndido sino de una certeza: después de la conferencia de Wannsee, el destino de los trenes no era un campo de trabajo sino la máquina de la muerte. Era mejor morir peleando. Hacerlo dignamente era lo único que daba sentido al final —al menos como ejemplo para los otros—. Desde el Once donde crecí, yo me imaginaba a ese muchacho haciendo la guerra de guerrillas por los subsuelos de Varsovia, antes de suicidarse junto a su novia en el búnker de Mila 18 para no caer con vida en manos de los nazis.

De mi paso por esa escuela recuerdo casi nada; hoy, en su lugar, se enseña hebreo. El idish era melancólico, una lengua sin territorio; la lengua de la diáspora que hablaban millones de judíos en Europa del Este antes de que la historia los borrara de golpe. El nuevo Estado hizo del hebreo, una lengua antigua resucitada, la lengua de una nueva identidad nacional, mientras esa lengua quedaba relegada como vestigio de la diáspora. Años después me enteraría de que Marek Edelman nunca terminó de perdonar ese desplazamiento. Lamento esa pérdida; hoy, que vivo enamorado de las palabras, acudo a veces a ella como a un tesoro invaluable para el disfrute de los sentidos.

Con el tiempo, en un viaje a Varsovia, descubrí a Marek Edelman. Hay un mural enorme que lo recuerda en la ciudad, un memorial que refleja su importancia para la propia historia de Polonia.

Cuando murió Mordejai, él lo sucedió en el mando del levantamiento. Logró salvar su vida escapando por las alcantarillas. A diferencia de su compañero caído, Marek sobrevivió al gueto, a la guerra, a la posguerra, al antisemitismo y al comunismo. Y también al exilio interior, que acaso fue el más difícil de todos.

Lo que más me impresionó fue otra cosa: Marek era un polaco judío más que un judío polaco. No era religioso ni un miembro destacado de la comunidad. Como yo, había hecho todo lo posible por salirse de la aldea hacia el mundo. Pero lo atrapó la historia del modo más cruel. Me sentí identificado con eso. No fue menos valiente que Mordejai, pero su coraje fue distinto: menos épico, más sostenido. No el del que se lanza al fuego, sino el del que permanece alerta entre las cenizas.

Dudo que en el acto escolar de mi infancia hubiera habido un niño representando a Marek. Tal vez no sabíamos aún cómo dar lugar a los que sobreviven.

Marek y Mordejai no solo fueron distintos en sus destinos: también en sus ideas. Marek era del Bund, el movimiento socialista judío que creía en luchar por la igualdad dentro de cada país, sin patria propia, sin Estado, sin banderas. Mordejai, en cambio, militaba en Hashomer Hatzair, el sionismo socialista; soñaba con una tierra judía en Palestina y creía que la reconstrucción nacional era parte de la redención. Ambos eran jóvenes, idealistas, militantes. Ambos enfrentaron al mismo despiadado enemigo. Si hubieran sobrevivido a la guerra, quizás no habrían estado de acuerdo en nada.

Y sin embargo, en el corazón del gueto, esas diferencias se suspendieron. La historia no les pidió coherencia: les exigió coraje y dignidad.

Marek había conocido a Mordejai de chico. Lo recordaba como un muchacho humilde y vivaz, que ayudaba a sus padres en la feria. Contaba, con una ironía filosa, que Mordejai le agregaba tintura roja a las cáscaras de los huevos pasados para que parecieran frescos y venderlos mejor.

¿Un futuro héroe nacional puede haber hecho esas picardías? Quizás ahí radica lo más inquietante y lo más esperanzador de todo esto: no existen las personas extraordinarias por naturaleza. Como contrapunto a lo que Hannah Arendt definió como la banalidad del mal, la historia de Marek parece proponernos una especie de banalidad del bien. Una decencia pedestre, gris, que no necesita de santos ni de estatuas de bronce. Alguien común, atrapado en un contexto de oscuridad absoluta, simplemente hace lo que se debe hacer. Lo normal, aunque el mundo alrededor se haya vuelto loco.

Muchos años después, Edelman lo diría a su manera: "Los héroes hacen cosas extraordinarias. Lo que yo hice no fue algo extraordinario. Fue simplemente normal."

Mi madre no podía imaginar que ese pequeño acto escolar iba a quedar flotando en mi memoria durante décadas. Tampoco que yo, muchos años después, seguiría preguntándome si ese niño que representaba a Mordejai habría sido un hombre distinto de haber representado a Marek. No uno que se inmola en el búnker, sino uno que elige la intemperie de seguir viviendo después.

Sé que uno nunca termina de dejar atrás al niño que fue. A veces es apenas un recuerdo, una nostalgia, una escena vaga. Otras veces, sin saberlo, seguimos sus pasos para intentar entender quiénes somos. En este caso, quizás para buscar un lugar entre ambos.



Este texto es parte de " Un Judío amateur"