sábado, 7 de noviembre de 2026

"Partitura del tango Sur para saxo alto "

 

### Sur, el territorio de la nostalgia Cuentan que Ernesto Sábato dijo alguna vez que cambiaría toda su obra por el privilegio de haber escrito *Sur*. La frase, que el músico Héctor Stamponi le atribuyó en una entrevista, puede parecer exagerada, pero basta escuchar este tango para comprenderla. Homero Manzi escribió la letra y Aníbal Troilo le puso música. Edmundo Rivero lo grabó por primera vez en 1948. Desde entonces, *Sur* dejó de pertenecerles a sus autores para convertirse en una parte de la memoria sentimental de Buenos Aires. Manzi evoca un amor perdido, pero también un barrio que desaparece. Las calles, los almacenes, el barro y las vías del ferrocarril son mucho más que un paisaje: son los testigos de un tiempo al que ya no es posible regresar. Quizás allí resida su extraordinaria belleza. No sabemos demasiado de aquella mujer ni de aquella historia de amor. Tampoco hace falta. Todos tenemos una esquina, una ventana o una calle que alguna vez nos perteneció y que hoy, aunque siga estando en el mismo lugar, ya no existe. *Sur* habla de Buenos Aires, pero podría hablar de cualquier ciudad. O, mejor dicho, de cualquiera de nosotros. Porque la nostalgia no consiste solamente en extrañar lo que hemos perdido. También consiste en descubrir que nosotros mismos ya no somos aquellos que lo vivieron. Y ahora me atrevo a tocarlo en saxo alto, un instrumento que no es precisamente habitual en el tango. Por si fuera poco, lo interpreto una octava más arriba, para escapar de un do sostenido grave que todavía se me resiste, especialmente cuando aparece en medio de una melodía. Son pequeñas licencias que se toma un saxofonista aficionado. Manzi y Troilo sabrán disculparme.

miércoles, 4 de noviembre de 2026

"Maestro de almas" de Irene Nemirovsky , Extracto del epilogo




Irène Némirovsky toma prestados esos estereotipos para subvertirlos. En su puesta en escena, el personaje del extranjero enriquecido entra en contradicción consigo mismo. Del mismo modo que Golder se halla dispuesto a arruinarse por su hija y vuelve sosegado junto a sus antepasados, así Asfar sólo acepta vender su alma para alimentar a los suyos, aunque lo olvida. Pese a haber sido modelados sobre caricaturas, Golder y Asfar rebosan humanidad, sufrimiento y belleza. Asfar ayuda a la señorita Aron, joven y pobre, convirtiéndola en su secretaria. Se envilece para salvar a su hijo de la maldición. Su condena es un sacrificio. En realidad, Asfar no es despreciable; es despreciado. Tiene hambre: hambre de honor, de respeto, de comprensión. La novelista se limita a trasladar al escenario «racial», que es el decorado de su época, resortes que son propios de la novela psicológica. Así como hay cien maneras de ser antisemita, hay otras cien de no serlo, y una de ellas implica no abandonar a los Asfar y los Golder a los xenófobos. Pero a Irène Némirovsky no se le tolera que manifieste tan poca identificación gregaria, lo que supone un prejuicio más. De «odio a uno mismo», se la acusa entonces. Mas, aparte de que nadie está obligado a adorarse a sí mismo, Némirovsky no se menosprecia, sólo presenta la imagen que le devuelve una Francia llena de espejos deformantes, periódicos, novelas y panfletos. En El maestro de almas no es a Asfar a quien condena, sino a la indigna criatura a que lo reduce la «expresión de cordialidad, compasión y desprecio» que es la esencia de la hipocresía. Como matiza él mismo, Asfar no es un meteco, sino «lo que ustedes llaman un meteco». La autora no había leído en vano El retrato de Dorian Gray a los quince años. El tema del reflejo odiado se halla presente en toda su obra, desde Golder, que se ve envejecer ante el espejo, a Asfar, que se asusta de «su sombrío y ansioso rostro, sus puntiagudas orejas, sus largos dientes» reflejados en los escaparates de las tiendas. ¿Odio hacia uno mismo? Más bien odio hacia el reflejo de uno mismo. Si El maestro de almas es un autorretrato de una «sórdida negrura» es porque su autora mojó la pluma en la tinta de sus futuros perseguidores. El maestro de almas es un cuento que recurre a los recursos propios del género: Asfar es «un animal salvaje perdido lejos del bosque» y más tarde «un hechicero». Se trata del cuento del licántropo, el híbrido al que la prensa de la época declara «inasimilable», como primer estadio hacia una lenta deshumanización. Es el cuento de las raíces que no pueden arrancarse: los personajes de Irène Némirovsky se levantan con la esperanza puesta en Occidente, pero se acuestan siempre en Oriente, como Clara, que en el lecho de muerte cree haber vuelto a casa de su padre. El cuento podría empezar así: «Coja un animal hambriento y acosado, con una hembra y cachorros que alimentar, y póngalo en un buen redil, entre tiernos corderos, en un verde prado…». ¿No será El maestro de almas la sátira del «desprecio burgués», de esa Francia que ya no es la madre hospitalaria de los huérfanos de la tierra? El 2 de febrero de 1939, la Iglesia se dignó conceder el bautismo a Irène Némirovsky, pero el Estado le negó la naturalización, pese a que Brasillach, hijo deforme del antisemitismo, ponía el talento de la autora como ejemplo para las novelistas francesas. «¡Inútiles melindres de Europa!». Esta novela es una respuesta a las mentiras de Occidente. «Si nos ofendéis, ¿no habremos de vengarnos?», observa Shylock. En las páginas precedentes, los retratos de burgueses y mujeres de la buena sociedad no están exentos de crueldad; se los presenta ignorantes, arrogantes, codiciosos, hipócritas, taimados… Del psicoanálisis, que es uno de los temas de El maestro de almas y cuyo objeto es precisamente remover «las vergonzosas heces del alma», Irène Némirovsky había retenido lo esencial: el principio universal del ego. Y de igual modo que lo han ilusionado con palabras pérfidas («Pero usted lleva en Francia mucho tiempo… ¡Casi es uno de nosotros!»), Asfar el humillado, Asfar el ofendido, se venga con falsas promesas. «Me gusta sentir que está muy por encima de mí —le confiesa a la inaccesible Sylvie—. Y a veces la odio. Pero el resto del tiempo la amo». ¿Es Irène Némirovsky quien se dirige a Francia de ese modo? La publicación por entregas finalizó en agosto de 1939, unos días antes del inicio de la guerra. ¿Había previsto el editor Albin Michel sacarla en formato de libro? Por el momento, consideraba más urgente asegurar su apoyo a la autora en aquellas «horas angustiosas», teniendo en cuenta que su ascendencia «rusa y judía» podría crearle «problemas». En abril de 1940, antes de la ofensiva alemana, apareció su testamento literario, Los perros y los lobos. Una vez más, Irène Némirovsky lleva a cabo un retrato nada complaciente, no de los judíos franceses, sino de judíos llegados «del Este, de Ucrania o Polonia», los mismos a quienes la prensa califica de «judíos salvajes». No obstante, consciente del odio que persigue a los judíos, y del que todavía se cree a resguardo, juzga necesario incluir una advertencia: «¿Por qué iba a negarse un pueblo a ser visto como es, con sus virtudes y sus defectos? Creo que ciertos judíos se reconocerán en mis personajes. Puede que me lo reprochen. Pero sé que digo la verdad». Seis meses más tarde, el primer Estatuto de los Judíos la obligará a publicar sus novelas cortas con seudónimo. En las dos novelas que terminó entonces y en la que dejará inacabada, los personajes judíos desaparecen: en una época que ama las caricaturas, la sutileza ya no está de moda. El 15 de julio de 1942, cuando tras dos días de arresto Irène Némirovsky es internada en el campo de Pithiviers, la última novela corta que publicará en vida aparece en el semanario petainista Présent. En esta obra, la desilusión de la autora es patente: «Míreme. Ahora estoy sola. Pero mi soledad no es elegida, buscada, sino humillada, amarga, la peor de todas, la del abandono, la de la traición»[9]. En noviembre de 1942 su marido Michel Epstein, que llevaba casi tres meses sin noticias suyas, consigue reunirse con ella mucho más lejos de lo que pensaba, en Europa Oriental: en Oswiecim, Polonia, Auschwitz en alemán. ¿Dónde están ahora los lobos, dónde los bárbaros, dónde los salvajes? «¿Qué me está haciendo este país, Dios mío?», escribía la autora en junio de 1941, como un eco de la desgarradora declaración de Asfar: «Sí, a todos vosotros que me despreciáis, franceses ricos, franceses felices: lo que yo quería era vuestra cultura, vuestra moral, vuestras virtudes, cuanto es más noble que yo, diferente de mí, diferente del lodo en que nací». Ella no había nacido en el barro, pero justo es decir que aspiraba al reconocimiento literario de Francia. Esa Francia obsesionada por el fantasma del Otro y cuya mueca de terror siguen reflejando las brillantes novelas de Irène Némirovsky setenta años después. OLIVIER PHILIPPONNAT PATRICK LIENHARDT

domingo, 25 de octubre de 2026

"Manuelita" partitura para saxo alto

Hay canciones que sobreviven a sus autores y personajes que terminan adquiriendo vida propia. Manuelita, la tortuga que imaginó María Elena Walsh, es uno de ellos. Basta pronunciar su nombre para que casi cualquier argentino sepa de quién estamos hablando. Lo curioso es que Manuelita también llegó a Barcelona. Mi nieto vive allí y conoce la canción porque su maestra se la enseñó en español. Así, una tortuga nacida en la imaginación de María Elena Walsh sigue viajando, mucho después de haber emprendido su famosa aventura a París. A mi nieto le encanta, y se me ocurrió aprender a tocarla en el saxo para divertirlo. En el camino descubrí que una canción infantil no es necesariamente una canción sencilla de tocar. La aparente simplicidad de su melodía esconde más dificultades de las que imaginaba. Pero el esfuerzo tiene su recompensa: puedo compartir con mi nieto una canción que conocemos los dos.

"La vie en rose " partitura para saxo alto

En 1945, cuando París comenzaba a recuperarse de la ocupación nazi, Édith Piaf escribió *La Vie en rose*. No era precisamente una época para ver la vida de color rosa, pero ella encontró en el amor una manera de transformar la realidad. Hace apenas unas semanas estuve en París. Caminé por sus calles, comí con total tranquilidad en Le Marais, el céntrico barrio judío, y disfruté de esa ciudad que nunca termina de perder su encanto. Hoy, las imágenes de sus calles agitadas por protestas y enfrentamientos contrastan con mis recuerdos recientes y con aquel París romántico que evoca la canción. Pero Piaf no cantaba sobre un mundo de color rosa, sino sobre la posibilidad de verlo así, aun cuando no lo fuera. Quizás por eso su melodía conserva intacta su belleza. El amor no cambia necesariamente el mundo, pero puede cambiar nuestra manera de mirarlo. Mientras tanto, yo sigo tocando *La Vie en rose* en mi saxo, con la voz de Piaf en la memoria.

 

sábado, 24 de octubre de 2026

El círculo de quintas para cantar (y no olvidar)

 




Do mayor comienza,

sin ninguna diferencia.

De quinta en quinta avanzará,

la séptima un semitono subirá.


Sol le agrega un Fa,

sostenido sonará.

Con Fa♯ por delante,

sigue el círculo, vibrante.


Re le suma un Do,

y ahora tenemos dos:

Fa♯ y Do♯,

acompañando la canción.


La le agrega un Sol,

y ya brillan tres al sol:

Fa♯, Do♯ y Sol♯,

¡que siga la función!


Mi incorpora un Re,

cuatro sostenidos se ven:

Fa♯, Do♯, Sol♯ y Re♯,

la séptima vuelve a ascender.


Si le agrega un La,

y cinco llevará:

Fa♯, Do♯, Sol♯, Re♯ y La♯.

Ninguno se quedará atrás.


Fa sostenido suma un Mi,

seis tenemos hasta aquí:

Fa♯, Do♯, Sol♯,

Re♯, La♯ y Mi♯.


Do sostenido agrega un Si,

los siete llegaron al fin:

Fa♯, Do♯, Sol♯,

Re♯, La♯, Mi♯ y Si♯.


Siete sostenidos,

¡no cabe uno más aquí!


---


Pero entonces, ¡qué ilusión!,

ocurre una transformación.


Do sostenido se viste

con traje de Re bemol.

Siete sostenidos eran,

cinco bemoles ahora son.


Y aunque cambiaron de traje,

no cambiaron de canción.


El círculo no se acaba,

solo cambia de tonada.


---


Re bemol tiene cinco,

vamos a recordar:

Si♭, Mi♭, La♭, Re♭ y Sol♭,

todos juntos sonarán.


Re bemol pierde el Sol♭,

que vuelve a ser natural.

La bemol se queda con cuatro:

Si♭, Mi♭, La♭ y Re♭.

¡Uno menos esta vez!


La bemol pierde el Re♭,

que natural vuelve a ser.

Mi bemol conserva tres:

Si♭, Mi♭ y La♭,

y seguimos otra vez.


Mi bemol pierde el La♭,

que natural quedará.

Si bemol conserva dos:

Si♭ y Mi♭,

¡qué sencilla combinación!


Si bemol pierde el Mi♭,

que natural vuelve a ser.

Fa mayor conserva un solo bemol:

Si♭, y ningún otro quedó.


Fa mayor pierde el Si♭,

que natural vuelve a ser.

Do mayor no tiene ninguno,

y el círculo se cierra otra vez.


Sin sostenidos,

sin bemoles,

sin disfraces

ni colores.


Pero al cerrarse, una vez más,

ya se prepara para empezar.


Y si Sol le agrega un Fa,

¡todo vuelve a comenzar!

viernes, 16 de octubre de 2026

"Héroes incómodos" un texto de Jorge Santkovsky

 



A los judíos nos gustan mucho nuestros judíos. Salvo algunos.

Nos encantan los científicos, los escritores, los músicos, los médicos, los empresarios. Tenemos cierta debilidad por recordar cuántos premios Nobel somos, qué porcentaje de tal o cual disciplina ocupamos y qué inventó algún judío del que hasta ayer ninguno de nosotros había oído hablar.

Los mafiosos nos entusiasman bastante menos.

Yo me dedico desde hace muchos años al reciclado de residuos electrónicos, una actividad suficientemente cercana al negocio de la basura como para haber conocido personajes que uno preferiría no conocer demasiado. Lo mío siempre fue una especie de basura gourmet: servidores, computadoras, equipos de comunicaciones, materiales cuyo valor no resulta evidente para cualquiera. Eso me mantuvo bastante lejos de otros mundos.

Bastante, pero no completamente.

Una vez gané una licitación y poco después me llamó alguien con quien ya había hecho negocios. Me explicó que debía renunciar. Si no lo hacía, visitarían a mis clientes. No necesitó explicarme para qué. Renuncié. Me ha salvado muchas veces que mi ambición es moderada.

Años después terminé trabajando para ese mismo cliente, como subcontratista de un grupo con vínculos sindicales y una considerable capacidad de persuasión. Ellos tenían lo que yo no tenía. Yo tenía lo que ellos no tenían. El sistema funcionó durante años.

No hace falta contar mucho más. Tampoco estoy seguro de querer hacerlo.

Cuando leí Aprenda de la mafia, de Louis Ferrante, encontré situaciones extrañamente familiares.

Ferrante había pertenecido a la familia Gambino. No escribía sobre un mundo que hubiera investigado: escribía sobre un mundo en el que había vivido. Y una de sus afirmaciones me hizo gracia. Según él, prácticamente toda organización mafiosa tenía su gánster judío.

No sé si la afirmación resiste un estudio estadístico. Pero Ferrante la presenta casi como un axioma.

Su ejemplo es Meyer Lansky, a quien llama el Einstein de la mafia.

Lansky es uno de esos judíos que no solemos incluir en las listas de judíos ilustres. Fue una figura central del crimen organizado norteamericano. Junto con Bugsy Siegel estuvo involucrado en los negocios que dieron origen a Las Vegas.

Pero Lansky tenía una peculiaridad incómoda: era profundamente judío.

No particularmente religioso. Judío de una manera difícil de definir, pero no menos intensa.

Y cuando los nazis comenzaron a realizar actos y reuniones en Estados Unidos durante los años treinta, esa condición dejó de ser un dato biográfico.

En aquellos años, cuando Hitler consolidaba su poder en Alemania, el German American Bund, una organización pronazi, celebraba reuniones y manifestaciones en distintas ciudades norteamericanas. Sus miembros desfilaban con uniformes, esvásticas y retratos de Hitler. No eran cuatro extravagantes: el 20 de febrero de 1939 llenaron el Madison Square Garden con unas veinte mil personas, bajo un enorme retrato de George Washington flanqueado por esvásticas.

Las organizaciones judías tradicionales no sabían muy bien cómo enfrentarlos. Aquellos actos, por repugnantes que fueran, eran legales.

Según reconstruye el historiador Robert Rockaway, el juez judío Nathan Perlman recurrió a Lansky para pedirle que hiciera algo al respecto.

Lansky aceptó. No quiso cobrar.

Según esa versión, la única condición que le impusieron fue que no matara a nadie.

Organizó grupos de gánsteres judíos que irrumpían en las reuniones nazis y golpeaban a los asistentes. En una de aquellas incursiones, en el barrio neoyorquino de Yorkville, llegaron a arrojar a algunos participantes por las ventanas, según contaría el propio Lansky.

No eran intelectuales discutiendo contra el fascismo.

Eran gánsteres pegándoles a nazis.

Después de la Segunda Guerra Mundial, cuando los judíos de Palestina comenzaron a prepararse para la guerra que acompañaría el nacimiento de Israel, Lansky volvió a intervenir.

La Haganá necesitaba armas. Comprarlas y trasladarlas clandestinamente desde Estados Unidos exigía contactos que no siempre podían encontrarse entre los dirigentes respetables de la comunidad.

Lansky tenía algunos.

Yehuda Arazi, un enviado de la Haganá, recurrió a él para conseguir que las armas pudieran embarcarse clandestinamente hacia Palestina. Lansky se comunicó con Albert Anastasia y Joe Adonis, dos importantes jefes mafiosos que ejercían una enorme influencia sobre los sindicatos de estibadores y las operaciones del puerto de Nueva York.

Según relata Rockaway, los trabajadores portuarios vinculados a aquellas organizaciones ayudaron a ocultar y embarcar armas destinadas a los judíos de Palestina. Mientras tanto, se cuenta que algunos cargamentos de armamento destinados a Egipto sufrieron accidentes: terminaron misteriosamente en el fondo del mar.

La mafia controlaba los muelles. Y Lansky sabía perfectamente cómo utilizar ese poder.

Otra vez, los métodos eran discutibles. Otra vez, el propósito era defender a su pueblo.

Quizás ayudar a Israel no fuera más que la continuación de la vieja costumbre de los jóvenes judíos de proteger sus barrios de los antisemitas.

Solo que, después del Holocausto, el barrio judío había cambiado de dimensión.

Ahora se llamaba Israel.

Rockaway recuerda también una vieja idea de la tradición judía: el pintele yid, esa pequeña chispa de judaísmo que permanecería encendida en cada judío, por muy alejado que estuviera de la religión y por muy cuestionable que fuera su conducta.

Incluso en un mafioso.

Me gusta esa imagen, aunque no estoy seguro de creer en ella.

Quizás porque ofrece una explicación demasiado tranquilizadora: en el fondo de cualquier judío, por depravado que sea, habría algo bueno esperando la oportunidad de manifestarse. O porque la pertenencia a un pueblo es mucho más compleja que una virtud escondida.

En cualquier caso, Lansky no necesitó descubrir aquella chispa. La tuvo presente toda su vida.

En 1970, Lansky llegó a Israel decidido a instalarse allí. Tenía casi setenta años. Apeló a la Ley del Retorno, pero el Estado judío se negó a recibirlo; en 1972 la Corte Suprema confirmó la decisión por unanimidad. Sus antecedentes y sus vínculos con el crimen organizado pesaron más que sus servicios.

La paradoja siempre me fascinó.

El Estado de los judíos le cerraba la puerta a un judío que, cuando todavía no existía ese Estado y los nazis marchaban por las calles norteamericanas, había decidido enfrentarlos de la manera que mejor conocía.

Lansky resumió su situación con una frase que se le atribuye: «Soy judío en todos los países excepto en Israel».

Eso no convierte a Meyer Lansky en una buena persona.

Tal vez ahí empieza el problema.

Nos gustan los héroes completos. Personas cuya biografía podamos contar sin demasiados asteriscos.

Lansky necesita demasiados.

Louis Ferrante plantea el problema desde el extremo opuesto.

Nació en una familia católica italiana y se convirtió en mafioso. Participó en robos, fue detenido y pasó años en prisión. Allí comenzó a leer. Primero por curiosidad y después con una intensidad que terminó llevándolo a los textos religiosos.

Finalmente eligió el judaísmo.

Ferrante había conocido judíos mucho antes de conocer el judaísmo. Los había conocido en la mafia. En sus propios libros habla repetidamente de Lansky y de otros gánsteres judíos.

Podría decirse —aunque seguramente él no lo diría de esa manera— que comenzó a descubrir el judaísmo mientras todavía era mafioso.

Mucho después encontraría la Torá.

Se convirtió formalmente tras salir de prisión en 2003, de la mano del rabino conservador Arthur Rulnick, y comenzó a llevar una vida judía observante. Para comprar sus primeros tefilín fue a una librería de College Point, en Queens, y se detuvo en seco: estaba a menos de una cuadra del lugar donde, más de una década antes, había asaltado un camión. En una entrevista de 2009 dijo que soñaba con vivir algún día en Israel y ser enterrado allí.

Entonces aparecen frente a frente dos historias casi simétricas.

Uno nació adentro y terminó afuera.

El otro nació afuera y quiso entrar.

Ferrante cuenta además algo sobre los mafiosos que me produjo una sonrisa de reconocimiento: pueden ser sorprendentemente sensibles a las muestras de afecto.

Eso también lo he visto.

Hombres capaces de intimidar, de amenazar, de manejar relaciones donde nadie necesita explicar demasiado qué significa un determinado mensaje, pueden conmoverse de una manera casi infantil ante una demostración de cariño, de respeto o de lealtad.

Alguno llegó a decirme: «Quisiera ser como vos».

Con otro, un barra brava de un club de fútbol, hice negocios durante un tiempo. Se jactaba de que, cuando bajaba a la tribuna, la gente se abría para dejarlo pasar. Un día me contó que, de chico, comía las papas que le daban en el mercado y que, a los cinco años, las asaba en la calle, sobre el fuego que hacían con lo que encontraban.

Cuando lo conocí, vivía en el extremo opuesto: iba a un all inclusive que le costaba quinientos dólares por día y, por supuesto, se empachaba de comida y de alcohol. Era fanático del Viagra, tenía treinta y pocos años, y no entendía que yo no lo usara. Igual me lo metía en el bolsillo.

Lo escuché. Le dije que ya no hacía falta comer como si mañana no fuera a haber comida.

—Nunca nadie me habló así.

Pocos meses después me enteré de que había muerto de una sobredosis.

Después de tantos años tratando con seres humanos, cada vez estoy menos seguro de que las contradicciones sean realmente contradictorias.

No los traigo por héroes. Los traigo porque incomodan, y porque obligan a mirar una parte de nuestra propia historia que preferimos dejar fuera de la fotografía.

Los judíos tenemos científicos, artistas, comerciantes, obreros, revolucionarios, rabinos, empresarios y escritores.

También tenemos mafiosos.

Formar parte de un pueblo es aceptar también a los parientes que uno preferiría no sentar en la mesa principal.

Y, de vez en cuando, ocurre algo todavía más extraño.

Alguno de esos parientes incómodos termina haciendo algo muy valiente.

Y algún mafioso italiano pide permiso para sentarse a nuestra mesa.



Este es un texto del " Judio amateur"


jueves, 17 de septiembre de 2026

Partitura de " Promesas sobre el bidet" para saxo alto

Cuando Neke me enseñó Promesas sobre el bidet, evitó las notas más agudas. Yo todavía no llegaba cómodo hasta ahí, así que hicimos casi toda la canción una escala más abajo. No me lo dijo, pero un día, en la clase, se le escapó. Entonces, un fin de semana, sin avisarle nada, me animé a sacarla como mejor queda, enfrentando esas notas que hasta entonces habíamos esquivado. Y salió. La canción ya me gustaba desde antes. Sobre todo por su sinceridad. Promesas sobre el bidet es una canción de amor, pero no de esas que prometen que todo va a salir bien. Charly reconoce algo bastante menos romántico y bastante más verdadero: querer a alguien no significa necesariamente saber relacionarse con él. Todos llegamos al amor con nuestro equipaje. Miedos, heridas, manías, inseguridades, maneras equivocadas de defendernos. Queremos al otro y, sin embargo, podemos lastimarlo. Queremos que se quede y a veces hacemos exactamente lo necesario para que se aleje. Tal vez una buena relación no sea aquella en la que dos personas consiguen dejar todo eso afuera. No sé si existe semejante cosa. Tal vez sea aquella en la que cada uno puede reconocer qué parte del desastre le pertenece. Eso es lo que encuentro en la canción de Charly. No la promesa de que el amor puede con todo, sino algo bastante más humilde: la aceptación de que nosotros también somos parte del problema. Yo ya sabía por qué me gustaba. Lo que me faltaba era aprender a tocarla sin esquivar las notas difíciles. Bastante difícil ya es el amor.