Era la guerra de Iom Kipur, octubre de 1973. Escuché, en el Bet Am de Bahía Blanca, una frase que me desterró para siempre.
Un orador hablaba ante la sala repleta. En esos años la comunicación era lenta y exclusiva: las noticias llegaban a cuentagotas, y todos esperaban con una mezcla de ansiedad y resignación. En un momento, su voz se endureció y lanzó la sentencia que aún persiste en mi memoria:
—Un millón de árabes no valen la vida de un judío.
Tenía quince años. Demasiado joven para comprender el mundo, pero lo bastante adulto como para sentir la herida de esa aritmética.
Salí a la calle con la kipa puesta, todavía aturdido, y me fui caminando hasta mi casa. A pocas cuadras, un pasajero, sin sacar la cabeza de la ventanilla, me gritó:
—¡Judío de mierda!
Cuando Israel entra en guerra, el antisemitismo despierta de su siesta y sale a respirar.
La paradoja era cruel: ese colectivo pertenecía a la empresa que había ayudado a fundar mi abuelo, en la que aún trabajaban algunos de mis tíos.
Años después, el eco de aquella cuenta regresó con otra forma. En Gaza, los números vuelven a disputarse el alma.
Veinte rehenes vivos por casi dos mil prisioneros palestinos. Cien por uno.
Por cada rehén israelí muerto, quince cadáveres palestinos devueltos.
Por el cuerpo del joven nepalí, nada.
Hay muertos que no cotizan.
Entre los cuerpos entregados como rehenes israelíes apareció el de un gazatí. El ADN no miente: no era un rehén. Se dijo que era un colaborador de Israel. Nadie sabe con certeza cómo terminó su cuerpo en ese intercambio.
Es otro cadáver sin compensación.
En 2018 el Mosad recuperó el reloj de Eli Cohen. En 2025, unas 2.500 piezas de su archivo sirio. El cuerpo del espía imposible sigue sin precio de cambio. Sospecho que su valor es cercano al infinito, y el infinito, en la guerra, es sinónimo de imposible.
Incluso dentro del mismo bando la matemática no perdona. Israel perdió cientos de soldados durante una guerra en la que el rescate de 251 rehenes convivió con otros objetivos militares. Muchos de esos rehenes ya estaban muertos; algunos no soportaron sobrevivir; otros volvieron con una vida que ya no encaja en el recuerdo que tenían de sí mismos. Es cierto que algunos conservaron una entereza que desafía toda lógica y serán un faro para otros.
No es una buena inversión —si la palabra “inversión” puede aplicarse al horror—. Pero la guerra no entiende de pérdidas: solo multiplica.
En Ucrania y Rusia las cuentas son distintas. Allí los intercambios de prisioneros parecen conservar una simetría que en Medio Oriente se ha perdido.
Y no puedo evitar que Ucrania me lleve a una de mis obsesiones: los jázaros, aquel pueblo de las estepas cuya élite, según las crónicas, abrazó el judaísmo. Basta mencionarlos para entrar en una discusión histórica interminable. A mí me interesa otra cosa: pensar que también por esas tierras pasó alguna vez una manera inesperada de ser judío.
La matemática macabra no es nueva.
Churchill también la practicó: ordenó a las tropas británicas resistir en Calais para ganar tiempo mientras el grueso del ejército aliado escapaba de Dunkerque. Unos pocos miles sacrificados para ayudar a salvar a cientos de miles.
El cálculo, impecable; la cuenta, insoportable.
Estas cuentas vienen desde la antigüedad. En las Termópilas, trescientos espartanos, junto con otros contingentes griegos —entre ellos unos setecientos tespios que permanecieron hasta el final—, contuvieron a los persas para dar tiempo a los helenos a preparar su defensa.
Siglos después, Bibi diría que Israel debería prepararse para convertirse en una “super-Esparta”. Hablaba del aislamiento y de la necesidad de autosuficiencia militar, no de las Termópilas. Pero la metáfora estaba allí y, con Irán nuevamente convertido en enemigo, resultaba difícil no escuchar el eco de los antiguos persas.
He comprendido que la guerra no tiene contadores: tiene profetas de la cifra. Y cada pueblo los escucha, convencido de que su dios lleva la contabilidad correcta.
Aquel chico de quince años que salió del Bet Am con la kipa puesta no sabía nada de Gaza, de rehenes, de Eli Cohen, de Ucrania, de los jázaros, de Calais ni de las Termópilas. Solo sabía que un millón contra uno era una cuenta que no entendía.
Después estudié Matemática en la facultad. Me enseñaron ecuaciones bastante más difíciles. La matemática macabra no era una materia. Es de esas que se aprenden en la calle.
Tal vez lo que todavía me sorprende no sean las cuentas, sino la facilidad con que las naturalizamos. Discutimos si cien por uno es demasiado, si fue un buen o un mal negocio, si el precio pagado alentará el próximo secuestro. Discutimos el resultado.
Casi nunca la existencia de la ecuación.
Este texto forma parte del " Judio amateur"