miércoles, 4 de noviembre de 2026
"Maestro de almas" de Irene Nemirovsky , Extracto del epilogo
domingo, 25 de octubre de 2026
"Manuelita" partitura para saxo alto
"La vie en rose " partitura para saxo alto
sábado, 24 de octubre de 2026
El círculo de quintas para cantar (y no olvidar)
Do mayor comienza,
sin ninguna diferencia.
De quinta en quinta avanzará,
la séptima un semitono subirá.
Sol le agrega un Fa,
sostenido sonará.
Con Fa♯ por delante,
sigue el círculo, vibrante.
Re le suma un Do,
y ahora tenemos dos:
Fa♯ y Do♯,
acompañando la canción.
La le agrega un Sol,
y ya brillan tres al sol:
Fa♯, Do♯ y Sol♯,
¡que siga la función!
Mi incorpora un Re,
cuatro sostenidos se ven:
Fa♯, Do♯, Sol♯ y Re♯,
la séptima vuelve a ascender.
Si le agrega un La,
y cinco llevará:
Fa♯, Do♯, Sol♯, Re♯ y La♯.
Ninguno se quedará atrás.
Fa sostenido suma un Mi,
seis tenemos hasta aquí:
Fa♯, Do♯, Sol♯,
Re♯, La♯ y Mi♯.
Do sostenido agrega un Si,
los siete llegaron al fin:
Fa♯, Do♯, Sol♯,
Re♯, La♯, Mi♯ y Si♯.
Siete sostenidos,
¡no cabe uno más aquí!
---
Pero entonces, ¡qué ilusión!,
ocurre una transformación.
Do sostenido se viste
con traje de Re bemol.
Siete sostenidos eran,
cinco bemoles ahora son.
Y aunque cambiaron de traje,
no cambiaron de canción.
El círculo no se acaba,
solo cambia de tonada.
---
Re bemol tiene cinco,
vamos a recordar:
Si♭, Mi♭, La♭, Re♭ y Sol♭,
todos juntos sonarán.
Re bemol pierde el Sol♭,
que vuelve a ser natural.
La bemol se queda con cuatro:
Si♭, Mi♭, La♭ y Re♭.
¡Uno menos esta vez!
La bemol pierde el Re♭,
que natural vuelve a ser.
Mi bemol conserva tres:
Si♭, Mi♭ y La♭,
y seguimos otra vez.
Mi bemol pierde el La♭,
que natural quedará.
Si bemol conserva dos:
Si♭ y Mi♭,
¡qué sencilla combinación!
Si bemol pierde el Mi♭,
que natural vuelve a ser.
Fa mayor conserva un solo bemol:
Si♭, y ningún otro quedó.
Fa mayor pierde el Si♭,
que natural vuelve a ser.
Do mayor no tiene ninguno,
y el círculo se cierra otra vez.
Sin sostenidos,
sin bemoles,
sin disfraces
ni colores.
Pero al cerrarse, una vez más,
ya se prepara para empezar.
Y si Sol le agrega un Fa,
¡todo vuelve a comenzar!
viernes, 16 de octubre de 2026
"Héroes incómodos" un texto de Jorge Santkovsky
A los judíos nos gustan mucho nuestros judíos. Salvo algunos.
Nos encantan los científicos, los escritores, los músicos, los médicos, los empresarios. Tenemos cierta debilidad por recordar cuántos premios Nobel somos, qué porcentaje de tal o cual disciplina ocupamos y qué inventó algún judío del que hasta ayer ninguno de nosotros había oído hablar.
Los mafiosos nos entusiasman bastante menos.
Yo me dedico desde hace muchos años al reciclado de residuos electrónicos, una actividad suficientemente cercana al negocio de la basura como para haber conocido personajes que uno preferiría no conocer demasiado. Lo mío siempre fue una especie de basura gourmet: servidores, computadoras, equipos de comunicaciones, materiales cuyo valor no resulta evidente para cualquiera. Eso me mantuvo bastante lejos de otros mundos.
Bastante, pero no completamente.
Una vez gané una licitación y poco después me llamó alguien con quien ya había hecho negocios. Me explicó que debía renunciar. Si no lo hacía, visitarían a mis clientes. No necesitó explicarme para qué. Renuncié. Me ha salvado muchas veces que mi ambición es moderada.
Años después terminé trabajando para ese mismo cliente, como subcontratista de un grupo con vínculos sindicales y una considerable capacidad de persuasión. Ellos tenían lo que yo no tenía. Yo tenía lo que ellos no tenían. El sistema funcionó durante años.
No hace falta contar mucho más. Tampoco estoy seguro de querer hacerlo.
Cuando leí Aprenda de la mafia, de Louis Ferrante, encontré situaciones extrañamente familiares.
Ferrante había pertenecido a la familia Gambino. No escribía sobre un mundo que hubiera investigado: escribía sobre un mundo en el que había vivido. Y una de sus afirmaciones me hizo gracia. Según él, prácticamente toda organización mafiosa tenía su gánster judío.
No sé si la afirmación resiste un estudio estadístico. Pero Ferrante la presenta casi como un axioma.
Su ejemplo es Meyer Lansky, a quien llama el Einstein de la mafia.
Lansky es uno de esos judíos que no solemos incluir en las listas de judíos ilustres. Fue una figura central del crimen organizado norteamericano. Junto con Bugsy Siegel estuvo involucrado en los negocios que dieron origen a Las Vegas.
Pero Lansky tenía una peculiaridad incómoda: era profundamente judío.
No particularmente religioso. Judío de una manera difícil de definir, pero no menos intensa.
Y cuando los nazis comenzaron a realizar actos y reuniones en Estados Unidos durante los años treinta, esa condición dejó de ser un dato biográfico.
En aquellos años, cuando Hitler consolidaba su poder en Alemania, el German American Bund, una organización pronazi, celebraba reuniones y manifestaciones en distintas ciudades norteamericanas. Sus miembros desfilaban con uniformes, esvásticas y retratos de Hitler. No eran cuatro extravagantes: el 20 de febrero de 1939 llenaron el Madison Square Garden con unas veinte mil personas, bajo un enorme retrato de George Washington flanqueado por esvásticas.
Las organizaciones judías tradicionales no sabían muy bien cómo enfrentarlos. Aquellos actos, por repugnantes que fueran, eran legales.
Según reconstruye el historiador Robert Rockaway, el juez judío Nathan Perlman recurrió a Lansky para pedirle que hiciera algo al respecto.
Lansky aceptó. No quiso cobrar.
Según esa versión, la única condición que le impusieron fue que no matara a nadie.
Organizó grupos de gánsteres judíos que irrumpían en las reuniones nazis y golpeaban a los asistentes. En una de aquellas incursiones, en el barrio neoyorquino de Yorkville, llegaron a arrojar a algunos participantes por las ventanas, según contaría el propio Lansky.
No eran intelectuales discutiendo contra el fascismo.
Eran gánsteres pegándoles a nazis.
Después de la Segunda Guerra Mundial, cuando los judíos de Palestina comenzaron a prepararse para la guerra que acompañaría el nacimiento de Israel, Lansky volvió a intervenir.
La Haganá necesitaba armas. Comprarlas y trasladarlas clandestinamente desde Estados Unidos exigía contactos que no siempre podían encontrarse entre los dirigentes respetables de la comunidad.
Lansky tenía algunos.
Yehuda Arazi, un enviado de la Haganá, recurrió a él para conseguir que las armas pudieran embarcarse clandestinamente hacia Palestina. Lansky se comunicó con Albert Anastasia y Joe Adonis, dos importantes jefes mafiosos que ejercían una enorme influencia sobre los sindicatos de estibadores y las operaciones del puerto de Nueva York.
Según relata Rockaway, los trabajadores portuarios vinculados a aquellas organizaciones ayudaron a ocultar y embarcar armas destinadas a los judíos de Palestina. Mientras tanto, se cuenta que algunos cargamentos de armamento destinados a Egipto sufrieron accidentes: terminaron misteriosamente en el fondo del mar.
La mafia controlaba los muelles. Y Lansky sabía perfectamente cómo utilizar ese poder.
Otra vez, los métodos eran discutibles. Otra vez, el propósito era defender a su pueblo.
Quizás ayudar a Israel no fuera más que la continuación de la vieja costumbre de los jóvenes judíos de proteger sus barrios de los antisemitas.
Solo que, después del Holocausto, el barrio judío había cambiado de dimensión.
Ahora se llamaba Israel.
Rockaway recuerda también una vieja idea de la tradición judía: el pintele yid, esa pequeña chispa de judaísmo que permanecería encendida en cada judío, por muy alejado que estuviera de la religión y por muy cuestionable que fuera su conducta.
Incluso en un mafioso.
Me gusta esa imagen, aunque no estoy seguro de creer en ella.
Quizás porque ofrece una explicación demasiado tranquilizadora: en el fondo de cualquier judío, por depravado que sea, habría algo bueno esperando la oportunidad de manifestarse. O porque la pertenencia a un pueblo es mucho más compleja que una virtud escondida.
En cualquier caso, Lansky no necesitó descubrir aquella chispa. La tuvo presente toda su vida.
En 1970, Lansky llegó a Israel decidido a instalarse allí. Tenía casi setenta años. Apeló a la Ley del Retorno, pero el Estado judío se negó a recibirlo; en 1972 la Corte Suprema confirmó la decisión por unanimidad. Sus antecedentes y sus vínculos con el crimen organizado pesaron más que sus servicios.
La paradoja siempre me fascinó.
El Estado de los judíos le cerraba la puerta a un judío que, cuando todavía no existía ese Estado y los nazis marchaban por las calles norteamericanas, había decidido enfrentarlos de la manera que mejor conocía.
Lansky resumió su situación con una frase que se le atribuye: «Soy judío en todos los países excepto en Israel».
Eso no convierte a Meyer Lansky en una buena persona.
Tal vez ahí empieza el problema.
Nos gustan los héroes completos. Personas cuya biografía podamos contar sin demasiados asteriscos.
Lansky necesita demasiados.
Louis Ferrante plantea el problema desde el extremo opuesto.
Nació en una familia católica italiana y se convirtió en mafioso. Participó en robos, fue detenido y pasó años en prisión. Allí comenzó a leer. Primero por curiosidad y después con una intensidad que terminó llevándolo a los textos religiosos.
Finalmente eligió el judaísmo.
Ferrante había conocido judíos mucho antes de conocer el judaísmo. Los había conocido en la mafia. En sus propios libros habla repetidamente de Lansky y de otros gánsteres judíos.
Podría decirse —aunque seguramente él no lo diría de esa manera— que comenzó a descubrir el judaísmo mientras todavía era mafioso.
Mucho después encontraría la Torá.
Se convirtió formalmente tras salir de prisión en 2003, de la mano del rabino conservador Arthur Rulnick, y comenzó a llevar una vida judía observante. Para comprar sus primeros tefilín fue a una librería de College Point, en Queens, y se detuvo en seco: estaba a menos de una cuadra del lugar donde, más de una década antes, había asaltado un camión. En una entrevista de 2009 dijo que soñaba con vivir algún día en Israel y ser enterrado allí.
Entonces aparecen frente a frente dos historias casi simétricas.
Uno nació adentro y terminó afuera.
El otro nació afuera y quiso entrar.
Ferrante cuenta además algo sobre los mafiosos que me produjo una sonrisa de reconocimiento: pueden ser sorprendentemente sensibles a las muestras de afecto.
Eso también lo he visto.
Hombres capaces de intimidar, de amenazar, de manejar relaciones donde nadie necesita explicar demasiado qué significa un determinado mensaje, pueden conmoverse de una manera casi infantil ante una demostración de cariño, de respeto o de lealtad.
Alguno llegó a decirme: «Quisiera ser como vos».
Con otro, un barra brava de un club de fútbol, hice negocios durante un tiempo. Se jactaba de que, cuando bajaba a la tribuna, la gente se abría para dejarlo pasar. Un día me contó que, de chico, comía las papas que le daban en el mercado y que, a los cinco años, las asaba en la calle, sobre el fuego que hacían con lo que encontraban.
Cuando lo conocí, vivía en el extremo opuesto: iba a un all inclusive que le costaba quinientos dólares por día y, por supuesto, se empachaba de comida y de alcohol. Era fanático del Viagra, tenía treinta y pocos años, y no entendía que yo no lo usara. Igual me lo metía en el bolsillo.
Lo escuché. Le dije que ya no hacía falta comer como si mañana no fuera a haber comida.
—Nunca nadie me habló así.
Pocos meses después me enteré de que había muerto de una sobredosis.
Después de tantos años tratando con seres humanos, cada vez estoy menos seguro de que las contradicciones sean realmente contradictorias.
No los traigo por héroes. Los traigo porque incomodan, y porque obligan a mirar una parte de nuestra propia historia que preferimos dejar fuera de la fotografía.
Los judíos tenemos científicos, artistas, comerciantes, obreros, revolucionarios, rabinos, empresarios y escritores.
También tenemos mafiosos.
Formar parte de un pueblo es aceptar también a los parientes que uno preferiría no sentar en la mesa principal.
Y, de vez en cuando, ocurre algo todavía más extraño.
Alguno de esos parientes incómodos termina haciendo algo muy valiente.
Y algún mafioso italiano pide permiso para sentarse a nuestra mesa.
Este es un texto del " Judio amateur"
jueves, 17 de septiembre de 2026
Partitura de " Promesas sobre el bidet" para saxo alto
sábado, 12 de septiembre de 2026
"El perdón involuntario" de Jorge Santkovsky
El perdón involuntario
Estaba negociando la compra de una mercadería con alguien a quien nunca había tratado. Un profesional, no un hombre de negocios. Hablábamos mucho por WhatsApp y, en algún momento, sin demasiado preámbulo, la conversación se corrió de los precios a otra cosa.
Me contó que su padre había muerto hacía poco. Que nunca lo había querido, ni a él ni a sus hijos. Que no había ninguna razón que él conociera.
Junto con la muerte de su padre parecía haber empezado otra búsqueda. Hacía poco, un norteamericano que armaba un árbol genealógico le había revelado que una bisabuela suya había muerto en los campos de exterminio. Fue una novedad para una familia que siempre se había creído cristiana: a lo sumo, sabían que tenían una abuela alemana. Y había algo más. La madre de un amigo muy cercano había sido secuestrada por Hamas el 7 de octubre y liberada después.
De pronto, casi al mismo tiempo, el judaísmo había empezado a aparecer en distintos lugares de su vida.
Tal vez mi apellido, el barrio de Once donde tengo el local, le dieron a entender que teníamos cosas en común.
Lo escuché hablar de la muerte de su padre muchas más veces de las que él mismo parecía advertir. Había en su manera de contarla un desconsuelo que no encontraba descanso.
Los tratos comerciales, a menudo, derivan en charlas íntimas. No las busco. Pero me encuentran.
La muerte de mi padre también me produjo una sensación de orfandad. Eso, al parecer, no se puede evitar. Llega sin importar la edad ni la relación que uno haya tenido con sus padres. Incluso cuando se trata de un padre que nunca supo querer a sus hijos. Quizás se pueda sentir también la pérdida de algo que nunca se tuvo.
En mi caso, sin embargo, la muerte de mi padre produjo algo inesperado.
Mi madre había muerto cuando éramos niños, así que la ausencia ya habitaba entre nosotros. Mario estaba vivo, pero evitaba hacerse cargo de nosotros.
La avaricia era una de sus formas de abandono, pero no se limitaba a nosotros. Era avaro también consigo mismo. Su placer y su orgullo consistían en no gastar. Podía tener dinero y vivir como si no lo tuviera. No parecía ahorrar para algo: el ahorro era el fin.
Ni siquiera era particularmente hábil para hacerlo. Como otros avaros que conocí, su dificultad para compartir incluía también el conocimiento: no preguntaba, no intercambiaba, no aprendía de los demás cómo hacer valer lo que tenía.
Privarse era, de algún modo, su manera de disfrutar.
Durante años creí que él sobreviviría a cualquier cosa que pudiera pasarle. Que la carga que significaba su presencia me torturaría por siempre. Tenía la obstinación de los abandonados, esa forma de resistencia que convierte la miseria en costumbre.
En sus últimos tiempos, cuando su deterioro hizo imposible que siguiera viviendo solo me hice cargo y lo interne en un geriátrico pequeño pero acogedor. Con nombre de una santa cristiana y mantenido por mujeres devotas de buen corazón. Bien cuidado, se sospechaba casi inmortal.
Su muerte me sorprendió. No estaba preparado. Nunca se lo está.
Lo enterramos en el cementerio judío de Berazategui. Tablada ni siquiera lo consideramos. Mi hermano propuso Chacarita, pero me opuse. Insistí en que su entierro fuera de acuerdo al ritual judío. Berazategui era la única opción. Un cementerio desolado, casi sin árboles, en el conurbano profundo. Parece desterrado de toda vida de la comunidad .
Todo sea por estar preparado si finalmente se cumple aquello de que, al final de los días, los muertos partirán hacia Jerusalén. En ese caso, Mario al menos tenía una pequeña ventaja: Berazategui queda más cerca del océano que Tablada.
Después de todo, las pequeñas ventajas eran lo suyo.
Solo asistió un primo hermano suyo . Hacía medio siglo que no se veían, pero habían sido cercanos en la juventud. Ninguno de sus amigos apareció.
Un habitué del cementerio se ofreció a dirigir una pequeña ceremonia a cambio de una propina. Aceptamos. Fue todo muy breve. Dijo unas palabras rápidas en hebreo, o tal vez en idish —no lo recuerdo—, que ninguno de nosotros comprendió.
Cuando bajaron el cajón y empezó a caer la tierra, escuché el golpeteo seco sobre la madera y ocurrió algo que todavía hoy me cuesta explicar. En un instante vi pasar su trágica vida sin juzgarla. No encontré razones ni explicaciones. Tampoco las necesitaba.
Y lo perdoné.
No fue una decisión. No fue un acto de voluntad. Ni siquiera había ido hasta allí dispuesto a perdonar. Ocurrió. Algo descendió sobre mí.
Había sentido una sola vez antes esa certeza de que mi vida acababa de cambiar para siempre. Tenía diez años y mi madre acababa de morir. Mientras los mayores me consolaban con la incomodidad que se consuela a un niño que se ha quedado huerfano. Sabía, sin que nadie tuviera que explicármelo, que a partir de ese momento mi vida sería otra. No sabia cual pero si que habia cambiado.
Ahora estaba otra vez frente a una muerte y tuve la misma certeza. Pero esta vez fue diferente: el perdón no me dejó vacío, me llenó. Sentí una fuerza inesperada, una energía que parecía venir justamente del lugar donde hasta un momento antes había estado la carga.
Nadie me consolaba. Tampoco era necesario.
Todavía bajo el efecto de lo que acababa de ocurrirme, le propuse a mi hermano que hiciera lo mismo.
Me miró asombrado.
—No puedo.
Tenía razón. Yo tampoco habría podido hacerlo unos minutos antes.
Muchos años después, cuando supimos que los dos compartían la misma enfermedad genética, algo cambió en su manera de mirar a nuestro padre. Un día me propuso que volviéramos juntos al cementerio.
Como siempre, yo estaba ocupado.
Él tampoco insistió demasiado. Si lo hubiera hecho, seguramente me habría convencido. Los dos supusimos que habría otra oportunidad.
No la hubo.
Nada de lo que había ocurrido podía cambiar.
Pero yo había cambiado.
Durante años había llevado una piedra en el pecho cuyo peso ya casi no advertía. El perdón no la hizo desaparecer: dejó de pesar.
Después de aquel entierro no volví a soñar con Mario.
Hay una antigua creencia según la cual, cuando alguien ha sido bien despedido en su paso hacia la muerte, deja de volver en sueños. No sé si es verdad.
Pero nunca volvió.
Y me gusta pensar que algo habíamos hecho bien.
Poco puede hacer la religión para obligarnos a perdonar. Puede proponernos el perdón como un deber, enseñarnos a pedirlo y a concederlo, rodearlo de palabras y de rituales.
Uno puede decidir no vengarse. Puede comportarse como si hubiera perdonado. Puede incluso proponerse sinceramente hacerlo.
Pero no sé si puede decidir perdonar.
Yo no lo decidí.
El perdón llegó antes que cualquier voluntad de perdonar.
Tal vez ahí esté el misterio. Algunos rituales son tan antiguos que nadie sabe cuándo comenzaron. Algo deben haber aprendido de nosotros para haber sobrevivido tanto tiempo.
Porque a veces funcionan.
Muchos años después supimos que Mario había padecido la enfermedad de Huntington. No llegó a ser diagnosticado en vida. En aquellos años se sabía mucho menos sobre la enfermedad, y en nuestra familia, menos todavía.
Lo supimos a partir del diagnóstico de mi hermano y de la reconstrucción de la historia familiar. También la había padecido Sara, una hermana de Mario a la que nunca conocí.
Nunca me la presentaron. Vivía encerrada, apartada de los demás, como se hacía entonces con tantas personas cuya enfermedad nadie sabía comprender.
Muchos años después, Sara apareció como otra pieza de una historia que nosotros desconocíamos.
Eso permitió comprender algunas cosas de Mario. Ciertas conductas, algunas ausencias, quizás parte de su manera de estar en el mundo.
Pero no todo.
La enfermedad podía explicar algunas de sus conductas. No convertía sus miserias y sus mentiras en otra cosa.
Y, sobre todo, llegó demasiado tarde para explicar mi perdón.
Cuando lo perdoné no sabía nada de Huntington. No tenía una explicación para ofrecerle ni una justificación para ofrecerme a mí mismo.
Las explicaciones llegaron después.
Me cuesta entender a un padre que no cuida a sus hijos. Sé que hay muchos padres así. Saberlo no ayuda demasiado.
El perdón tampoco me hizo comprenderlo.
Y quizás eso sea importante: perdonar no fue encontrarle razones a Mario. Tampoco convertirlo, después de muerto, en alguien distinto del que había sido.
Fue dejar de necesitar esas razones.
El perdón me volvió menos vulnerable.
Empecé a comprender algunas conductas propias como respuestas a lo que había vivido con mi padre. Cosas que durante años había considerado parte de mi carácter empezaron a mostrarme otro origen.
También cambió mi manera de mirar a mi hermano. Fui menos severo con él. Comprendí que cargaba con cosas que yo no podía ver y que probablemente él tampoco veía.
Se habían aflojado también algunos de los nudos que existían entre mi hermano y yo.
El judaísmo se toma el perdón muy en serio. Yom Kipur, el día más sagrado de su calendario, gira alrededor de él. Pero hay una distinción que siempre me pareció sabia: Dios puede perdonar las faltas cometidas contra Él. Las cometidas contra otra persona solo puede perdonarlas el ofendido.
Dios no perdona en nombre de los demás.
En mi caso ocurrió algo extraño: nadie me pidió perdón.
Mario ya estaba muerto. Yo no esperaba nada de él y él, hasta donde sabemos, ya no podía pedirme nada.
A veces me pregunto, sin demasiada seriedad pero tampoco del todo en broma, si no habrá sido mi padre quien encontró finalmente la manera de pedírmelo.
A veces imagino la piedra sobre su tumba.
La misma que durante tantos años llevé en el pecho. Si pudiera materializarla, algún día volvería a Berazategui y la dejaría allí, como manda nuestra tradición.
No como una carga.
Como memoria.
Debería volver algún día.
Esta vez trataré de no estar ocupado.
Este texto pertenece al " Judío amateur"


