domingo, 25 de octubre de 2026

"Manuelita" partitura para saxo alto

Hay canciones que sobreviven a sus autores y personajes que terminan adquiriendo vida propia. Manuelita, la tortuga que imaginó María Elena Walsh, es uno de ellos. Basta pronunciar su nombre para que casi cualquier argentino sepa de quién estamos hablando. Lo curioso es que Manuelita también llegó a Barcelona. Mi nieto vive allí y conoce la canción porque su maestra se la enseñó en español. Así, una tortuga nacida en la imaginación de María Elena Walsh sigue viajando, mucho después de haber emprendido su famosa aventura a París. A mi nieto le encanta, y se me ocurrió aprender a tocarla en el saxo para divertirlo. En el camino descubrí que una canción infantil no es necesariamente una canción sencilla de tocar. La aparente simplicidad de su melodía esconde más dificultades de las que imaginaba. Pero el esfuerzo tiene su recompensa: puedo compartir con mi nieto una canción que conocemos los dos.

"La vie en rose " partitura para saxo alto

En 1945, cuando París comenzaba a recuperarse de la ocupación nazi, Édith Piaf escribió *La Vie en rose*. No era precisamente una época para ver la vida de color rosa, pero ella encontró en el amor una manera de transformar la realidad. Hace apenas unas semanas estuve en París. Caminé por sus calles, comí con total tranquilidad en Le Marais, el céntrico barrio judío, y disfruté de esa ciudad que nunca termina de perder su encanto. Hoy, las imágenes de sus calles agitadas por protestas y enfrentamientos contrastan con mis recuerdos recientes y con aquel París romántico que evoca la canción. Pero Piaf no cantaba sobre un mundo de color rosa, sino sobre la posibilidad de verlo así, aun cuando no lo fuera. Quizás por eso su melodía conserva intacta su belleza. El amor no cambia necesariamente el mundo, pero puede cambiar nuestra manera de mirarlo. Mientras tanto, yo sigo tocando *La Vie en rose* en mi saxo, con la voz de Piaf en la memoria.

 

sábado, 24 de octubre de 2026

El círculo de quintas para cantar (y no olvidar)

 




Do mayor comienza,

sin ninguna diferencia.

De quinta en quinta avanzará,

la séptima un semitono subirá.


Sol le agrega un Fa,

sostenido sonará.

Con Fa♯ por delante,

sigue el círculo, vibrante.


Re le suma un Do,

y ahora tenemos dos:

Fa♯ y Do♯,

acompañando la canción.


La le agrega un Sol,

y ya brillan tres al sol:

Fa♯, Do♯ y Sol♯,

¡que siga la función!


Mi incorpora un Re,

cuatro sostenidos se ven:

Fa♯, Do♯, Sol♯ y Re♯,

la séptima vuelve a ascender.


Si le agrega un La,

y cinco llevará:

Fa♯, Do♯, Sol♯, Re♯ y La♯.

Ninguno se quedará atrás.


Fa sostenido suma un Mi,

seis tenemos hasta aquí:

Fa♯, Do♯, Sol♯,

Re♯, La♯ y Mi♯.


Do sostenido agrega un Si,

los siete llegaron al fin:

Fa♯, Do♯, Sol♯,

Re♯, La♯, Mi♯ y Si♯.


Siete sostenidos,

¡no cabe uno más aquí!


---


Pero entonces, ¡qué ilusión!,

ocurre una transformación.


Do sostenido se viste

con traje de Re bemol.

Siete sostenidos eran,

cinco bemoles ahora son.


Y aunque cambiaron de traje,

no cambiaron de canción.


El círculo no se acaba,

solo cambia de tonada.


---


Re bemol tiene cinco,

vamos a recordar:

Si♭, Mi♭, La♭, Re♭ y Sol♭,

todos juntos sonarán.


Re bemol pierde el Sol♭,

que vuelve a ser natural.

La bemol se queda con cuatro:

Si♭, Mi♭, La♭ y Re♭.

¡Uno menos esta vez!


La bemol pierde el Re♭,

que natural vuelve a ser.

Mi bemol conserva tres:

Si♭, Mi♭ y La♭,

y seguimos otra vez.


Mi bemol pierde el La♭,

que natural quedará.

Si bemol conserva dos:

Si♭ y Mi♭,

¡qué sencilla combinación!


Si bemol pierde el Mi♭,

que natural vuelve a ser.

Fa mayor conserva un solo bemol:

Si♭, y ningún otro quedó.


Fa mayor pierde el Si♭,

que natural vuelve a ser.

Do mayor no tiene ninguno,

y el círculo se cierra otra vez.


Sin sostenidos,

sin bemoles,

sin disfraces

ni colores.


Pero al cerrarse, una vez más,

ya se prepara para empezar.


Y si Sol le agrega un Fa,

¡todo vuelve a comenzar!

viernes, 16 de octubre de 2026

"Héroes incómodos" un texto de Jorge Santkovsky

 



A los judíos nos gustan mucho nuestros judíos. Salvo algunos.

Nos encantan los científicos, los escritores, los músicos, los médicos, los empresarios. Tenemos cierta debilidad por recordar cuántos premios Nobel somos, qué porcentaje de tal o cual disciplina ocupamos y qué inventó algún judío del que hasta ayer ninguno de nosotros había oído hablar.

Los mafiosos nos entusiasman bastante menos.

Yo me dedico desde hace muchos años al reciclado de residuos electrónicos, una actividad suficientemente cercana al negocio de la basura como para haber conocido personajes que uno preferiría no conocer demasiado. Lo mío siempre fue una especie de basura gourmet: servidores, computadoras, equipos de comunicaciones, materiales cuyo valor no resulta evidente para cualquiera. Eso me mantuvo bastante lejos de otros mundos.

Bastante, pero no completamente.

Una vez gané una licitación y poco después me llamó alguien con quien ya había hecho negocios. Me explicó que debía renunciar. Si no lo hacía, visitarían a mis clientes. No necesitó explicarme para qué. Renuncié. Me ha salvado muchas veces que mi ambición es moderada.

Años después terminé trabajando para ese mismo cliente, como subcontratista de un grupo con vínculos sindicales y una considerable capacidad de persuasión. Ellos tenían lo que yo no tenía. Yo tenía lo que ellos no tenían. El sistema funcionó durante años.

No hace falta contar mucho más. Tampoco estoy seguro de querer hacerlo.

Cuando leí Aprenda de la mafia, de Louis Ferrante, encontré situaciones extrañamente familiares.

Ferrante había pertenecido a la familia Gambino. No escribía sobre un mundo que hubiera investigado: escribía sobre un mundo en el que había vivido. Y una de sus afirmaciones me hizo gracia. Según él, prácticamente toda organización mafiosa tenía su gánster judío.

No sé si la afirmación resiste un estudio estadístico. Pero Ferrante la presenta casi como un axioma.

Su ejemplo es Meyer Lansky, a quien llama el Einstein de la mafia.

Lansky es uno de esos judíos que no solemos incluir en las listas de judíos ilustres. Fue una figura central del crimen organizado norteamericano. Junto con Bugsy Siegel estuvo involucrado en los negocios que dieron origen a Las Vegas.

Pero Lansky tenía una peculiaridad incómoda: era profundamente judío.

No particularmente religioso. Judío de una manera difícil de definir, pero no menos intensa.

Y cuando los nazis comenzaron a realizar actos y reuniones en Estados Unidos durante los años treinta, esa condición dejó de ser un dato biográfico.

En aquellos años, cuando Hitler consolidaba su poder en Alemania, el German American Bund, una organización pronazi, celebraba reuniones y manifestaciones en distintas ciudades norteamericanas. Sus miembros desfilaban con uniformes, esvásticas y retratos de Hitler. No eran cuatro extravagantes: el 20 de febrero de 1939 llenaron el Madison Square Garden con unas veinte mil personas, bajo un enorme retrato de George Washington flanqueado por esvásticas.

Las organizaciones judías tradicionales no sabían muy bien cómo enfrentarlos. Aquellos actos, por repugnantes que fueran, eran legales.

Según reconstruye el historiador Robert Rockaway, el juez judío Nathan Perlman recurrió a Lansky para pedirle que hiciera algo al respecto.

Lansky aceptó. No quiso cobrar.

Según esa versión, la única condición que le impusieron fue que no matara a nadie.

Organizó grupos de gánsteres judíos que irrumpían en las reuniones nazis y golpeaban a los asistentes. En una de aquellas incursiones, en el barrio neoyorquino de Yorkville, llegaron a arrojar a algunos participantes por las ventanas, según contaría el propio Lansky.

No eran intelectuales discutiendo contra el fascismo.

Eran gánsteres pegándoles a nazis.

Después de la Segunda Guerra Mundial, cuando los judíos de Palestina comenzaron a prepararse para la guerra que acompañaría el nacimiento de Israel, Lansky volvió a intervenir.

La Haganá necesitaba armas. Comprarlas y trasladarlas clandestinamente desde Estados Unidos exigía contactos que no siempre podían encontrarse entre los dirigentes respetables de la comunidad.

Lansky tenía algunos.

Yehuda Arazi, un enviado de la Haganá, recurrió a él para conseguir que las armas pudieran embarcarse clandestinamente hacia Palestina. Lansky se comunicó con Albert Anastasia y Joe Adonis, dos importantes jefes mafiosos que ejercían una enorme influencia sobre los sindicatos de estibadores y las operaciones del puerto de Nueva York.

Según relata Rockaway, los trabajadores portuarios vinculados a aquellas organizaciones ayudaron a ocultar y embarcar armas destinadas a los judíos de Palestina. Mientras tanto, se cuenta que algunos cargamentos de armamento destinados a Egipto sufrieron accidentes: terminaron misteriosamente en el fondo del mar.

La mafia controlaba los muelles. Y Lansky sabía perfectamente cómo utilizar ese poder.

Otra vez, los métodos eran discutibles. Otra vez, el propósito era defender a su pueblo.

Quizás ayudar a Israel no fuera más que la continuación de la vieja costumbre de los jóvenes judíos de proteger sus barrios de los antisemitas.

Solo que, después del Holocausto, el barrio judío había cambiado de dimensión.

Ahora se llamaba Israel.

Rockaway recuerda también una vieja idea de la tradición judía: el pintele yid, esa pequeña chispa de judaísmo que permanecería encendida en cada judío, por muy alejado que estuviera de la religión y por muy cuestionable que fuera su conducta.

Incluso en un mafioso.

Me gusta esa imagen, aunque no estoy seguro de creer en ella.

Quizás porque ofrece una explicación demasiado tranquilizadora: en el fondo de cualquier judío, por depravado que sea, habría algo bueno esperando la oportunidad de manifestarse. O porque la pertenencia a un pueblo es mucho más compleja que una virtud escondida.

En cualquier caso, Lansky no necesitó descubrir aquella chispa. La tuvo presente toda su vida.

En 1970, Lansky llegó a Israel decidido a instalarse allí. Tenía casi setenta años. Apeló a la Ley del Retorno, pero el Estado judío se negó a recibirlo; en 1972 la Corte Suprema confirmó la decisión por unanimidad. Sus antecedentes y sus vínculos con el crimen organizado pesaron más que sus servicios.

La paradoja siempre me fascinó.

El Estado de los judíos le cerraba la puerta a un judío que, cuando todavía no existía ese Estado y los nazis marchaban por las calles norteamericanas, había decidido enfrentarlos de la manera que mejor conocía.

Lansky resumió su situación con una frase que se le atribuye: «Soy judío en todos los países excepto en Israel».

Eso no convierte a Meyer Lansky en una buena persona.

Tal vez ahí empieza el problema.

Nos gustan los héroes completos. Personas cuya biografía podamos contar sin demasiados asteriscos.

Lansky necesita demasiados.

Louis Ferrante plantea el problema desde el extremo opuesto.

Nació en una familia católica italiana y se convirtió en mafioso. Participó en robos, fue detenido y pasó años en prisión. Allí comenzó a leer. Primero por curiosidad y después con una intensidad que terminó llevándolo a los textos religiosos.

Finalmente eligió el judaísmo.

Ferrante había conocido judíos mucho antes de conocer el judaísmo. Los había conocido en la mafia. En sus propios libros habla repetidamente de Lansky y de otros gánsteres judíos.

Podría decirse —aunque seguramente él no lo diría de esa manera— que comenzó a descubrir el judaísmo mientras todavía era mafioso.

Mucho después encontraría la Torá.

Se convirtió formalmente tras salir de prisión en 2003, de la mano del rabino conservador Arthur Rulnick, y comenzó a llevar una vida judía observante. Para comprar sus primeros tefilín fue a una librería de College Point, en Queens, y se detuvo en seco: estaba a menos de una cuadra del lugar donde, más de una década antes, había asaltado un camión. En una entrevista de 2009 dijo que soñaba con vivir algún día en Israel y ser enterrado allí.

Entonces aparecen frente a frente dos historias casi simétricas.

Uno nació adentro y terminó afuera.

El otro nació afuera y quiso entrar.

Ferrante cuenta además algo sobre los mafiosos que me produjo una sonrisa de reconocimiento: pueden ser sorprendentemente sensibles a las muestras de afecto.

Eso también lo he visto.

Hombres capaces de intimidar, de amenazar, de manejar relaciones donde nadie necesita explicar demasiado qué significa un determinado mensaje, pueden conmoverse de una manera casi infantil ante una demostración de cariño, de respeto o de lealtad.

Alguno llegó a decirme: «Quisiera ser como vos».

Con otro, un barra brava de un club de fútbol, hice negocios durante un tiempo. Se jactaba de que, cuando bajaba a la tribuna, la gente se abría para dejarlo pasar. Un día me contó que, de chico, comía las papas que le daban en el mercado y que, a los cinco años, las asaba en la calle, sobre el fuego que hacían con lo que encontraban.

Cuando lo conocí, vivía en el extremo opuesto: iba a un all inclusive que le costaba quinientos dólares por día y, por supuesto, se empachaba de comida y de alcohol. Era fanático del Viagra, tenía treinta y pocos años, y no entendía que yo no lo usara. Igual me lo metía en el bolsillo.

Lo escuché. Le dije que ya no hacía falta comer como si mañana no fuera a haber comida.

—Nunca nadie me habló así.

Pocos meses después me enteré de que había muerto de una sobredosis.

Después de tantos años tratando con seres humanos, cada vez estoy menos seguro de que las contradicciones sean realmente contradictorias.

No los traigo por héroes. Los traigo porque incomodan, y porque obligan a mirar una parte de nuestra propia historia que preferimos dejar fuera de la fotografía.

Los judíos tenemos científicos, artistas, comerciantes, obreros, revolucionarios, rabinos, empresarios y escritores.

También tenemos mafiosos.

Formar parte de un pueblo es aceptar también a los parientes que uno preferiría no sentar en la mesa principal.

Y, de vez en cuando, ocurre algo todavía más extraño.

Alguno de esos parientes incómodos termina haciendo algo muy valiente.

Y algún mafioso italiano pide permiso para sentarse a nuestra mesa.



Este es un texto del " Judio amateur"


jueves, 17 de septiembre de 2026

Partitura de " Promesas sobre el bidet" para saxo alto

Cuando Neke me enseñó Promesas sobre el bidet, evitó las notas más agudas. Yo todavía no llegaba cómodo hasta ahí, así que hicimos casi toda la canción una escala más abajo. No me lo dijo, pero un día, en la clase, se le escapó. Entonces, un fin de semana, sin avisarle nada, me animé a sacarla como mejor queda, enfrentando esas notas que hasta entonces habíamos esquivado. Y salió. La canción ya me gustaba desde antes. Sobre todo por su sinceridad. Promesas sobre el bidet es una canción de amor, pero no de esas que prometen que todo va a salir bien. Charly reconoce algo bastante menos romántico y bastante más verdadero: querer a alguien no significa necesariamente saber relacionarse con él. Todos llegamos al amor con nuestro equipaje. Miedos, heridas, manías, inseguridades, maneras equivocadas de defendernos. Queremos al otro y, sin embargo, podemos lastimarlo. Queremos que se quede y a veces hacemos exactamente lo necesario para que se aleje. Tal vez una buena relación no sea aquella en la que dos personas consiguen dejar todo eso afuera. No sé si existe semejante cosa. Tal vez sea aquella en la que cada uno puede reconocer qué parte del desastre le pertenece. Eso es lo que encuentro en la canción de Charly. No la promesa de que el amor puede con todo, sino algo bastante más humilde: la aceptación de que nosotros también somos parte del problema. Yo ya sabía por qué me gustaba. Lo que me faltaba era aprender a tocarla sin esquivar las notas difíciles. Bastante difícil ya es el amor.

sábado, 12 de septiembre de 2026

"El perdón involuntario" de Jorge Santkovsky





El perdón involuntario

 

Estaba negociando la compra de una mercadería con alguien a quien nunca había tratado. Un profesional, no un hombre de negocios. Hablábamos mucho por WhatsApp y, en algún momento, sin demasiado preámbulo, la conversación se corrió de los precios a otra cosa.

Me contó que su padre había muerto hacía poco. Que nunca lo había querido, ni a él ni a sus hijos. Que no había ninguna razón que él conociera.

Junto con la muerte de su padre parecía haber empezado otra búsqueda. Hacía poco, un norteamericano que armaba un árbol genealógico le había revelado que una bisabuela suya había muerto en los campos de exterminio. Fue una novedad para una familia que siempre se había creído cristiana: a lo sumo, sabían que tenían una abuela alemana. Y había algo más. La madre de un amigo muy cercano había sido secuestrada por Hamas el 7 de octubre y liberada después.

De pronto, casi al mismo tiempo, el judaísmo había empezado a aparecer en distintos lugares de su vida.

Tal vez mi apellido, el barrio de Once donde tengo el local, le dieron a entender que teníamos cosas en común.

Lo escuché hablar de la muerte de su padre muchas más veces de las que él mismo parecía advertir. Había en su manera de contarla un desconsuelo que no encontraba descanso.

Los tratos comerciales, a menudo, derivan en charlas íntimas. No las busco. Pero me encuentran.

La muerte de mi padre también me produjo una sensación de orfandad. Eso, al parecer, no se puede evitar. Llega sin importar la edad ni la relación que uno haya tenido con sus padres. Incluso cuando se trata de un padre que nunca supo querer a sus hijos. Quizás se pueda sentir también la pérdida de algo que nunca se tuvo.

En mi caso, sin embargo, la muerte de mi padre produjo algo inesperado.

Mi madre había muerto cuando éramos niños, así que la ausencia ya habitaba entre nosotros. Mario estaba vivo, pero evitaba hacerse cargo de nosotros.

La avaricia era una de sus formas de abandono, pero no se limitaba a nosotros. Era avaro también consigo mismo. Su placer y su orgullo consistían en no gastar. Podía tener dinero y vivir como si no lo tuviera. No parecía ahorrar para algo: el ahorro era el fin.

Ni siquiera era particularmente hábil para hacerlo. Como otros avaros que conocí, su dificultad para compartir incluía también el conocimiento: no preguntaba, no intercambiaba, no aprendía de los demás cómo hacer valer lo que tenía.

Privarse era, de algún modo, su manera de disfrutar.

Durante años creí que él sobreviviría a cualquier cosa que pudiera pasarle. Que la carga que significaba su presencia me torturaría por siempre. Tenía la obstinación de los abandonados, esa forma de resistencia que convierte la miseria en costumbre.

En sus últimos tiempos, cuando su  deterioro hizo imposible que siguiera viviendo solo  me hice  cargo y lo interne en un geriátrico pequeño pero acogedor. Con nombre de una santa cristiana y mantenido por mujeres devotas de buen corazón. Bien cuidado, se sospechaba casi inmortal.

Su muerte me sorprendió. No estaba preparado. Nunca se lo está.

Lo enterramos en el cementerio judío de Berazategui. Tablada ni siquiera lo consideramos. Mi hermano propuso Chacarita, pero me opuse. Insistí en que su entierro fuera de acuerdo al  ritual  judío. Berazategui era la única opción. Un cementerio desolado, casi sin árboles, en el conurbano profundo. Parece desterrado de toda vida de la comunidad .

Todo sea por estar preparado si finalmente se cumple aquello de que, al final de los días, los muertos partirán hacia Jerusalén. En ese caso, Mario al menos tenía una pequeña ventaja: Berazategui queda más cerca del océano que Tablada.

Después de todo, las pequeñas ventajas eran lo suyo.

Solo asistió un primo hermano suyo . Hacía medio siglo que no se veían, pero habían sido cercanos en la juventud. Ninguno de sus amigos apareció.

Un habitué del cementerio se ofreció a dirigir una pequeña ceremonia a cambio de una propina. Aceptamos. Fue todo muy breve. Dijo unas palabras rápidas en hebreo, o tal vez en idish —no lo recuerdo—, que ninguno de nosotros comprendió.

Cuando bajaron el cajón y empezó a caer la tierra, escuché el golpeteo seco sobre la madera y ocurrió algo que todavía hoy me cuesta explicar. En un instante vi pasar su trágica vida sin juzgarla. No encontré razones ni explicaciones. Tampoco las necesitaba.

Y lo perdoné.

No fue una decisión. No fue un acto de voluntad. Ni siquiera había ido hasta allí dispuesto a perdonar. Ocurrió. Algo descendió sobre mí.

Había sentido una sola vez antes esa certeza de que mi vida acababa de cambiar para siempre. Tenía diez años y mi madre acababa de morir. Mientras los mayores me consolaban con la incomodidad  que  se consuela a un niño que se ha quedado huerfano. Sabía, sin que nadie tuviera que explicármelo, que a partir de ese momento mi vida sería otra. No sabia cual  pero si que habia cambiado.

Ahora estaba otra vez frente a una muerte y tuve la misma certeza. Pero esta vez fue diferente: el perdón no me dejó vacío, me llenó. Sentí una fuerza inesperada, una energía que parecía venir justamente del lugar donde hasta un momento antes había estado la carga.

Nadie me consolaba. Tampoco era necesario.

Todavía bajo el efecto de lo que acababa de ocurrirme, le propuse a mi hermano que hiciera lo mismo.

Me miró asombrado.

—No puedo.

Tenía razón. Yo tampoco habría podido hacerlo unos minutos antes.

Muchos años después, cuando supimos que los dos compartían la misma enfermedad genética, algo cambió en su manera de mirar a nuestro padre. Un día me propuso que volviéramos juntos al cementerio.

Como siempre, yo estaba ocupado.

Él tampoco insistió demasiado. Si lo hubiera hecho, seguramente me habría convencido. Los dos supusimos que habría otra oportunidad.

No la hubo.

Nada de lo que había ocurrido podía cambiar.

Pero yo había cambiado.

Durante años había llevado una piedra en el pecho cuyo peso ya casi no advertía. El perdón no la hizo desaparecer: dejó de pesar.

Después de aquel entierro no volví a soñar con Mario.

Hay una antigua creencia según la cual, cuando alguien ha sido bien despedido en su paso hacia la muerte, deja de volver en sueños. No sé si es verdad.

Pero nunca volvió.

Y me gusta pensar que algo habíamos hecho bien.

Poco puede hacer la religión para obligarnos a perdonar. Puede proponernos el perdón como un deber, enseñarnos a pedirlo y a concederlo, rodearlo de palabras y de rituales.

Uno puede decidir no vengarse. Puede comportarse como si hubiera perdonado. Puede incluso proponerse sinceramente hacerlo.

Pero no sé si puede decidir perdonar.

Yo no lo decidí.

El perdón llegó antes que cualquier voluntad de perdonar.

Tal vez ahí esté el misterio. Algunos rituales son tan antiguos que nadie sabe cuándo comenzaron. Algo deben haber aprendido de nosotros para haber sobrevivido tanto tiempo.

Porque a veces funcionan.

Muchos años después supimos que Mario había padecido la enfermedad de Huntington. No llegó a ser diagnosticado en vida. En aquellos años se sabía mucho menos sobre la enfermedad, y en nuestra familia, menos todavía.

Lo supimos a partir del diagnóstico de mi hermano y de la reconstrucción de la historia familiar. También la había padecido Sara, una hermana de Mario a la que nunca conocí.

Nunca me la presentaron. Vivía encerrada, apartada de los demás, como se hacía entonces con tantas personas cuya enfermedad nadie sabía comprender.

Muchos años después, Sara apareció como otra pieza de una historia que nosotros desconocíamos.

Eso permitió comprender algunas cosas de Mario. Ciertas conductas, algunas ausencias, quizás parte de su manera de estar en el mundo.

Pero no todo.

La enfermedad podía explicar algunas de sus conductas. No convertía sus miserias y sus mentiras en otra cosa.

Y, sobre todo, llegó demasiado tarde para explicar mi perdón.

Cuando lo perdoné no sabía nada de Huntington. No tenía una explicación para ofrecerle ni una justificación para ofrecerme a mí mismo.

Las explicaciones llegaron después.

Me cuesta entender a un padre que no cuida a sus hijos. Sé que hay muchos padres así. Saberlo no ayuda demasiado.

El perdón tampoco me hizo comprenderlo.

Y quizás eso sea importante: perdonar no fue encontrarle razones a Mario. Tampoco convertirlo, después de muerto, en alguien distinto del que había sido.

Fue dejar de necesitar esas razones.

El perdón me volvió menos vulnerable.

Empecé a comprender algunas conductas propias como respuestas a lo que había vivido con mi padre. Cosas que durante años había considerado parte de mi carácter empezaron a mostrarme otro origen.

También cambió mi manera de mirar a mi hermano. Fui menos severo con él. Comprendí que cargaba con cosas que yo no podía ver y que probablemente él tampoco veía.

Se habían aflojado también algunos de los nudos que existían entre mi hermano y yo.

El judaísmo se toma el perdón muy en serio. Yom Kipur, el día más sagrado de su calendario, gira alrededor de él. Pero hay una distinción que siempre me pareció sabia: Dios puede perdonar las faltas cometidas contra Él. Las cometidas contra otra persona solo puede perdonarlas el ofendido.

Dios no perdona en nombre de los demás.

En mi caso ocurrió algo extraño: nadie me pidió perdón.

Mario ya estaba muerto. Yo no esperaba nada de él y él, hasta donde sabemos, ya no podía pedirme nada.

A veces me pregunto, sin demasiada seriedad pero tampoco del todo en broma, si no habrá sido mi padre quien encontró finalmente la manera de pedírmelo.

A veces imagino la piedra sobre su tumba.

La misma que durante tantos años llevé en el pecho. Si pudiera materializarla, algún día volvería a Berazategui y la dejaría allí, como manda nuestra tradición.

No como una carga.

Como memoria.

Debería volver algún día.

Esta vez trataré de no estar ocupado.

Este texto pertenece al " Judío amateur"

domingo, 6 de septiembre de 2026

" Audios de una mujer sin salida" un texto de Jorge Santkovsky



Anoche vi una película, The Fundamentals of Caring. Cuenta la historia de un chico de mente brillante, atrapado por una enfermedad en un cuerpo casi inmóvil. Su madre, al menos, tenía los recursos para pagar un cuidador que se ocupara de todo lo que ese cuerpo exigía. La película me devolvió, sin pedirlo, a una vecina que tuve hace años: una mujer judía ortodoxa, aproximadamente de mi edad, que vivía con una hija adolescente atrapada en una silla de ruedas por una enfermedad degenerativa cuyo nombre nunca supe. A diferencia de la madre de la película, no tenía un peso para delegar nada.

En la película, cuando le preguntan al chico qué haría si pudiera caminar, responde algo inesperadamente sencillo: orinar de pie. Hacia el final, con ayuda, consigue hacerlo. Me quedé pensando qué habría querido hacer aquella chica si hubiera podido caminar. Y qué habría querido hacer su madre si hubiera sido libre.

Siempre tuve una incurable curiosidad por la vida de los extraños. Quizás por eso le prestaba tanta atención. Y pocas vidas me resultaban tan extrañas como la de los judíos ortodoxos: tan meticulosa, tan vigilada, tan ajena a cualquier forma de placer visible.

Lo que sí supe fue el dolor: cada baldosa floja era un golpe seco, y los reclamos los hacía con el tono justo entre la queja y la súplica. Hablaban más del cuerpo de su hija que de las veredas en mal estado. Yo no sabía cómo ayudar. Escuchaba, pero también me detenía en sus silencios, en los gestos que decían más que las palabras. La madre solía repetir que su hija era muy estudiosa, que en ese cuerpo inmovilizado había una inteligencia despierta esperando una oportunidad. Se percibía en su mirada que callaba mucho más de lo que hablaba.

Mi vecina no trabajaba ni salía del barrio de Once. Cuidar a su hija era una ocupación de tiempo completo, aunque no tuviera sueldo ni reconocimiento. Solo hacía tareas menores para otros miembros de su comunidad religiosa, que le pagaban lo justo para no morirse de hambre. El pago venía acompañado —al menos así lo vivía ella— de una cuota de control, miradas, rumores, una vigilancia constante que no necesitaba cámaras: bastaban las ventanas. Ventanas y balcones había en toda la cuadra.

Para ella, salir del barrio era como atravesar una frontera invisible. A veces daba la impresión de que vivía en una cárcel sin rejas. Estaba atrapada en un espacio donde cada esquina estaba marcada por quienes la sostenían y la sofocaban al mismo tiempo.

Por su ortodoxia no podía saludarme con un beso ni darme la mano. Y cuando ya quería salirse de ese mundo, tampoco lo hacía: temía que la vieran desde los balcones del edificio de enfrente, habitado por varias familias religiosas. El control estaba en todas partes, incluso en un simple gesto de cortesía.

Estudiaba diseño gráfico. Lo hacía a escondidas, o al menos con cierta discreción. No era una carrera mal vista, pero tampoco típica en su entorno. Esperaba que ese aprendizaje le abriera otros horizontes laborales, alguna forma de independencia, de vida fuera del encierro cotidiano. Era su modo de crear algo propio, de moverse, aunque fuera con el cursor en la pantalla. Dibujaba con una precisión delicada, como si cada trazo fuera un intento de recuperar el control de algo. De su tiempo, de su mente, de su cuerpo.

En una ocasión me mandó un enlace con algunos de sus dibujos. No les presté demasiada atención. Cuando me preguntó si me habían gustado, le respondí que sí, por no ofenderla. Entonces se quejó de que no hubiera puesto un "like". Esa pequeña escena revelaba tanto su necesidad de ser vista como la frustración de no lograrlo del todo.

Parecía alguien que, de haber nacido en otro lugar o en otra época, habría tenido otra vida. Pero esto pasa con casi todas las personas, si uno se toma el trabajo de escucharlas. A ella le había tocado una hija enferma, un padre que no se hizo cargo, y una comunidad que la abrazaba y la asfixiaba al mismo tiempo.

Un día, todavía en su etapa más religiosa, me regaló un par de libros. Yo los acepté, aunque en realidad no me interesaban: eran propaganda disfrazada de lectura. Me gustan los libros sobre religión, pero los que abren preguntas, no los que solo repiten respuestas. En una ocasión quise regalarle yo también un libro, algo más abierto, más inquietante. Pero no podía entregárselo en la mano: la ortodoxia le impedía recibir nada directamente de un hombre. Lo dejé en el suelo, entre nosotros, y ella lo recogió. Esa escena me pareció ridícula y conmovedora al mismo tiempo, como si la fe pudiera desaparecer con un roce de dedos.

El quiebre llegó con la muerte de su hija. Me enteré casi de casualidad, porque en ese departamento las ambulancias eran parte del paisaje: entraban y salían con la regularidad de un servicio programado. Pero una tarde fue la última. Ya no hubo regreso. La enfermedad se había llevado a la chica silenciosa que apenas conocí desde lejos, y a su madre le quedó un vacío que ni las rutinas ni las plegarias pudieron llenar.

A partir de entonces empezó a aflojar con la ortodoxia. Nunca mencionó que hubiera dejado de creer, pero se cansó del encierro, de tanta mirada ajena, de tanto control. Se quitó la peluca y la dejó en el ropero, gesto mínimo pero suficiente para marcar que ya no era exactamente la misma. Quería salirse, pero no tenía ni el coraje ni los recursos para dar el paso. Y como siempre, el dinero la mantenía atada: seguía trabajando para los mismos que antes la vigilaban, soportando poco pago y mucha presión.

Con el tiempo empezamos a hablar más seguido. Ella necesitaba cosas que no siempre podía pagar y yo terminaba facilitándole lo que estaba a mi alcance, nunca esperando devolución. Un día me pidió un celular usado, de esos mínimos que alcanzaban para tener WhatsApp. Dentro de la ortodoxia esa aplicación estaba prohibida, así que pedírmelo fue, en sí mismo, un acto de rebeldía. Para ella fue como abrir una ventana al mundo. Me decía que estaba dispuesta a "negociar" el pago, pero yo jamás se lo reclamé. El dinero había sido siempre su problema y un tema recurrente de conversación: siempre tenía poco y dependía, en buena medida, de una comunidad que le pagaba mal y la controlaba mucho.

Alguna vez hablamos de los judíos religiosos y de lo pobres que eran muchos de ellos. Ella se quejaba de esa pobreza que veía como autoinfligida: largas horas de rezos en lugar de trabajar por sus familias, como si la devoción pesara más que el pan. Para alguien que contaba cada centavo, esa elección le resultaba casi incomprensible.

Conmigo se permitía un humor distinto, algo más libre —sabía, creo, que la tenía en cuenta y no solo la toleraba, como sentía que hacían otros vecinos, incómodos con su sola presencia—. Cuando venía a buscarme al local, lo hacía sin ninguna de las formas que se esperan entre un comerciante y una clienta cualquiera —se paraba cerca, esperaba, no sabía irse ni quedarse del todo bien—. Y yo, que no tenía ningún interés comercial en ella, igual le prestaba atención. Algunos de mis empleados llegaron a imaginar que en el pasado habíamos tenido algo: no encontraban otra explicación para que el dueño se detuviera a hablar con alguien que no dejaba plata en la caja. En esas charlas se mezclaban la frustración, el deseo de salir de una cárcel invisible, y la imposibilidad real de hacerlo.

Era septiembre de 2020, plena pandemia, cuando un domingo a las siete y media de la mañana recibí un audio suyo. Decía que la tenían secuestrada en un hospital, al que había entrado para ayudar a una vecina. Hablaba rápido, exaltada, como quien sabe que está pidiendo algo imposible: que yo buscara un médico que la sacara de allí.

Media hora después, a las ocho, llegó otro audio. Repetía lo mismo: que sabía lo difícil de su pedido, pero que no veía otra salida. Nunca dijo en qué hospital estaba. Después, silencio.

Le mandé un audio preguntándole si se había equivocado de contacto. No éramos tan cercanos como para que yo pudiera rescatarla de un secuestro, y mucho menos de un hospital en tiempos de Covid. Sin embargo, esos mensajes quedaron ahí, flotando como un acertijo al que nunca encontré la solución. Parecía exaltada en los audios que luego no me respondió. Me imagino que se resistía a morir y que habrá sido difícil su desenlace.

Unos días más tarde me enteré de su muerte. No por su familia ni por sus amigos, sino por otra vecina que no la quería demasiado. Me dijo que había muerto de cáncer de pulmón. Yo nunca lo creí: jamás la vi fumar, ni toser, ni dar señales de esa enfermedad. Lo cierto es que ignoro qué produjo su muerte.

Con el tiempo se comunicó conmigo un amigo suyo que vivía en Israel. Había visto un comentario mío en el Facebook de ella y me escribió con dudas: no estaba convencido de que hubiera muerto, sospechaba que quizá se había mudado al interior para escapar del control de la comunidad. De estar seguro de su muerte, quería visitar su tumba. Supuse que podía haber sido un antiguo amor adolescente. Me preguntó quién vivía ahora en su departamento, si lo había heredado o si era prestado por la comunidad.

Siempre sospeché que esos departamentos quedaban en manos de la comunidad. Investigué con los vecinos: las expensas las siguen pagando y hay otra gente viviendo allí. Supongo que en la misma condición, pero ninguno de los nuevos habitantes ha llamado mi atención, y no tengo más información porque nunca se acercaron a hablar conmigo.

En esas charlas me contó también que ella tenía un hermano, un psicoanalista renombrado que residía en Israel. Ella nunca me lo había mencionado. Según su amigo, cuando le preguntó si podía ayudarla, el hermano reaccionó mal, casi ofendido. Como si la desgracia de ella no fuera asunto suyo. Esa revelación me golpeó: mientras ella se debatía entre la ortodoxia, la enfermedad y la pobreza, alguien de su propia sangre vivía con prestigio y comodidad a miles de kilómetros, sin mover un dedo por ella.

De ella solo me quedaron aquellos audios, enviados desde el celular que yo mismo le había regalado: una voz exaltada, pidiendo lo imposible. A veces pienso que siguen flotando en mi aparato como un testimonio de su encierro y de su resistencia. Fue lo más cerca que estuvo de dejarme entrar en su mundo sin salida.


este relato pertenece a " Un judío amateur"