Ser judío no es solamente cargar con una historia de expulsiones y cenizas. También, a veces, es encontrar una puerta que se abre sin preguntar nada.
Yo lo supe en 1977, cuando llegué a Buenos Aires desde Bahía Blanca con una valija prestada y más miedo que ropa. Me estaba escondiendo de los militares: había militado contra la dictadura, como tantos jóvenes de esa época. La Casa del Estudiante de la AMIA me recibió sin hacerme preguntas ni pedirme nada a cambio. Fue una bendición, porque estaba muy vulnerable en una ciudad enorme y hostil. Otros iban para hacer contactos o encontrar pareja. Yo fui porque no tenía dinero ni alojamiento.
Me dejaron quedarme sin pagar, hasta que pudiera hacerlo. No me preguntaron si creía en Dios, si respetaba el Shabat ni si pensaba volver. Bastó con mi apellido.
Durante unos meses creí que allí estaba a salvo. Era una ilusión, lo sé ahora. Con los años supe también que entre las víctimas de la dictadura hubo una proporción enorme de jóvenes judíos y que el antisemitismo formaba parte del horror de muchos centros clandestinos. Yo entonces no lo sabía, y ese no saber fue mi refugio. A veces la ignorancia también es una forma de fe.
Por esa misma época llegué hasta una oficina de la Sojnut, la Agencia Judía, en la calle Lavalle, casi llegando a Callao. No recuerdo quién hizo el contacto; posiblemente una tía que temía por mi vida. Lo que sí recuerdo perfectamente es el rostro del hombre que me recibió. Casi cincuenta años después creo que podría reconocerlo. No recuerdo su nombre, pero recuerdo algo más importante: él sabía lo que estaba pasando.
Me contó que ya habían sacado de Chile a jóvenes perseguidos por la dictadura de Pinochet, muchos de ellos militantes de izquierda como yo. Y me ofreció hacer lo mismo conmigo: sacarme de la Argentina y llevarme a Israel.
Me iría sin documentación argentina y debía entender que irme significaba no volver.
No "hasta que terminara la dictadura". No volver.
Hoy sabemos que terminó en 1983. En 1977 nadie podía saberlo. Podía durar veinte años, treinta, toda una vida.
Yo tenía diecinueve años. No era sionista; Israel ni siquiera formaba parte de mi horizonte. Tampoco hablaba hebreo ni tenía parientes allí. Me imaginaba llegando solo a un país extraño y, además, con la posibilidad de terminar haciendo el servicio militar. Había conseguido evitarlo en la Argentina y tampoco quería hacerlo en Israel. No lo sentía para mí.
Pero creo que hubo algo todavía más fuerte que me impidió partir. Mis conflictos estaban acá. La locura de mi padre era una sombra sobre mi vida y mi hermano se quedaría, de algún modo, todavía más huérfano. Irme podía salvarme, pero también significaba abandonar todo aquello. Sentía, además, que había cosas que debía resolver acá; que si me iba huyendo quizá nunca terminaría de sanar.
Salí de aquella oficina y empecé a caminar por Callao hacia Corrientes. No necesité llegar muy lejos. A mitad de cuadra ya sabía que no me podía ir.
Me quedé.
Y tuve suerte.
Todavía hoy paso a menudo por aquella antigua sede de la Sojnut en la calle Lavalle. Cada vez que lo hago miro el edificio y recuerdo aquel día, el rostro del hombre que me atendió y la caminata por Callao en la que decidí quedarme. Durante décadas no supe que aquella puerta que no atravesé tenía incluso un nombre.
Milut —"rescate" en hebreo— era el nombre de la operación en la que participaron la Agencia Judía, la Embajada de Israel y otros organismos israelíes para sacar de la Argentina a personas cuyas vidas estaban en peligro. Se estima que entre 350 y 400 argentinos lograron escapar mediante ese operativo.
Chile había sido el antecedente.
Eso me conmueve ahora de una manera que entonces no podía entender.
Yo no era sionista y ellos lo sabían. Tampoco parecía importarles demasiado. No estaban tratando de convencerme de Israel. Estaban tratando de salvarme.
Me gusta pensar que aquellos jóvenes idealistas, imprudentes y temerarios no eran vistos solamente como un problema que había que sacar del país. Que alguien creyó que sus vidas merecían ser salvadas, aun cuando muchas de sus ideas estuvieran lejos de las propias.
Rechacé el ofrecimiento. Pero fue bueno saber que, cuando alguien quería borrarme, había otro lugar dispuesto a hacer exactamente lo contrario: ayudarme a seguir existiendo.
Hay otro edificio frente al que también suelo pasar. La antigua Casa del Estudiante sigue en la calle Córdoba, pero está abandonada: rejas oxidadas, ventanas rotas, maleza creciendo en el patio. Si Lavalle me recuerda la puerta que decidí no atravesar, Córdoba me recuerda la que sí crucé.
Dicen que su cierre tuvo algo que ver con la caída del Banco Mayo y del Banco Patricios. No lo sé. Yo sólo siento que es una especie de tumba sin nombre. Allí dormí, allí me sentí seguro, allí fui recibido. Ahora nadie entra. Y tantos estudiantes del interior lo necesitarían. A veces me pregunto si alguien más lo recuerda.
Muchos años después, cuando mi hermano enfermó de Corea de Huntington, aprendí otro tipo de frontera. Su cuerpo se movía sin obedecerle y su conducta asustaba. La enfermedad tiene una etapa en la que la agresividad es imposible de contener. Ningún geriátrico lo quería aceptar. Nos lo decían con diplomacia: "No tenemos infraestructura". En la obra social del Hospital Italiano me lo dijeron sin malicia, pero sin rodeos:
—Busque un geriátrico judío. Ellos lo van a recibir.
Y así fue. Evité llevarlo al Borda —al hospital psiquiátrico— o a algún lugar parecido. Pude cumplir con el pedido de mi madre antes de morir: cuidarlo lo mejor posible. No hubo milagros ni privilegios lujosos. Cuando aparecieron los incidentes previstos, no hubo reproches. Sólo el reconocimiento de que alguien, en algún lugar, no nos iba a dar la espalda.
Otra vez, ser judío fue pertenecer a esa red que sostiene incluso cuando nadie mira.
No quiero exagerar. No es que ser judío me haya abierto siempre puertas. Hubo momentos en los que esperé una solidaridad que nunca llegó. También se han cerrado algunas oportunidades por la misma razón. A menudo sin palabras: una mirada, un chiste a mis espaldas, una ocasión perdida. Pero tiendo a olvidar esos episodios. No por ingenuidad, sino porque no quiero que definan mi memoria.
No creo en un Dios todopoderoso. Soy, en el mejor de los casos, un agnóstico que confía en el misterio. Y, sin embargo, sigo siendo judío. No por fe ni por observancia, sino porque se puede negar a Dios sin dejar de pertenecer.
Sin templo fijo, sin rezos obligatorios, con dudas más que certezas. Pero tampoco reniego. Siempre dejo en claro que soy judío. En los momentos decisivos, mi historia habló por mí. No lo elegí: apareció. Y tuve la suerte, y el pudor, de aceptarlo.
Ya no paso privaciones, nadie me busca de madrugada, no tengo que esconderme ni cuidar a mi hermano. Y, sin embargo, tengo una pesadilla recurrente: alguien me pide documentos en la calle, y yo no los encuentro, o los encuentro y no son los míos. Busco en los bolsillos, en la valija, en cualquier lado, y cuando por fin aparecen, las letras se mueven, se disuelven: no logro leer mi propio nombre. Y en esos sueños nunca logro demostrar quién soy.
Me despierto cuando algo no encaja y el sueño se quiebra. Supongo que esas fisuras existen también en la vida: dejan pasar lo que uno fue, incluso cuando todo parece estar en orden.
Mucho tiempo después, en un café de Barcelona, me senté por primera vez con un primo con el que el destino nunca me había cruzado. Hablando de aquellos años, me contó que a él también le habían ofrecido escapar a Israel. A su esposa, que no era judía, intentaron convencerla invocando la frase bíblica de Rut: «Tu pueblo será mi pueblo».
Ella se resistió. No iba a definir quién era por un texto que no era el suyo. Terminaron yendo igual por sus propios medios, y vivieron unos años en Israel. No porque ella hubiera aceptado ser Rut, sino porque quedarse en la Argentina de los militares era peor.
Escucharlo, casi cincuenta años después, me devolvió a aquella oficina de Lavalle y al hombre cuyo nombre olvidé pero cuyo rostro todavía recuerdo.
Mi primo cruzó esa puerta. Yo decidí no atravesarla.
Este texto correspónde al conjunto " Un judío amateur"