sábado, 7 de febrero de 2026
Leopold Staff(Leópolis, Imperio Austríaco, 1878-Skarżysko-Kamienna, Polonia, 1957)
sábado, 31 de enero de 2026
Carta de Macedonio Fernández a Borges:
domingo, 18 de enero de 2026
Carl Sandburg (Gallesburg, EEUU, 1878-Flat Rock, EEUU, 1967)
sábado, 10 de enero de 2026
Juana Karen Peñate Montejo / Ejido Emiliano Zapata de Tumbalá, Chiapas, 1979
Soy una mujer xty’añ
Soy una mujer xty’añ,
nacida en la zona fría de la selva,
territorio de tan hermoso y amplio
se convierte cárcel con todos los tonos verdes de la historia.
Vengo de aquella lejanía,
donde los ríos, manantiales,
silencios y oscuridades hacen que las mujeres sean tímidas,
firmes dibujando el camino del miedo,
los secretos de la montaña
y la encrucijada de la ciudad.
No pasa nada:
fuera de nuestras selvas
traemos música
para convidarle a la humanidad.
Joñoñ xty’añonbä x-ixik
Joñoñ xty’añonbä x-ixik,
tsa’ kilaj pañumil tyi tsuwañbä matye’lum,
uts’atybä kolem lum,
mi isujtyel che’ bajche’ ñu’p’oñi’bäl tyi pejtyelel yäxty’ulanbä oño’ty’añ.
Tyilemoñ tyi’ tyamlel lum,
ya baki jiñi pa’, wuty ja,
ñäch’tyälel yik’oty ik’yoch’añbä
lichikñaj mi imel jiñi x-ixikob,
tsäts mi iboñob majlel ibijlel bäk’eñ,
mukulbä icha’añ matye’el
yik’oty its’ojtyäklel tyejklum.
Ma’añik chuki mi icha’leñ:
tyi’ ñajtylel kmatye’lumlojoñ
woli kch’ämlojoñtyilel soñ
cha’añ mi ktyijikñesañlojoñ pañumil.
Voy a crecer más que el dolor
La música lúgubre viaja con el viento,
el corazón de la compañera calla,
sus lágrimas pequeñas y transparentes raíces,
un cuerpo destrozado en el ataúd.
Cobarde son las manos del hombre,
convertidas en flechas enemigas,
cruzando el cuerpo indefenso,
éste yace siempre, siempre día a día bajo el sol.
El cuerpo velado,
su rostro pálido y su espíritu entristecido,
el llanto se confunde con el rezo
y el rezo se convierte canto doloroso.
Aquí los poetas tsotsiles,
allá los poetas tseltales,
más acá los poetas choles vagan con su verdad por el cementerio.
Tanto coraje en los pensamientos
por la lluvia de sangre el día entero.
Ella, recia mujer, hecha y protegida con el lenguaje chol,
temblorosa, cae pesada al banco,
en sus labios resecos, una frase:
“Voy a crecer más que el dolor”.
Ñumeñ mi jkajel tyi kolel bajche’ k’uxel
Jiñi bä’bäk’eñbä soñ woli tyi xämbal yik’oty ik’,
ñäch’al ipusik’al la kpi’äl,
che’ bajche’ alä säkäñañbä wi’tye’ iyuk’el,
ya’ much’ty’ojbil bäk’tyaläl tyi kajoñtye’.
Mach uts’atyik ik’äb jiñi wiñik,
che’ix bajche’ jek’oñib mi iñumel tyi’ bäk’tyal p’ump’umbä,
iliyi yajach-añ, yajach-añ,
tyi k’iñ tyi k’iñ tyi ye’bal k’iñ.
Woli ich’ujutyesäbeñob ibäktyal,
säkpo’ts’añ iwuty yik’oty ch’ijiyem ich’ujlel,
woli ixä’bob ibä uk’el yik’oty ch’ujutsesayaj
jiñi ch’ujutyesayaj che’ bajche’ k’uxbä k’ay.
Ilayi xty’añ xtsotsilob,
Ixi xty’añ tseltalob,
wätyobä añob ilayi xty’añob woli imukbeñob isumlel tyi mukoñi’bäl.
Ka’bäl sokembä ña’tyi’bal,
che’ bajche’ ja’al woli tyi yajlel jiñi ch’ich tyi pejtyel k’iñ.
Jiñi ch’elbä x-ixik, melbil, mosbil tyi’ ity’añ xty’añob,
tsiltsilñaj mi iyajlel tyi ibuchlibäl,
ya’ tyi tsileñtyikbä ityi’ jump’al ty’añ:
“Ñumeñ mi kajel tyi kolel bajche’ k’uxel”.
Mi nombre ya no es silencio
La música de la selva viene a mis manos,
el ritmo del día camina en mí,
soy mujer aroma de la montaña
firme y sencilla palabra ch’ol: X-ixik,
y como los campos, transcurro en el tiempo,
el tiempo fluye en mi voz.
Desde que nací mujer en el umbral de la noche,
mi mirada se volvió horizonte,
las hojas de mi destino se volvieron manantial,
mi pensamiento comenzaron a florecer,
desde entonces mi nombre ya no es silencio.
Jk’aba’ mach chäñ ñäch’älix
Isoñil matye’el mi ityilel tyi k’äb,
Jiñi tyip’tyip’ñäyel k’iñil woli tyi xämbal tyi ktyojlel,
x-ixikoñ its’äkal matye’el,
tyoj yik’oty k’uñbä ity’añ xty’añob: x-ixik,
che’ bajche’ matye’el, mi xäñ tyi tyamlel k’iñil,
tyamlel k’iñil woli tyi ñumel yik’oty ty’añ.
Che’ tsa’ kilaj pañumil che’ tyi tyejchibal ak’lel
tsa’ ch’uj k’ele iñajtylel pañchañ
iyopol ili kañi’bal tsa’ sujtyi tyi yäxty’ulañbä ja’,
che’jiñi tsa’ kaji tyi ñich kñatyi’bal,
k’äläl che’jiñi jk’aba’ mach chäñ ñäch’älix.
tomado de Periodico de Poesia Octubre 2024
sábado, 15 de noviembre de 2025
Kjell Askildsen : «Ajedrez»
El mundo ya no es lo que era. Ahora, por ejemplo, se vive más tiempo. Yo tengo ochenta y muchos, y es poco. Estoy demasiado sano, aunque no tenga razones para estar tan sano. Pero la vida no quiere desprenderse de mí. El que no tiene nada por qué vivir tampoco tiene nada por qué morir.
Tal vez sea ese el motivo.
Un día hace mucho, antes de que mis piernas empezaran a flaquear seriamente, fui a visitar a mi hermano. No lo había visto desde hacía más de tres años, pero seguía viviendo donde fui a visitarlo la última vez.
-Sigues vivo -dijo, aunque él era mayor que yo.
Me había llevado un bocadillo y él me ofreció un vaso de agua.
-La vida es dura -dijo-, no hay quién la aguante.
Yo estaba comiendo y no contesté. No había ido allí a discutir. Acabé el bocadillo y me bebí el agua. Mi hermano miraba fijamente hacia algún punto situado por encima de mi cabeza. Si me hubiera levantado y él no hubiese desviado la mirada antes, se habría quedado mirándome directamente, pero sin duda la habría desviado. Mi hermano no se encontraba a gusto conmigo. O dicho de otro modo, no se encontraba a gusto consigo mismo cuando estaba conmigo. Creo que tenía mala conciencia o, al menos, no buena. Escribió una veintena de novelas muy largas. Yo solo he escrito unas pocas, que además son breves. A él se le considera un escritor bastante bueno, aunque un poco obsceno. Escribe mucho sobre el amor, sobre todo el amor físico, no pregunto dónde lo habrá aprendido.
Mi hermano seguía con la mirada clavada en algún punto situado por encima de mi cabeza, supongo que se sentía en su derecho por las veinte novelas que tenía en sus nalgas fofas. Me estaban entrando ganas de largarme sin decirle el motivo de mi visita, pero pensé que después de la caminata que me había dado sería de tontos, así que le pregunté si le apetecía jugar una partida de ajedrez.
-Eso lleva mucho tiempo -dijo-, y yo ya no tengo mucho tiempo que perder. Podrías haber venido antes.
Debí levantarme y largarme en ese momento, se lo habría merecido, pero soy demasiado cortés y considerado, esa es mi gran debilidad, o una de ellas.
-No lleva más de una hora -dije.
-La partida sí -contestó-, pero a eso habría que añadir la excitación posterior o el cabreo si la perdiera. Mi corazón, sabes, ya no es lo que era. Y el tuyo tampoco, supongo.
No contesté, no tenía ganas de discutir con él sobre mi corazón, así que dije:
-De modo que tienes miedo a morir. Vaya, vaya.
-Tonterías. Lo que pasa es que mi obra aún no está concluida.
Así de pretencioso estuvo, me entraron ganas de vomitar. Yo había dejado el bastón en el suelo, y me agaché a recogerlo, quería que dejara de presumir.
-Cuando morimos, al menos dejamos de contradecirnos -dije, aunque no esperaba que entendiera el sentido de mis palabras. Pero él era demasiado soberbio para preguntar.
-No ha sido mi intención herirte -dijo.
-¿Herirme? -contesté levantando la voz. Era razonable que me irritara-. Me importa un bledo lo poco que he escrito y lo poco que no he escrito.
Me puse de pie y le solté un discurso:
-Cada hora que pasa, el mundo se libra de miles de tontos. Piénsalo. ¿Te has parado alguna vez a pensar en la cantidad de estupidez almacenada que desaparece en el transcurso de un día? Imagínate todos los cerebros que dejan de funcionar, pues es ahí donde se almacena la estupidez. Y sin embargo, todavía queda mucha estupidez, porque algunos la han perpetuado en libros, y así se mantiene viva. Mientras la gente siga leyendo novelas, ciertas novelas de las que tanto abundan, la estupidez seguirá existiendo.
Y añadí, un poco vagamente, lo confieso:
-Por eso he venido a jugar una partida de ajedrez.
Permaneció callado un buen rato, hasta que hice ademán de marcharme, entonces dijo:
-Demasiadas palabras para tan poca cosa. Pero les sacaré partido, las pondré en boca de algún ignorante.
Exactamente así era mi hermano. Por cierto, murió ese mismo día, y no es improbable que me llevara sus últimas palabras, pues me marché sin contestarle, y eso no debió de gustarle nada. Quería tener la última palabra y la tuvo, aunque supongo que habría querido decir algo más. Cuando recuerdo lo que se irritó, me viene a la memoria que los chinos tienen un símbolo en su grafía que representa la muerte por agotamiento en el acto sexual.
Al fin y al cabo éramos hermanos.
"Manual de supervivencia para jugar go entre fantasmas" por Jorge Santkovsky
♟️⚫Anoche volvimos al tercer piso del Club Argentino de Ajedrez. Qué miedo volver a encontrarnos con ellos.
Para los nuevos jugadores no significaba demasiado, pero los más veteranos sabemos que ese piso siempre tuvo fama de tener “presencias”. No fantasmas solemnes, sino de esos que fruncen el ceño cuando alguien hace una mala jugada o empuja una silla fuera de lugar. Presencias típicamente porteñas. Más algún inmigrante porteñizado con los años.
Como uno de los pocos sobrevivientes de aquella época me siento obligado a contar la historia. Para que a ninguno lo tome por sorpresa. Que tomen en serio ruidos extraños, puertas que se abren y cierran solas, cortes de luz y vaya uno a saber qué cosas más.
Éramos diferentes: nosotros no jugábamos ajedrez. Jugábamos go.
Entrar con un tablero de go al tercer piso del club fue, durante años, una pequeña herejía. Más aún para los fantasmas del lugar, que se alimentaban de peones, alfiles y finales de torres desde la década del cincuenta. Cuando nos vieron poner un tablero lleno de piedras blancas y negras, con líneas que parecían un mapa ferroviario japonés, quedaron desorientados. Alguno habrá pensado que era una variante rara del ajedrez; otro, que se nos había caído un mantel cuadrillé encima del tablero.
Pero cuando entendieron que el go tenía más variantes, más ramificaciones y más posibilidades que cualquier partida que hubieran presenciado en vida —o en muerte—, ahí sí se enojaron.
Y empezaron a sabotearnos.
Primero se ocuparon de que la escalera principal quedara fuera de nuestro alcance, como si hubieran movido la arquitectura del edificio a su favor. Solo podían usarla los que tenían la llave. Nunca supimos cómo conseguirla. Una jugada posicional impecable: dejarnos arriba sin forma de bajar o, peor, impedirnos subir de nuevo. Desconectados.
Además, dejaron la escalera de servicio inutilizable, cubierta de trastos viejos, muebles rotos y cartones húmedos, como si el club hubiera decidido guardar en ese pasillo todo lo que no sabía dónde poner. Un fantasma ajedrecístico siempre prefiere un buen bloqueo antes que un ataque directo.
El baño era simplemente un agujero al que le habían sacado todos los sanitarios: había riesgo de que, si uno intentaba usarlo, cayera al piso de abajo. Una forma literal de “salirse del tablero”.
Finalmente, el golpe maestro: tomaron el ascensor, ese elevador cansado que ya sube rezongando. Se ocupaban de hacerlo fallar justo cuando veníamos con los bolsos —los bolls— llenos de piedras de go. Tocábamos el botón, la luz parpadeaba y el ascensor decidía pensar… como un maestro que no quiere responder aún.
Era evidente:
los fantasmas querían que nos fuéramos.
Imagino a uno de ellos murmurando:
—¿Y estos quiénes son? ¿Qué es ese juego que no tiene rey ni jaque mate? ¿Dónde está la nobleza de sacrificar una dama?
Otro, más culto, posiblemente el alma de algún gran maestro, quizás dijo algo así:
—Tienen demasiadas variantes. No puede ser serio.
Y un tercero, claramente irritado:
—¡Encima no mueven piezas, ponen piedras! ¿Qué sigue? ¿Un sudoku?
Al final lograron lo que querían.
Con el ascensor en huelga, la escalera bloqueada y la sensación de estar ocupando un territorio que no era nuestro, terminamos abandonando el tercer piso. Y, por supuesto, el club.
Los fantasmas —o el edificio, que al fin de cuentas es lo mismo— nos habían ganado por abandono.
A veces pienso que no nos echaron por hostilidad, sino por celos.
Durante décadas, el ajedrez fue el dueño absoluto de esas salas.
Un juego japonés, con más libertad y menos jerarquías, les resultó intolerable.
Ahora que nos dejaron volver al Club Argentino de Ajedrez —ese que realmente amamos— empieza otra batalla: nos mandaron al tercer piso porque ocuparon nuestro lugar. Volvimos al club, sí… pero nos subieron a las alturas, lejos de casa.
Igual voy a dejar el tablero sobre la mesa; si no les gusta, que lo acomoden. Total, ya demostraron que mover cosas sin permiso es lo suyo.
martes, 4 de noviembre de 2025
Neama Hassan (نعمه حسن, Rafah, Palestina, 1980 )
EN LA COLA DEL PAN