domingo, 30 de agosto de 2026
" Soledad" un texto de Jorge Santkovsky
"What a Wonderful World " partitura en saxo alto
sábado, 29 de agosto de 2026
" Puertas que se abren " un texto de Jorge Santkovsky
Ser judío no es solamente cargar con una historia de expulsiones y cenizas. También, a veces, es encontrar una puerta que se abre sin preguntar nada.
Yo lo supe en 1977, cuando llegué a Buenos Aires desde Bahía Blanca con una valija prestada y más miedo que ropa. Me estaba escondiendo de los militares: había militado contra la dictadura, como tantos jóvenes de esa época. La Casa del Estudiante de la AMIA me recibió sin hacerme preguntas ni pedirme nada a cambio. Fue una bendición, porque estaba muy vulnerable en una ciudad enorme y hostil. Otros iban para hacer contactos o encontrar pareja. Yo fui porque no tenía dinero ni alojamiento.
Me dejaron quedarme sin pagar, hasta que pudiera hacerlo. No me preguntaron si creía en Dios, si respetaba el Shabat ni si pensaba volver. Bastó con mi apellido.
Durante unos meses creí que allí estaba a salvo. Era una ilusión, lo sé ahora. Con los años supe también que entre las víctimas de la dictadura hubo una proporción enorme de jóvenes judíos y que el antisemitismo formaba parte del horror de muchos centros clandestinos. Yo entonces no lo sabía, y ese no saber fue mi refugio. A veces la ignorancia también es una forma de fe.
Por esa misma época llegué hasta una oficina de la Sojnut, la Agencia Judía, en la calle Lavalle, casi llegando a Callao. No recuerdo quién hizo el contacto; posiblemente una tía que temía por mi vida. Lo que sí recuerdo perfectamente es el rostro del hombre que me recibió. Casi cincuenta años después creo que podría reconocerlo. No recuerdo su nombre, pero recuerdo algo más importante: él sabía lo que estaba pasando.
Me contó que ya habían sacado de Chile a jóvenes perseguidos por la dictadura de Pinochet, muchos de ellos militantes de izquierda como yo. Y me ofreció hacer lo mismo conmigo: sacarme de la Argentina y llevarme a Israel.
Me iría sin documentación argentina y debía entender que irme significaba no volver.
No "hasta que terminara la dictadura". No volver.
Hoy sabemos que terminó en 1983. En 1977 nadie podía saberlo. Podía durar veinte años, treinta, toda una vida.
Yo tenía diecinueve años. No era sionista; Israel ni siquiera formaba parte de mi horizonte. Tampoco hablaba hebreo ni tenía parientes allí. Me imaginaba llegando solo a un país extraño y, además, con la posibilidad de terminar haciendo el servicio militar. Había conseguido evitarlo en la Argentina y tampoco quería hacerlo en Israel. No lo sentía para mí.
Pero creo que hubo algo todavía más fuerte que me impidió partir. Mis conflictos estaban acá. La locura de mi padre era una sombra sobre mi vida y mi hermano se quedaría, de algún modo, todavía más huérfano. Irme podía salvarme, pero también significaba abandonar todo aquello. Sentía, además, que había cosas que debía resolver acá; que si me iba huyendo quizá nunca terminaría de sanar.
Salí de aquella oficina y empecé a caminar por Callao hacia Corrientes. No necesité llegar muy lejos. A mitad de cuadra ya sabía que no me podía ir.
Me quedé.
Y tuve suerte.
Todavía hoy paso a menudo por aquella antigua sede de la Sojnut en la calle Lavalle. Cada vez que lo hago miro el edificio y recuerdo aquel día, el rostro del hombre que me atendió y la caminata por Callao en la que decidí quedarme. Durante décadas no supe que aquella puerta que no atravesé tenía incluso un nombre.
Milut —"rescate" en hebreo— era el nombre de la operación en la que participaron la Agencia Judía, la Embajada de Israel y otros organismos israelíes para sacar de la Argentina a personas cuyas vidas estaban en peligro. Se estima que entre 350 y 400 argentinos lograron escapar mediante ese operativo.
Chile había sido el antecedente.
Eso me conmueve ahora de una manera que entonces no podía entender.
Yo no era sionista y ellos lo sabían. Tampoco parecía importarles demasiado. No estaban tratando de convencerme de Israel. Estaban tratando de salvarme.
Me gusta pensar que aquellos jóvenes idealistas, imprudentes y temerarios no eran vistos solamente como un problema que había que sacar del país. Que alguien creyó que sus vidas merecían ser salvadas, aun cuando muchas de sus ideas estuvieran lejos de las propias.
Rechacé el ofrecimiento. Pero fue bueno saber que, cuando alguien quería borrarme, había otro lugar dispuesto a hacer exactamente lo contrario: ayudarme a seguir existiendo.
Hay otro edificio frente al que también suelo pasar. La antigua Casa del Estudiante sigue en la calle Córdoba, pero está abandonada: rejas oxidadas, ventanas rotas, maleza creciendo en el patio. Si Lavalle me recuerda la puerta que decidí no atravesar, Córdoba me recuerda la que sí crucé.
Dicen que su cierre tuvo algo que ver con la caída del Banco Mayo y del Banco Patricios. No lo sé. Yo sólo siento que es una especie de tumba sin nombre. Allí dormí, allí me sentí seguro, allí fui recibido. Ahora nadie entra. Y tantos estudiantes del interior lo necesitarían. A veces me pregunto si alguien más lo recuerda.
Muchos años después, cuando mi hermano enfermó de Corea de Huntington, aprendí otro tipo de frontera. Su cuerpo se movía sin obedecerle y su conducta asustaba. La enfermedad tiene una etapa en la que la agresividad es imposible de contener. Ningún geriátrico lo quería aceptar. Nos lo decían con diplomacia: "No tenemos infraestructura". En la obra social del Hospital Italiano me lo dijeron sin malicia, pero sin rodeos:
—Busque un geriátrico judío. Ellos lo van a recibir.
Y así fue. Evité llevarlo al Borda —al hospital psiquiátrico— o a algún lugar parecido. Pude cumplir con el pedido de mi madre antes de morir: cuidarlo lo mejor posible. No hubo milagros ni privilegios lujosos. Cuando aparecieron los incidentes previstos, no hubo reproches. Sólo el reconocimiento de que alguien, en algún lugar, no nos iba a dar la espalda.
Otra vez, ser judío fue pertenecer a esa red que sostiene incluso cuando nadie mira.
No quiero exagerar. No es que ser judío me haya abierto siempre puertas. Hubo momentos en los que esperé una solidaridad que nunca llegó. También se han cerrado algunas oportunidades por la misma razón. A menudo sin palabras: una mirada, un chiste a mis espaldas, una ocasión perdida. Pero tiendo a olvidar esos episodios. No por ingenuidad, sino porque no quiero que definan mi memoria.
No creo en un Dios todopoderoso. Soy, en el mejor de los casos, un agnóstico que confía en el misterio. Y, sin embargo, sigo siendo judío. No por fe ni por observancia, sino porque se puede negar a Dios sin dejar de pertenecer.
Sin templo fijo, sin rezos obligatorios, con dudas más que certezas. Pero tampoco reniego. Siempre dejo en claro que soy judío. En los momentos decisivos, mi historia habló por mí. No lo elegí: apareció. Y tuve la suerte, y el pudor, de aceptarlo.
Ya no paso privaciones, nadie me busca de madrugada, no tengo que esconderme ni cuidar a mi hermano. Y, sin embargo, tengo una pesadilla recurrente: alguien me pide documentos en la calle, y yo no los encuentro, o los encuentro y no son los míos. Busco en los bolsillos, en la valija, en cualquier lado, y cuando por fin aparecen, las letras se mueven, se disuelven: no logro leer mi propio nombre. Y en esos sueños nunca logro demostrar quién soy.
Me despierto cuando algo no encaja y el sueño se quiebra. Supongo que esas fisuras existen también en la vida: dejan pasar lo que uno fue, incluso cuando todo parece estar en orden.
Mucho tiempo después, en un café de Barcelona, me senté por primera vez con un primo con el que el destino nunca me había cruzado. Hablando de aquellos años, me contó que a él también le habían ofrecido escapar a Israel. A su esposa, que no era judía, intentaron convencerla invocando la frase bíblica de Rut: «Tu pueblo será mi pueblo».
Ella se resistió. No iba a definir quién era por un texto que no era el suyo. Terminaron yendo igual por sus propios medios, y vivieron unos años en Israel. No porque ella hubiera aceptado ser Rut, sino porque quedarse en la Argentina de los militares era peor.
Escucharlo, casi cincuenta años después, me devolvió a aquella oficina de Lavalle y al hombre cuyo nombre olvidé pero cuyo rostro todavía recuerdo.
Mi primo cruzó esa puerta. Yo decidí no atravesarla.
Este texto correspónde al conjunto " Un judío amateur"
lunes, 24 de agosto de 2026
"Entre Mordejai y Marek " de Jorge Santkovsky
De mi madre conservo unas pocas cartas sin enviar. Ella amaba las palabras, pero apenas unas pocas llegaron a mi poder. Nunca se animó o no pudo dedicarse a la literatura, aunque escribía muy bien.
A veces pienso que escribía para no desaparecer del todo.
En una de esas cartas recuerda la emoción de presenciar un acto escolar en la escuela idish a la que yo asistía, cuando tenía ocho o nueve años. En ese acto, yo representaba a Mordejai Anielewicz.
No recuerdo nada de aquella escena. Ni el disfraz, ni las líneas, ni si estaba nervioso o feliz. Pero sí recuerdo el nombre. Anda a saber por qué, algo de ese nombre se quedó adentro.
Mordejai se convirtió, sin que yo lo advirtiera, en mi primer superhéroe.
No fue Superman ni Batman: fue aquel joven que murió peleando en el gueto, como jefe de una resistencia que sabía que no tenía salida. Un héroe con nombre judío, de carne y hueso. Mi infancia fue solitaria y carecía de juguetes o historietas que acompañaran mi imaginación, así que el pobre Mordejai, sin saberlo, ocupó en mi mente los espacios que en otros niños estaban destinados a la fantasía.
Lo que yo no sabía entonces es que lejos de ser un superhéroe de espaldas anchas, Mordejai estaba famélico. Su mayor fuerza no salía de un físico espléndido sino de una certeza: después de la conferencia de Wannsee, el destino de los trenes no era un campo de trabajo sino la máquina de la muerte. Era mejor morir peleando. Hacerlo dignamente era lo único que daba sentido al final —al menos como ejemplo para los otros—. Desde el Once donde crecí, yo me imaginaba a ese muchacho haciendo la guerra de guerrillas por los subsuelos de Varsovia, antes de suicidarse junto a su novia en el búnker de Mila 18 para no caer con vida en manos de los nazis.
De mi paso por esa escuela recuerdo casi nada; hoy, en su lugar, se enseña hebreo. El idish era melancólico, una lengua sin territorio; la lengua de la diáspora que hablaban millones de judíos en Europa del Este antes de que la historia los borrara de golpe. El nuevo Estado hizo del hebreo, una lengua antigua resucitada, la lengua de una nueva identidad nacional, mientras esa lengua quedaba relegada como vestigio de la diáspora. Años después me enteraría de que Marek Edelman nunca terminó de perdonar ese desplazamiento. Lamento esa pérdida; hoy, que vivo enamorado de las palabras, acudo a veces a ella como a un tesoro invaluable para el disfrute de los sentidos.
Con el tiempo, en un viaje a Varsovia, descubrí a Marek Edelman. Hay un mural enorme que lo recuerda en la ciudad, un memorial que refleja su importancia para la propia historia de Polonia.
Cuando murió Mordejai, él lo sucedió en el mando del levantamiento. Logró salvar su vida escapando por las alcantarillas. A diferencia de su compañero caído, Marek sobrevivió al gueto, a la guerra, a la posguerra, al antisemitismo y al comunismo. Y también al exilio interior, que acaso fue el más difícil de todos.
Lo que más me impresionó fue otra cosa: Marek era un polaco judío más que un judío polaco. No era religioso ni un miembro destacado de la comunidad. Como yo, había hecho todo lo posible por salirse de la aldea hacia el mundo. Pero lo atrapó la historia del modo más cruel. Me sentí identificado con eso. No fue menos valiente que Mordejai, pero su coraje fue distinto: menos épico, más sostenido. No el del que se lanza al fuego, sino el del que permanece alerta entre las cenizas.
Dudo que en el acto escolar de mi infancia hubiera habido un niño representando a Marek. Tal vez no sabíamos aún cómo dar lugar a los que sobreviven.
Marek y Mordejai no solo fueron distintos en sus destinos: también en sus ideas. Marek era del Bund, el movimiento socialista judío que creía en luchar por la igualdad dentro de cada país, sin patria propia, sin Estado, sin banderas. Mordejai, en cambio, militaba en Hashomer Hatzair, el sionismo socialista; soñaba con una tierra judía en Palestina y creía que la reconstrucción nacional era parte de la redención. Ambos eran jóvenes, idealistas, militantes. Ambos enfrentaron al mismo despiadado enemigo. Si hubieran sobrevivido a la guerra, quizás no habrían estado de acuerdo en nada.
Y sin embargo, en el corazón del gueto, esas diferencias se suspendieron. La historia no les pidió coherencia: les exigió coraje y dignidad.
Marek había conocido a Mordejai de chico. Lo recordaba como un muchacho humilde y vivaz, que ayudaba a sus padres en la feria. Contaba, con una ironía filosa, que Mordejai le agregaba tintura roja a las cáscaras de los huevos pasados para que parecieran frescos y venderlos mejor.
¿Un futuro héroe nacional puede haber hecho esas picardías? Quizás ahí radica lo más inquietante y lo más esperanzador de todo esto: no existen las personas extraordinarias por naturaleza. Como contrapunto a lo que Hannah Arendt definió como la banalidad del mal, la historia de Marek parece proponernos una especie de banalidad del bien. Una decencia pedestre, gris, que no necesita de santos ni de estatuas de bronce. Alguien común, atrapado en un contexto de oscuridad absoluta, simplemente hace lo que se debe hacer. Lo normal, aunque el mundo alrededor se haya vuelto loco.
Muchos años después, Edelman lo diría a su manera: "Los héroes hacen cosas extraordinarias. Lo que yo hice no fue algo extraordinario. Fue simplemente normal."
Mi madre no podía imaginar que ese pequeño acto escolar iba a quedar flotando en mi memoria durante décadas. Tampoco que yo, muchos años después, seguiría preguntándome si ese niño que representaba a Mordejai habría sido un hombre distinto de haber representado a Marek. No uno que se inmola en el búnker, sino uno que elige la intemperie de seguir viviendo después.
Sé que uno nunca termina de dejar atrás al niño que fue. A veces es apenas un recuerdo, una nostalgia, una escena vaga. Otras veces, sin saberlo, seguimos sus pasos para intentar entender quiénes somos. En este caso, quizás para buscar un lugar entre ambos.
Este texto es parte de " Un Judío amateur"
domingo, 23 de agosto de 2026
"El derecho a fracasar" de Jorge Santkovsky
sábado, 22 de agosto de 2026
"Nosotros y ellos, el peligro de los pronombres " de Jorge Santkovsky
Adriana escuchó el audio que había compartido Alicia. Hablaba de lo que estaba ocurriendo en Qusra, una aldea palestina de Cisjordania: un grupo de colonos israelíes había bloqueado el acceso a tres viviendas, instalado una carpa frente a ellas y dejado a varias familias prácticamente encerradas en sus propias casas. Antes les habían cortado el agua y la electricidad. El ejército israelí había enviado más efectivos a la zona. El relato coincidía con lo que le contaban sus propios amigos y familiares en Israel, gente en la que confía. Le pareció espantoso. Pero se frenó en una frase del audio: “El mundo tiene razón”. —¿Qué mundo? —escribió después—. ¿Los que festejan masacres de judíos? ¿Los que apuñalan judíos en cualquier parte del mundo? ¿La BBC? ¿Los que ondean la bandera palestina y no podrían ubicarla en un mapa? Y cerró con una anécdota de Borges. Poco después de la Segunda Guerra le preguntaron qué opinaba de los alemanes. “No sé, no los conozco a todos”, contestó. Alicia le respondió que esa mujer del audio era amiga suya, con familia en Israel; que no había que olvidar que los religiosos son insufribles de los dos lados, y que los palestinos también son cautivos de los suyos. Que el mundo tiene razones parciales. Que a ella le dolía. —No entendiste lo que dije —contestó Adriana. Alicia volvió, más despacio. Sí había algo de razón, explicó, en decir que lo que pasa en Gaza es un desastre y que el gobierno de Israel no hace lo suficiente para que cese. Y que eso lo vamos a pagar nosotros también. —Así es —dijo Adriana—. Pero no tiene nada que ver con lo que dije. —No te interpreté —cerró Alicia—. Vos hablaste de los rehenes y de Hamas; yo hablé de la paz y el fin de la guerra. En realidad, ninguna estaba discutiendo exactamente con la otra. Adriana respondía a una frase —“el mundo tiene razón”— y a todo aquello sobre lo que esa frase parecía darle la razón al mundo. Alicia respondía a Gaza, al sufrimiento y a la necesidad de terminar la guerra. Se cruzaron durante un tiempo sin encontrarse, cada una defendiendo algo distinto de lo que la otra atacaba. La discusión me dejó pensando en otra cosa. Algo bastante más incómodo. A muchos judíos nos resulta difícil aceptar que dentro de nuestro pueblo, como dentro de cualquier otro, hay y hubo gente capaz de cometer atrocidades. Es una frase muy fácil de escribir. Se vuelve bastante más difícil cuando el pueblo del que se habla es aquel al que uno siente que pertenece. No es un pensamiento nuevo. Marek Edelman, el último comandante vivo del levantamiento del gueto de Varsovia, cuenta en *Hubo amor en el gueto* que se lo dijo a Léon Blum en 1946, en los jardines de Luxemburgo, cuando la guerra acababa de terminar: el Holocausto no lo hicieron los alemanes. Lo hicieron los seres humanos. Lo decía alguien a quien difícilmente pudiera acusarse de querer disculpar a los alemanes. Tal vez esa sea una de las enseñanzas más difíciles de aceptar. Nos tranquiliza pensar que las atrocidades las comete alguna clase particular de gente. Los nazis. Los fanáticos. Los terroristas. Los otros. Edelman eliminaba ese consuelo: las hacen seres humanos. Y nosotros también lo somos. En la Guerra de la Independencia de Israel hubo episodios que hoy preferimos no recordar demasiado. Deir Yassin es uno de esos nombres. Y durante esa misma guerra, en Haifa, el intendente judío Shabtai Levy les pedía a sus vecinos árabes que no abandonaran la ciudad. Las dos cosas ocurrieron. Naturalmente nos resulta más fácil quedarnos con la segunda. Se parece mucho más a la imagen que queremos tener de nosotros mismos. Pero la otra también forma parte de la historia. No soy experto en esa guerra ni en ninguna de las guerras entre Israel y sus vecinos. Pero hay algo para lo que no hace falta serlo: no empezamos a ser humanos recién ahora. Mi propia incomodidad con todo esto apareció de una manera mucho más pequeña y cercana. Mi relación con los religiosos nunca fue sencilla. Hace un tiempo le pregunté por el 7 de octubre a un hombre religioso al que conozco desde hace años. Siempre me había parecido una persona macanuda. Habíamos hablado muchas veces y nunca había tenido motivos para pensar otra cosa. Su respuesta me dejó helado: —Pobre gente, pero no eran religiosos. Todavía me cuesta acomodar esa frase con la persona que conozco. Quizás justamente por eso me impresionó tanto. No tenía delante a un monstruo. Tenía a la misma persona amable con la que había conversado tantas veces. Solo que, en ese punto, parecía existir una frontera. De un lado estaban los suyos. Del otro, personas por las que podía sentir lástima, pero no exactamente la misma empatía. El “pero” hacía todo el trabajo. Y sería demasiado cómodo convertir esa experiencia en una demostración de cómo son “los religiosos”. Estaría haciendo exactamente aquello que me inquieta en otros casos: tomar lo que hizo o dijo una persona y trasladarlo al colectivo al que pertenece. Quizás por eso el lenguaje importa tanto. En Israel esto se discute abiertamente. *Haaretz* entrevistó al comentarista militar Roy Sharon, de Kan 11, autor de un libro sobre lo que él mismo llama “terrorismo judío” —una expresión que me produce una incomodidad que no termino de resolver. ¿Describe al terrorista o describe a los judíos? No es una pregunta puramente semántica. Somos millones de judíos que no tenemos ninguna responsabilidad por lo que haga un colono que incendia una casa, ataca a un palestino o comete un acto terrorista. Pero tampoco podemos resolver el problema negándonos a reconocer que existen judíos capaces de hacerlo. Y aun así queda una pregunta incómoda. ¿Por qué aceptamos con tanta facilidad hablar de científicos judíos, escritores judíos, artistas judíos o premios Nobel judíos? Ninguno de nosotros participó de los descubrimientos de Einstein por el solo hecho de ser judío. Sin embargo, algo de ese prestigio colectivo nos gusta reclamar como propio. Con las culpas hacemos, razonablemente, lo contrario. No son operaciones moralmente equivalentes. Pero hay un mecanismo común que merece ser observado: nuestra facilidad para viajar del individuo al colectivo. Cuando el viaje nos halaga, apenas lo advertimos. Cuando nos acusa, inmediatamente reclamamos precisión. Y tenemos razón en reclamarla. Porque una pertenencia puede describir a una persona sin convertir a todo el grupo en autor de sus actos. Tal vez por eso Adriana se detuvo justamente allí: “El mundo tiene razón.” “El mundo.” “Los palestinos.” “Los religiosos.” “Los judíos.” Palabras enormes para millones de personas que no conocemos. Palabras que convierten con demasiada facilidad a algunos en todos. Borges, al menos en aquella anécdota, eligió una respuesta bastante más modesta. No conocía a todos los alemanes. Este texto forma parte de " Un judio amateur"