Estaba negociando la compra de una mercadería con alguien a quien nunca había tratado. Un profesional, no un hombre de negocios. Hablábamos mucho por WhatsApp y, en algún momento, sin demasiado preámbulo, la conversación se corrió de los precios a otra cosa.
Me contó que su padre había muerto hacía poco. Que nunca lo había querido, ni a él ni a sus hijos. Que no había ninguna razón que él conociera.
Junto con la muerte de su padre parecía haber empezado otra búsqueda. Hacía poco, un norteamericano que armaba un árbol genealógico le había revelado que una bisabuela suya había muerto en los campos de exterminio. Fue una novedad para una familia que siempre se había creído cristiana: a lo sumo, sabían que tenían una abuela alemana. Y había algo más. La madre de un amigo muy cercano había sido secuestrada por Hamas el 7 de octubre y liberada después.
De pronto, casi al mismo tiempo, el judaísmo había empezado a aparecer en distintos lugares de su vida.
Tal vez mi apellido, el barrio de Once donde tengo el local, le dieron a entender que teníamos cosas en común.
Lo escuché hablar de la muerte de su padre muchas más veces de las que él mismo parecía advertir. Había en su manera de contarla un desconsuelo que no encontraba descanso.
Los tratos comerciales, a menudo, derivan en charlas íntimas. No las busco. Pero me encuentran.
La muerte de mi padre también me produjo una sensación de orfandad. Eso, al parecer, no se puede evitar. Llega sin importar la edad ni la relación que uno haya tenido con sus padres. Incluso cuando se trata de un padre que nunca supo querer a sus hijos. Quizás se pueda sentir también la pérdida de algo que nunca se tuvo.
En mi caso, sin embargo, la muerte de mi padre produjo algo inesperado.
Mi madre había muerto cuando éramos niños, así que la ausencia ya habitaba entre nosotros. Mario estaba vivo, pero evitaba hacerse cargo de nosotros.
La avaricia era una de sus formas de abandono, pero no se limitaba a nosotros. Era avaro también consigo mismo. Su placer y su orgullo consistían en no gastar. Podía tener dinero y vivir como si no lo tuviera. No parecía ahorrar para algo: el ahorro era el fin.
Ni siquiera era particularmente hábil para hacerlo. Como otros avaros que conocí, su dificultad para compartir incluía también el conocimiento: no preguntaba, no intercambiaba, no aprendía de los demás cómo hacer valer lo que tenía.
Privarse era, de algún modo, su manera de disfrutar.
Durante años creí que él sobreviviría a cualquier cosa que pudiera pasarle. Que la carga que significaba su presencia me torturaría por siempre. Tenía la obstinación de los abandonados, esa forma de resistencia que convierte la miseria en costumbre.
En sus últimos tiempos, estaba protegido en un geriátrico pequeño pero acogedor. Con nombre de una santa cristiana y mantenido por mujeres devotas de buen corazón. Bien cuidado, se sospechaba casi inmortal.
Su muerte me sorprendió. No estaba preparado. Nunca se lo está.
Lo enterramos en el cementerio judío de Berazategui. Tablada ni siquiera lo consideramos. Mi hermano propuso Chacarita, pero me opuse. Insistí en que su entierro fuera judío, como habría sido su deseo.
Berazategui era la única opción. Un cementerio desolado, casi sin árboles, en el conurbano profundo. Parece desterrado de toda vida judía. Allí van a parar los huesos de quienes tampoco pudieron darse lujos en la muerte.
Todo sea por estar preparado si finalmente se cumple aquello de que, al final de los días, los muertos partirán hacia Jerusalén. En ese caso, Mario al menos tenía una pequeña ventaja: Berazategui queda más cerca del océano que Tablada.
Después de todo, las pequeñas ventajas eran lo suyo.
Solo asistió un primo hermano. Hacía medio siglo que no se veían, pero habían sido cercanos en la juventud. Ninguno de sus amigos apareció.
Un habitué del cementerio se ofreció a dirigir una pequeña ceremonia a cambio de una propina. Aceptamos. Fue todo muy breve. Dijo unas palabras rápidas en hebreo, o tal vez en idish —no lo recuerdo—, que ninguno de nosotros comprendió.
Cuando bajaron el cajón y empezó a caer la tierra, escuché el golpeteo seco sobre la madera y ocurrió algo que todavía hoy me cuesta explicar. En un instante vi pasar su trágica vida sin juzgarla. No encontré razones ni explicaciones. Tampoco las necesitaba.
Y lo perdoné.
No fue una decisión. No fue un acto de voluntad. Ni siquiera había ido hasta allí dispuesto a perdonar. Ocurrió. Algo descendió sobre mí.
Había sentido una sola vez antes esa certeza de que mi vida acababa de cambiar para siempre. Tenía diez años y mi madre acababa de morir. Mientras los mayores me consolaban como se consuela a un niño que se ha quedado sin su madre, yo sabía, sin que nadie tuviera que explicármelo, que a partir de ese momento mi vida sería otra.
Ahora estaba otra vez frente a una muerte y tuve la misma certeza. Pero esta vez fue diferente: el perdón no me dejó vacío, me llenó. Sentí una fuerza inesperada, una energía que parecía venir justamente del lugar donde hasta un momento antes había estado la carga.
Nadie me consolaba. Tampoco era necesario.
Todavía bajo el efecto de lo que acababa de ocurrirme, le propuse a mi hermano que hiciera lo mismo.
Me miró asombrado.
—No puedo.
Tenía razón. Yo tampoco habría podido hacerlo unos minutos antes.
Muchos años después, cuando supimos que los dos compartían la misma enfermedad genética, algo cambió en su manera de mirar a nuestro padre. Un día me propuso que volviéramos juntos al cementerio.
Como siempre, yo estaba ocupado.
Él tampoco insistió demasiado. Si lo hubiera hecho, seguramente me habría convencido. Los dos supusimos que habría otra oportunidad.
No la hubo.
Nada de lo que había ocurrido podía cambiar.
Pero yo había cambiado.
Durante años había llevado una piedra en el pecho cuyo peso ya casi no advertía. El perdón no la hizo desaparecer: dejó de pesar.
Después de aquel entierro no volví a soñar con Mario.
Hay una antigua creencia según la cual, cuando alguien ha sido bien despedido en su paso hacia la muerte, deja de volver en sueños. No sé si es verdad.
Pero nunca volvió.
Y me gusta pensar que algo habíamos hecho bien.
Poco puede hacer la religión para obligarnos a perdonar. Puede proponernos el perdón como un deber, enseñarnos a pedirlo y a concederlo, rodearlo de palabras y de rituales.
Uno puede decidir no vengarse. Puede comportarse como si hubiera perdonado. Puede incluso proponerse sinceramente hacerlo.
Pero no sé si puede decidir perdonar.
Yo no lo decidí.
El perdón llegó antes que cualquier voluntad de perdonar.
Tal vez ahí esté el misterio. Algunos rituales son tan antiguos que nadie sabe cuándo comenzaron. Algo deben haber aprendido de nosotros para haber sobrevivido tanto tiempo.
Porque a veces funcionan.
Muchos años después supimos que Mario había padecido la enfermedad de Huntington. No llegó a ser diagnosticado en vida. En aquellos años se sabía mucho menos sobre la enfermedad, y en nuestra familia, menos todavía.
Lo supimos a partir del diagnóstico de mi hermano y de la reconstrucción de la historia familiar. También la había padecido Sara, una hermana de Mario a la que nunca conocí.
Nunca me la presentaron. Vivía encerrada, apartada de los demás, como se hacía entonces con tantas personas cuya enfermedad nadie sabía comprender.
Muchos años después, Sara apareció como otra pieza de una historia que nosotros desconocíamos.
Eso permitió comprender algunas cosas de Mario. Ciertas conductas, algunas ausencias, quizás parte de su manera de estar en el mundo.
Pero no todo.
La enfermedad podía explicar algunas de sus conductas. No convertía sus miserias y sus mentiras en otra cosa.
Y, sobre todo, llegó demasiado tarde para explicar mi perdón.
Cuando lo perdoné no sabía nada de Huntington. No tenía una explicación para ofrecerle ni una justificación para ofrecerme a mí mismo.
Primero lo perdoné.
Las explicaciones llegaron después.
Me cuesta entender a un padre que no cuida a sus hijos. Sé que hay muchos padres así. Saberlo no ayuda demasiado.
El perdón tampoco me hizo comprenderlo.
Y quizás eso sea importante: perdonar no fue encontrarle razones a Mario. Tampoco convertirlo, después de muerto, en alguien distinto del que había sido.
Fue dejar de necesitar esas razones.
El perdón me volvió menos vulnerable.
Empecé a comprender algunas conductas propias como respuestas a lo que había vivido con mi padre. Cosas que durante años había considerado parte de mi carácter empezaron a mostrarme otro origen.
También cambió mi manera de mirar a mi hermano. Fui menos severo con él. Comprendí que cargaba con cosas que yo no podía ver y que probablemente él tampoco veía.
Se habían aflojado también algunos de los nudos que existían entre mi hermano y yo.
El judaísmo se toma el perdón muy en serio. Yom Kipur, el día más sagrado de su calendario, gira alrededor de él. Pero hay una distinción que siempre me pareció sabia: Dios puede perdonar las faltas cometidas contra Él. Las cometidas contra otra persona solo puede perdonarlas el ofendido.
Dios no perdona en nombre de los demás.
En mi caso ocurrió algo extraño: nadie me pidió perdón.
Mario ya estaba muerto. Yo no esperaba nada de él y él, hasta donde sabemos, ya no podía pedirme nada.
Y sin embargo lo perdoné.
A veces me pregunto, sin demasiada seriedad pero tampoco del todo en broma, si no habrá sido mi padre quien encontró finalmente la manera de pedírmelo.
A veces imagino la piedra sobre su tumba.
Este texto pertenece al " Judío amateur"