Anoche vi una película, The Fundamentals of Caring. Cuenta la historia de un chico de mente brillante, atrapado por una enfermedad en un cuerpo casi inmóvil. Su madre, al menos, tenía los recursos para pagar un cuidador que se ocupara de todo lo que ese cuerpo exigía. La película me devolvió, sin pedirlo, a una vecina que tuve hace años: una mujer judía ortodoxa, aproximadamente de mi edad, que vivía con una hija adolescente atrapada en una silla de ruedas por una enfermedad degenerativa cuyo nombre nunca supe. A diferencia de la madre de la película, no tenía un peso para delegar nada.
En la película, cuando le preguntan al chico qué haría si pudiera caminar, responde algo inesperadamente sencillo: orinar de pie. Hacia el final, con ayuda, consigue hacerlo. Me quedé pensando qué habría querido hacer aquella chica si hubiera podido caminar. Y qué habría querido hacer su madre si hubiera sido libre.
Siempre tuve una incurable curiosidad por la vida de los extraños. Quizás por eso le prestaba tanta atención. Y pocas vidas me resultaban tan extrañas como la de los judíos ortodoxos: tan meticulosa, tan vigilada, tan ajena a cualquier forma de placer visible.
Lo que sí supe fue el dolor: cada baldosa floja era un golpe seco, y los reclamos los hacía con el tono justo entre la queja y la súplica. Hablaban más del cuerpo de su hija que de las veredas en mal estado. Yo no sabía cómo ayudar. Escuchaba, pero también me detenía en sus silencios, en los gestos que decían más que las palabras. La madre solía repetir que su hija era muy estudiosa, que en ese cuerpo inmovilizado había una inteligencia despierta esperando una oportunidad. Se percibía en su mirada que callaba mucho más de lo que hablaba.
Mi vecina no trabajaba ni salía del barrio de Once. Cuidar a su hija era una ocupación de tiempo completo, aunque no tuviera sueldo ni reconocimiento. Solo hacía tareas menores para otros miembros de su comunidad religiosa, que le pagaban lo justo para no morirse de hambre. El pago venía acompañado —al menos así lo vivía ella— de una cuota de control, miradas, rumores, una vigilancia constante que no necesitaba cámaras: bastaban las ventanas. Ventanas y balcones había en toda la cuadra.
Para ella, salir del barrio era como atravesar una frontera invisible. A veces daba la impresión de que vivía en una cárcel sin rejas. Estaba atrapada en un espacio donde cada esquina estaba marcada por quienes la sostenían y la sofocaban al mismo tiempo.
Por su ortodoxia no podía saludarme con un beso ni darme la mano. Y cuando ya quería salirse de ese mundo, tampoco lo hacía: temía que la vieran desde los balcones del edificio de enfrente, habitado por varias familias religiosas. El control estaba en todas partes, incluso en un simple gesto de cortesía.
Estudiaba diseño gráfico. Lo hacía a escondidas, o al menos con cierta discreción. No era una carrera mal vista, pero tampoco típica en su entorno. Esperaba que ese aprendizaje le abriera otros horizontes laborales, alguna forma de independencia, de vida fuera del encierro cotidiano. Era su modo de crear algo propio, de moverse, aunque fuera con el cursor en la pantalla. Dibujaba con una precisión delicada, como si cada trazo fuera un intento de recuperar el control de algo. De su tiempo, de su mente, de su cuerpo.
En una ocasión me mandó un enlace con algunos de sus dibujos. No les presté demasiada atención. Cuando me preguntó si me habían gustado, le respondí que sí, por no ofenderla. Entonces se quejó de que no hubiera puesto un "like". Esa pequeña escena revelaba tanto su necesidad de ser vista como la frustración de no lograrlo del todo.
Parecía alguien que, de haber nacido en otro lugar o en otra época, habría tenido otra vida. Pero esto pasa con casi todas las personas, si uno se toma el trabajo de escucharlas. A ella le había tocado una hija enferma, un padre que no se hizo cargo, y una comunidad que la abrazaba y la asfixiaba al mismo tiempo.
Un día, todavía en su etapa más religiosa, me regaló un par de libros. Yo los acepté, aunque en realidad no me interesaban: eran propaganda disfrazada de lectura. Me gustan los libros sobre religión, pero los que abren preguntas, no los que solo repiten respuestas. En una ocasión quise regalarle yo también un libro, algo más abierto, más inquietante. Pero no podía entregárselo en la mano: la ortodoxia le impedía recibir nada directamente de un hombre. Lo dejé en el suelo, entre nosotros, y ella lo recogió. Esa escena me pareció ridícula y conmovedora al mismo tiempo, como si la fe pudiera desaparecer con un roce de dedos.
El quiebre llegó con la muerte de su hija. Me enteré casi de casualidad, porque en ese departamento las ambulancias eran parte del paisaje: entraban y salían con la regularidad de un servicio programado. Pero una tarde fue la última. Ya no hubo regreso. La enfermedad se había llevado a la chica silenciosa que apenas conocí desde lejos, y a su madre le quedó un vacío que ni las rutinas ni las plegarias pudieron llenar.
A partir de entonces empezó a aflojar con la ortodoxia. Nunca mencionó que hubiera dejado de creer, pero se cansó del encierro, de tanta mirada ajena, de tanto control. Se quitó la peluca y la dejó en el ropero, gesto mínimo pero suficiente para marcar que ya no era exactamente la misma. Quería salirse, pero no tenía ni el coraje ni los recursos para dar el paso. Y como siempre, el dinero la mantenía atada: seguía trabajando para los mismos que antes la vigilaban, soportando poco pago y mucha presión.
Con el tiempo empezamos a hablar más seguido. Ella necesitaba cosas que no siempre podía pagar y yo terminaba facilitándole lo que estaba a mi alcance, nunca esperando devolución. Un día me pidió un celular usado, de esos mínimos que alcanzaban para tener WhatsApp. Dentro de la ortodoxia esa aplicación estaba prohibida, así que pedírmelo fue, en sí mismo, un acto de rebeldía. Para ella fue como abrir una ventana al mundo. Me decía que estaba dispuesta a "negociar" el pago, pero yo jamás se lo reclamé. El dinero había sido siempre su problema y un tema recurrente de conversación: siempre tenía poco y dependía, en buena medida, de una comunidad que le pagaba mal y la controlaba mucho.
Alguna vez hablamos de los judíos religiosos y de lo pobres que eran muchos de ellos. Ella se quejaba de esa pobreza que veía como autoinfligida: largas horas de rezos en lugar de trabajar por sus familias, como si la devoción pesara más que el pan. Para alguien que contaba cada centavo, esa elección le resultaba casi incomprensible.
Conmigo se permitía un humor distinto, algo más libre —sabía, creo, que la tenía en cuenta y no solo la toleraba, como sentía que hacían otros vecinos, incómodos con su sola presencia—. Cuando venía a buscarme al local, lo hacía sin ninguna de las formas que se esperan entre un comerciante y una clienta cualquiera —se paraba cerca, esperaba, no sabía irse ni quedarse del todo bien—. Y yo, que no tenía ningún interés comercial en ella, igual le prestaba atención. Algunos de mis empleados llegaron a imaginar que en el pasado habíamos tenido algo: no encontraban otra explicación para que el dueño se detuviera a hablar con alguien que no dejaba plata en la caja. En esas charlas se mezclaban la frustración, el deseo de salir de una cárcel invisible, y la imposibilidad real de hacerlo.
Era septiembre de 2020, plena pandemia, cuando un domingo a las siete y media de la mañana recibí un audio suyo. Decía que la tenían secuestrada en un hospital, al que había entrado para ayudar a una vecina. Hablaba rápido, exaltada, como quien sabe que está pidiendo algo imposible: que yo buscara un médico que la sacara de allí.
Media hora después, a las ocho, llegó otro audio. Repetía lo mismo: que sabía lo difícil de su pedido, pero que no veía otra salida. Nunca dijo en qué hospital estaba. Después, silencio.
Le mandé un audio preguntándole si se había equivocado de contacto. No éramos tan cercanos como para que yo pudiera rescatarla de un secuestro, y mucho menos de un hospital en tiempos de Covid. Sin embargo, esos mensajes quedaron ahí, flotando como un acertijo al que nunca encontré la solución. Parecía exaltada en los audios que luego no me respondió. Me imagino que se resistía a morir y que habrá sido difícil su desenlace.
Unos días más tarde me enteré de su muerte. No por su familia ni por sus amigos, sino por otra vecina que no la quería demasiado. Me dijo que había muerto de cáncer de pulmón. Yo nunca lo creí: jamás la vi fumar, ni toser, ni dar señales de esa enfermedad. Lo cierto es que ignoro qué produjo su muerte.
Con el tiempo se comunicó conmigo un amigo suyo que vivía en Israel. Había visto un comentario mío en el Facebook de ella y me escribió con dudas: no estaba convencido de que hubiera muerto, sospechaba que quizá se había mudado al interior para escapar del control de la comunidad. De estar seguro de su muerte, quería visitar su tumba. Supuse que podía haber sido un antiguo amor adolescente. Me preguntó quién vivía ahora en su departamento, si lo había heredado o si era prestado por la comunidad.
Siempre sospeché que esos departamentos quedaban en manos de la comunidad. Investigué con los vecinos: las expensas las siguen pagando y hay otra gente viviendo allí. Supongo que en la misma condición, pero ninguno de los nuevos habitantes ha llamado mi atención, y no tengo más información porque nunca se acercaron a hablar conmigo.
En esas charlas me contó también que ella tenía un hermano, un psicoanalista renombrado que residía en Israel. Ella nunca me lo había mencionado. Según su amigo, cuando le preguntó si podía ayudarla, el hermano reaccionó mal, casi ofendido. Como si la desgracia de ella no fuera asunto suyo. Esa revelación me golpeó: mientras ella se debatía entre la ortodoxia, la enfermedad y la pobreza, alguien de su propia sangre vivía con prestigio y comodidad a miles de kilómetros, sin mover un dedo por ella.
De ella solo me quedaron aquellos audios, enviados desde el celular que yo mismo le había regalado: una voz exaltada, pidiendo lo imposible. A veces pienso que siguen flotando en mi aparato como un testimonio de su encierro y de su resistencia. Fue lo más cerca que estuvo de dejarme entrar en su mundo sin salida.
este relato pertenece a " Un judío amateur"