¿En perseguirme, mundo, qué interesas? ¿En qué te ofendo, cuando solo intento Yo no estimo tesoros ni riquezas, Yo no estimo hermosura que vencida teniendo por mejor en mis verdades |
¿En perseguirme, mundo, qué interesas? ¿En qué te ofendo, cuando solo intento Yo no estimo tesoros ni riquezas, Yo no estimo hermosura que vencida teniendo por mejor en mis verdades |
En la oscuridad pensaba oscuramente y no había nadie más. Ni una voz, ni un susurro. Ni el toque de una mano. Ni el calor de otro corazón.
Oscuridad.
Soledad.
Confinamiento eterno donde todo era negro y silencioso y nada se movía. Aprisionamiento sin condena previa. Castigo sin pecado. Lo insoportable que debía ser soportado a no ser que se pudiera inventar algún modo de escape.
Ninguna esperanza de rescate de ninguna parte. Ni pena ni simpatía o piedad en otra alma, otra mente. Ninguna puerta para abrir, ningún cerrojo para hacer girar, ningún barrote que aserrar y separar. Solamente la noche espesa y negrísima en la que manotear torpemente para no encontrar nada.
Hacer un círculo con una mano hacia la derecha y no hay nada. Barrer con un brazo hacia la izquierda y descubrir un vacío absoluto y completo. Avanzar caminando en la oscuridad como un ciego perdido en un vasto salón olvidado y no hay piso, no hay eco de pisadas, nada que estorbe el sendero que unuero traza.
Podía tocar y sentir una sola cosa y nada más. Y eso era el yo.
Por lo tanto los únicos recursos disponibles con los que sobreponerse a su situación eran los secretados dentro de sí mismo. Debía ser el instrumento de su propia salvación.
¿Cómo?
Ningún problema está más allá de alguna solución. De esta tesis vive la ciencia. Sin ella, la ciencia muere. Él era el más acabado científico. Como tal, no podía rehusar este desafío a sus capacidades.
Sus tormentos eran los del aburrimiento, la soledad, la esterilidad mental y física. No debían ser soportados. El escape más fácil es por vía de la imaginación. Uno cuelga en un chaleco de fuerza y se escapa de la trampa corporal aventurándose en una tierra de sueños que le pertenece solamente a uno.
Pero los sueños no son bastante. Son irreales y demasiado breves. La libertad que va a ganarse debe ser genuina y de larga duración. Esto significaba que debía hacer que los sueños fueran una severa realidad, una realidad tan trabajada que persistiese por todos los tiempos. No
había datos externos sobre los que computar. No había nada, nada, excepto los movimientos dentro de su mente ágil.
Y una tesis: ningún problema está exento de solución.
Eventualmente la encontró. Significaba el escape de la noche eterna. Proveería experiencia, compañía, aventura, ejercicio mental, entretenimiento, tibieza, amor, el sonido de voces, el tacto de manos.
Lo que no podía decirse del plan es que fuera rudimentario. Por el contrario, era suficientemente complicado para desafiar ser desanudado por eones interminables. Tenía que ser así para ser permanente. La alternativa no deseada era el rápido retorno al silencio y la amarga oscuridad.
Necesitó una gran cantidad de trabajo, deliberación y desarrollo. Los un millón y un efectos debían ser considerados en totalidad así como los diversos efectos de los unos sobre los otros. Y cuando eso estuvo arreglado tuvo que vérselas con el siguiente millón. Y así siguiendo… siguiendo… siguiendo.
Creó un poderoso sueño suyo propio, un lugar de infinita complejidad planeado en cada detalle hasta el último punto y la última coma. Dentro de este sueño podría vivir de nuevo. Pero no como sí mismo. Iba a disipar su persona en inumerables partes, una multitud de variadísimas moldes y formas, cada una de las cuales debería librar batalla contra su propio ambiente extraño y particular.
Y haría más y más dura la lucha el límite de la resistencia mediante el expediente de despensarse a sí mismo, lisiando a sus partes con una abrumadora ignorancia y obligándolas a aprender todo de nuevo. Sembraría enemistad entre ellas al dictar las reglas básicas del juego. Quienes observaran las reglas serían llamados buenos. Quienes no las observaran serían llamados malos. Así habría interminables conflictos dilatorios dentro del único y gran conflicto.
Cuando todo estuviera listo y preparado tenía la intención de provocarse una disrupción y dejar de ser uno, para volverse un enorme concurso de entidades. Entonces sus partes deberían luchar para retornar a la unidad y a sí mismo.
Pero primero debía hacer realidad su sueño. ¡Ah, ésa era la prueba!
El momento era ahora. El experimento debía comenzar.
Inclinándose hacia delante, él penetró con la mirada en la oscuridad y dijo, “Que se haga la luz”.
Y la luz se hizo.
Soy una mujer xty’añ
Soy una mujer xty’añ,
nacida en la zona fría de la selva,
territorio de tan hermoso y amplio
se convierte cárcel con todos los tonos verdes de la historia.
Vengo de aquella lejanía,
donde los ríos, manantiales,
silencios y oscuridades hacen que las mujeres sean tímidas,
firmes dibujando el camino del miedo,
los secretos de la montaña
y la encrucijada de la ciudad.
No pasa nada:
fuera de nuestras selvas
traemos música
para convidarle a la humanidad.
Joñoñ xty’añonbä x-ixik
Joñoñ xty’añonbä x-ixik,
tsa’ kilaj pañumil tyi tsuwañbä matye’lum,
uts’atybä kolem lum,
mi isujtyel che’ bajche’ ñu’p’oñi’bäl tyi pejtyelel yäxty’ulanbä oño’ty’añ.
Tyilemoñ tyi’ tyamlel lum,
ya baki jiñi pa’, wuty ja,
ñäch’tyälel yik’oty ik’yoch’añbä
lichikñaj mi imel jiñi x-ixikob,
tsäts mi iboñob majlel ibijlel bäk’eñ,
mukulbä icha’añ matye’el
yik’oty its’ojtyäklel tyejklum.
Ma’añik chuki mi icha’leñ:
tyi’ ñajtylel kmatye’lumlojoñ
woli kch’ämlojoñtyilel soñ
cha’añ mi ktyijikñesañlojoñ pañumil.
Voy a crecer más que el dolor
La música lúgubre viaja con el viento,
el corazón de la compañera calla,
sus lágrimas pequeñas y transparentes raíces,
un cuerpo destrozado en el ataúd.
Cobarde son las manos del hombre,
convertidas en flechas enemigas,
cruzando el cuerpo indefenso,
éste yace siempre, siempre día a día bajo el sol.
El cuerpo velado,
su rostro pálido y su espíritu entristecido,
el llanto se confunde con el rezo
y el rezo se convierte canto doloroso.
Aquí los poetas tsotsiles,
allá los poetas tseltales,
más acá los poetas choles vagan con su verdad por el cementerio.
Tanto coraje en los pensamientos
por la lluvia de sangre el día entero.
Ella, recia mujer, hecha y protegida con el lenguaje chol,
temblorosa, cae pesada al banco,
en sus labios resecos, una frase:
“Voy a crecer más que el dolor”.
Ñumeñ mi jkajel tyi kolel bajche’ k’uxel
Jiñi bä’bäk’eñbä soñ woli tyi xämbal yik’oty ik’,
ñäch’al ipusik’al la kpi’äl,
che’ bajche’ alä säkäñañbä wi’tye’ iyuk’el,
ya’ much’ty’ojbil bäk’tyaläl tyi kajoñtye’.
Mach uts’atyik ik’äb jiñi wiñik,
che’ix bajche’ jek’oñib mi iñumel tyi’ bäk’tyal p’ump’umbä,
iliyi yajach-añ, yajach-añ,
tyi k’iñ tyi k’iñ tyi ye’bal k’iñ.
Woli ich’ujutyesäbeñob ibäktyal,
säkpo’ts’añ iwuty yik’oty ch’ijiyem ich’ujlel,
woli ixä’bob ibä uk’el yik’oty ch’ujutsesayaj
jiñi ch’ujutyesayaj che’ bajche’ k’uxbä k’ay.
Ilayi xty’añ xtsotsilob,
Ixi xty’añ tseltalob,
wätyobä añob ilayi xty’añob woli imukbeñob isumlel tyi mukoñi’bäl.
Ka’bäl sokembä ña’tyi’bal,
che’ bajche’ ja’al woli tyi yajlel jiñi ch’ich tyi pejtyel k’iñ.
Jiñi ch’elbä x-ixik, melbil, mosbil tyi’ ity’añ xty’añob,
tsiltsilñaj mi iyajlel tyi ibuchlibäl,
ya’ tyi tsileñtyikbä ityi’ jump’al ty’añ:
“Ñumeñ mi kajel tyi kolel bajche’ k’uxel”.
Mi nombre ya no es silencio
La música de la selva viene a mis manos,
el ritmo del día camina en mí,
soy mujer aroma de la montaña
firme y sencilla palabra ch’ol: X-ixik,
y como los campos, transcurro en el tiempo,
el tiempo fluye en mi voz.
Desde que nací mujer en el umbral de la noche,
mi mirada se volvió horizonte,
las hojas de mi destino se volvieron manantial,
mi pensamiento comenzaron a florecer,
desde entonces mi nombre ya no es silencio.
Jk’aba’ mach chäñ ñäch’älix
Isoñil matye’el mi ityilel tyi k’äb,
Jiñi tyip’tyip’ñäyel k’iñil woli tyi xämbal tyi ktyojlel,
x-ixikoñ its’äkal matye’el,
tyoj yik’oty k’uñbä ity’añ xty’añob: x-ixik,
che’ bajche’ matye’el, mi xäñ tyi tyamlel k’iñil,
tyamlel k’iñil woli tyi ñumel yik’oty ty’añ.
Che’ tsa’ kilaj pañumil che’ tyi tyejchibal ak’lel
tsa’ ch’uj k’ele iñajtylel pañchañ
iyopol ili kañi’bal tsa’ sujtyi tyi yäxty’ulañbä ja’,
che’jiñi tsa’ kaji tyi ñich kñatyi’bal,
k’äläl che’jiñi jk’aba’ mach chäñ ñäch’älix.
tomado de Periodico de Poesia Octubre 2024
El mundo ya no es lo que era. Ahora, por ejemplo, se vive más tiempo. Yo tengo ochenta y muchos, y es poco. Estoy demasiado sano, aunque no tenga razones para estar tan sano. Pero la vida no quiere desprenderse de mí. El que no tiene nada por qué vivir tampoco tiene nada por qué morir.
Tal vez sea ese el motivo.
Un día hace mucho, antes de que mis piernas empezaran a flaquear seriamente, fui a visitar a mi hermano. No lo había visto desde hacía más de tres años, pero seguía viviendo donde fui a visitarlo la última vez.
-Sigues vivo -dijo, aunque él era mayor que yo.
Me había llevado un bocadillo y él me ofreció un vaso de agua.
-La vida es dura -dijo-, no hay quién la aguante.
Yo estaba comiendo y no contesté. No había ido allí a discutir. Acabé el bocadillo y me bebí el agua. Mi hermano miraba fijamente hacia algún punto situado por encima de mi cabeza. Si me hubiera levantado y él no hubiese desviado la mirada antes, se habría quedado mirándome directamente, pero sin duda la habría desviado. Mi hermano no se encontraba a gusto conmigo. O dicho de otro modo, no se encontraba a gusto consigo mismo cuando estaba conmigo. Creo que tenía mala conciencia o, al menos, no buena. Escribió una veintena de novelas muy largas. Yo solo he escrito unas pocas, que además son breves. A él se le considera un escritor bastante bueno, aunque un poco obsceno. Escribe mucho sobre el amor, sobre todo el amor físico, no pregunto dónde lo habrá aprendido.
Mi hermano seguía con la mirada clavada en algún punto situado por encima de mi cabeza, supongo que se sentía en su derecho por las veinte novelas que tenía en sus nalgas fofas. Me estaban entrando ganas de largarme sin decirle el motivo de mi visita, pero pensé que después de la caminata que me había dado sería de tontos, así que le pregunté si le apetecía jugar una partida de ajedrez.
-Eso lleva mucho tiempo -dijo-, y yo ya no tengo mucho tiempo que perder. Podrías haber venido antes.
Debí levantarme y largarme en ese momento, se lo habría merecido, pero soy demasiado cortés y considerado, esa es mi gran debilidad, o una de ellas.
-No lleva más de una hora -dije.
-La partida sí -contestó-, pero a eso habría que añadir la excitación posterior o el cabreo si la perdiera. Mi corazón, sabes, ya no es lo que era. Y el tuyo tampoco, supongo.
No contesté, no tenía ganas de discutir con él sobre mi corazón, así que dije:
-De modo que tienes miedo a morir. Vaya, vaya.
-Tonterías. Lo que pasa es que mi obra aún no está concluida.
Así de pretencioso estuvo, me entraron ganas de vomitar. Yo había dejado el bastón en el suelo, y me agaché a recogerlo, quería que dejara de presumir.
-Cuando morimos, al menos dejamos de contradecirnos -dije, aunque no esperaba que entendiera el sentido de mis palabras. Pero él era demasiado soberbio para preguntar.
-No ha sido mi intención herirte -dijo.
-¿Herirme? -contesté levantando la voz. Era razonable que me irritara-. Me importa un bledo lo poco que he escrito y lo poco que no he escrito.
Me puse de pie y le solté un discurso:
-Cada hora que pasa, el mundo se libra de miles de tontos. Piénsalo. ¿Te has parado alguna vez a pensar en la cantidad de estupidez almacenada que desaparece en el transcurso de un día? Imagínate todos los cerebros que dejan de funcionar, pues es ahí donde se almacena la estupidez. Y sin embargo, todavía queda mucha estupidez, porque algunos la han perpetuado en libros, y así se mantiene viva. Mientras la gente siga leyendo novelas, ciertas novelas de las que tanto abundan, la estupidez seguirá existiendo.
Y añadí, un poco vagamente, lo confieso:
-Por eso he venido a jugar una partida de ajedrez.
Permaneció callado un buen rato, hasta que hice ademán de marcharme, entonces dijo:
-Demasiadas palabras para tan poca cosa. Pero les sacaré partido, las pondré en boca de algún ignorante.
Exactamente así era mi hermano. Por cierto, murió ese mismo día, y no es improbable que me llevara sus últimas palabras, pues me marché sin contestarle, y eso no debió de gustarle nada. Quería tener la última palabra y la tuvo, aunque supongo que habría querido decir algo más. Cuando recuerdo lo que se irritó, me viene a la memoria que los chinos tienen un símbolo en su grafía que representa la muerte por agotamiento en el acto sexual.
Al fin y al cabo éramos hermanos.