sábado, 17 de febrero de 2024

"Con legitimo orgullo" de Julio Cortazar

 


Ninguno de nosotros recuerda el texto de la ley que obliga a recoger las hojas secas, pero estamos convencidos de que a nadie se le ocurriría que puede dejar de recogerla; es una de esas cosas que vienen desde muy atrás, con las primeras lecciones de la infancia, y ya no hay demasiada diferencia entre los gestos elementales de atarse los zapatos o abrir los paraguas y los que hacemos al recoger las hojas secas a partir del dos de noviembre a las nueve de la mañana.
Tampoco a nadie se le ocurriría discutir la oportunidad de esa fecha, es algo que figura en las costumbres del país y que tiene su razón de ser. La víspera nos dedicamos a visitar el cementerio, no se hace otra cosa que acudir a las tumbas familiares, barres las hojas secas que las ocultan y confunden, aunque ese día las hojas secas no tienen importancia oficial, por así decir, a lo sumo son una penosa molestia de la que hay que librarse para luego cambiar el agua a los floreros y limpiar las huellas de los caracoles en las lápidas. Alguna vez se ha podido insinuar que la campaña contra las hojas secas podría adelantarse en dos o tres días, de manera que, al llegar el primero de noviembre, el cementerio estuviera ya limpio y las familias pudieran recogerse ante las tumbas sin el molesto barrido previo que suele provocar escenas penosas y nos distrae de nuestros deberes en ese día de recordación. Pero nunca hemos aceptado esas insinuaciones, como tampoco hemos creído que se pudieran impedir las expediciones a las selvas del norte, por más que nos cuesten. Son costumbres tradicionales que tienen su razón de ser, y muchas veces hemos oído a nuestros abuelos contestar severamente a esas voces anárquicas, haciendo notar que la acumulación de hojas secas en las tumbas sirve precisamente para mostrar a la colectividad la molestia que representan una vez avanzado el otoño, e incitarla así a participar con más entusiasmo en la labor que ha de iniciarse al día siguiente.
Toda la población está llamada a desempeñar una tarea en la campaña. La víspera, cuando regresamos del cementerio, la municipalidad ya ha instalado su quiosco pintado de blanco en medio de la plaza y, a medida que vamos llegando, nos ponemos en fila y esperamos nuestro turno. Como la fila es interminable, la mayoría sólo puede volver muy tarde a su casa, pero tenemos la satisfacción de haber recibido nuestra tarjeta de manos de un funcionario municipal.
En esa forma y, a partir de la mañana siguiente, nuestra participación quedará registrada día tras día en las casillas de la tarjeta, que una máquina especial va perforando a medida que entregamos las bolsas de hojas secas o las jaulas con las mangostas, según la tarea que nos haya correspondido. Los niños son los que más se divierten porque les dan una tarjeta muy grande, que les encanta mostrar a sus madres, y los destinan a diversas tareas livianas pero sobre todo a vigilar el comportamiento de las mangostas. A los adultos nos toca el trabajo más pesado, puesto que, además de dirigir a las mangostas, debemos llenar las bolsas de arpillera con las hojas secas que han recogido las mangostas, y llevarlas a hombros hasta los camiones municipales. A los viejos se les confían las pistolas de aire comprimido con las que se pulveriza la esencia de serpiente sobre las hojas secas. Pero el trabajo de los adultos es el que exige la mayor responsabilidad, porque las mangostas suelen distraerse y no rinden lo que se espera de ellas; en ese caso, nuestras tarjetas mostrarán al cabo de pocos días la insuficiencia de la labor realizada, y aumentarán las probabilidades de que nos envíen a las selvas del norte. Como es de imaginar hacemos todo lo posible para evitarlo aunque, llegado el caso, reconocemos que se trata de una costumbre tan natural como la campaña misma, y no se nos ocurriría protestar; pero es humano que nos esforcemos lo más posible en hacer trabajar a las mangostas para conseguir el máximo de puntos en nuestras tarjetas, y que para ello seamos severos con las mangostas, los ancianos y los niños, elementos imprescindibles para el éxito de la campaña.
Nos hemos preguntado alguna vez cómo pudo nacer la idea de pulverizar las hojas secas con esencia de serpiente, pero después de algunas conjeturas desganadas acabamos por convenir en que el origen de las costumbres, sobre todo cuando son útiles y atinadas, se pierde en el fondo de la raza. Un buen día la municipalidad debió reconocer que la población no daba abasto para recoger las hojas que caen en otoño, y que sólo la utilización inteligente de las mangostas, que abundan en el país, podría cubrir el déficit. Algún funcionario proveniente de las ciudades linderas con la selva advirtió que las mangostas, indiferentes por completo a las hojas secas, se encarnizaban con ellas si olían a serpiente. Habrá hecho falta mucho tiempo para llegar a esos descubrimientos, para estudiar las reacciones de las mangostas frente a las hojas secas, para pulverizar las hojas secas a fin de que las mangostas las recogieran vindicativamente. Nosotros hemos crecido en una época en que ya todo estaba establecido y codificado, los criaderos de mangostas contaban con el personal necesario para adiestrarlas, y las expediciones a las selvas volvían cada verano con una cantidad satisfactoria de serpientes. Esas cosas nos resultan tan naturales que sólo muy pocas veces y con gran esfuerzo volvemos a hacernos las preguntas que nuestros padres contestaban severamente en nuestra infancia, enseñándonos así a responder algún día a las preguntas que nos harían nuestros hijos. Es curioso que ese deseo de interrogarse sólo se manifieste, y aun así muy raramente, antes o después de la campaña. El dos de noviembre, apenas hemos recibido nuestras tarjetas y nos entregamos a las tareas que nos han sido asignadas, la justificación de cada uno de nuestros actos nos parece tan evidente que sólo un loco osaría poner en duda la utilidad de la campaña y la forma en que se la lleva a cavo. Sin embargo, nuestras autoridades han debido prever esa posibilidad porque en el texto de la ley impresa en el dorso de las tarjetas se señalan los castigos que se impondrían en tales casos; pero nadie recuerda que haya sido necesario aplicarlos.
Siempre nos ha admirado cómo la municipalidad distribuye nuestras labores de manera que la vida del estado y del país no se vean alteradas por la ejecución de la campaña. Los adultos dedicamos cinco horas diarias a recoger las hojas secas, antes o después de cumplir nuestro horario de trabajo en la administración o en el comercio. Los niños dejan de asistir a las clases de gimnasia y a las de entrenamiento cívico y militar, y los viejos aprovechan las horas de sol para salir de los asilos y ocupar sus puestos respectivos. Al cabo de dos o tres días la campaña ha cumplido su primer objetivo, y las calles y plazas del distrito central quedan libres de hojas secas. Los encargados de las mangostas tenemos entonces que multiplicar las precauciones, porque a medida que progresa la campaña, las mangostas muestran menos encarnizamiento en su trabajo, y nos incumbe la grave responsabilidad de señalar el hecho al inspector municipal de nuestro distrito para que ordene un refuerzo de las pulverizaciones. Esta orden sólo la da el inspector después de haberse asegurado de que hemos hecho todo lo posible para que las mangostas sigan recogiendo las hojas, y si se comprobara que nos hemos apresurado frívolamente a pedir que se refuercen las pulverizaciones, correríamos el riesgo de ser inmediatamente movilizados y enviados a las selvas. Pero cuando decimos riesgo es evidente que exageramos, porque las expediciones a las selvas forman parte de las costumbres del estado a igual título que la campaña propiamente dicha, y a nadie se le ocurriría protestar por algo que constituye un deber como cualquier otro.
Se ha murmurado alguna vez que es un error confiar a los ancianos las pistolas pulverizadoras. Puesto que se trata de una antigua costumbre no puede ser un error, pero, a veces, ocurre que los ancianos se distraen y gastan una buena parte de la esencia de serpiente en un pequeño sector de una calle o una plaza, olvidando que deben distribuirlo en una superficie lo más amplia posible. Ocurre así que las mangostas se precipitan salvajemente sobre un montón de hojas secas, y en pocos minutos las recogen y las traen hasta donde las esperamos con las bolsas preparadas; pero después, cuando confiadamente creemos que van a seguir con el mismo tesón, las vemos detenerse, olisquearse entre ellas como desconcertadas, y renunciar a su tarea con evidentes signos de fatiga y hasta de disgusto. En esos casos el adiestrador apela a su silbato y, por un momento, consigue que las mangostas junten algunas hojas, pero no tardamos en darnos cuenta de que la pulverización ha sido despareja y que las mangostas se resisten con razón a una tarea que de golpe ha perdido todo interés para ellas. Si se contara con suficiente cantidad de esencia de serpiente, jamás se plantearían estas situaciones de tensión en las que los ancianos, nosotros y el inspector municipal nos vemos abocados a nuestras respectivas responsabilidades y sufrimos enormemente; pero desde tiempo inmemorial se sabe que la provisión de esencia apenas alcanza para cubrir las necesidades de la campaña, y que en algunos casos las expediciones a las selvas no han alcanzado su objetivo, obligando a la municipalidad a apelar a sus exiguas reservas para hacer frente a una nueva campaña. Esta situación acentúa el temor de que la próxima movilización abarque un número mayor de reclutas, aunque al decir temor es evidente que exageramos, porque el aumento del número de reclutas forma parte de las costumbres del estado a igual título que la campaña propiamente dicha, y a nadie se le ocurriría protestar por algo que constituye un deber como cualquier otro. De las expediciones a las selvas se habla poco entre nosotros, y los que regresan están obligados a callar por un juramento del que apenas tenemos noticia. Estamos convencidos de que nuestras autoridades procuran evitarnos toda preocupación referente a las expediciones a las selvas del norte, pero desgraciadamente nadie puede cerrar los ojos a las bajas. Sin la menos intención de extraer conclusiones, la muerte de tantos familiares o conocidos en el curso de cada expedición nos obliga a suponer que la búsqueda de las serpientes en las selvas tropieza cada año con la despiadada resistencia de los habitantes del país fronterizo, y que nuestros conciudadanos han tenido que hacer frente, a veces con graves pérdidas, a su crueldad y a su malicia legendarias. Aunque no lo digamos públicamente, a todos nos indigna que una nación que no recoge las hojas secas se oponga a que cacemos serpientes en sus selvas. Nunca hemos dudado de que nuestras autoridades están dispuestas a garantizar que la entrada de las expediciones en ese territorio no obedece a otro motivo, y que la resistencia que encuentran se debe únicamente a un estúpido orgullo extranjero que nada justifica.
La generosidad de nuestras autoridades no tiene límites, incluso en aquellas cosas que podrían perturbar la tranquilidad pública. Por eso nunca sabremos - ni queremos saber, conviene subrayarlo - qué ocurre con nuestros gloriosos heridos. Como si quisieran evitarnos inútiles zozobras, sólo se da a conocer la lista de los expedicionarios ilesos y la de los muertos, cuyos ataúdes llegan en el mismo tren militar que trae a los expedicionarios y a las serpientes. Dos días después las autoridades y la población acuden al cementerio para asistir al entierro de los caídos. Rechazando el vulgar expediente de la fosa común, nuestras autoridades han querido que cada expedicionario tuviera su tumba propia, fácilmente reconocible por su lápida y las inscripciones que la familia puede hacer grabar sin impedimento alguno; pero como en los últimos años el número de bajas ha sido cada vez más grande, la municipalidad ha expropiado los terrenos adyacentes para ampliar el cementerio. Puede imaginarse entonces cuántos somos los que al llegar el primero de noviembre acudimos desde la mañana al cementerio para honrar las tumbas de nuestros muertos. Desgraciadamente el otoño ya está muy avanzado, y las hojas secas cubren de tal manera las calles y las tumbas que resulta muy difícil orientarse; con frecuencia nos confundimos completamente y pasamos varias horas dando vueltas y preguntando hasta ubicar la tumba que buscábamos. Casi todos llevamos nuestra escoba, y suele ocurrirnos barrer las hojas secas de una tumba creyendo que es la de nuestro muerto, y descubrir que estamos equivocados. Pero poco a poco vamos encontrando las tumbas, y ya mediada la tarde podemos descansar y recogernos. En cierto modo nos alegra haber tropezado con tantas dificultades para encontrar las tumbas porque eso prueba la utilidad de la campaña que va a comenzar a la mañana siguiente, y nos parece como si nuestros muertos nos alentaran a recoger las hojas secas, aunque no contemos con la ayuda de las mangostas que sólo intervendrán al día siguiente cuando las autoridades distribuyan la nueva ración de esencia de serpiente traída por los expedicionarios junto con los ataúdes de los muertos, y que los ancianos pulverizarán sobre las hojas secas para que las recojan las mangostas.

Terremoto de Etgar Keret





Para Diego

Dos días después de que Gabriella y yo nos separamos, me uní a la vigilancia del barrio. Cuando vivíamos juntos, teníamos una clara división del trabajo: Yo me ocupaba de los aspectos burocráticos de la vida -bancos, impuestos, facturas de servicios públicos- y Gabriella se encargaba de todo lo relacionado con la generosidad y la bondad: dar de comer a los gatos callejeros; ayudar a nuestra anciana vecina de pelo azul, Paula; preparar cada mañana un bocadillo de salame para el vagabundo adicto de la esquina de nuestra calle. A veces pensaba que sería bueno cambiar por un tiempo, aunque sólo fuera por una semana, para que mientras Gabriella estaba en el banco discutiendo sobre los pagos de la hipoteca, yo pudiera vagar por las calles haciendo buenas obras con una candida mirada. Pero no se lo propuse. Ni siquiera durante nuestras peores peleas. Sabía que, al igual que Gabriella no serviría para sentarse en las desagradables reuniones con el subdirector del banco, yo no tenía mucho talento para hacer el bien. Sin embargo, una vez que me independicé, no sólo tuve que luchar por la supervivencia diaria, sino que también tuve que esforzarme por contribuir a la sociedad. Puede que el voluntariado en la asociación de vecinos no resolviera todos los problemas de Ciudad de México, pero me ayudó mucho a limpiar mi conciencia.

 

            Vendimos nuestro piso a una pareja bien avenida con cuatro hijos educados y guapos. Cuando lo compramos, pensábamos que algún día tendríamos hijos, y por eso insistimos en tener un piso grande. Pero pronto estuvimos demasiado ocupados trabajando y peleándonos, y el plan de tener hijos se pospuso. Aun así, durante los tres años que duró nuestro matrimonio, no hubo un solo día en el que no me odiara por no haber presionado a Gabriella para que tuviera un hijo. Creo que, en el fondo, más que vivir con ella, quería tener un hijo suyo. Una criatura viva que tuviera su belleza, generosidad y positividad, pero también algo de mí: una versión mejorada y tolerable de mí mismo.

 

La pareja bien avenida me desangró. La mujer discutía por cada peso, mientras su marido recorría el apartamento como un perro de caza, golpeando las paredes para localizar fugas invisibles. Al final les vendimos el piso por mucho menos de lo que habíamos pagado por él, pero fue suficiente para pagar nuestra monstruosa hipoteca.

 

Después del divorcio, Gabriella y yo nos mudamos a un barrio más barato. Alquilé un apartamento de una habitación en la séptima planta de un edificio con un portero que debía de tener cien años. Su padre era un sacerdote que había luchado en la Guerra de los Cristeros, y el edificio tenía un ascensor que crujía, que era aún más viejo que el portero, y que dejé de usar después de quedarme atascado unas cuantas veces. Gabriella vivía a un par de manzanas, en un piso igual de pequeño pero mejor iluminado y más civilizado. Colocó una alfombra peruana tejida a mano en el suelo del salón, plantó flores silvestres en cajas junto a cada ventana e incluso colgó una de nuestras fotos de boda en la puerta de la nevera. Una vez le pregunté por qué, y me dijo que mi expresión en la foto le hacía reír. "Es el día de nuestra boda", me dijo sonriendo, "y mira tu cara, tus hombros encorvados, tu esfuerzo: pareces menos un novio que alguien estreñido".

 

Cenábamos juntos todos los martes, a veces en un restaurante y otras en su casa. Mientras comíamos, siempre me contaba historias sobre su trabajo y sobre todas sus ideas para empresas filantrópicas: una aplicación que permitiera a la gente rica enviar comida que no comía directamente de sus heladeras a las casas de familias necesitadas; una página web en la que se pudieran donar horas de voluntariado para una causa digna; una biblioteca móvil que recorriera barrios empobrecidos y organizara cuentacuentos y actividades para niños. Cuando estábamos casados, mi trabajo consistía en explicarle por qué todas sus maravillosas aunque ingenuas ideas nunca podrían funcionar, pero ahora que estábamos divorciados, podía limitarme a asentir y beber demasiado vino. Una vez me emborraché tanto que pasé la noche en su casa, sobre la alfombra. Y aunque ella seguía siendo tan hermosa como un ángel y yo seguía tan cachondo como un bonobo y estaba  tan solo como un perro, no intenté nada. Cuando nos conocimos, creí que si hablábamos, nos besábamos y teníamos sexo suficiente, algo de ella se me pegaría, y todas las cosas que a ella le fascinaban y a mí me aburrían mortalmente me parecerían de repente cautivadoras. Ella podría haber tenido pensamientos similares. Pero ahora los dos teníamos claro que eso nunca ocurriría. Que yo seguiría amándola con infinita bondad, y ella seguiría amando lo que fuera que hubiera encontrado para amar en mí, y que eso era exactamente lo más lejos que llegaría: sentimientos mutuos, cenas una vez a la semana y conversaciones inocentes que sonaban como si estuvieran comprometidas con nuestro mundo pero que en realidad flotaban un par de centímetros por encima de él.

 

 

Cuando le dije a Gabriella que me había apuntado a la Patrulla de Barrio, se mostró entusiasmada: "Seguro que allí conocerás a gente maja. La gente voluntaria siempre es simpática". Las reuniones semanales eran lo más raro del mundo. De las catorce personas que nos apuntamos, sólo yo y la instructora, Eva, teníamos menos de sesenta años, y era como ir a una reunión de Scouts: un poco de primeros auxilios, lecciones teóricas sobre cómo usar un arma e incluso algo de Krav Maga, que Eva siempre insistía en demostrarme. Cuando empezamos a salir, me dijo que era algo importante que me había perdido.

 

Eva sólo tenía cuatro años más que yo, pero ya había hecho más de lo que yo probablemente lograría en tres vidas. Había nacido en Buenos Aires, estudiaba filosofía en la universidad, tenía licencia para pilotar un avión bimotor y había realizado un curso de paracaidismo. También había viajado por todo el mundo, enseñado español en Europa, inglés en Japón y japonés en Uruguay. Se había trasladado a México ocho años antes, por un hombre. Se casaron, tuvieron un hijo y se divorciaron. "Pero no un buen divorcio como el tuyo", dijo, "el nuestro fue de la peor clase". Le dije que no existía el buen divorcio, pero ella discrepó: "Claro que existe, sólo que eres demasiado joven y malcriado para entenderlo".

 

Lo primero por lo que Eva y su marido se pelearon después de separarse fue por su hijo. El tribunal les concedió la custodia compartida, lo que significaba que Eva tenía que quedarse en Ciudad de México. Luego se pelearon por el poco dinero que tenían, y cuando terminaron de pelearse por eso, siguieron encontrando otras cosas por las que pelearse, y no hubo una sola vez en la que su marido viniera a recoger al niño que no terminara a gritos. Eva llamaba a su marido "el burro", incluso delante del niño, y según sus historias, él tenía apodos aún peores para ella.

 

Una noche, en la cama, empezó a insultarlo de nuevo y le pregunté por qué se había ido a vivir con él. Eva se lo pensó un momento, se río torpemente y dijo que era simplemente porque era el polvo más alucinante. "He estado con bastantes hombres", dijo, "¿pero con ese idiota? Fue celestial". Después de eso, tuvimos sexo. Fue un polvo terrenal, pero bueno. Y luego me dijo que, para mí 35 cumpleaños, en noviembre, nos había reservado un salto en paracaídas en tándem. Estaría atado a ella durante todo el descenso, me explicó, "y cuando se abra el paracaídas, por primera vez en tu confinada y rígida vida, sentirás alivio". "¿Es eso lo que piensas de mi vida?" pregunté, intentando sonar dolido. Eva me acarició el pelo del pecho y dijo: "Has dejado que la gravedad te aplastara durante treinta y cinco años, amigo. Es hora de soltarte".

 

Creo que ésa fue la noche en que Eva se quedó embarazada. Se enteró unas semanas después. Dijo que era su última oportunidad de tener otro hijo, y que, si era algo que yo quería, pues estupendo, y que, si no, ella no lo forzaría, que estaba dispuesta a abortar. Lo pensé durante dos días. Me imaginaba bañando al bebé en la bañera, dándole largos paseos por el parque. También me imaginaba a mí y a Eva teniendo peleas horribles, y a ella insultándome de forma humillante delante de la niña. Le expliqué que un matrimonio era reversible, pero tener un hijo no lo era. El hecho de que nos quisiéramos no garantizaba que fuéramos felices juntos, y yo no quería arriesgarme a criar a una niña infeliz. "Entonces, para asegurarnos de que no sea infeliz, ¿sugieres que la matemos antes de que nazca?". preguntó Eva con una sonrisa triste. Luego dijo: "Vale, llamaré a mi ginecólogo y pediré cita".

 

La llevé a la clínica en el coche de un amigo. No hablamos en todo el trayecto. De hecho, desde que le dije que quería que abortara, no nos habíamos visto y apenas habíamos hablado. No es que hubiéramos roto oficialmente, pero era obvio para ambos que era el final. La enfermera de la clínica nos recibió con expresión hosca y nos dijo que había habido una pequeña complicación en el último tratamiento y que se estaban retrasando. Le trajo a Eva un vaso de agua y nos pidió que esperásemos pacientemente. Mientras estábamos allí sentadas, Eva me recordó que dentro de cuatro semanas era mi cumpleaños. "Te enviaré por correo electrónico el vale para el paracaidismo", me dijo, "no te lo pierdas, es una experiencia increíble". Me di cuenta de que era su forma de decirme que no iba a venir: no estaría allí conmigo cuando se abriera el paracaídas, cuando por primera vez en mi vida sentiria alivio. Al cabo de dos horas, la hosca enfermera se acercó y dijo que Eva era la siguiente y que debía seguirla para ponerse una bata. Le pregunté si podía acompañarla, y la enfermera me dijo que no se permitían acompañantes en la zona de operaciones y que la vería después, en recuperación. Y entonces todo el edificio empezó a temblar. No duró mucho, pero me pareció una eternidad, y a través de las ventanas pudimos ver cómo se derrumbaba un rascacielos de treinta pisos. Daba miedo. Quizá lo más aterrador que había visto en mi vida, y en cuanto terminó, la enfermera gritó a todo el mundo que evacuara el edificio inmediatamente.

 

Eva no abortó aquel día. Ella y yo pasamos la semana siguiente al terremoto escarbando entre los escombros con un grupo de voluntarios de Neighborhood Watch. Durante los tres primeros días apenas hablamos, y al cuarto no apareció, y uno de los voluntarios me dijo que se iba a someter a "un procedimiento médico". Cuando le pregunté al día siguiente, se negó a decirme una palabra. No pudimos sacar a nadie con vida, pero recuperamos muchos cadáveres. Uno de los edificios a los que nos enviaron era en el que vivíamos Gabriella y yo. Todo el edificio se había derrumbado y, cuando excavamos en él, temí encontrar el cadáver de alguien conocido: la anciana Paula, o los hijos de la pareja de tacaños que había comprado nuestro piso. "Te dije que tenías un buen divorcio", dijo Eva, y me dedicó su sonrisa torcida. "Piénsalo: si Gabriella y tú siguierais juntos, ahora estaría sacándote de entre los escombros". Cerré los ojos e intenté imaginármelo, pero la única imagen que me vino a la mente fue la de aquel día en la clínica, cuando la tierra tembló como si alguien allí arriba quisiera que reconsiderara todo aquello.

 

El día de mi 35 cumpleaños hice paracaidismo. En lugar de estar atado a Eva, estaba atado a un instructor de voz grave llamado Carlos. Carlos era sordo, así que gritaba en vez de hablar. "¡No te preocupes!", me gritó al oído un segundo antes de que saltáramos del avión, "¡no tienes que hacer nada más que caer!". Caímos del avión juntos como piedras. Recordé que Eva me había dicho una vez que, antes de cada inmersión, se aseguraba de plegar ella misma el paracaídas y el paracaídas de reserva. "Después de saltar de un avión con alguien cuyo paracaídas no se abre, empiezas a plegar el tuyo", me había dicho. El suelo aún estaba lejos, pero se acercaba rápidamente. Pronto se abriría el paracaídas, y a eso podría seguirle el alivio. "¿Listo?" gritó Carlos. Asentí con la cabeza. Tiró de la cuerda.

 

 

For Diego

Two days after Gabriella and I broke up, I joined the Neighborhood Watch. When we lived together, we had a clear division of labor: I took care of the bureaucratic sides of life – banks, taxes, utility bills – and Gabriella was in charge of everything to do with generosity and kindness – feeding stray cats; helping our elderly, blue-haired neighbor, Paula; making a salami sandwich every morning for the homeless addict on our street corner. Sometimes I thought it would be good to switch for a while, even just for a week, so that while Gabriella was at the bank arguing over mortgage payments, I could wander the streets doing good deeds with a dreamy look on my face. But I didn’t suggest it. Not even during our ugliest fights. I knew that just as Gabriella wouldn’t be any good sitting through unpleasant meetings with the pocked-face deputy bank manager, I didn’t have much talent as a do-gooder. Once I was on my own, though, I not only had the usual struggle for daily survival, but I also had to take on the grind of contributing to society. Volunteering with the Neighborhood Watch might not have solved all of Mexico City’s problems, but it did a great job of clearing my conscience.

            We sold our apartment to a well-groomed couple with four polite and beautiful children. When we’d bought it, we thought we were going to have a few kids of our own one day, which is why we insisted on a big apartment. But we soon got too busy working and fighting, and the plan to have kids was postponed. Still, for the three years of our marriage, there wasn’t a day when I didn’t hate myself for not pressuring Gabriella to have a child. I think that, deep down, more than I wanted to live with her, I wanted a child from her. A living creature who would have her beauty, generosity, and positivity, but also something of me: a good-looking, tolerable version of myself.

The well-groomed couple bled me dry. The woman argued over every peso, while her husband walked around the apartment like a hunting dog, tapping on the walls to locate invisible leaks. In the end we sold them the apartment for much less than we’d bought if for, but it was enough to pay off our monstrous mortgage.

After the divorce, Gabriella and I both moved into a cheaper neighborhood. I rented a one-bedroom apartment on the seventh floor of a building with a doorman who must have been a hundred. His father was a priest who’d fought in the Cristero War, and the building had a creaky elevator that was even older than the doorman, which I stopped using after I got stuck a few times. Gabriella lived a couple of blocks away, in an equally tiny but better-lit and more civilized apartment. She put a hand-woven Peruvian rug on her living room floor, planted wildflowers in boxes outside every window, and even hung one of our wedding pictures on the refrigerator door. I once asked her why, and she said my expression in the photo made her laugh. “It’s our wedding day,” she said with a grin, “and look at your face, your hunched shoulders, your straining – you look less like a groom, more like someone with constipation.”

We had dinner together every Tuesday, sometimes at a restaurant and sometimes at her place. While we ate, she always told me stories about her work and about all her ideas for philanthropic startups: an app that would let wealthy people send food they weren’t eating straight from their fridges to the homes of needy families; a website where you could donate volunteer hours for a worthy cause; a mobile library that would drive around impoverished neighborhoods and hold story-times and activities for kids. When we were married, my job was to explain to her why all her wonderful yet naïve ideas could never work, but now that we were divorced, I could just nod and drink too much wine. One time I got so drunk that I spent the night at her place, on the rug. And even though she was still as beautiful as an angel and I was still as horny as a bonobo and as lonely as a dog, I didn’t try anything. When we’d first met, I believed that if we could only talk, kiss and fuck enough, something about her would stick to me, and all the things that fascinated her and bored me to death would suddenly seem captivating. She might have had similar thoughts. But now it was clear to us both that it would never happen. That I would keep loving her infinite kindness, and she would keep loving whatever it was she’d found to love in me, and that was exactly as far as it would go: mutual feelings, dinner once a week, and innocent conversations that sounded as if they were engaging with our world but in fact hovered a couple of inches above it.

* * *

When I told Gabriella I’d joined the Neighborhood Watch, she was enthusiastic: “I bet you'll meet some nice people there. People who volunteer are always nice.” The weekly meetings were the weirdest thing in the world. Of the fourteen people who joined, only me and the instructor, Eva, were under sixty, and it was like going to a Scouts meeting: a little first aid, theory lessons on how to use a weapon, and even some Krav Maga, which Eva always insisted on demonstrating on me. When we started going out, she told me that was a heavy hint that I’d missed.

Eva was only four years older than me, but she’d already done more than I would probably achieve in three lifetimes. She was born in Buenos Aires, studied philosophy at university, was licensed to fly a twin-engine plane, and had completed a sky-diving course. She’d also travelled all over the world, taught Spanish in Europe, English in Japan, and Japanese in Uruguay. She’d moved to Mexico eight years earlier, because of a man. They got married, had a child, and got divorced. “But not a good divorce like yours,” she said, “ours was the worst kind.” I told her there was no such thing as a good divorce, but she disagreed: “Of course there is, you’re just too young and spoiled to understand.”

The first thing Eva and her husband fought over after they split up was their son. The court gave them joint custody, which meant Eva had to stay in Mexico City. Then they fought over what little money they had, and after they were done fighting about that, they kept finding other things to fight about, and there wasn’t a single time her husband came to pick up the boy that didn’t end with a shouting match. Eva called her husband ‘the donkey,’ even in front of the kid, and according to her stories, he had even worse names for her.

One night in bed, she started trashing him again and I asked why she’d moved in with him in the first place. Eva thought for a moment, laughed awkwardly, and said it was simply because he was the most mind-blowing fuck. “I’ve been with quite a few men,” she said, “but with that asshole? It was celestial.” After that, we fucked too. It was an earthly fuck, but a good one. And then she told me that for my 35th birthday, in November, she’d booked us a tandem skydive. I would be tied to her the whole way down, she explained, “And when the parachute opens, for the first time in your confined, rigid life, you’ll sense relief.” “Is that what you think about my life?” I asked, trying to sound hurt. Eva stroked the hair on my chest and said, “You’ve let gravity crush you for thirty-five years, amigo. It’s time to let go.”

I think that was the night Eva got pregnant. She found out a few weeks later. She said it was her last chance to have another child, and that if this was something I wanted, then great, and if not, she wouldn’t force it, she was willing to have an abortion. I thought about it for two days. I could picture myself bathing the baby in the bathtub, taking her for long walks in the park. I also imagined me and Eva having horrible fights, and her calling me humiliating names in front of the girl. I explained to her that a marriage was reversible, but having a child was something you couldn’t take back. The fact that we loved each other didn’t guarantee that we could be happy together, and I didn’t want to risk raising an unhappy child. “So to make sure she isn’t unhappy, you’re suggesting we kill her before she’s born?” Eva asked with a doleful smile. Then she said, “Okay, I’ll call my gynecologist and make an appointment.”

I drove her to the clinic in a friend’s car. We didn’t talk the whole way. In fact, ever since I’d told her I wanted her to get the abortion, we hadn’t seen each other at all and had hardly spoken. It’s not that we’d officially broken up, but it was obvious to both of us that it was the end. The nurse at the clinic greeted us with a surly expression and said there’d been a slight complication in the last treatment and they were running late. She brought Eva a glass of water and asked us to wait patiently, and while we sat there, Eva reminded me that it was my birthday in four weeks. “I’ll email you the skydive voucher,” she said, “don’t miss out on it, it’s an incredible experience.” I realized that was her way of telling me she wasn’t coming: she wouldn’t be there with me when the parachute opened, when for the first time in my life I felt relief. After two hours, the surly nurse came over and said Eva was next and she should follow her to change into a gown. I asked if I could go with her, and the nurse said chaperones weren’t allowed in the surgery area and that I would see her afterwards, in recovery. And then the whole building started shaking. It didn’t last long, but it felt like an eternity, and through the windows we could see a thirty-floor skyscraper simply collapsing. It was scary. Maybe the scariest thing I’d ever seen, and the second it was over, the surly nurse yelled at everyone to evacuate the building immediately.

Eva did not get the abortion that day. She and I spent the week after the earthquake digging through the wreckage with a group of Neighborhood Watch volunteers. For the first three days we barely spoke, and on the fourth day she didn’t turn up, and one of the volunteers told me she was having “a medical procedure.” When I asked her about it the next day, she refused to say a word to me. We weren’t able to get anyone out alive, but we did recover a lot of bodies. One of the buildings we were sent to was the one Gabriella and I used to live in. The entire building had crumbled, and when we dug through it, I was afraid to find the body of someone I knew: the elderly Paula, or the kids of the cheapskate couple who’d bought our apartment. “I told you you had a good divorce,” said Eva, and gave me her crooked smile, “think about it: if you and Gabriella were still together, I’d be digging you out of the rubble now.” I closed my eyes and tried to imagine that, but the only picture that came to my mind was from that day at the clinic, when the earth shook as if someone up there wanted me to reconsider the whole thing.

On my 35th birthday, I went skydiving. Instead of being tied to Eva, I was tied to a gravelly-voiced instructor named Carlos. Carlos was hard of hearing, so he shouted instead of talking. “Don’t worry!” he screamed into my ear a second before we jumped out of the plane, “you don’t need to do anything except fall!” We dropped from the plane together like stones. I remembered Eva once telling me that before every dive, she made sure to fold the parachute and the reserve parachute herself. “After you jump out of a plane with someone whose parachute doesn’t open, you start folding your own,” she’d said. The ground beneath me was still far away but it was getting closer fast. Soon the parachute would open, and that might be followed by the relief. “Ready?” Carlos yelled. I nodded. He pulled the string.


jueves, 15 de febrero de 2024

Esta noche en Samarcanda , fabula de origen persa

 



La historia más célebre que se refiere a la muerte es de origen persa. Así la cuenta Farid ud-Din Attar.
Una mañana, el califa de una gran ciudad vio que su primer visir se presentaba ante él en un estado de gran agitación. Le preguntó por la razón de aquella aparente inquietud y el visir le dijo:
—Te lo suplico, deja que me vaya de la ciudad hoy mismo.
—¿Por qué?
—Esta mañana, al cruzar la plaza para venir a palacio, he notado un golpe en el hombro. Me he vuelto y he visto a la muerte mirándome fijamente.
—¿La muerte?
—Sí, la muerte. La he reconocido, toda vestida de negro con un chai rojo. Allí estaba, y me miraba para asustarme. Porque me busca, estoy seguro. Deja que me vaya de la ciudad ahora mismo. Cogeré mi mejor caballo y esta noche puedo llegar a Samarkanda.
—¿De verdad que era la muerte? ¿Estás seguro?
—Totalmente. La he visto como te veo a ti. Estoy seguro de que eres tu y estoy seguro de que era ella. Deja que me vaya, te lo ruego.
El califa, que sentía un gran afecto por su visir, lo dejó partir. El hombre regresó a su morada, ensilló el mejor de sus caballos y, en dirección a Samarkanda, atravesó al galope una de las puertas de la ciudad.
Un instante después el califa, a quien atormentaba un pensamiento secreto, decidió disfrazarse, como hacía a veces, y salir de su palacio. Solo, fue hasta la gran plaza, rodeado por los ruidos del mercado, buscó a la muerte con la mirada y la vio, la reconoció. El visir no se había equivocado lo más mínimo. Ciertamente era la muerte, alta y delgada, vestida de negro, con el rostro medio cubierto por un chai rojo de algodón. Iba por el mercado de grupo en grupo sin que nadie se fijase en ella, rozando con el dedo el hombro de un hombre que preparaba su puesto, tocando el brazo de una mujer cargada de menta, esquivando a un niño que corría hacia ella.
El califa se dirigió hacia la muerte. Esta, a pesar del disfraz, lo reconoció al instante y se inclinó en señal de respeto.
—Tengo que hacerte una pregunta —le dijo el califa en voz baja.
—Te escucho.
—Mi primer visir es todavía un hombre joven, saludable, eficaz y probablemente honrado. Entonces, ¿por qué esta mañana cuando él venía a palacio, lo has tocado y asustado? ¿Por qué lo has mirado con aire amenazante?
La muerte pareció ligeramente sorprendida y contestó al califa:
—No quería asustarlo. No lo he mirado con aire amenazante. Sencillamente, cuando por casualidad hemos chocado y lo he reconocido, no he podido ocultar mi sorpresa, que él ha debido tomar como una amenaza.
—¿Por qué sorpresa? —preguntó el califa.
—Porque —contestó la muerte— no esperaba verlo aquí.
Tengo una cita con él esta noche en Samarkanda.