La incomodidad (2015) Editorial Huesos de Jibia






Me gusta pensar 

que puedo detener el viento
y saber en mi cuerpo 
cuando se avecina la lluvia.

Que todo ser viviente
puede compartirme sus secretos
de prestar la suficiente atención 
y que si esto no ocurre 
es porque no deseo
alterar el orden establecido.

Me gusta pensar
que puedo sumergirme en otras vibraciones
con solo regular el ritmo
de mis impulsos cerebrales.

Que soy imperceptible
en el rango de las galaxias 
e inmenso ,en el nivel molecular.

Me gusta pensar
 que vivo con una cuota  tolerable de dolor
que domestica  mi soberbia.

                                                                              a marco polo
Mi gato está muy enfermo 
                                                              
renuevo su vendaje para evitar que se agusane,
los tumores crecen en su espalda
mientras  él se evapora.
A mí que siempre temo lo peor
su temple me estremece,
cuidarlo me recuerda
que debo pensar con mi verdadera cabeza.

No creo que muera nunca
porque mi gato es permanente,
así va seguir
cada día con  mas tumor y menos cuerpo.

Al salir de casa  se vuelve ave
tan  pequeño que cabe entre mis manos
 conserva su vendaje
un vendaje de pájaro
su humildad  no descansa 
 desde sus ojos pequeños me mira
ya no ronronea solo pía.

Hay gente que teme a los gatos
pero las aves son bienvenidas,
 una promesa, una ilusión.

Mi gato alado se siente libre  
y yo me siento pleno.

Pero el pájaro se escapa
 sin intención , voló porque se sintió liviano
libre de la atadura de su cuerpo magro.

O quizás decidió no volver a su cuerpo felino.
Allá arriba, quizás el vendaje sea un signo de nobleza.

Al dios de ese país

lo mantienen cautivo
para protegerlo de sus fieles.
Y así evitan que se enrede
en vanas disputas.

La naturaleza de esa gente
es la desconfianza,
y con estudiada simpatía
ocultan su violencia.

El dios prisionero
no debe preocuparse.
Esa tierra es generosa
y les permite
una permanente contienda.

Con astucia
devuelven cada golpe
a sus gobernantes.

Los extranjeros no comprenden
sus risas ni sus lamentos,
pobres de ellos
que a cada cimbronazo desesperan.

En un país así
un dios no debe andar suelto;
corren el riesgo de perderlo.

Cuando llegue mi hora

seré el más fiel de los creyentes.
Espero que me perdonen
mis repetidas burlas a los dioses
y sus seguidores.

Aclaro que busqué con honestidad
comprender sus fábulas y ritos.
Admiro sus recursos
para conservar bienes y adeptos.

Es que algo debe de haber
detrás de las tinieblas
que explique tanta dispersión,
tanta extrañeza.

Espero estar alerta
para escuchar el secreto
que susurra la materia.

Caen de los balcones

se desmayan,
se entierran en el suelo,
imploran pero no piden ayuda.

Percibo tras la penumbra
sus rostros despojados de encanto.

Escucho un murmullo profundo.
Desasosiego de voces sin brillo.

Intento hacer contacto
aunque me pregunto si vale la pena.

Algo los enlaza:
un vicio, unas monedas,
el dolor impar…
lo ignoro.

El vértigo ensaya mil variantes
hasta llegar a la pregunta,
la única
que puede salvarnos.

Fue mucho lo que caminé

por la ciudad saqueada
vistiendo ropa vieja.
Zapatos usados
cuyos caminos recorridos ignoraba.

Mi cuerpo de pobre
no tenía quien lo aconseje,
el poco dinero que atesoraba
no me animaba a invertirlo
en algo tan pueril.

Sostenido sobre calzado deforme
andaba con la cabeza gacha
buscando tierra firme.
En esa época, pese a todo
vivía convencido
de estar protegido por los dioses.

Puede ser que no existas,

que la maleza se plante viva
como una herida abierta
que no rezuma
voces ni pasados.
Puede ser que tu voz
sea un eco de la noche,
un caparazón que esconde los otoños
hasta rehacerlos en verde.

Puede ser que existas,
y que no te haya visto
preocupado como estoy
por la palabra,
que mis manos
no sepan moldear
la arcilla de los dioses,

y entonces te dibujen
con un lápiz infantil,
casi jugando
preguntándote si eres
o si sueñas que eres.

No hay que descuidar el mundo sumergido.

Desde allí surge un rumor
que alimenta los sabores,
el fuego que en la leña se adormece.

Se oculta si es nombrado,
si se lo señala, huye.

En ese mundo
siempre somos libres,
pero allí se ignora toda sentencia,
el azar y la banalidad.

Desde jóvenes

aunque no lo sepan
las más nobles personas,
las elegidas
necesitan del abismo.

Con el correr del tiempo,
en ciertos instantes
la prisa del mundo los invade
y el brillo abandona sus ojos.

Dejan de ver la oscuridad
que habita bajo sus pies.

Es el precio
que dicen hay que pagar
por vivir aquí.

Algo se altera.
Pierden impulso
y acude un malestar
que las vuelve frágiles
ante cualquier vaivén.

Me muero de ganas

de que crean en mí,
que entiendan que morir
es solo un gesto.
Nada puede irse si no ha nacido.

Necesito de quienes
no me necesitan
–ni siquiera para odiarme.

Acuden a mis templos
pero no me temen
ni solicitan mi perdón.

Son pocos
                          pero son los únicos
que pueden salvarme.

Confío en que me escuchen
sin que se enteren mis devotos,
sumidos como están
en sus penurias.

Solo para vos

me volví invisible.
Ya no hay un pacto entre nosotros.
Te veo
con tu andar oblicuo
inclinado hacia el futuro
alejándote de la magia
de las pequeñas cosas.

Te propongo
volver a mirar
en tu habitación borrosa,
haciéndote a un lado.
                   Y así girar ingrávido,
sin el aplauso forzado
de quienes admiran tus dones
pero ignoran tu indiferencia.

Una tarde o una noche

no me acuerdo cuándo
soñé que era un dios malvado,
no cruel, apenas malvado.
Fue perturbador
porque no sentí ninguna culpa.

Durante todo el sueño
evité ser descubierto,
temí el castigo
y me sentí humano.

¿Mis sueños no deberían ser proféticos?
¿Los dioses malos sueñan que son buenos?
¿Por qué soñar ser malvado?

Podrías dejar

para otro momento
el agua bendecida,
tus rezos
y los santos expeditos.

No es que no comprenda
la urgencia de volver
a los viejos amuletos.

Después de todo
¿qué somos
sino repetidores
de gastadas moralejas?

Prefiero seguir confiando
en mis propios esfuerzos.

Todavía estoy
en el mundo de los vivos,
solo espero
que no te alejes.

Peldaño sobre peldaño

vida tras vida
me ocupé de construir una escalera.

No creo haber engañado a los creyentes,
nadie volvió para hacer el reclamo
aunque dudo que allá arriba
haya algo de mucho valor.

No era suntuosa
ni poseía la pendiente adecuada,
pero convencí a todos
de que era la única válida.

La escalera fue mi seguro de vida
nunca supe manejar
mejores armas.
Esto lo aprendí hace algún tiempo
mucho antes de descubrir la magia,
cuando desorientado
moraba en las tinieblas.

Era eficaz contra los violentos
que se sabe, temen por igual
al cielo y al infierno.


El silencio se entromete en nuestra conversación.

Por momentos es un murmullo.
Tu rostro no logra
evitar ciertas palabras.

Resuelvo decir yo mismo
lo que tus labios omiten.

Ya nada será igual,
todo explota por el aire
y acuden a la cita
nuestros temidos fantasmas.

Entonces el diálogo se desmorona.
Parecemos distraídos
pero hablamos de los asuntos
que dominan este mundo.

Me detengo y pienso
en no ofrecer una salida elegante.

No intento un castigo,

lo hago para mantenernos a salvo.

Su arte es saber

lo que no se pregunta
para ser aceptado.

Impacta
la sonrisa satisfecha
las mejillas ardiendo
el cándido rostro
que reescribe las historias
para estar siempre de acuerdo.

Por mi parte
resisto ese evangelio,
me asusta y me atormenta

el fin de la duda.


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