jueves, 25 de julio de 2019

Orhan Veli Kanik( 1914, 1950 Estambul )





No lo puedo explicar

Si llorara, ¿podrías oír
Mi voz en mis poemas?
¿Podrías tocar mis lágrimas
Con tus manos?

Antes de caer presa de este dolor,
Nunca supe que las canciones fueran tan encantadoras
Y las palabras tan suaves.

Sé que hay un lugar
Donde se puede hablar acerca de todo;
Siento que estoy cerca de ese lugar,
Sin embargo no lo puedo explicar.

Anlatamıyorum

Ağlasam sesimi duyar mısınız, 
Mısralarımda; 
Dokunabilir misiniz, 
Gözyaşlarıma, ellerinizle? 

Bilmezdim şarkıların bu kadar güzel, 
Kelimelerinse kifayetsiz olduğunu 
Bu derde düşmeden önce. 

Bir yer var, biliyorum; 
Her şeyi söylemek mümkün; 
Epeyce yaklaşmışım, duyuyorum; 
Anlatamıyorum. 

lunes, 15 de julio de 2019

Fermine Maxence (Albertville, 1968)





Capitulo 7 del libro  "Nieve"




El frío es penetrante
 beso una flor de ciruelo
 en sueños
Sóseki


La nieve posee cinco características princi­pales.
Es blanca.
Hiela la naturaleza y la protege.
Se transforma continuamente.
 Es una superficie resbaladiza.
Se convierte en agua.

Cuando se lo comentó a su padre, éste no vio en ello más que aspectos negativos, como si la extraña pasión de su hijo por la nieve hiciese a sus ojos más aterradora aún la estación invernal.
-Es blanca. Por lo tanto es invisible y no merece existir.
Hiela la naturaleza y la protege. ¿Quién es esa orgullosa para pretender convertir el mundo en estatua?
Se transforma continuamente. Luego no es de fiar.
Es una superficie resbaladiza. Así que ¿quién puede disfrutar resbalando en la nieve?
Se convierte en agua. Lo hace para inundar­nos más en la época de deshielo.

Yuko, en cambio, veía en su compañera cin­co cualidades distintas, que eran un puro deleite para su talento artístico.
-Es blanca. Luego es una poesía. Una poesía de gran pureza.
«Hiela la naturaleza y la protege. Luego es una pintura. La pintura más delicada del
 in­vierno.                   
»Se transforma continuamente. Luego es una caligrafía. Existen diez mil modos de escribir la palabra nieve.
»Es una superficie resbaladiza. Luego es una danza. En la nieve, todo hombre puede creerse funámbulo.
»Se convierte en agua. Luego es una músi­ca. En primavera, troca los ríos y torrentes en sinfonías de notas blancas.

-¿Todo eso es para ti la nieve? -preguntó el sacerdote.
-Representa muchísimo más aún.
Aquella noche el padre de Yuko Akita comprendió que el haiku no bastaría para colmar los ojos de su hijo con la belleza de la nieve.


traducido por
Javier Albiñana

domingo, 7 de julio de 2019

Jacobo Regen (Quijano, Salta1935- Salta 2019)





"Serenamente, digo: "Soy un ángel"...

Serenamente, digo: "Soy un ángel".
Y me debes creer.
Ningún platillo de la balanza sube,
o baja,
bajo mi peso.
Incorpóreo,
ligero,
desnudo,
como la luz...
Y sin embargo, toda
mi trayectoria es una sombra,
mi corazón es una sombra,
una moneda oscura,
destruida
por el tiempo, sin tiempo y sin memoria.
  

Proposición

¿Conoces tú mi paradero?
Si sabes algo, dímelo.
Y cuéntame de aquel muchacho candoroso.
Si alguna vez llegas a verlo
no le ocultes que te has casado,
que tienes varios hijos.
Y nunca te enternezcan
su terquedad, sus ruegos.
Adóptalo como criado.
¡Sería tan hermoso para él!
Cuidaría el jardín de tu casa,
lavaría los pañales de tus pequeños,
saludaría humildemente a tu marido.
¡Es tan bueno!
Pero que tu indulgencia
no vaya nunca más allá.

Palabras

Sólo te pido que recuerdes
La luz de aquel amanecer
Que hemos amado tanto.


He derrochado contigo
Tantas palabras que creíste
Ciertas,
Que palpitaban,
Que vivían
Y amé en ti mis palabras.


Cuando dejé de amarlas,
Te perdí.

Umbroso mundo,

 

             Hay jardines que no tienen ya países                        

                       Georges Schehadé

Umbroso mundo,

seguiremos siempre

poblando de fantasmas verdaderos

tus países ausentes.

Así, lejos de todo,

crecerá en el olvido un árbol verde

a cuya sombra vamos a dormirnos

hasta que alguna vez el sueño nos despierte.

 

 

Alianza

Me quedo en cualquier parte

porque no tengo a dónde ir.

Y vuelven mis fantasmas

a inventarme

la luz

entre paredes de agua muerta.

Vuelven

para fundar la última alianza

con el que fui,

con el que nunca ha sido.

Andan ya por mi sangre.

Voy con ellos.

 


viernes, 5 de julio de 2019

Augusto Dos Anjos ( Paraiba 1884- Leopoldina 1914)





Versos íntimos

¡¿Ves?! Nadie asistió al formidable
Entierro de tu última quimera.
¡Sólo la Ingratitud –esa pantera-
Fue tu compañera inseparable!
¡Acostúmbrate al fango que te espera!
El Hombre, que en esta tierra miserable,
Vive, entre fieras, siente inevitable
Necesidad de también ser una fiera.
Toma un fósforo. ¡Enciende tu cigarro!
El beso, amigo, es la víspera del escupitajo,
La mano que acaricia es la misma que apedrea.
Si a alguien tu llaga causa pena,
¡Apedrea esa mano vil que te acaricia,
Escupe en esa boca que te besa!


traducida por Ángel Guinda



Versos íntimos 

Vês! Ninguém assistiu ao formidável
Enterro de sua última quimera.
Somente a Ingratidão – esta pantera –
Foi tua companheira inseparável!
Acostuma-te à lama que te espera!
O homem, que, nesta terra miserável,
Mora, entre feras, sente inevitável
Necessidade de também ser fera.
Toma um fósforo. Acende teu cigarro!
O beijo, amigo, é a véspera do escarro,
A mão que afaga é a mesma que apedreja.
Se alguém causa inda pena a tua chaga,
Apedreja essa mão vil que te afaga,
Escarra nessa boca que te beija!


domingo, 16 de junio de 2019

El Violín de Rothschild de Anton Chejov (1894)






El pueblo era pequeño, peor que una aldea, y en él vivían apenas unos ancianos que morían tan de tarde en tarde que hasta resultaba enojoso. En el hospital y en la prisión había muy poca necesidad de ataúdes. En una palabra, los asuntos marchaban mal. Si Yákov Ivánov fuera fabricante de ataúdes en una ciudad de provincias, probablemente tendría casa propia y recibiría tratamiento de señor, mientras que en ese villorio le llamaban simplemente Yákov, y en su calle, por alguna razón, se le conocía por el apodo de Bronce; vivía con estrecheces, como un simple mujik, en una isba pequeña y vieja de una sola habitación, en la que se amontonaban en desorden la estufa, una cama para dos personas, varios ataúdes, un banco de carpintero y todos los enseres, amén de Marta y él mismo. Yákov fabricaba ataúdes resistentes, de buena calidad. Para los mujiks y los pequeños propietarios los hacía basándose en su propia talla, y no se equivocó ni una sola vez, pues no había nadie más alto ni más robusto que él en el lugar, ni siquiera en la prisión, a pesar de sus setenta años. Para los nobles y las mujeres los hacía a medida, empleando para ello una vara de metal. Aceptaba de mala gana los encargos de ataúdes infantiles; los confeccionaba a la buena de Dios, de manera desdeñosa, y cuando le retribuían su trabajo, comentaba: —Reconozco que no me gusta ocuparme de tonterías. Además de lo que le reportaba su oficio, obtenía algunas monedas tocando el violín. En las bodas del villorio solía contratarse a una orquesta de judíos dirigida por el estañador Moisei Ilich Shajkes, que se quedaba para sí más de la mitad de la retribución. Como Yákov tocaba muy bien el violín, en particular las canciones rusas, Shajkes a veces le proponía unirse a la orquesta por cincuenta kopeks al día, sin contar las propinas de los invitados. En cuanto Bronce ocupaba su lugar en la orquesta, empezaba a sudar y se ponía rojo; hacía un calor agobiante y reinaba tal olor a ajo que hasta causaba sofoco; el violín chirriaba, el contrabajo emitía notas roncas junto a su oído derecho; a la izquierda gemía la flauta, que tañía un judío pelirrojo y enjuto, con el rostro cubierto de toda una red de venas encarnadas y azules, apellidado Rothschild, como el famoso ricachón. Ese maldito judío se las ingeniaba para impregnar de acordes lastimeros hasta las piezas más alegres. Sin razón aparente, Yákov fue concibiendo odio y desprecio por los judíos en general y por Rothschild en particular; se metía con él, le reprendía con palabras ofensivas y en una ocasión hasta amenazó con golpearle, mientras Rothschild, indignado, le decía con aire furioso: —Si no le respetara por su talento, hace tiempo que le habría tirado por la ventana. Luego se echó a llorar. Por esa razón sólo le proponían que se uniera a la orquesta en caso de extrema necesidad, cuando faltaba uno de los judíos. Yákov nunca estaba de buen humor, pues sufría constantemente pérdidas terribles. Por ejemplo, era pecado trabajar los domingos y las jornadas festivas, y el lunes era un día difícil, de modo que al cabo del año se acumulaban unos doscientos días  en los que se veía obligado a quedarse cruzado de brazos. ¡Y cuántas pérdidas suponía todo eso! Si alguien se casaba sin música o Shajkes no perdía a Yákov que se uniera a la orquesta, también eso constituía una pérdida. El comisario de policía había pasado dos años enfermo, aquejado de consunción, y Yákov había esperado su muerte con impaciencia, pero el comisario había ido a curarse a la capital de la provincia y se había muerto allí. La pérdida podía estimarse al menos en diez rublos, pues le tenía destinado un ataúd caro, con brocado. La consideración de las pérdidas atormentaba a Yákov, sobre todo por la noche; ponía a un lado de la cama el violín, y en el momento en que una idea semejante empezaba a acosarle, rozaba las cuerdas; el violín resonaba en la oscuridad y él se sentía aliviado.








 El seis de mayo del año anterior Marta se sintió de pronto enferma. La vieja respiraba con dificultad, bebía mucha agua y no se tenía en pie, pero aún así ella misma se encargó de encender la estufa y de ir a por agua. No obstante, por la tarde tuvo que acostarse. Yákov se pasó el día entero tocando el violín; cuando se hizo completamente de noche, cogió una libreta en la que apuntaba las pérdidas de cada día y, vencido por el aburrimiento, se puso a calcular el total de todo el año. La cifra superaba los mil rublos; esa constatación le impresionó tanto que tiró el ábaco al suelo y lo pisoteó. Luego lo recogió y pasó un buen rato manipulando las bolas, al tiempo que lanzaba intensos y profundos suspiros. Su rostro se había vuelto purpúreo y estaba cubierto de sudor. Pensaba que si hubiera ingresado esos mil rublos perdidos en un banco, habría recibido unos intereses anuales de cuarenta rublos como mínimo; por lo tanto, aquella cantidad también debía considerarse una pérdida. En una palabra, a cualquier parte a la que dirigiera la vista, no encontraba más que pérdidas. —¡Yákov! —le llamó de pronto Marta—. ¡Me muero! Él se volvió hacia su mujer. Tenía el rostro enrojecido por la fiebre y una expresión de lo más serena y alegre. Bronce, acostumbrado a la palidez de su semblante y a su aire cohibido e infeliz, se quedó turbado. Parecía, en efecto, que su mujer se moría y que estaba contenta de perder de vista de una vez por todas esa isba, los ataúdes y a Yákov… Miraba el techo y movía los labios con una expresión de felicidad, como si hubiera visto a la muerte, su liberadora, y cuchicheara con ella. Ya amanecía; en la ventana se vislumbraba el resplandor de la aurora. Al mirar a la anciana, Yákov recordó, sin saber por qué, que no la había acariciado ni una sola vez en toda su vida, que jamás se había compadecido de ella, que nunca se le había pasado por la cabeza comprarle un pañuelo o llevarle un dulce de alguna boda; no había hecho más que gritarle, regañarla por las pérdidas y amenazarla con los puños; cierto que nunca le había pegado, pero la asustaba de tal modo que ella se quedaba paralizada de terror. Así era, y no le había permitido tomar té, pues ya sin eso los gastos eran excesivos, de manera que ella sólo bebía agua caliente. Entonces comprendió a qué se debía ese aire de extrañeza y alegría, y se sintió angustiado. Cuando llegó la mañana, le pidió prestado un caballo al vecino y llevó a Marta al hospital. Había poca gente y no tuvieron que esperar mucho tiempo, sólo tres horas. Para gran satisfacción suya ese día no pasaba consulta el médico, que se encontraba enfermo, sino el practicante Maksim Nikolaich, un viejo del que todo el mundo decía en el pueblo que, a pesar de que era un borracho y un pendenciero, sabía mucho más que el médico. —A sus pies, señor —dijo Yákov, entrando con la vieja en la consulta—. Perdone que vengamos a molestarle con nuestras naderías, Maksim Nikolaich. Como ve, mi mujer se ha puesto enferma. O, como suele decirse, la compañera de mi vida, si me permite la expresión… Frunciendo las cejas canosas y pasándose la mano por las patillas, el practicante empezó a examinar a la vieja, que estaba sentada en un taburete, encorvada y enjuta, muy parecida de perfil, con su nariz aquilina y la boca abierta, a un pájaro sediento. —Mmm… Bueno… —exclamó morosamente el practicante, exhalando un suspiro—. Tiene gripe y tal vez fiebre. Hay casos de tifus en el pueblo. ¡Qué se le va a hacer! Gracias a Dios, la vieja ha vivido muchos años… ¿Qué edad tiene? —Dentro de poco cumplirá setenta, Maksim Nikolaich. —¡Qué se le va a hacer! La vieja ha vivido bastante. Ya es hora de entregar el alma. —Todo lo que usted dice es muy justo, Maksim Nikolaich —exclamó Yákov, con una respetuosa sonrisa—, y le agradecemos muchísimo su amabilidad, pero permítame que le diga que hasta el último de los insectos se aferra a la vida. —¡Qué se le va a hacer! —respondió el practicante, como si la vida o la muerte de la vieja dependiera de él—. Bueno, amigo, ponle una compresa fría en la cabeza y dale estos polvos dos veces al día. Y ahora hasta la vista. Bon jour. Por la expresión de su rostro Yákov comprendió que el asunto tenía mal cariz y que los polvos no servirían de nada; ahora veía con claridad que Marta moriría muy pronto, quizá ese mismo día o el siguiente. Tocó ligeramente el codo del practicante, guiñó un ojo y dijo en voz baja: —¿Y si le pusiera unas ventosas, Maksim Nikolaich? —No tengo tiempo, amigo, no tengo tiempo. Llévate a tu vieja y que Dios os guarde. Adiós. —Hágame el favor —le imploró Yákov—. Sabe usted muy bien que si, por ejemplo, le doliera el estómago o algún otro órgano, habría que emplear polvos y gotas, ¡pero ella está resfriada! Y en caso de un resfriado lo primero que hay que hacer es sacar sangre, Maksim Nikolaich. Pero el practicante ya había llamado al siguiente enfermo y en la sala había entrado una mujer con un niño. —Vete, vete… —le dijo a Yákov, frunciendo el ceño—. No molestes. —¡En ese caso póngale al menos unas sanguijuelas! ¡Rezaremos eternamente por usted! El practicante se encolerizó y gritó: —¡Cállate ya! ¡Zoquete! Yákov se puso también rojo de ira, pero no dijo nada; cogió a Marta por el brazo y la sacó de la sala. Sólo cuando ya se había sentado en el carro, se quedó mirando el hospital con aire sombrío e irónico, y dijo: —¡Ya conozco yo a estos artistas! Al rico bien que le ponen ventosas, pero al pobre le niegan hasta una sanguijuela. ¡Malditos! Cuando llegaron a casa y entraron en la isba, Marta se quedó de pie unos diez minutos, apoyada en la estufa. Albergaba la sospecha de que, si se acostaba, Yákov empezaría a hablar de pérdidas y la regañaría por estar siempre tumbada y no querer trabajar. Yákov la miraba con enfado, recordando que al día siguiente se celebraba la fiesta de san Juan Evangelista y al otro la de san Nicolás Taumaturgo, después sería domingo y a continuación lunes, un día difícil. Durante cuatro días no podría trabajar y era seguro que Marta moriría uno ellos; en consecuencia, debía ponerse a fabricar su ataúd sin pérdida de tiempo. Tomó un metro de hierro, se acercó a la vieja y la midió. Después ella se acostó; Yákov se santiguó y empezó a confeccionar el ataúd. Cuando concluyó su trabajo, Bronce se puso las gafas y anotó en su libreta: «Ataúd para Marta Ivánovna: 2 rublos y 40 kopeks». Y suspiró. La vieja yacía en silencio, con los ojos cerrados. Pero por la tarde, cuando empezaba a oscurecer, llamó de pronto al anciano: —¿Te acuerdas, Yákov? —le preguntó, mirándole con expresión alegre—. ¿Te acuerdas de que hace cincuenta años Dios nos concedió una niña de cabellos rubios? Nos sentábamos entonces en la orilla del río y cantábamos canciones… bajo un sauce— y con una sonrisa amarga, añadió—: La pequeña murió. Yákov trató de hacer memoria, pero no fue capaz de acordarse de la niña ni del sauce. —Son imaginaciones tuyas —le dijo. Vino el cura, le administró los sacramentos y le dio la extremaunción. Luego Marta se puso a murmurar algo incompresible y a la mañana murió. Unas viejas, vecinas suyas, la lavaron, la vistieron y la metieron en el ataúd. Para no tener que gastarse dinero en un chantre, el propio Yákov se encargó de leer los salmos; tampoco tuvo que pagar por la sepultura, pues el vigilante del cementerio era su padrino. Cuatro mujiks cargaron con el atáud, no por dinero, sino por consideración a Yákov. Siguiendo el féretro iban unas viejas, varios mendigos y dos chiflados; las personas con las que se cruzaban se persignaban piadosamente… Yákov estaba muy satisfecho de que la ceremonia hubiera resultado tan digna y respetable, hubiera costado tan poco y no hubiera dado lugar a que nadie se molestara. Al dar su último adiós a Marta, rozó el ataúd con la mano y pensó: «¡Un buen trabajo!». Pero en el camino de regreso una profunda tristeza se apoderó de él. Algo no iba bien: su respiración era febril y dificultosa, las piernas le flaqueaban, le torturaba la sed. Además, en su cabeza revoloteaban toda clase de ideas. De nuevo recordó que a lo largo de su vida no se había compadecido de Marta ni le había prodigado una caricia. Los cincuenta y dos años que habían vivido bajo el mismo techo se le antojaban muy largos, pero en todo ese tiempo no había pensado en ella ni una sola vez ni le había prestado atención, como si se tratara de un perro o de un gato. Y sin embargo, ella había encendido todos los días la estufa, había cocinado, había ido a por agua, había cortado leña, había dormido con él en la misma cama y, cuando llegaba borracho de alguna boda, ella colgaba el violín en la pared con veneración y llevaba a su marido a la cama; y todo eso en silencio, con una expresión tímida, solícita. Rothschild venía a su encuentro, sonriendo y saludándole con la cabeza. —Le estoy buscando, tío —dijo—. Moisei Ilich le saluda y le pide que vaya a verle enseguida. Yákov no estaba para esas cosas. Tenía ganas de llorar. —¡Déjame en paz! —exclamó y siguió su camino. —¿Cómo? —respondió Rothschild inquieto, y se puso a andar más deprisa que él—. ¡Moisei Ilich se ofenderá! Ha dicho «enseguida». La visión de ese judio sofocado, que no paraba de pestañear, con el rostro cubierto de pecas rojizas, le repugnaba. Miraba con asco su levita verde remendada de negro y toda su figura frágil y delicada. —¿Qué quieres de mí, diente de ajo? —gritó Yákov—. ¡Deja de seguirme! El judío también se enfadó y a su vez empezó a vociferar: —¡Hable usted más bajo o le tiro por encima de la valla! —¡Quítate de mi vista! —rugió Yákov, lanzándose hacia él con los puños levantados—. ¡No hay quien viva con estos sarnosos! Rothschild, muerto de miedo, se puso en cuclillas y empezó a agitar las manos por encima de la cabeza, como para parar los golpes; luego se enderezó de un brinco y se alejó a todo correr. En su huida, daba saltos y levantaba los brazos; se veía cómo su larga y delgada espalda se estremecía. Los niños, divertidos con el incidente, le perseguían gritando: «¡Judío! ¡Judío!». Los perros se lanzaron tras él, ladrando. Alguien estalló en carcajadas y a continuación silbó; los perros aullaron con mayor fuerza e intensidad… Es probable que alguno de ellos mordiera a Rothschild, pues se oyó un grito de dolor desesperado… Yákov estuvo deambulando por el prado comunal; luego, caminando en línea recta, se dirigió a las afueras del pueblo; los niños gritaban: «¡Ahí va Bronce! ¡Ahí va Bronce!». Llegó a la orilla del río. Las becadas revoloteaban y piaban, los patos parpaban. El sol calentaba con fuerza y las aguas reverberaban con tanta fuerza que hacían daño a los ojos. Yákov caminó por un sendero que discurría a lo largo de la orilla, vio salir de la caseta de baños a una dama obesa, de sonrosadas mejillas, y pensó: «¡Menuda foca!». Cerca de ese lugar unos muchachos pescaban cangrejos con un retel; al verlo, empezaron a gritar con aire maligno: «¡Bronce! ¡Bronce!». En ese momento llegó hasta un viejo sauce, de grueso tronco hueco, con nidos de grajos en las vastas ramas… De pronto, en la memoria de Yákov surgió, como si estuviera viva, la pequeña de cabellos rubios y el sauce del que hablara Marta. Sí, era el mismo sauce: verde, silencioso, triste… ¡Cómo había envejecido, el pobre! Se sentó bajo su copa y se entregó a los recuerdos. En la ribera opuesta, donde ahora había un prado inundado, se alzaba antaño un frondoso abedular; en esa colina pelada que se columbraba en el horizonte, despuntaba entonces la masa azulada de un viejo pinar; algunas barcas surcaban la corriente. Ahora todo ofrecía un aspecto plano y liso, en la otra orilla se perfilaba un solo abedul, joven y esbelto como una señorita; en el río sólo había patos y gansos, y parecía imposible que en el pasado hubieran navegado barcas por su cauce. Hasta daba la impresión de que había menos gansos que entonces. Yákov cerró los ojos y por su imaginación pasaron, una tras otra, enormes bandadas de gansos blancos. No entendía que no hubiera ido a la orilla del río ni una sola vez en los últimos cuarenta o cincuenta años; y si lo había hecho, que no le hubiera prestado la menor atención, pues el río era bastante caudaloso, nada desdeñable. Podría haber pescado en sus aguas y vendido el pescado a los comerciantes, a los funcionarios, al cantinero de la estación, y luego ingresar el dinero en el banco; podría haber ido en barca de una hacienda a otra, tocando el violín, y gentes de toda condición le habrían dado dinero; podría haberse dedicado al transporte en gabarras; cualquiera de esas actividades era mejor que fabricar ataúdes; por último, podría haber criado gansos, matarlos y expedirlos a Moscú en invierno; sólo el plumón le habría reportado unos diez rublos al año. Pero había dejado pasar todas esas oportunidades y no había hecho nada. ¡Qué pérdidas! ¡Ah, qué pérdidas! Y si se hubiera dedicado a todas esas actividades a la vez, a la pesca, a la música, al transporte en gabarras, a la cría de gansos, ¡qué capital habría amasado! Pero nada de eso había sucedido, ni siquiera en sueños, la vida había pasado sin beneficio ni placer; se había perdido en vano, de una forma absurda. Delante de él ya no quedaba nada y al mirar hacia atrás, únicamente encontraba pérdidas, unas pérdidas tan terribles que hasta daban escalofríos. ¿Por qué el hombre no puede vivir de forma que no se produzcan esas pérdidas y esos daños? ¿Por qué habían sido talados los abedules y el pinar? ¿Por qué el prado comunal seguía sin aprovecharse? ¿Por qué las personas hacían siempre lo que no debían? ¿Por qué Yákov se había pasado toda la vida insultando, gritando, amenazando y ofendiendo a su esposa? ¿Por qué había asustado y agraviado poco antes a aquel judío? ¿Por qué, en general, la gente se hacía la vida imposible? ¡Y qué pérdidas resultaban de todo ello! ¡Unas pérdidas terribles! Si no hubiera odio ni maldad, los seres humanos obtendrían enormes beneficios unos de otros. Durante la tarde y la noche por su imaginación desfilaron el sauce, los peces, los gansos muertos, Marta, con su perfil de pájaro sediento, y el rostro pálido y lastimoso de Rothschild; unos hocicos extraños le rodeaban por todas partes y le hablaban de pérdidas. No paró de dar vueltas en la cama y unas cinco veces se incorporó para tocar el violín. Por la mañana se levantó a duras penas y se dirigió al hospital. Maksim Nikolaich le ordenó que se pusiera compresas frías en la cabeza y le dio unos polvos, pero por la expresión de su rostro y el tono de su voz Yákov comprendió que los polvos no le serían de ninguna ayuda. De camino a casa pensó que su muerte sólo reportaría beneficios: no tendría que comer, ni beber, ni pagar impuestos, ni ofender a la gente; y si se tenía en cuenta que las personas yacen en la tumba no sólo un año, sino siglos, milenios, el beneficio alcanzaba proporciones gigantescas. La vida sólo proporcionaba pérdidas; la muerte, beneficios. Esa consideración era justa, pero también triste y amarga. ¿Por qué rige el mundo un orden tan extraño que hace que la vida, que el hombre sólo recibe una vez, pase sin beneficio alguno? No le apenaba morir, pero cuando llegó a casa y vio el violín se le encogió el corazón y sintió un inmenso dolor. No se podía llevar el violín a la tumba, por lo que quedaría huérfano y pasaría con él lo mismo que con los abedules y el pinar. ¡Todo en este mundo desaparecía y seguiría desapareciendo! Yákov salió de la isba y se sentó en el umbral, apretando el violín contra su pecho. Al tiempo que pensaba en su vida fracasada y colmada de pérdidas, se puso a tocar, sin darse cuenta, una música conmovedora y lastimera, mientras las lágrimas rodaban por sus mejillas. Y cuanto más se abismaba en sus pensamientos, más triste sonaba el violín. El pestillo chirrió una vez, luego otra, y en la portezuela de la empalizada apareció Rothschild. Avanzó temeroso hasta la mitad del patio y cuando vio a Yákov se detuvo en seco, se encogió y, probablemente por miedo, empezó a hacer gestos como si quisiera indicar la hora con los dedos. —Acércate, no te haré nada —le dijo Yákov con afecto, haciéndole señas para que se aproximara. Sin dejar de mirarlo con pavor y desconfianza, Rothschild se fue acercando y se detuvo a un par de metros. —¡Por favor, no me pegue! —dijo, inclinándose—. Me envía de nuevo Moisei Ilich: «No tengas miedo —me ha dicho—. Vete a buscar de nuevo a Yákov y dile que lo necesitamos sin falta». El miércoles hay una boda… ¡Sí! El señor Shapoválov casa a su hija con un buen hombre. ¡Será una boda fastuosa! —añadió el judío, guiñando un ojo. —No puedo… —dijo Yákov, respirando con dificultad—. Estoy enfermo, amigo. Se puso a tocar de nuevo, y algunas lágrimas brotaron de sus ojos, cayendo sobre el violín. Rothschild, de pie a su lado, con los brazos cruzados sobre el pecho, escuchaba con atención. La expresión de miedo e incertidumbre de su rostro dejó paso a otra de pesar y desconsuelo; alzó los ojos como si sintiera un éxtasis arrebatador y exclamó: «¡Vajjj». Unas lágrimas rodaron lentamente por sus mejillas y salpicaron su levita verde. Yákov pasó el resto del día en la cama, angustiado. Cuando al atardecer el cura que vino a confesarle le preguntó si recordaba algún pecado en particular, él rebuscó en su debilitada memoria y volvió a recordar el desdichado rostro de Marta y el lastimero grito del judío cuando le mordió el perro, y dijo con voz apenas audible: —Entréguele mi violín a Rothschild. —Así se hará —respondió el cura. Ahora todo el mundo se pregunta en la ciudad de dónde ha sacado Rothschild un violín tan excelente. ¿Lo ha comprado, lo ha robado? ¿Acaso lo ha recibido en prenda? Hace tiempo que ha dejado la flauta y sólo toca el violín. De su arco fluyen unos sonidos tan tristes como antaño de su flauta, pero cuando intenta repetir la música que tocaba Yákov sentado en el umbral, resultan unos sones tan pesarosos y desconsolados que los oyentes empiezan a llorar y él mismo acaba poniendo los ojos en blanco y exclamando: «¡Vajjj!». Esa nueva canción ha gustado tanto en el pueblo que los comerciantes y los funcionarios no paran de invitar a Rothschild a sus casas y le hacen tocarla diez veces.


miércoles, 1 de mayo de 2019

Marcos Silber ( 1934 , Buenos Aires)






1911

Lo veo.
Desde la borda del poema lo veo.
Catorce años tiene él que va a ser mi padre.
Viene en “Arlanza”. No me ve.
No tiene rostro la tierra que lo espera.
Avanza la nave que muerde aguas de extraños idiomas.
No lee ni escribe el que va a ser mi padre.
Helado trae el dibujo de la letra.
Oigo el naufragio de sus vapores de adentro
y su silencio me da garrotazos por la cabeza.
Grandotas tinieblas le bailan alrededor.
Duele el frío sobre la cubierta.
El muchachito no me ve pero me dicta:
“congoja”, apunte la palabra “congoja”, hijo,
y apunte “susto”, y no deje de apuntar “soledad”.
Una palabra de lana vuela hasta su cuello,
otra de abrigo desciende sobre sus hombros.
No lee ni escribe el que va a ser mi padre.
Respira un verde aire de consuelo
cuando me sueña escribiendo
en su sueño de más felicidad.
Y se detiene el que será su forzado carro de labor
para dictarme: apunte, hijo,
la palabra “trabajo y “techo” y “cama” apunte
y también “sopa de pollo
con sus flotantes monedas de oro”.
Lo veo. No me ve.
Le oigo: “tome la mano, hijo,
guíela,
escribamos”.




viernes, 12 de abril de 2019

Balzarino, Ángel (Villa Trinidad, Santa Fe 1943 - Rafaela, 2018)





El ordenanza

Cuidadosamente abrió el pequeño paquete y dejó caer el polvo blanco dentro de la cafetera.  Luego revolvió con una cuchara el café hasta que desaparecieron los puntos blancos y el líquido quedó otra vez de un color oscuro, definido e intenso.  Como el de todos los días. No se darán cuenta hasta que sea demasiado tarde. Después, con una rapidez que relegaba el habitual desgano con que realizaba ese trabajo diariamente, desde hacía casi un año, sacó del armario seis tazas y seis platillos y los puso junto a la cafetera, en la bandeja.
Ya está.  Todo listo. Creyó disfrutar ya el placer que le brindaría la concreción de su plan.  Aparentemente todo estaba como de costumbre, y, sin embargo, hoy su tarea culminaría de una forma muy distinta a la de tantos otros  días;   hoy,  por fin, poseía el modo -que consideraba poderoso e infalible- de destruir la exasperante rutina y, sobre todo, de vengarse de esas seis personas que en el curso de muchos meses habían estado hostigándole con sus bromas, sus órdenes imperiosas, sus risas descaradas.
Pero ahora se liberaría definitivamente.  Hoy se rebelaría contra el pertinaz asedio de los demás —no solo de esas seis personas junto a las que trabajaba, sino también de todas las que conoció desde su niñez— a causa del defecto físico provocado por una profunda herida en su pierna izquierda al caerse sobre una lata y que lo obligó a caminar siempre con una torpe y cómica oscilación.  Tenía cinco años cuando ocurrió eso y desde entonces su nombre verdadero fue reemplazado por el del Rengo, apodo que los demás usaron en un tono despectivo, acentuando más aún la certeza de su incapacidad.  Y no pudo evitar ser llamado así; primero fueron sus compañeros del colegio y luego los que tuvo en los diversos lugares donde trabajó. Los otros habían encontrado a través de su renguera un medio para bromear y entretenerse y ello resultaba fácil porque él, como un cobarde o un sonámbulo, siempre lo aceptó todo: la ofensa y el sarcasmo, la burla y el desprecio. Vivió mecánica e insensiblemente, sólo invadido por un odio cada vez más profundo y exacerbado hacia quienes lo rodeaban y que lo impulsó a esperar, con una conformidad inaudita, el momento de vengarse. Únicamente eso quiso: vengarse.  Y ese deseo lo obsesionó durante días, meses, años... Pero como el  tan anhelado instante siempre era postergado por su indecisión o temor o falta de oportunidad, comenzó a creer que eternamente sería un objeto frío e inanimado para satisfacer el capricho de todos.
Ya desde que abandonó el colegio (a los nueve años, cuando murió su padre, y la precaria situación económica en que quedaron él y su madre, lo obligó a trabajar), pareció internarse en un laberinto sin salida. En el primer lugar donde trabajó se había repetido lo que sucedió en el colegio; su caminar dificultoso provocó burlas despiadadas y entonces, para liberarse, dejó esa ocupación y buscó otra; pero volvió a ocurrir lo mismo, y así, cambiando  incesantemente de trabajo —siendo cadete o repartidor de almacén o aprendiz de mecánico— se fue hundiendo cada vez más en una existencia sórdida y miserable.
Durante años vegetó sin alegría, ni sosiego, ni esperanza, realizando cualquier tarea, considerando a cualquier ser que se le acercaba corno un terrible y alevoso enemigo.  No me tratarán siempre como a un perro.  Haré algo para impedirlo. Pero el momento de plasmar su deseo parecía siempre inalcanzable.
Hasta hoy, porque al fin tenía el valor y la ocasión de la revancha, que descargaría sobre seis personas,  brutalmente. Ya no volverán a burlarse de mí. Apartando los recuerdos que lo mantuvieron un rato absorto e inmóvil, observó  su reloj: ya hacía cinco minutos que debía haber servido el café.
Lentamente levantó la bandeja.  Bueno, hoy será la última vez...  Inició la marcha con cierto embarazo.  El  peso de la bandeja lo obligaba a mantener un equilibrio que nunca tuvo; y esa mañana, más que otras, temió trastabillar —lo que era muy frecuente— y caerse, porque derramando el café quedaría frustrada, o postergada de nuevo, su venganza.  Debo tener mucho cuidado.  Aquí llevo una bomba.
Mientras caminaba pensó que realmente ningún empleo le había resultado más penoso y desagradable que el de ordenanza en esa empresa; y, como en otras partes, sólo obedecía a la actitud de los demás.  Allí creyó enfrentarse a los seres más perversos que había conocido, los que hallaron en él —como el juguete nuevo en poder de un chico— la fuente que los proveía de una diversión incesante, y todos los días la conseguían de modo distinto:  tirando papeles en el piso que él acababa de limpiar, o haciéndole realizar inútiles diligencias sólo para reírse de sus pasos irregulares, o lo que era peor y él más temía, causando su caída con una zancadilla cuando llevaba la bandeja con la cafetera y las tazas.
Quiso también abandonar ese trabajo, como había hecho con otros; pero se negó a continuar su fuga constante y disparatada.  Permaneció allí, dispuesto a concluir de una vez con la horrenda situación que sobrellevaba desde la niñez.
E inesperadamente supo cómo obtenerlo.
Fue el día anterior, cuando observó a su madre depositar veneno sobre las flores para resguardarlas de los insectos que había en el jardín.  Sí. Por fin sabrán todos de lo que soy capaz.  Por eso había sacado un poco del veneno que su madre guardaba en un aparador y esa mañana lo echó en el café.
Lentamente cruzó el corredor que desembocaba en una reducida sala, y allí se detuvo, frente a las tres puertas de las oficinas.  ¿Cuánto tardarán en morir?  Era la primera vez que se formulaba esa pregunta, y comprendió en seguida que no le interesaba el tiempo que tardaría en surtir efecto el veneno —minutos, horas o quizá días—, sino más bien que coronase totalmente su propósito.
Por un momento no supo en cuál de las tres oficinas entrar primero; pero, como queriendo seguir la rutina ya establecida, se decidió por la del gerente.  Sostuvo la bandeja en una mano y con la otra dio dos golpes en la puerta; y oyendo una voz familiar, la abrió.
 Quedó algo desconcertado.  Allí  no estaba solo el gerente, como todas las mañanas, cuando servía el café, sino también los empleados.  Todos: los seis.  Y apenas entró dejaron de hablar y clavaron los ojos en él, casi con una repentina curiosidad, igual que si lo vieran por primera vez; y esa fijeza inusitada hizo vacilar un poco la seguridad que tenía hasta entonces.
No obstante, se esforzó por mantenerse sereno, y observando atentamente los seis rostros, casi se asombró de no descubrir en ellos ningún gesto que revelase la habitual mordacidad, pues aparecían serios, graves, como si ocurriera algo muy importante.  Pero, ¿qué pasa?  Casi presintió el fracaso de su plan, porque el hecho de estar todos allí, reunidos a esa hora, confería un carácter desusado a la monotonía de las otras mañanas.
—Puede servir el café, Aurelio —le dijo el gerente, en un tono suave y amable que no era el de costumbre—.  Lo tomaremos aquí.
La voz lo sorprendió.  Entonces trató de realizar naturalmente lo poco que faltaba para concluir su obra. Tal vez morirán los seis al mismo tiempo.  Depositó la bandeja sobre el escritorio y luego, con cierto aturdimiento provocado por  el  silencio  y las miradas de ellos      —en ese momento atentas, fijas en él—, tomó la cafetera con mano temblorosa y sirvió el café.  No se darán cuenta. Casi rogó que fuese así, pues aún no se sentía absolutamente seguro y temió que algo —su nerviosidad, que sin duda era evidente, o el color del café, un poco más claro que otras veces—  develara lo que sucedía.
Pero, en seguida, ellos tomaron las tazas y, a rápidos sorbos, bebieron el café.  Y mientras lo hacían, él deslizó la mirada por sus rostros, ya tranquilo, con un placer morboso y desconocido. Ya está.  Ahora dormirán para siempre.  Y tuvo el súbito impulso de gritarles su odio, de expresarles abiertamente que había conseguido aplacar un poco la carga de angustia y sufrimiento, porque ellos —solo ellos seis de los tantos seres que desplegaron un tenaz asalto sobre él— acababan de convertirse en los destinatarios de la venganza que había estado gestando y esperando a lo largo de muchos años, y hacerles comprender, finalmente, que por primera vez era más fuerte y poderoso que todos.
Pero no expresó de ninguna manera lo que experimentaba, Sólo le pareció que sus labios pretendían esbozar una sonrisa, instintivamente, al imaginar que esos semblantes, ahora serenos y despejados, muy pronto, a causa del veneno, se tornarían lívidos, congestionados, duros, fríos. Como las hormigas. Recordó las diminutas figuras negras e inertes que cubrían el jardín luego que su madre rociaba las plantas con veneno.  Aunque él no podría contemplar esas caras descompuestas por el dolor y la agonía.
Despaciosamente se dio vuelta y caminó unos pasos, pero antes de llegar a la puerta, la voz del gerente lo detuvo:
—No se vaya, Aurelio.
Quedó paralizado, como si un golpe brutal aplastara su cuerpo. ¿Qué pasaba ahora? ¿Acaso había sido descubierto? Un sudor frío lo estremeció y sintió las piernas débiles.  Estoy perdido.  De pronto creyó que esas seis personas se convertirían en indignados acusadores.  Pero cuando su mirada aterrorizada abarcó sus rostros y los vio sonrientes, amistosos, cordiales, todo su miedo se transformó sólo en sorpresa, que se acentuó más aún al oír la voz del gerente diciéndole, como en un sueño absurdo e increíble:
—Hoy hace un año que usted trabaja aquí.  Por eso, para premiar su eficacia y dedicación, todos nosotros queremos hacerle un obsequio —y tomando  un  pequeño paquete que había sobre el escritorio, se lo alcanzó—.  Sírvase.  Esperamos que sea de su agrado.