viernes, 3 de marzo de 2017

Walter Cassara (Buenos Aires 1971)








Se dice que el cuerpo humano puede contener hasta un setenta por ciento de agua. La memoria también está hecha de agua, y en los sueños uno está drenando constantemente las grandes cuencas pantanosas de la nostalgia. La nostalgia y la risa tienen casi siempre el mismo sonido. En buena medida, creo que soñar no es más que eso, una actividad de drenaje. No somos más que voces murmurando bajo el agua, no somos más que un incierto paisaje onírico-fluvial que se ha sedimentado a partir de algunas conversaciones que se evaporaron en el recuerdo, tomando un giro y un talante imprevistos. Pero, ¿acaso escribir no es eso, volver una y otra vez sobre el hilo perdido de la conversación, drenar con algún verbo inteligible nuestras charcas y malezas mentales?
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Flashback: zapatillas Pony. Me acuerdo que a los doce años lloré estúpidamente una semana entera porque mis padres no tenían para comprarme un par de esas zapatillas que, con su discreta tirita en forma de V, eran en aquella época el summum de la originalidad y la distinción. Al final, con mucho esfuerzo y extorsiones de todo tipo, conseguí que me las compraran. Menos de un mes me duraron, las reventé una tarde jugando a la pelota en el baldío de la esquina. Recuerdoque mi madre me dijo, con un énfasis categórico que todavía hoy me hace temblar: «no sabés cuidar nada». ¿Será cierto eso, que no puedo cuidar de nada ni de nadie, ni siquiera de mí? Ahora mismo estoy aquí, muy lejos de mi país, en un lugar del mundo que desconozco y que me desconoce, he quemado, como quien dice, todas las naves, y no me importa. ¿De qué o de quién debería cuidarme? Por primera vez en mucho tiempo me siento libre y ligero. Salvo las magulladuras y contusiones, los golpes habituales en el ringside de un neurótico, no tengo grandes lesiones incurables. «Y nada temí más que mis cuidados» ¿no decía esto Góngora? Así sea.

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Aunque muchas veces discurran por los cauces más trillados, las buenas conversaciones son totalmente aleatorias; son poemas abiertos, nadie saben dónde empiezan y dónde terminan, ni mucho menos qué consecuencias pueden tener en la vida. Cuando hablamos con alguien, cuando realmente damos con un interlocutor auténtico –algo que no ocurre con frecuencia- es como si echáramos raíces en el cielo, como si volviéramos a casa luego de un largo viaje por el desierto, como si dejáramos por fin de sentirnos huérfanos. Una buena cena y una buena conversación, ¿a qué más podemos aspirar en esta vida? Es la dimensión mítica del lenguaje, que la escritura a veces alcanza por medio de la poesía.

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Yo no soy, lo que se dice, un buen conversador, pero me fascina escuchar a la gente, me fascina no tanto por lo que dice o puede llegar a decir, sino por el modo en que habla, la voz, la escena, la gestualidad, la música… Para mí es lo mismo que escuchar una pieza de Bach. Y no creo que sea una comparación arbitraria, ya que Bach llevó la polifonía a sus máximas posibilidades, y si uno escucha en detalle, en el fondo, toda conversación tiene algo de estructura polifónica; tiene sus contrapuntos y sus fugas, y hasta sus disonancias.
En realidad, no hay muchos temas de conversación. Stevenson decía que solo hay tres: «lo que soy yo, lo que eres tú y lo que las demás personas creen oscuramente ser». Me parece que en ese triángulo equilátero cabe todo. Ahora, con la escritura pasa algo raro: en general, por lo que yo he podido ver, la gente se siente mucho más desnuda frente a la palabra escrita que frente a la oralidad -cuando debería ser exactamente al revés-. Es tan fácil disfrazarse o representar un personaje por medio de la escritura, es cuestión de manejar más o menos una sintaxis y de tener un poco de imaginación. En cambio, en la oralidad se está completamente a la intemperie, y es allí donde más fuerte sentimos la imposición de los férreos límites y las normativas de la lengua. Sin embargo, por alguna razón, la gente se siente mucho más cohibida a la hora de enfrentarse con una página en blanco. Quizás se deba a que la escritura es un espejo algo monstruoso, en el que da miedo reflejarse. Uno deja de ser Narciso para convertirse en Calibán; deja de ser «hobbit» para convertirse en «orco», para ponerlo en los términos de Tolkien. (Pobre Tolkien, si se levantara de su sarcófago medieval y viera la gigantesca hamburguesa en que se ha convertido su idílico imaginarium).
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Las personas que dicen no creer en nada, son las más supersticiosas de todas. Vivimos en una época extremadamente escéptica, pero también extremamente ingenua. El colmo de las supersticiones son las estadísticas: pensar que un conjunto de datos es más cierto o relevante que una tirada de tarot, me parece asombroso. Yo no me considero un hombre espontáneamente supersticioso, pero sí soy un gran coleccionista de supersticiones, propias y ajenas; las cultivo, cuido de ellas como si se tratara de flores o de sellos postales. Pienso que el día que obtenga la última y más difícil pieza de mi colección, podré finalmente liberarme de todos mis yugos, reales e imaginarios.

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El ingenio, que tiene efectos tan favorables sobre la inteligencia, sin embargo, es una enfermedad mortal para la poesía.


 


 Del libro Conversaciones en la interperie .Editorial Pre Textos .2016