sábado, 29 de marzo de 2014

Mark Strand (Prince Edward Island, Canadá, 1934 , Brooklyn . Eeuu, 2014)



Hace algunos meses, mi hijo de cuatro años me dio un sobresalto. Se había agachado y estaba limpiándome los zapatos cuando alzó los ojos y dijo: “Mis traducciones de Palazzeschi no van por buen camino.”

Retiré el pie de inmediato: “¿Tus traducciones? No sabía que pudieras traducir.”

“No me has prestado mucha atención últimamente”, respondió. “He tenido grandes dificultades a la hora de decidir cómo quiero que suenen mis traducciones. Cuanto más atentamente las miro, menos seguro estoy de cómo han de ser leídas o comprendidas. Y, dado que soy un poeta incipiente, cuanto más se parezcan a mis propios poemas, menos probable es que tengan alguna calidad. Trabajo sin cesar, haciendo infinidad de cambios, con la esperanza de llegar por algún milagro a la versión adecuada en un inglés que no soy capaz de imaginar. Ha sido duro, papá.”

La visión de mi hijo bregando con Palazzeschi hizo que me saltaran las lágrimas. “Hijo mío”, dije, “deberías traducir a un poeta joven, alguien de tu edad, que no haya escrito buenos poemas. De este modo, si tus traducciones son malas, no tendrá importancia.”


II

La maestra de mi hijo en la guardería vino a verme. “No sé alemán”, dijo, mientras se desabrochaba la blusa y el sujetador y los dejaba caer al suelo. “Pero siento la necesidad de traducir a Rilke. Ninguna de las traducciones que he leído me parece muy buena. Si las combinara todas, estoy segura de que podría conseguir algo mejor.” Se bajó la falda. “He leído que Rilke es una especie de Gerald Manley Hopkins en alemán, así que tendré El naufragio del Deutschland a mano. Algo me tiene que influir, a la fuerza. No sé bien qué poemas traduciré, pero me inclino por las Elegías de Duino, pues se parecen más a mis propios poemas. Por supuesto, asistiré a clases de alemán mientras trabaje.” Se quitó las medias. “Bien”, preguntó, “¿qué te parece?”

“Eres una de esas personas”, dije, “que piensa que la traducción es una lectura, no del texto original, sino de todas las demás traducciones que están a su alcance. ¿Por qué gastar dinero en clases de alemán si tu traducción se nutre en realidad de traducciones ya publicadas?” Luego, mientras extendía la mano para espantar una mosca de su cabello, proseguí: “Tu estrategia es la del editor: corriges la traducción de otro hasta que suena como tú quieres, sorteando la etapa más importante en la conversión de un poema en otro: el estadio inicial que cifra la originalidad de tu lectura y que consiste en encontrar equivalentes aproximados. Incluso si trabajas con alguien que sepa alemán, no serás más que el editor de esa persona, pues será ella quien dé el primer paso, y, por mucho que racionalice su elección, la habrá hecho de forma intuitiva o automática.”

“¿Me estás diciendo que no debería traducir?”, dijo ella.


III

“¿Qué sucede?”, le dije al marido de la maestra de la guardería.

“He decidido no dedicarme a la traducción a fin de salvar mi matrimonio”, dijo. “Había pensado en traducir los poemas de Jorge de Lima, pero no sabía cómo.” Se secó la humedad del labio superior con un pañuelo de papel arrugado. “Pensé que tal vez una traducción debía sonar como una traducción, de modo que el lector supiera que aquello que estaba leyendo tenía una vida anterior en otra lengua y no había sido concebido en inglés. Pero no era capaz de escribir en un estilo que hiciera pensar al lector que lo que estaba leyendo era mejor cuando aún no había pasado por mis manos. Dignificar el poema a costa de la traducción me parece un procedimiento tan perverso como borrar el original con una traducción. No sólo eso”, dijo, mientras secaba mi labio superior con el pañuelo, y me acariciaba la mejilla con el dorso de su mano, “sino que si el idioma poético dominante de una época determina cómo ha de traducirse un poema (y en general es así), también ha determinar qué poemas deberían ser traducidos. Es decir, en un periodo dominado por un estilo coloquial y de bajos vuelos, las formulaciones barrocas y exhibicionistas no están bien vistas. Así pues, ¿qué debería hacer un traductor? ¿Debería adoptar un estilo antiguo? ¿O ello resultaría en una parodia de la vitalidad, candor y naturalidad del original? Aunque Jorge de Lima es un poeta del siglo veinte, su variedad de modernismo está pasada de moda y no encaja bien con la poesía que se escribe hoy en día. Hasta donde se me alcanza, con sus poemas no se puede hacer nada.” Y acto seguido echó a andar por la calle hasta esfumarse.


IV

Para huir de este parloteo incesante sobre traducción, me fui a acampar solo en el sur de Utah. Estaba a punto de encender la hoguera cuando un hombre desnudo de cintura para arriba salió de la tienda vecina, se incorporó, y comenzó a cortarse las uñas. “Usted no sabe quién soy”, dijo, “pero yo sí sé quién es usted.”

“¿Quién es usted?”, pregunté.

“Me llamo Bob”, dijo. “He pasado los veinte primeros años de mi vida en Pôrto Velho y creo que Manuel Bandeira es el gran poeta desconocido del siglo veinte. Desconocido, claro está, en el mundo de habla inglesa. Quiero traducirle.” Luego entrecerró los ojos. “Enseño portugués en la Universidad del Sur de Utah; el portugués es una lengua muy necesaria ya que pocas personas saben que existe. Esto no le va a gustar, pero la poesía norteamericana contemporánea no me interesa y no veo por qué esta circunstancia debería impedirme traducir poemas. Siempre puedo conseguir que uno de los poetas locales le eche un vistazo a lo que he hecho. Para mí, lo que importa es el significado.”

Aturdido por sus cejas perfiladas y su fino bigote, le respondí en un tono algo injusto: “Ustedes, los profesores de lengua, son todos iguales. Poseen un conocimiento de la lengua original y tal vez cierto conocimiento del inglés, pero eso es todo. Lo más probable es que sus traducciones sean versiones literales sin resonancia ni personalidad poéticas. Ustedes son los primeros en declarar la imposibilidad de traducir, pero menosprecian cualquier intento de reducir esa dificultad.” Y acto seguido guardé mis cosas, deshice la tienda y regresé a Salt Lake City.


V

Estaba en la bañera cuando Jorge Luis Borges tropezó con la puerta. “Tenga cuidado, Borges”, grité. “El suelo es resbaladizo y usted está ciego.” Luego, mientras me enjabonaba el pecho, le dije: “Borges, ¿alguna vez se ha parado a pensar en lo que hay de implícito en una afirmación como ‘Traduzco a Apollinaire al inglés’ o ‘Traduzco a De la Mare al francés’? ¿Es decir, que tomamos la obra fuertemente idiosincrásica de un individuo y la vertemos a una lengua que pertenece a todos y a nadie, un sistema de significados lo bastante general como para permitir no sólo malentendidos sino que se ponga en duda la posibilidad misma de permitir algo más?”

“Sí”, me dijo, con aire resignado.

“¿Entonces no piensa”, le dije, “que es mejor dejar la traducción de poesía a aquellos poetas que sean dueños de un inglés que ellos mismos se han forjado, y que los profesores de lengua, que se sienten responsables de la lengua no en sus alteraciones sino en su totalidad monolítica, son los peores traductores? ¿No sería mejor concebir la traducción como una transacción entre idiomas individuales, entre, digamos, el italiano de D’Annunzio y el inglés de Auden? Si lo hiciéramos, podríamos acabar con esas discusiones irrelevantes sobre quién ha hecho una traducción correcta y quién no.”

“Sí”, dijo. Parecía entusiasmarse.

“Digamos, pues”, le dije, “que si la traducción es una suerte de lectura, la asunción o transformación de un idioma personal en otro, ¿no sería posible entonces traducir una obra escrita en la propia lengua de uno? ¿No sería posible traducir a Wordsworth o Shelley a Strand?”

“Descubrirá usted”, dijo Borges, “que Wordsworth se niega a ser traducido. Es usted quien debe ser traducido, quien debe convertirse, por mucho tiempo que le lleve, en el autor de El Preludio. Esto fue lo que le sucedió a Pierre Menard cuando tradujo a Cervantes. Él no quería componer otro Quijote (lo que sería fácil), sino el Quijote. Su admirable ambición era producir páginas que coincidieran –palabra por palabra y línea por línea– con las de Miguel de Cervantes. El método inicial que concibió era relativamente sencillo: aprender bien el español, abrazar de nuevo la fe católica, guerrear con los moros y los turcos, olvidar la historia europea entre 1602 y 1918, y ser Miguel de Cervantes. Componer el Quijote a comienzos del siglo diecisiete era una empresa razonable y necesaria, tal vez inevitable; a comienzos del veinte era casi imposible.”

“No casi”, le dije, “sino totalmente imposible, pues a fin de traducir uno debe dejar de ser.” Cerré los ojos un segundo y me di cuenta de que, si dejaba de ser, nunca podría saberlo. “Borges...” Estaba a punto de decirle que la fuerza de un estilo debía medirse por su resistencia a ser traducido. “Borges...” Pero cuando abrí los ojos, él y el texto al que había sido llamado llegaron a su término.

domingo, 16 de febrero de 2014

Johannes Bobrowski (1917, Tilsit – 1965, Berlin)



Lenguaje



Árbol
más grande que la noche
con el aliento de los lagos del valle
con ese murmurar sobre
el silencio


Piedras
bajo los pies
venas luminosas
largamente en el polvo
y para siempre


Lengua
agotada
por los labios cansados
en el camino sin fin
a la casa del vecino.

De Signos Meteorológicos

Traducción: Alina Kuzborska y Gabriel Beltran



Sprache


Der Baum
größer als die Nacht
mit dem Atem der Talseen
mit dem Geflüster über
der Stille


Die Steine
unter dem Fuß
die leuchtenden Adern
lange im Staub
für ewig



Sprache
abgehetzt
mit dem müdem Mund
auf dem endlosen Weg
zum Hause des Nachbarn

sábado, 11 de enero de 2014

Joseph Brodsky ( San Petersburgo 1940, New York 1996)






Marca de agua

Recuerdo un día: el día en que tuve que partir, al cabo de un mes
de soledad aquí. Acababa de almorzar en una pequeña
trattoria de la parte más remota de las Fondamente Nuove,
pescado asado y media botella de vino. Con ello dentro, me dirigí
al sitio en que me alojaba, para hacerme con mis maletas y coger
un vaporetto. Anduve medio kilómetro a lo largo de las
Fondamente Nuove, un punto en movimiento en aquella
gigantesca acuarela, y giré a la derecha hacia el hospital de
Giovanni e Paolo. El día era cálido, soleado, el cielo azul, todo
maravilloso.Y, dando la espalda a las Fondamente y a San
Michele, sin apartarme del muro del hospital, casi rozándolo con
el hombro izquierdo y entornando los ojos por el sol, sentí de
pronto: soy un gato. Un gato que acaba de comer pescado. De
haberme hablado alguien en aquel momento, hubiese maullado.
Era absoluta, bestialmente feliz. Doce horas más tarde,
por supuesto, tras aterrizar en Nueva York, me metí en el peor lío
posible de toda mi vida -o lo que parecía tal en aquel tiempo-.
Pero el gato seguía en mi interior; de no haber sido
por ese gato, ahora estaría subiéndome por las paredes de
alguna clínica costosa.
                                    
                                                Marca de agua




Trasatlántico


Los últimos veinte años fueron buenos casi para todos
salvo para los muertos. Aunque quizá también para ellos.
Quizás el mismo Todopoderoso se haya aburguesado un poco
y use tarjeta de crédito. De lo contrario, qué disparate
sería el paso del tiempo. Así, los recuerdos, las remembranzas,
los valores, las deportaciones. Espero no haber agotado por completo
a mi padre, a mi madre o a mis pocos amigos,
dado que ya no frecuentan mis sueños. Al envejecer,
a diferencia de lo que pasa en las ciudades, en mis sueños
cada vez hay menos gente. Por eso, el descanso eterno
cancela el análisis. Los últimos veinte años fueron buenos
casi para todos y se transformaron
en el más allá de los muertos. Podrá cuestionarse su calidad,
pero nunca su duración. A los muertos, supongo, no les importa
dormir a la intemperie ni quedarse mirando
el regreso de grandes submarinos a su redil originario
después de un paseo por el mundo
sin haber erradicado la vida del planeta,
y sin una bandera digna de ser izada.

1992




Transatlantic

The last twenty years were good for practically everybody
save the dead. But maybe for them as well.
Maybe the Almighty Himself has turned a bit bourgeois
and uses a credit card. For otherwise time's passage
makes no sense. Hence memories, recollections,
values, deportment. One hopes one hasn't
spent one's mother or father or both, or a handful of friends entirely
as they cease to hound one's dreams. One's dreams,
unlike the city, become less populous
the older one gets. That's why the eternal rest
cancels analysis. The last twenty years were good
for practically everybody and constituted
the afterlife for the dead. Its quality could be questioned
but not its duration. The dead, one assumes, would not
mind attaining a homeless status, and sleep in archways
or watch pregnant submarines returning
to their native pen after a worldwide journey
without destroying life on earth, without
even a proper flag to hoist.

1992


En una conferencia

Como los errores son inevitables, alguien podría creer
que soy un hombre al frente de esta sala
llena de todos ustedes. Pero en una hora, digamos,
eso se habrá corregido, por mi gracia y por la de ustedes,
y el lugar quedará de nuevo en poder de las partículas elementales,
libres de la rigidez de una forma humana concreta
o de alguna otra clase de concurrencia.
Algunas partículas todavía son libres. No todo es polvo.

Así las cosas, mi falta de predisposición para reconocer
que soy yo quien está ahora aquí frente a ustedes, o exactamente
lo contrario, tiene menos que ver con mi modestia o solipsismo
que con mi respeto por el futuro inmediato de la sala,
por esas partículas que flotan libres como antes dijera,
posándose sobre la superficie lustrosa de mi cerebro.
Inaccesibles al trapo húmedo y ansioso por limpiarlas.

Lo más interesante del vacío
es que se encuentra precedido por lo lleno.
Los primeros que así lo entendieron fueron, creo,
los dioses griegos, cuyo fuerte era justamente su ausencia.
Piensen, entonces, que ensayamos para un bis eterno
y que mi actuación se ofrece, claro está, pour la gallerie.
Todos nuestros actos muestran vanidad. Pero estoy apurado.

Una vez conocido el futuro, es posible adelantarlo.
Así lo hacen las esculturas y los muebles de mi casa.
El anonimato no es una virtud sino una necesidad
que se reconoce sobre todo cuando cae la noche.
Si bien es cierto que, desde el punto de vista numérico,
es más fácil no ser yo que no ser ustedes. Como le confesó
el cisne al lago: no me gusto. Bienvenidos a mi reflejo.

1994


At a lecture


Since mistakes are inevitable, I can easily be taken
for a man standing before you in this room filled
with yourselves. Yet in about an hour
this will be corrected, at your and at my expense,
and the place will be reclaimed by elemental particles
free from the rigidity of a particular human shape
or type of assembly. Some particles are still free. It's not all dust.

So my unwillingness to admit it's I
facing you now, or the other way around,
has less to do with my modesty or solipsism
than with my respect for the premises' instant future,
for those afore-mentioned free-floating particles
settling upon the shining surface
of my brain. Inaccessible to a wet cloth eager to wipe them off.

The most interesting thing about emptiness
is that it is preceded by fullness.
The first to understand this were, I believe, the Greek
gods, whose forte indeed was absence.
Regard, then, yourselves as rehearsing perhaps for the divine encore,
with me playing obviously to the gallery.
We all act out of vanity. But I am in a hurry.

Once you know the future, you can make it come
earlier. The way it's done by statues or by one's furniture.
Self-effacement is not a virtue
but a necessity, recognized most often
toward evening. Though numerically it is easier
not to be me than not to be you. As the swan confessed
to the lake: I don't like myself. But you are welcome to my reflection.

1994

En el basurero de la ciudad de Nantucket

a Stephen White

Lo perecedero se consume en lo perecedero, a plena luz
de un día que, a su vez, agoniza en un noviembre casi terminal:
removiendo la basura, las gaviotas intentan superar
en número a la nieve, o al menos demorarla un poco.

El bárbaro alfabeto primordial, saqueando con ferocidad,
por todas partes, la barrera de oxígeno, es un prefacio
a la anarquía de los desperdicios:
en el principio, fue el graznido.

En sus tartamudas doblevés se puede leer
no tanto el hambre sino las garras de la lujuria,
en forma de afiladas comas que señalan lo imperecedero,
o quizás el vuelo de la página arrancada de un grueso volumen,

mientras un anemómetro rabioso hace girar sus tazas
estúpidamente, como en una desquiciada ceremonia de té,
y el Atlántico soporta con pena, en su atlético oleaje,
los pronósticos de oscuridad.


At the City Dump in Nantucket

To Stephen White

The perishable devours the perishable in broad daylight,
moribund in its turn in late November:
the seagulls, trashing the dump, are trying to outnumber
the snow, or have it least delayed.

The reckless primordial alphabet, savaging every which
way the oxygen wall, constitutes a preface
to the anarchy of the refuse:
in the beginning there was a screech.

In their stammering Ws one reads not hunger but
the prurience of comma-sharp talons toward
what outlasts them, or else a torn-out
page’s flight from the volume's fat,

while some mad anemometer giddily spins its cup
like a haywire tea ceremony, and the Atlantic
is breasting grimly with its athletic
swells the darkening overcast.

Poemas traducidos por Daniela Camozzi y Walter Cassara,
"Cancion de cuna y otros poemas"de editorial Huesos de Jibia, Buenos Aires, 2009

lunes, 16 de diciembre de 2013

Alejandro Zambra Infantas (Santiago de Chile , 1975)


Contra los poetas

A los veinte años ya acumulan experiencias importantes: han publicado poemas en revistas y antologías, han participado en talleres, han escrito artículos para anuarios escolares y quizá han concedido una o dos precoces entrevistas. Ya tienen listos sus primeros libros, que están a punto de aparecer en editoriales emergentes. Son libros muy malos, pero por ahora eso no importa. Sus poemas son largos y sentenciosos, abusan de los gerundios, de los signos de exclamación y de los puntos suspensivos. Leen a Vicente Huidobro, a Delmira Agustini y a Oliverio Girondo, pero sobre todo se leen los unos a los otros, en interminables sesiones sólo a veces amistosas.

A los veinticinco años ya han renegado de esos primeros poemas, que consideran lejanos pecados de juventud. Esperan encontrar pronto la madurez como poetas, que a ellos les importa mucho más que la madurez como personas. El segundo libro cumple con creces el objetivo: no es bueno, pero indudablemente es mejor que el primero. Dicen estar todavía buscando una voz propia y mientras tanto planean antologías que incluyen a todo el grupo, pero nadie quiere escribir el prólogo, pues nadie desea correr el riesgo de convertirse en crítico literario.

A los treinta años ya han sufrido varios desengaños. Han sido incluidos en antologías nacionales y latinoamericanas, pero han sido excluidos de otras tantas publicaciones y les cuesta muchísimo aceptarlo. Por momentos escriben solamente para demostrar cuán arbitrarias han sido esas exclusiones. Han publicado, a esta altura, tres libros de poesía. Han fundado dos editoriales y cuatro revistas literarias. En sus reseñas biográficas se afirma que han participado en más de trece –en catorce– encuentros de poetas y que sus libros han sido parcialmente traducidos al italiano. En realidad les han traducido solamente un poema, pero da lo mismo: los han traducido, eso ya es mérito suficiente.

Recién a los treinta y cinco años comienzan a incomodarse cuando los presentan como poetas jóvenes. Ahora dictan talleres en los que aconsejan a sus alumnos que eviten los gerundios, que cuiden los adjetivos, que declaren la guerra a los puntos suspensivos y a los signos de exclamación. Les inculcan la suprema libertad creadora, pero les prohíben una lista bastante larga de palabras: vacío, angustia, desolación, desesperación, crepúsculo, ocaso, alma, espíritu, corazón, vagina. Les hablan de melopoeia, de fanopoeia y de logopoeia, pero se enredan un poco en la explicación. Se enamoran de poetas de dieciséis años y las comparan con Alejandra Pizarnik, pero nunca han visto una foto de Alejandra Pizarnik.

A los cuarenta años a nadie se le ocurre presentarlos como poetas jóvenes, pues sus caras y sus barrigas han cambiado de forma tal vez irreversible. Los poetas experimentan con mayor sufrimiento que el común de la gente la llamada crisis de los cuarenta. No decidieron ser poetas para tener cuarenta años. De ahora en adelante todo será decadencia. Se han vuelto inofensivos. Es más fácil incluirlos, pedirles prólogos, invitarlos a los recitales y aplaudirlos sin énfasis, respetuosamente. Son, en otras palabras, verdaderos fracasados.

Para que el fracaso se cumpla es necesario que reciban, de vez en cuando, señales equívocas. A los cincuenta, a los sesenta, a los setenta años los poetas ganarán dos o tres premios menores; tímidos estudiantes de pregrado y quizás alguna bella doctora norteamericana analizarán sus libros, que tal vez serán traducidos al francés, al alemán, al griego o al menos al argentino. Por lo demás, siempre habrá alguna editorial emergente interesada en rescatarlos del olvido.

Da lástima verlos junto al teléfono, esperando la noticia de un premio, de una pensión del gobierno, de un homenaje, de un viajecito al sur, lo que sea. Parecen niños asustados, y en el fondo eso son: niños asustados, adolescentes ya muy viejos para suicidarse. A veces algún reportero compasivo les pregunta para qué sirve la poesía en este mundo deshumanizado y consumista. Ellos suspiran y responden lo que han respondido siempre: que sólo la poesía salvará al mundo, que hay que buscar, en medio de la confusión, palabras verdaderas y aferrarse a ellas. Lo dicen sin fe, rutinariamente, pero tienen toda la razón.


Publicado en Etiqueta Negra, número 65.

lunes, 18 de noviembre de 2013

Carlos A. Basch (1948 ,Capital Federal )







Son varios hombres sentados

a  una mesa al aire libre en sepia,
muy años treinta en vestimenta.
Se ven restos de asado, vino, algún sifón,
la conversación luce animada, con sonrisas
que miran a la cámara.
Un solo comensal parece cohibido,
como aislado del resto ; o acaso se concentra
en el trozo que hay sobre su plato.
Falta diez años (cuando menos)
para que sea mi padre
y  algo en él ya me resulta opaco

Sueño con un caballo muerto

                                                                       a Gerardo Pasqualini,
                                               que tiraba del yugo de los sueños.

Sueño con un caballo muerto,
desparramado entre el paisaje
árido, bajo un sol de acuarela
en medio del camino
a ningún lado.
En vano intento despejar derivas,
abrir rumbos posibles a mi sueño.
Descocado en la muerte
ya no tira el caballo de su yugo
para trazar un surco en lo soñado.
El caballo está muerto.
En adelante el sueño se abrirá camino por sí solo.

Construyo un avión

En escala. Ensamblo piezas
y  pego calcomanías
con insignias de combate.
Después juego a ser piloto
del cazabombardero.
Tarde o temprano deberé eyectarme.


Poemas de “ Álbum familiar” Huesos de Jibia 2018




Perfume

Caminando a tientas el desierto
dí con una mujer. La llevo
desde entonces al alcance de mi cuerpo.
Con ella de mi lado me adentro
en el misterio sin perderme,
los ojos bien abiertos al silencio
salgo fuera mí
llego al espacio exterior sin escafandra
me aposento en su piel
que atesora el perfume de mi nombre secreto



Valkiria en astrakán

 
En tapado de Astrakán flameando al viento
te recuerdo con sólo el camisón debajo
a duras penas recubiertas  las carnes
 de semítica valkiria erosionada
en sucesivos oleajes migratorios, mi abuela
madre primordial, heroica y terrorífica.
Puedo escuchar tu voz de latigazo seco, tironeado
en la dura aspereza de las lenguas
que nunca terminaron de alojarte


A mis trece años el tío Ernesto

fue el primer muerto que vi.
Sus manos consumidas apuntando
 al no lugar que lo esperaba,
el punzante alambrado de la barba,
el cancelado rictus, la máscara final.
Como suele acontecer con el amor
tras la primera vez también la muerte
persiste en nosotros, de algún modo
viva

Dejé de ser un niño

Por la puerta entreabierta
procuro escuchar desde la cama
la respiración dormida de mi padre.
Atento al menor cambio en su resuello
me mantengo en vigilia de algún modo
aún durante el sueño, a la distancia
intento controlar
que el mundo no se desmorone.
Alcanzo a vislumbrar el curso
inexorable de las cosas.
Ya nada será igual



Desarreglo


Ya no escuchamos más, salvo en los sueños
las voces de los dioses que partieron
dejándonos vacíos en ciudades crepusculares
transpiradas de aires tan malsanos
que nos hacen contener el aliento.
La vida desde entonces se tornó penosa,
los refranes perdieron su sentido, a nadie le interesa
el rumor del océano, las cosas llevan nombres apenas
provisorios, todo se  desarregla.
Hasta la luz de las estrellas nos llega con atraso.

  Paisaje abierto

Estás de vacaciones, inmerso en esos días
tan salidos de cauce que no es fácil
 saber a ciencia cierta si es ulular del viento
o grito de los pájaros  lo que  se oye de fondo.
Por un paisaje abierto en el follaje
ves circular mujeres y amigos de otros tiempos
que saludan y siguen su camino.
Viene después tu hermano, hace años fallecido,
que dice estar también de vacaciones
y se sienta a tu lado.
Te preguntás cuando enciende su pipa
si acaso sabe que está muerto.
(Me pregunto si al cabo eso importa
gran cosa.
El humo de mi pipa forma inciertas figuras,
qué fuerte pega el sol de tarde este verano)


 Del libro Almanaque publicado por la editorial Huesos de Jibia (2016)





Los ojos de mi madre


Hundidos en el fondo de su rostro
con piel de Blancanieves
intocados por los años
de larga vida y breve muerte
con un destello de paloma en vuelo
nunca supe cuándo me dejaron
de mirar

Llueve

despacio sobre el mar indolente
que asimila lluvias y nostalgias
sin dejar rastros alguno su rumor de fondo
envuelve cada gota desde antes del principio.
Llueve y destiñe el horizonte nombres
que se quedan vacíos de mujer.
Sólo cuando despeje será el tiempo
de inventar una nueva religión

Acoso

de los muertos conservamos palabras
que apenas comprendemos.
Ellos nos las dejaron al partir
y nos acosan, persistentes
como murmullos de niños temerosos
que se quedaron solos en lo oscuro


La espesura

Se pone espeso el aire cuando vamos
de pesca con mi padre.
En discurrir pausado de mareas
arrojamos las líneas con desgano, mirada
a lontananza, arenosa la boca, papilla
de palabras a medio decir.
Tarde o temprano el solo parece detenerse
y temo que persista para siempre
inmóvil

Del libro Hombre Grande publicado por la editorial Huesos de Jibia (2013)