viernes, 13 de mayo de 2016

Andrés Bohoslavsky (Cipolletti 1960)








Los ojos de sasha
o el fin de un sueño rojo

La muerte de mi madre en un hospital para enfermos mentales
provocó diferentes reacciones entre los miembros de mi familia
-una familia que zozobraba como los restos de un naufragio
que de a poco desaparecen sin importarle a nadie.
Fue internada por sus hermanos, diagnosticada con un cuadro de esquizofrenia
que según ellos no tenía otra forma de ser tratada
con urgencia, violencia y un grado de crueldad que prefiero olvidar.

Devota del sueño bolchevique, jamás pudo entender los cambios del mundo
ni una sociedad que corría tras la felicidad y salvación individual.
Finalmente se alejó de los suyos y del resto, terminó aislada por propios y extraños
que la rechazaban tanto a ella como a su forma de pensar.
En mi corazón, sentí que su muerte simbolizaba una especie de asesinato
donde todos tenían una cuota parte de responsabilidad y conformaba

uno de esos crímenes silenciosos que todos preferimos ignorar y cuyo formato
nos incrimina, lo que constituye un buen motivo para mirar hacia otro lado.

Buscando protegerme del dolor y de su ausencia, decidí refugiarme
en la casa de uno de los pocos amigos que me quedaban, Vladimir.
Un tipo silencioso y casi autista que se asemejaba a mí más de lo imaginable.

Los domingos acompañaba a mi amigo a visitar a su abuela que,
como el resto de los ancianos, se encontraba en un lugar llamado geriátrico,
pero a mí me resultaba más parecido a un depósito de personas abandonadas,
con rasgos de campo de concentración moderno o una variante de los zoológicos
que, en lugar de chimpancés y leones enjaulados, aquí se encontraban en estado
natural y sin rejas, donde los exhibidos eran seres humanos.

El dueño del zoo, perdón, del geriátrico, se volvió millonario
a raíz de esta actividad y otra también, exquisita: prestamista.

Mi mente fue ideando un plan, moldeándolo en silencio domingo a domingo.
Conociendo el dato de que los abuelos partirían el lunes en un tour a la fría Necochea,
en plena temporada invernal, entré de madrugada al lugar. Entramos, mejor dicho,
mi gatito Sasha y yo. Rocié todo con nafta, incluido el descapotable del tipo,
encendí el fósforo que inició el incendio y escapamos en la oscuridad
tan sigilosamente como habíamos llegado.

Esa noche dormí mejor que nunca, como un ángel caído que trae justicia
a un mundo cruel, un anti-sistema de los sin voz. El mundo se redimía
con mis actos, con los actos de un héroe anónimo del cual nunca nadie sabría nada.

Me levanté y encendí el televisor que informaba de la tragedia.
Los ojos de Sasha hablaban al mirarme:
treinta y nueve abuelos fallecidos en el incendio.
El viaje era el lunes, pero no ése sino el siguiente,
debido a un cambio de planes de último momento.

Entendí en ese instante, que el infierno está tapizado de buenas intenciones.

El velatorio movilizó a la ciudad completa, el dolor era terrible
y todos lloraban desconsolados. Todos menos el tipo que sufría en silencio
por el fin del negocio y su descapotable derretido.

Carcomido en mi conciencia, como el personaje de Crimen y Castigo,
me entregué confesando todo. Me declararon insano y paso los días
en este neuro-psiquiátrico escribiendo al aire libre y disfrutando la belleza
de lo simple. Como a mi madre, todos me dieron la espalda salvo mi amigo
Vladimir y Sasha.

Sus ojos cuando se cruzan con los míos vuelven a hablarme
y me dicen tener un plan.


 del libro
"Los ojos de sasha
o el fin de un sueño rojo" de editorial Leivantan (2018)



Fragmentos de dharma y karma en la habitación 112

Un gato roza el plato con agua que está apoyado sobre un rollo de papel gigante y cae.
Al derramarse genera un cortocircuito que incendia la imprenta.
Los dueños retornan a Medio Oriente para emprender una nueva vida
desandando el camino de sus antepasados y mueren en un bombardeo
dos días después de haber llegado.

La caja de fotos queda mal cerrada por la presión de una de ellas.
Ahora fragmenta dos cuerpos y dos rostros familiares y extraños a la vez.
El próximo en abrirla no advierte que cae al piso y será tirada a la basura.
Los desechados son los abuelos, inmigrantes de una Europa del este desconocida,
ambos sobrevivientes de Treblinka.

Una paloma es aplastada por un auto al quedar sus patas adheridas en el asfalto.
El conductor al intentar esquivarla se mete de lleno en un kiosco
y da muerte al que lo atiende, desocupado tres días atrás.
Mi amigo Pedro, ciego, cuando sale del centro Braille donde enseña Letras,
ingresa al centro de atención para alcohólicos anónimos, donde toma clases
para dejar de serlo.

La enfermera suministra al paciente de la 109, pleno de vida,
el medicamento correspondiente al de la 112. Su error destruye un ser humano
y en su lugar nace una planta.

Intento recordar, pero no lo logro con claridad, la vida parece hecha de retazos,
fragmentos. Entre unos y otros, lo que asoma no siempre tiene explicación
o si la tiene, es confusa. Yo era el paciente de la 112, estuve en coma
siete semanas, cuando desperté escribí esto.

Los que decían que moría tampoco acertaron.


Ceguera


Cuando llegamos al borde del precipicio
debía empujar a Harry, el ciego,
y cumplir de una vez y para siempre
con su pedido.

Él estaba harto de la indiferencia del mundo
de la burla de la gente
de vivir como un mendigo.
De que el único que leyera sus poemas fuera yo.

Lo abracé, le dije que entendía perfectamente;
lo miré a los ojos
le puse este poema en el bolsillo
y me arrojé.


El pianista del Black Cat y otros poemas. Editorial La carta de Oliver. 2007.


La noche interminable


Mi madre estaba allí,en la noche interminable
en la mas fría y azul de todas
y yo, no sé por qué le toqué la frente helada
y sentí que somos una piedra, disfrazada unos años

entonces le hablé como nunca lo había hecho
y le conté de ese río de lava roja
que aparece en mis sueños
y de esa tarde flotando en el mar con ella
cuando descubrí sus ojos llenos de olvido
en los que vi un barco ardiendo
y mi cuerpo de niño flotando en el río, boca arriba
debajo de un cielo oscuro

creo que antes de morir algo la había aniquilado
algo que no puedo pronunciar
pero siento que me acecha como a ella
y espera pacientemente devorarme

una sospecha me hizo abrirle un párpado
y vi el barco ardiendo nuevamente
la abracé fuerte
como nunca lo había hecho
mientras el río de lava me tragaba.


 del libro
"Los ojos de sasha
o el fin de un sueño rojo" de editorial Leivantan (2018)



El acta

                        a mi madre Sara

Yo, que estoy en el medio del mar
leo el acta, que con unos cuadraditos marcados con una x
deja constancia de la muerte de mi madre

mientras la rompo y el viento se la lleva
depositándola en unas olas gigantes
pienso en ella con sus lentes viejos, leyendo a Chejov
o las cartas de familiares de Rusia
y en aquellos años en que era feliz, paseando con mi padre por la
                                                                             / playa
mientras yo corría detrás de ellos

me doy vuelta y la veo sentada en una silla en la proa
rodeada por unos albatros que picotean restos de comida

me llama y me siento junto a ella, mientras saca unas fotos viejas
en paisajes extraños, junto a sus padres
y luego otras y otras, como un repaso de su vida
mientras hablamos de las cosas que quedaron sin hacer
de esos planes simples que teníamos
y ya no podremos realizar

giro la vista al mar y cuando me doy vuelta para abrazarla
ya no está
a mis pies, veo la foto en que ella está delante de la casa de sus
                                                                           / padres
en la calle de la revolución
la llevo al camarote, la pego en la pared
y me acuesto a dormir
en el sueño, escucho su voz, casi imperceptible, que me dice:

- no estés triste, ya nos veremos.-

me despierto, me sirvo un vaso de vodka
y miro por el ojo de buey la tormenta que se avecina
voy a la sala de máquinas, a cumplir mi turno
y la escucho nuevamente:

- hijo, el hombre es lobo del hombre-

me río pensando en ella, en esos viejos tiempos
donde soñaba un mundo más justo
sin imaginar que nos convertiríamos en bestias.


 Una noche en bosque-poesía y otros poemas. Poesía Mayor, Editorial Leviatán. Buenos Aires, Argentina. Marzo 2014}

 Rebeca

Iván, peluquero y anarquista ruso
fue asesinado por la policía en los años 40
en un bolsillo de su pantalón encontraron tres monedas
panfletos llamando al alzamiento contra el poder de turno
y un librito acerca de cómo construir un mundo
donde nadie es amo ni esclavo
y del devenir inexorable de la felicidad a causa de esto

un pequeño peine completaba el cuadro en el otro bolsillo


el hijo del peluquero se hace policía para ganarse la vida

reprimiendo a los que alteran el orden en la vía pública
en una refriega, muere asesinado por un ladrón que le dispara a la cabeza

Rebeca, la hija del policía reabre la peluquería familiar

sin saberlo, le corta el cabello al ladrón que asesinó a su padre
y al comisario que mató a su abuelo

por las noches escribe poemas breves impregnados de amor

ignora el mundo casi por completo y es feliz
eso me dice, casi sin mirarme
al bajarme del sillón de la peluquería.

 “ La camarera que se creía Greta Garbo y el plomero que soñaba ser Lenin “ ( La carta de Oliver, Buenos Aires  2016 )

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