domingo, 1 de marzo de 2015

Padeletti, la osadía del poeta por Rodolfo Edwards





A los 87 años, uno de los mayores poetas vivos del país acaba de publicar “Osaturas”. Habla aquí de su inagotable impulso creador.


Recibe a Ñ en su departamento de San Cristóbal. Al atravesar el umbral, se percibe una armonía subrayada por los colores del mobiliario, las obras de arte, las imágenes religiosas, la biblioteca. Hablar con Hugo Padeletti implica subirse a una burbuja de poesía impulsada por una luminosa paz interior. Nacido en Alcorta, un pueblo cercano a la ciudad de Rosario, ha desarrollado una obra trascendente por su singularidad y sus apuestas estéticas, que nunca se vieron acuciadas por climas epocales. Es, además, un artista plástico incansable y el inspirado y paciente traductor de la obra de la poeta británica Edith Sitwell. Acaba de publicar Osaturas , precedido por un notable ensayo de Jorge Monteleone.

–¿Osaturas es una colección de poemas inéditos?

–En realidad, Osaturas no es un libro nuevo sino que es un libro viejo retomado por mí. Lo fui dejando de lado porque no coincidía con nada de lo que estaba escribiendo, era algo diferente, no lo podía ubicar. Entonces vino Mariano Cornejo, un pintor amigo mío, lo vio en un estante y me dijo: “¿Esto qué es?”, y yo le expliqué que eran unos poemas míos que no pegaban con nada. Se lo llevó a Salta, ilustró los poemas e imprimió 10 ejemplares. Después los leyó Jorge Monteleone y me propuso hacer una edición especial que es la que se publicó ahora.

–¿Qué es la “osatura”?

–Es el hueso y también la osadía … Yo era bastante tímido y fui descubriendo con los años que si uno no se arriesga no gana, así es en todo. Hay que arriesgarse un poco. Asumir esto me costó trabajo pero lo aprendí.

–¿Qué función tiene “la atención” en la poesía?

–La atención y la distracción son cosas complementarias, son dos polos en la misma línea. Si uno tiene una atención demasiado extrema y racional, no puede escribir poesía, y si uno se va al otro extremo tampoco sirve porque lo que sale es caótico. Hay que encontrar un punto en el medio, una zona de “lucidez blanda abierta”: lograr eso es medio milagroso. La inspiración es algo que viene de arriba, algo que te cae. En el fondo no es ningún milagro, es todo explicable, pero se lo suele experimentar como algo milagroso. Hay que dejar abierta la entrada y estar a la vez consciente para ir controlando lo que va y lo que no va. Si uno no deja abierta la entrada, la inspiración no fluye y uno se pone muy “constructivo”, está cortando esa “fluencia”. Lo ideal es encontrar el punto justo entre la apertura y el control.

–Sus poemas suelen tener muy buenos “remates”.

–Yo tengo una tendencia hacia las formas cerradas. Tengo cierta dificultad para valorar debidamente a poetas que se inclinan por tender un hilo que nunca termina, que nunca se cierra. Yo prefiero el poema como un círculo perpetuo, que obligue a volver a leerlo, que haya un enriquecimiento continuo. El poema cerrado da vuelta sobre sí mismo, hay un ida y vuelta. En los poemas largos no hay regreso. Cuando dibujo también tiendo a las formas cerradas.

–¿Qué es lo específico de la poesía? ¿Qué hace poesía a la poesía?

–El ensayo es conceptual y la poesía es simbólica. Si bien muchos poemas míos son conceptuales, están bien “ritmados” y eso los convierte en poesía. El ritmo es anterior a la palabra y a la poesía misma. El ritmo es algo cósmico. Escribir poesía es algo agotador. Si uno no atrapa el instante, la palabra se va ... y se pierde esa posibilidad. Me despierto un montón de veces en medio de la noche, aparece una palabra y … ¡la tengo que escribir! La poesía es una espera importante porque tiene que llegar una gota que pese, bien concreta, sonora, que encaje justo donde tiene que ir. Es algo muy denso lo que uno siente al momento de escribir. Esa espera es como un parto, es algo entrañable. Algún día me gustaría hacer algo de narrativa. Pensé en escribir mis memorias: tengo recuerdos hermosísimos de mi pasado, de mi vida en el campo.

–En su poesía abundan las frutas, los árboles, las flores. Una confluencia natural donde cada elemento dialoga con el otro. Por ejemplo, el poema “Limones”:
“Sólo a la luz del sur/ el limón amarillo/ muestra sus graderías/ de innombrable alegría”… decían algunos versos de aquel extraordinario poema. ¿Cómo surgió?

–Proviene de hechos de mi propia vida. Mi abuela paterna, la mujer de mi abuelo Marco, juntaba limones de un limonero que había en el patio. Ella los envolvía en papel y los ponía a secar en una bolsa que guardaba en su dormitorio. Se secaban tan hermosamente que después los poníamos de adorno en un cuenco y yo seguí con esa costumbre de tener limones secos o en invierno poner limones verdes frescos por algunos lugares de la casa. Adoro tomar limonada…

–¿Cómo se ha relacionado con otras disciplinas, como la pintura o la filosofía oriental?

–En mi vida la práctica de la pintura ha sido siempre secundaria. Me dediqué más que nada a enseñar. Fui docente durante muchos años y mi experiencia como educador ha sido plenamente satisfactoria. Pienso que siempre tuve una fuerte vocación por la enseñanza. Me jubilé como docente. Con el tiempo me fui inclinando hacia la figura de Buda, sobre todo a través de Osho porque lo presenta de manera muy bella. La religión budista es negativa porque se fue inclinando hacia un ascetismo autodestructivo. Pero el Buda como imagen y símbolo es de una dimensión bellísima. El budismo y el taoísmo me han llevado a una profunda fe. En la práctica he comprobado que los dones que ofrece Buda son reales. La fe es una energía cósmica que funciona. No importa la realidad.

–Nunca demostró demasiada ansiedad por publicar ni tampoco se lo vio cercano a ninguna generación literaria, grupo o revista.

–Yo escribí poesía durante tantos años y me producía tanta alegría escribir que nunca pensaba en publicar. Cuando yo era bastante jovencito tuve una experiencia peculiar … En Rosario yo conocía a las hermanas Cossettini. Una de ellas era Olga, una reconocida educadora. La otra, Leticia, se encargaba de la parte estética de la escuela modelo que dirigían. Olga era una gran amiga de Victoria Ocampo a la que un día le mandó una carta contándole que conocía a un joven muy talentoso que le gustaría que conociese. Para ese entonces yo ya tenía bastantes cosas escritas. El asunto es que me vine nomás para Buenos Aires y cuando bajé del tren … ¡estaba Victoria Ocampo esperándome! Me llevó a su casa y estuve toda la noche con ella. Ese día estaba también allí el famoso traductor español Ricardo Baeza, un hombre encantador, de una conversación literaria exquisita. Finalmente, Victoria me dice: “Vaya a Sur, lleve sus poemas de mi parte” … y yo no voy, ni voy a ir nunca. No quería estar ante esos monstruos que iban a empezar a desgajarme los poemas. Tengo defensas naturales. Tenía que mantener mi integridad interior. Nunca me arrepentí de no haber ido.

–¿En qué año sucedió lo que cuenta?

–En 1945.

–¿Qué libros estuvo leyendo últimamente?

–Leyendo su obra completa, estoy redescubriendo a un poeta español: Antonio Gamoneda. Es humano, profundo y bello. También estoy fascinado con Alejandro Jodorowsky. Yo lo conocí por su trabajo con el tarot, ahora estoy leyendo su poesía. Maneja muy bien la sonoridad y el ritmo. Y además es un sabio. Y siempre vuelvo a Borges, es inagotable.
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