viernes, 4 de octubre de 2013

Entrevista a Primo Levi por Marco Viglino


Publicado en el Diario La Repubblica. 18 enero 2009, pagina 32


Marco Viglino, un magistrado de Turín acaba de dar a conocer una
entrevista inédita con Primo Levi realizada hace tres décadas.

Viglino, que entonces era sólo un joven de menos de 20 años, autorizó ahora
una larga conversación jamás revelada con el autor de Si esto es un
hombre

-Me sorprendió su deseo de dar a conocer su testimonio sobre la
trágica experiencia en el campo de concentración. ¿Cuándo nació ese
deseo?
-Este deseo, tan común en otros, nació en el Lager mismo. Queríamos
sobrevivir también y sobre todo para contar lo que habíamos visto. Era
un discurso común en los pocos momentos de tregua que nos
concedían. También era un deseo humano: usted no encontrará un
detenido en los campos que calle. (No, me corrijo, hay quienes
prefieren no contar, por que fueron heridos de tal manera que
decidieron o debieron censurar su pasado, lo sepultaron para no
sentirlo más sobre ellos). Pero en primer lugar está la necesidad de
sacarse el peso, de sacarse de encima lo que uno tiene adentro,
aunque también existen otros motivos. Existe acaso también el deseo
de hacerse valer, de hacer saber que sobrevivimos a ciertas pruebas,
que fuimos más afortunados o más hábiles o más fuertes que otros.
-El punto de contacto entre los primeros libros y los que siguieron de
ciencia ficción parecería ser su indignación, primero con lo que
respecta a los campos nazis, y después respecto del sufrimiento de
toda la civilización, ¿coincide?
-Sí, es una pregunta que muchas veces me hacen y sobre la que no
soy el más autorizado para contestar, porque no está dicho que el autor
sepa siempre con certeza por qué escribe. Yo tengo dos raíces: una es
el sentido del Lager y la otra es el sentido de la química con sus
dimensiones. Tenía en mente escribir algo sobre la historia natural un
tiempo antes de ingresar al campo. Cuando era estudiante sentía un
deseo parecido (no como un proyecto claro y distinto, pero como una
vaga aspiración) y encontraba un terreno fértil en mi trabajo de químico.
Por eso, después de haber terminado Si esto es un hombre y La tregua
no es que haya escrito los demás dos libros: sólo junté algunas ideas y
algunos cuentos que ya tenía escritos de antes. Por ejemplo, el primer
cuento de Las historias naturales , el del viejo médico que recoge
esencias lo escribí antes que Si esto es un hombre . Y, probablemente,
si bien los temas son diferentes, también los demás textos se
resintieron con la experiencia del Lager de una manera muy indirecta,
en una forma de desilusión profunda, como un retirarse de la vida.
-Entre los personajes que encuentran en sus libros, usted muestra una
particular simpatía e indulgencia para/con algunos que encarnan la
astucia o el arte de aguantársela como César o il Greco.
-Antes que nada, estos personajes actúan en un contexto por demás
particular como el del final de la Guerra. Ahora , con este marco diría
que sí se puede ser indulgente. Hoy no admitiría un Greco, lo evitaría,
me mantendría lejos de él, pero en ese momento lo sentía casi como
un maestro. Él solía decir, "la guerra es siempre". Y después también
me decía: "ves el calzado bello que llevo: es porque fui a robarlo a las
tiendas de los rusos. Tú eres un tonto, no fuiste a buscarlas". Yo
respondía que pensaba que la guerra había terminado y que los rusos
nos proveerían. "La guerra está siempre", me repetía y, entonces, yo
sentía que estaba de acuerdo con él. Actualmente sería mucho más
severo en lo que a él respecta, también respecto a César, pero la
astucia de César era tan "solar", tan abierta e ingenua en el fondo y a la
vez inocua que estaría bien todavía. No sería un censor tan severo
como para excluirla de esa manera: era "astucia a la italiana". César
engordaba los peces con agua, pero después, delante de los niños
hambrientos de la mujer rusa, se los regalaba. Esto forma parte de un
arte de vivir que es vieja como el mundo y delante de la cual no se
puede ser demasiado severos.
-Esa porción de rebelión que estuvo en la raíz de los primeros libros
¿se atenuó con los años o no?
-Yo corregiría lo de la carga de rebelión, porque la de indignación
siempre existió, pero de rebelión no, porque no había manera, al menos
para quien estaba a mi nivel. Rebeliones en el sentido técnico siempre
hubo en algunos campos. El episodio del hombre que muere gritando
"yo soy el último" se relaciona con una rebelión que había habido en
otro campo: los prisioneros habían volado los hornos crematorios pocos
días antes y este hombre de quien no conozco ni siquiera el nombre,
estaba implicado en el caso. Seguramente había conseguido el
explosivo. Retomando la pregunta, diría que la indignación sí persiste,
pero digamos que ahora está ramificada. Sería estúpido hoy continuar
viendo el enemigo sólo ahí, como el nazi, aunque para mí siga siendo
el principal. Pero el mundo de hoy es mucho más articulado que el de
antes. No eran buenos tiempos los de mi juventud, pero tenían la gran
ventaja de que eran nítidos. La alternativa amigo/enemigo era muy
nítida y la elección no era difícil. Hoy las cosas cambiaron. Por eso,
también la indignación persiste pero
erga omnes
. Contra muchos, no
sólo contra aquellos.
-En la famosa carta a su editor alemán usted dice que no puede
entender a los alemanes y que por eso tampoco puede juzgarlos...
-No, dije, que no los entendía, pero sí que los juzgo.
- ¿De qué manera?
-Los juzgo mal también a los alemanes de la actualidad. No a todos,
claro. Yo tengo muchos amigos alemanes, también por el hecho de que
hablo su lengua y me interesan y de que me rehúso a juzgarlos en
bloque. Pero debo decir que estadísticamente son un país peligroso.
Son un peligro mientras estén divididos en dos y ellos no lo acepten.
Son pocos los alemanes que aceptan esta división. También tienen
virtudes que se transforman en peligros virtuales como su
extraordinaria pasión por la disciplina (que a nosotros –los italianos-
nos falta y está mal, pero que a ellos les sobra) por la que están
siempre prontos a acomodarse a quien comande, me da miedo.
-¿Y por qué entonces en la misma carta usted dice que los alemanes,
además de ser un peligro, son la esperanza europea?
-La carta yo la escribí hace muchos años. En los 60', estaba
entusiasmado por el hecho de tener un editor alemán que aceptara
publicar mi testimonio, además del contacto que tenía con otros
jóvenes alemanes. Me pareció que Alemania era en verdad otra.
Entonces parecía un pilar de la democracia, ahora un poco menos,
mucho menos.
-¿Cómo reaccionaba al ver compañeros de la tragedia ir todos los días
a la muerte a causa de "la selección"? ¿Lo aceptaba como algo de
hecho o le procuraba siempre el mismo dolor y el mismo disgusto?
-A la mañana cuando tomaban lista y entonces nos dábamos cuenta de
que faltaba alguien, estaba considerado de mal gusto ir al fondo de la
cuestión y preguntar demasiado, como sucede hoy cuando alguien
muere de cáncer. Nadie habla voluntariamente. Era una forma de
aceptación sobre todo porque la reacción hacia el compañero muerto
no era muy diferente a la de un muerto natural. Mi amigo Alberto, del
que hablé tantas veces, estaba en el campo con el padre. Era un chico
muy inteligente y juntos hablábamos siempre de estas cosas sin
inhibiciones y sin faltar a la verdad. Pero cuando el padre fue
seleccionado, Alberto dijo estar seguro de que lo trasladaban a otro
campo. Yo estaba deslumbrado al constatar que mi amigo había
construido un reparo imaginario para aguantar una realidad de otro
modo intolerable.
- Dada la mortalidad elevadísima que hubo en los campos, ¿piensa que
su supervivencia se haya debido a la suerte o a otros factores?
-En primer lugar, yo pienso que el azar jugó un gran papel. Jamás me
enfermé, sólo más tarde, de una manera providencial. Estaba
trabajando en una fábrica y robaba al laboratorio lo que me pudiera
servir para la subsistencia, luego dividía el botín con Alberto. Teníamos
un pacto entre nosotros por el que dividíamos fraternalmente cada buen
golpe. Un día que había robado té en el laboratorio fui con Alberto a
venderlo al hospital donde lo necesitaban para los enfermos. Nos
pagaron con una porción de sopa casi helada y empezada.
Posiblemente la haya comido un enfermo de escarlatina, por lo que me
contagié y me mandaron al hospital. Finalmente sobreviví. Alberto, que
era inmune porque se había enfermado de chico, murió en el campo.
Otro factor fundamental para mí fue el del obrero Lorenzo, de Fossano,
que me trajo durante muchos meses, lo necesario para integrar
calorías. Él, que ni siquiera fue prisionero, volvió más desesperado que
yo. Era un hombre muy religioso y estaba aterrorizado por lo que había
visto. Cuando volvió a Italia, solo y a pie, no quiso vivir más. Comenzó
a beber, a mí que lo iba a ver seguido me decía bastante fríamente que
deseaba no vivir más, que había visto bastante. Murió tuberculoso e
infeliz.
-¿Recuerda algún episodio insólito y que no haya aparecido en sus
libros?
-Con nosotros había un médico hebreo. Usted sabe que las religiones
prevén ayunos muy rigurosos. En esos días no se come nada y
tampoco se trabaja. Este médico a la noche, después del trabajo, le dijo
al jefe de la barraca que no quería la sopa porque era día de ayuno y él
no podía comer. El jefe de la barraca era un comunista alemán
bastante endurecido por su tarea (tenía diez años en el campo sobre
sus espaldas) pero, golpeado por la fuerza moral del prisionero,
conservó la sopa hasta que el médico terminó el ayuno. Ese acto de
humanidad, me impresionó mucho.
-¿Puede establecer una relación entre usted y otros escritores judíos
italianos como Natalia Guinzburg y Giorgio Bassani?
-Hay una relación compleja evidentemente. El ambiente de Natalia
Guinzburg es mi propio ambiente, los dos tenemos parientes en común.
Ella nació como Levi y su hermano era nuestro médico. El ambiente de
la burguesía judía de Turín es en el que nací y me crié. El de Bassani
es distinto, tanto ella como otros personajes pertenecen a otro
burguesía judía, la de Ferrara, que yo conozco más bien poco y que,
por otra parte, no me gusta tanto, porque eran una clase bastante
consciente de sus propios privilegios y bastante exclusiva, reserva y
cerrada.
-¿Por qué razón Guinzburg le rechazó el primer manuscrito de Si esto
es un hombre?
-No tengo rencor por eso, (aunque tuve durante un tiempo). Pensé en
tantas cosas. Tal vez estaba saturada de manuscritos, ser lector en las
editoriales es un mal trabajo. Pero es algo que aun después
conociéndonos bien, jamás aclaramos.
-¿Todavía tiene contacto con compañeros de Auschwitz?
-A Enick lo perdí totalmente de vista. Reencontré a Pikolo, el del canto
de Ulises; con él nos vemos regularmente, viene de vacaciones a Italia
y trabaja como farmacéutico en un pueblo cercano a Estrasburgo. Es
uno de aquellos que extirparon todos sus recuerdos, se aburguesó
completamente y no ama hablar de estas cosas. Fui a verlo, la última
vez, con la televisión italiana, le pedí que nos recibiera y me contestó:
"a vos sí, pero sin cámaras". Después aceptó, aunque a desgano.
-¿Qué piensa de los jóvenes de hoy en día?
-La diferencia fundamental entre nuestra juventud y la actual está en la
esperanza de un futuro mejor, que nosotros teníamos de un modo
clamoroso y que nos sostenía en los peores momentos, incluso en los
campos. Había una meta y era reconstruir un mundo nuevo con
derechos iguales para todos, donde se aboliera la violencia, queríamos
reconstruir Italia para llevarla a un nivel europeo . En cambio, los
jóvenes de hoy me parece que tienen muchas menos esperanzas. En
general veo que tienden a fines inmediatos y, tal vez, sea muy
apropiado en cuanto a que no distinguen otro futuro. Me parece
paradójico que haya sido más fácil nuestra juventud, porque hoy hay
demasiados monstruos en el horizonte. Está el problema de la
violencia, el problema energético, de la contaminación, el mundo está
dividido en bloques: hay una total incapacidad de prever lo que vendrá
y nadie osa hacer previsiones sensatas de acá a dos años, además
siempre persiste el problema atómico. Encuentro pocos jóvenes que
piensen en hacer o estudiar de alguna manera precisamente para su
futuro. Es la pérdida de los valores, por lo que parece necesario gozar y
quemar todo rápidamente.
-
¿Por qué dejó pasar quince años entre "Si esto es un hombre" y su
segunda obra?
" Si esto es un hombre, se editó en 1947, se imprimieron 2500 copias.
Tuve buenas críticas, pero tuve 5 mil lectores. Después de eso no tuve
más ganas de escribir, me parecía que había cumplido con mi deber
testimonial, con el de haber descargado mis tensiones, no sentí la
necesidad de escribir un nuevo libro. Después de muchos años
recuperé el deseo, porque se volvió a hablar de la Segunda Guerra y
de los campos de otra manera, en un sentido histórico. Hacia el 60 o tal
vez antes hubo un ciclo de conferencias sobre el tema y me reencontré
otra vez como protagonista. Muchos me incentivaron a contar la
segunda parte de mi experiencia, es decir, el regreso de Rusia. Retomé
la pluma también por otro motivo, había terminado la Guerra Fría y
ahora podía contar la verdad completa, humana. Antes era imposible
hablar de Rusia o, sino, se hablaba como si se tratara del infierno o del
paraíso. Y yo no me sentía cómodo con semejante ambiente, de
escribir un libro-verdad como La tregua . Solo después de la distensión
internacional se volvió posible escribir sobre este tipo de cosas en un
lenguaje no retórico.
-¿Por qué nació su alter ego Malabila con el que firmó algunos de sus
libros?
-Porque en aquel tiempo, de otra forma hubiera sido escandaloso. No
hubiera podido, yo, el escritor de Si esto es un hombre, ponerme a
contar anécdotas e historias fantásticas. Propuse entonces un
pseudónimo al editor, que aceptó con entusiasmo pensando tal vez de
inventar conmigo un "caso literario". Después no sucedió nada y retomé
mi nombre real

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