Seis claveles blancos y un clavel rosa ..

 


                                                                             A María Rosa, por lo que me confió.

 

El ritual de los seis claveles blancos y el clavel rosa nació el primer domingo después de la muerte de mi hermanita. Siempre había deseado tener una hermana para jugar y compartir; su muerte temprana dejó un vacío imposible de nombrar.

En el cementerio de Flores, mi mamá compró seis claveles blancos y el florista —como suelen hacer con las niñas— me regaló uno rosa. Sabía que yo me llamaba Rosa; tenía diez años, mi hermanita había muerto un 27 de julio y recién empezaba agosto. El Día del Niño estaba cerca. Ese gesto me conmovió.

El clavel rosa era para mí. No era para dejarlo en la tumba. Pero mi papá lo tomó sin pedirme permiso —que sin duda yo le hubiera dado— y armó con todo aquello un solo ramo. Desde entonces, todos los domingos comprábamos siete claveles y los llevábamos al cementerio.

Pocos años después, otro domingo de agosto, de esos en los que el frío empieza a ceder, repetimos el ritual: levantarnos temprano, tomar el colectivo 56, caminar cinco cuadras, comprar los seis claveles blancos y el rosa de costumbre, bajar por esas escaleras frías y quedarnos allí, una hora, recordando a mi hermanita.

Después, volver a casa. Seguir con la vida. Esperar que mi padre lograra recuperarse de su profunda angustia.

Creí que sería un domingo como cualquier otro. No lo fue.

Yo hacía lo de siempre: leer, jugar, visitar a mi abuelo en el fondo de casa. Todo parecía normal hasta que mi madre volvió de hacer las compras. Venía furiosa. Su expresión me aterraba.

Había pasado por el negocio que quedaba a cincuenta metros de mi escuela. Vio mucha gente y preguntó qué ocurría un domingo. Le contaron que ese día festejaban el Día del Niño: payasos, juegos, comida. Por eso algunos chicos salían con globos y golosinas.

Me preguntó en qué mundo vivía, por qué no había dicho nada, por qué la hacía “quedar mal”.

Lloré. Le expliqué que no pasaba nada, que como era domingo y nosotros íbamos al cementerio, y como mis padres trabajaban tanto, supuse que no podrían llevarme. Por eso no se me ocurrió mencionarlo.

Me lo reprochó todo el día.

La verdad es que yo estaba bien. No sentía dolor por no haber ido. Para mí era un imposible, algo que ya había aceptado. No me dolía.

No me dolía… hasta que ella lo dijo.

Desde entonces, ese día quedó grabado como uno de más tristes de mi vida. No porque no fui a la fiesta, sino porque entendí que sí podría haber ido. Y que no lo supe.

Alguien podría pensar que es un simple recuerdo.
Ay, señor lector… si supiera que, además de estas palabras, le estoy regalando mis lágrimas, más de cincuenta años después, tal vez me comprendería.

Ese domingo sigue encendido en algún rincón de mi corazón.

                             ilustración : Alejandro Corsiglia

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