domingo, 9 de diciembre de 2018

Milan Kundera ( Brno de Republica Checa, 1929 )





El poeta y el novelista

¿Con quién comparar al novelista? Con el poeta lírico. El contenido de la poesía lírica, dice Hegel, es el propio poeta; otorga la palabra a su mundo interior para despertar así en sus oyentes los sentimientos, los estados de ánimo que están en él. E incluso si el poema trata de temas «objetivos», exteriores a su vida, «el gran poeta lírico se alejará rápidamente de, ellos y terminará por hacer su propio retrato» («stellt sich selber dar»).

La música y la poesía tienen una ventaja sobre la pintura: el lirismo (das Lyrische), dice Hegel. Y, en el lirismo, prosigue, la música puede ir aún más lejos que la poesía, ya que es capaz de captar los más secretos movimientos del mundo interior, inaccesibles a la palabra. Hay, pues, un arte, en este caso la música, que es más lírico que la propia poesía lírica. Podemos deducir por tanto que la noción de lirismo no se limita a una rama de la literatura (la poesía lírica), sino que designa cierta manera de ser, y que, desde este punto de vista, el poeta lírico es sólo la más ejemplar encarnación del hombre deslumbrado por su propia alma y por el deseo de que sea escuchada.

Desde hace tiempo, la juventud es para mí la edad lírica, o sea, la edad en la que el individuo, concentrado casi exclusivamente en sí mismo, es incapaz de ver, comprender, enjuiciar lúcidamente el mundo a su alrededor. Si partimos de esta hipótesis (necesariamente esquemática, pero que, como esquema, me parece acertada), el paso de la inmadurez a la madurez es la superación de la actitud lírica.

Si imagino la génesis de un novelista en forma de relato ejemplar, de «mito», esta génesis se me aparece como la historia de una conversión; Saulo se convierte en Pablo; el novelista nace sobre las ruinas de su mundo lírico.

del libro El Telon , Ensayo en siete partes Editorial Tusquets

Título original: Le Rideau. Essai en sept parties 
Traducion Beatriz de Moura

sábado, 8 de diciembre de 2018

Un trastorno de la memoria en la acrópolis... Sigmund Freud




Carta abierta a Romain Rolland


Mí querido amigo:

Perentoriamente invitado a contribuir con algún escrito mío a la celebración de su septuagésimo cumpleaños, durante largo tiempo me he esforzado por hallar algo que pudiera ser, en algún sentido, digno de usted y que atinara a expresar mi admiración por su amor a la verdad, por el coraje de sus creencias, por su afección y devoción hacia la humanidad. Algo que, además, diera fe de mi gratitud para con un poeta que me ha procurado tanto goce y tantos momentos de exaltación. Mas fue en vano; yo soy diez años más viejo que usted, y mi capacidad de producción está agotada. Lo único que finalmente puedo ofrecerle es el regalo de un venido a menos que «ha visto una vez días mejores». Usted sabe que mi labor científica tuvo por objeto aclarar las manifestaciones singulares, anormales o patológicas de la mente humana, es decir, reducirlas a las fuerzas psíquicas que tras ellas actúan y revelar al mismo tiempo los mecanismos que intervienen. Comencé por intentarlo en mi propia persona, luego en los demás, y finalmente, mediante una osada extensión, en la totalidad de la raza humana. En el curso de los últimos años surgió reiteradamente en mi recuerdo uno de esos fenómenos que hace una generación, en 1904, experimenté en mí mismo y que nunca llegué a comprender. Al principio no atiné a explicarme el motivo de la recurrencia, pero finalmente me resolví a analizar el pequeño incidente, y aquí le comunico el resultado de tal estudio. Al hacerlo debo rogarle, naturalmente, que no preste a ciertos datos de mi vida personal una atención mayor de la que en otras circunstancias merecerían. Cada año, hacia fines de agosto o primeros de septiembre, solía yo emprender con mi hermano menor un viaje de vacaciones que duraba varias semanas y que nos llevaba a Roma, a otra región de Italia o hacia alguna parte de la costa mediterránea. Mi hermano es diez años menor que yo, o sea que tiene la misma edad que usted, coincidencia ésta que sólo ahora me llama la atención. En ese año particular mi hermano me comunicó que sus negocios no le permitirían una ausencia prolongada, que sólo podría disponer de una semana y que tendríamos que abreviar nuestro viaje. Así, decidimos dirigirnos, pasando por Trieste, a la isla de Corfú, para permanecer allí los pocos días de nuestras vacaciones. En Trieste mi hermano visitó a un amigo de negocios allí radicado, y yo lo acompañé. Nuestro amable huésped nos preguntó también acerca de los planes de viaje que teníamos, y oyendo que pensábamos ir a Corfú, trató de disuadirnos con insistencia: «¿Qué los lleva a ir allí en esta época del año? El calor es tal que no podrán hacer nada. Será mucho mejor que vayan a Atenas. El vapor del Lloyd parte esta misma tarde; tendrán tres días para visitar la ciudad y los recogerá en el viaje de vuelta. Eso sí merece la pena y será mucho más agradable.» Al dejar a nuestro amigo triestino nos encontrábamos ambos de extraño mal humor. Discurrimos el plan que nos había propuesto, lo encontramos completamente impracticable y sólo vimos dificultades en su ejecución; también estábamos convencidos de que sin pasaportes no podríamos desembarcar en Grecia. Pasamos las horas hasta la apertura de las oficinas del Lloyd recorriendo la ciudad, descontentos e indecisos. Pero cuando llegó el momento nos acercamos a la ventanilla y compramos pasajes para Atenas como algo natural, sin preocuparnos en lo mínimo por las supuestas dificultades y hasta sin haber comentado entre nosotros las razones de nuestra decisión. Tal conducta resultaba a todas luces enigmática. Más tarde reconocimos haber aceptado inmediatamente y de buen grado la sugerencia de ir a Atenas en lugar de Corfú. ¿Por qué entonces habíamos pasado el intervalo hasta la apertura de las oficinas de tan mal humor, imaginándonos sólo obstáculos y dificultades? Cuando finalmente, la tarde de nuestra llegada me encontré parado en la Acrópolis, abarcando el paisaje con la mirada, vínome de pronto el siguiente pensamiento, harto extraño: «¡De modo que todo esto realmente existe tal como lo hemos aprendido en el colegio!». Para describir la situación con mayor exactitud, la persona que expresaba esa observación se apartaba, mucho más agudamente de lo que generalmente se advierte, de otra persona que percibía dicha observación, y ambas se sentían sorprendidas, aunque no por el mismo motivo. La primera se conducía como si, bajo el impacto de una observación incuestionable, se viera obligada a creer en algo cuya realidad habíase parecido hasta entonces dudosa. 




Exagerando un tanto la nota, podría decir que se comportaba como alguien que, paseando a lo largo del Loch Ness de Escocia, se encontrara de pronto con el cuerpo del famoso monstruo arrojado a la playa, viéndose obligado a reconocer: «¡De modo que realmente existe esa serpiente marina en la que nunca quisimos creer!». La segunda persona, en cambio, sentíase justificadamente sorprendida, porque nunca se le había ocurrido que la existencia real de Atenas, de la Acrópolis y del paisaje circundante pudiera ser jamás objeto de duda. Esperaba oír más bien expresiones de encanto o de admiración. Sería ahora fácil argumentar que el extraño pensamiento que se me ocurrió en la Acrópolis sólo estaría destinado a destacar el hecho de que ver algo con los propios ojos es cosa muy distinta que oír o leer al respecto. Aun así, empero, nos encontraríamos con un disfraz harto singular de un lugar común carente de interés. También podríase sostener que, si bien es cierto que siendo estudiante creí estar convencido de la realidad de Atenas y de su historia, dicha ocurrencia en la Acrópolis me demostró que en el inconsciente no creí tal cosa y que sólo ahora, en Atenas, habría llegado a adquirir una convicción «extendida también al inconsciente». Semejante explicación suena muy profunda; pero es más fácil sustentarla que demostrarla; además, sería fácil rebatirla teóricamente. No; yo creo que ambos fenómenos -la desazón en Trieste y la ocurrencia en la Acrópolis- están íntimamente. El primero de ellos es más fácilmente inteligible y nos ayudará a explicar el segundo. La experiencia de Trieste también es, según advierto, sólo una expresión de incredulidad. «¿Llegaremos a ver Atenas? Pero ¡si no es posible! ¡Será demasiado difícil!» La distimia acompañante correspondería entonces a la desazón por la imposibilidad: «Pero ¡habría sido tan hermoso!» Y ahora sabemos a qué atenernos. Trátase de uno de esos casos de «too good to be true» [*], que tan bien conocemos. Es un ejemplo de ese escepticismo que surge tan a menudo cuando somos sorprendidos por una buena nueva, como la de haber acertado en la lotería, ganado un premio, o en el caso de una muchacha secretamente enamorada, la de enterarse de que el amado acaba de solicitar su mano. Una vez comprobado un fenómeno, la primera cuestión que surge se refiere, naturalmente, a su causación. Semejante incredulidad representa, sin duda, un intento de rechazar una parte de la realidad, pero hay en él algo extraño. No nos asombraría lo más mínimo que tal intento se refiriese a una parte de la realidad que amenazara producirnos displacer: nuestro mecanismo psíquico se halla, en cierto modo, adaptado para tal objeto. Pero ¿a qué se debe semejante incredulidad frente a algo que promete, por el contrario, procurarnos sumo placer? ¡He aquí una reacción realmente paradójica! Recuerdo, empero, haberme referido cierta vez al caso similar de aquellas personas que, como entonces lo formulé, «fracasan ante el éxito» [*]. Por regla general, las gentes enferman ante la frustración, a consecuencia del incumplimiento de una necesidad o un deseo de importancia vital. Pero en esos casos sucede precisamente lo contrario: enferman o aun son completamente aniquilados, porque se les ha realizado un deseo poderosísimo. Mas el contraste de ambas situaciones no es tan diametral como al principio parecería. En el caso paradójico sucede simplemente que una frustración interior ha venido a ocupar la plaza de la exterior. Uno no se permite a sí mismo la felicidad: la frustración interior le ordena aferrarse a la exterior. Pero ¿por qué? Porque -así reza la respuesta en cierto número de casos- no nos atrevemos a esperar tales favores del destino. He aquí, pues, nuevamente el «too good to be true», la expresión de un pesimismo que en muchos de nosotros parece hallar abundante cabida. Otras personas se conducen exactamente como aquéllos que fracasan ante el éxito, aquejándolos un sentimiento de culpabilidad o de inferioridad que podría traducirse así: «No soy digno de tal felicidad, no la merezco.» Pero, en el fondo, estas dos motivaciones se reducen a una y la misma, siendo la una sólo la proyección de la otra. En efecto, como ya hace tiempo sabemos, ese destino por el cual se espera ser tan maltratado no es sino una materialización de nuestra conciencia, del severo superyo que llevamos dentro y en el cual se ha condensado la instancia punitiva de nuestra niñez. Con esto, según creo, quedaría explicada nuestra conducta en Trieste. Simplemente, no atinábamos a creer que nos fuera deparada la felicidad de ver Atenas. La circunstancia de que la parte de realidad que pretendíamos rechazar fuese, al principio, sólo una posibilidad, determinó el carácter de nuestras reacciones inmediatas. Pero cuando nos encontramos luego en la Acrópolis, la posibilidad se había convertido en realidad, y el mismo escepticismo asumió entonces una expresión distinta, pero mucho más clara. Una versión no deformada de la misma sería ésta: «Realmente, no habría creído posible que me fuese dado contemplar a Atenas con mis propios ojos, como ahora lo hago sin duda alguna». Si recuerdo el apasionado deseo de viajar y de ver el mundo que me dominó en el colegio y posteriormente, y cuánto tardó dicho deseo en comenzar a cumplirse, no puedo asombrarme de esa repercusión que tuvo en la Acrópolis, pues yo contaba entonces cuarenta y ocho años. No pregunté a mi hermano menor si él también sentía algo parecido. Toda esa vivencia estaba dominada por cierta fascinación que había interferido ya en Trieste nuestro intercambio de ideas. Si he adivinado correctamente el sentido de mi ocurrencia en la Acrópolis, si ésta expresaba realmente mi alborozada sorpresa por encontrarme en ese lugar, entonces surge la nueva cuestión de por qué este sentido hubo de adoptar en la ocurrencia misma un disfraz tan deformado y tan deformante. Con todo, el contenido esencial de dicho pensamiento se conserva aún en la deformación: es el de la incredulidad. «Según el testimonio de mis sentidos, me encuentro ahora en la Acrópolis, pero no puedo creerlo». Sin embargo, esta incredulidad, esta duda acerca de una parte de la realidad, es doblemente desplazada en su manifestación real: primero, es relegada al pasado; segundo, es transportada de mi relación con la Acrópolis a la existencia misma de la Acrópolis. Así surge algo equivalente a la afirmación de que en algún momento de mi pasado yo habría dudado de la existencia real de la Acrópolis, cosa que mi memoria rechaza por incorrecto y aun como imposible. Las dos deformaciones implican dos problemas independientes entre sí. Podemos tratar de penetrar más profundamente en el proceso de transformación. Sin particularizar por el momento en cuanto a la manera en que me vino la ocurrencia, quiero partir de la presunción de que el factor original debe haber sido la sensación de que la situación contenía en ese momento algo inverosímil e irreal. Dicha situación comprende mi persona, la Acrópolis y mi percepción de la misma. No me es posible explicar esa duda, pues no puedo dudar, evidentemente, de mis impresiones sensoriales de la Acrópolis. Recuerdo, empero, que en el pasado había dudado de algo que precisamente tenía relación con esa localidad, y así se me ofrece el expediente de desplazar la duda al pasado. Pero al hacerlo cambia el contenido de la duda. No recuerdo, simplemente, que en años anteriores haya dudado de que llegara a verme jamás en la Acrópolis, sino que afirmo que en esa época ni siquiera habría creído en la realidad de la Acrópolis. Es precisamente este resultado de la deformación el que me lleva a concluir que la situación actual en la Acrópolis contenía un elemento de duda de la realidad. Es evidente que hasta aquí no he logrado aclarar el proceso, de modo que quiero declarar brevemente, en conclusión, que toda esa situación psíquica, aparentemente confusa y difícil de describir, puede resolverse claramente aceptando que entonces, en la Acrópolis, tuve (o pude haber tenido) por un momento la siguiente sensación: Lo que aquí veo no es real. Llámase a este fenómeno «sensación de extrañamiento» . Hice el intento de rechazar esa sensación, y lo logré a costa de un pronunciamiento falso sobre el pasado. Estas sensaciones o sentimientos de extrañamiento («desrealizamientos») son fenómenos harto curiosos y hasta ahora escasamente comprendidos. Se los describe como «sensaciones», pero se trata evidentemente de procesos complejos, vinculados con determinados contenidos y relacionados con decisiones relativas a esos mismos contenidos. Surgen con frecuencia en ciertas enfermedades mentales; pero tampoco faltan en el hombre normal, a semejanza de las alucinaciones, que también se encuentran ocasionalmente en el ser sano. No obstante, es indudable que se trata de disfunciones, de estructuras anormales, a semejanza de los sueños, que, a pesar de su ocurrencia regular en el ser normal, nos sirven como modelos de los trastornos psíquicos. Dichos fenómenos pueden ser observados en dos formas: el sujeto siente que ya una parte de la realidad, ya una parte de sí mismo, le es extraña. En el segundo caso hablamos de «despersonalizaciones», pero los desrealizamientos y las despersonalizaciones están íntimamente vinculados entre sí. Existe otro grupo de fenómenos que cabe considerar, en cierto modo, como las contrapartidas «en positivo» de los anteriores: trátase de la llamada «fausse reconnaissance», del «déjà vu» y el «déjà raconté» [*], o sea, ilusiones en las cuales tratamos de aceptar algo como perteneciente a nuestro yo, tal como en los desrealizamientos nos esforzamos por mantener algo fuera de nosotros. Un intento de explicación ingenuamente místico y apsicológico pretende ver en los fenómenos del déjà vu la prueba de existencias pretéritas de nuestro yo anímico. La despersonalización nos lleva a la extraordinaria condición de la «double conscience» , que sería más correcto denominar «escisión de la personalidad». Todo este terreno, empero, es aún tan enigmático, se halla tan sustraído a la exploración científica, que debo abstenerme de seguir exponiéndolo. Para los propósitos que aquí persigo bastará con que me refiera a dos características generales de los fenómenos de extrañamiento o desrealizamiento. La primera es que sirven siempre a la finalidad de la defensa; tratan de mantener algo alejado del yo, de repudiarlo. Ahora bien: desde dos direcciones pueden llegarle al yo nuevos elementos susceptibles de incitar en él la reacción defensiva: desde el mundo exterior real y desde el mundo interior de los pensamientos e impulsos que emergen en el yo. Es posible que esta alternativa de los orígenes coincida con la diferencia entre los desrealizamientos propiamente dichos y las despersonalizaciones. Existe una extraordinaria cantidad de métodos -«mecanismos» los llamados nosotros- que el yo utiliza para cumplir sus funciones defensivas. En mi más íntima cercanía veo progresar actualmente un estudio dedicado a dichos métodos defensivos: mi hija, la analista de niños, escribe un libro al respecto. El más primitivo y absoluto de estos métodos, la «represión», fue el punto de partida de toda nuestra profundización en la psicopatología. Entre la represión y lo que podríamos calificar como método normal de defensa contra lo penoso o insoportable, por medio de su reconocimiento, consideración, llegar a un juicio y emprender una acción adecuada al respecto, existe toda una vasta serie de formas de conducta del yo, con carácter más o menos claramente patológico. ¿Puedo detenerme un instante para recordarle un caso límite de semejante defensa? Sin duda conocerá usted la célebre elegía de los moros españoles, ¡Ay de mi Alhama!, que nos cuenta cómo recibió el rey Boabdil la noticia de la caída de su ciudad, Alhama. Siente que esa pérdida significa el fin de su dominio; pero, como «no quiere que sea cierto», resuelve tratar la noticia como «non arrivé». La estrofa dice así: «Cartas le fueron venidas de que Alhama era ganada; las cartas echó en el fuego y al mensajero matara.» [*] Fácilmente se adivina que otro factor determinante de tal conducta del rey se halla en su necesidad de rebatir el sentimiento de su inermidad. Al quemar las cartas y al hacer matar al mensajero trata de demostrar todavía su plenipotencia La segunda característica general de los desrealizamientos -su dependencia del pasado, del caudal mnemónico del yo y de vivencias penosas pretéritas, quizá reprimidas en el ínterin-no es aceptada sin discusión. Pero precisamente mi vivencia en la Acrópolis, que desemboca en una perturbación mnemónica, en una falsificación del pasado, contribuye a demostrar dicha relación. No es cierto que en mis años escolares haya dudado jamás de la existencia real de Atenas: sólo dudé de que llegara alguna vez a ver Atenas. Parecíame estar allende los límites de lo posible el que yo pudiera viajar tan lejos, que «llegara tan lejos», lo cual estaba relacionado con las limitaciones y la pobreza de mis condiciones de vida juveniles. No cabe duda de que mi anhelo de viajar expresaba también el deseo de escapar a esa opresión, a semejanza del impulso que lleva a tantos adolescentes a huir de sus hogares. Hacía tiempo había advertido que gran parte del placer de viajar radica en el cumplimiento de esos deseos tempranos, o sea, que arraiga en la insatisfacción con el hogar y la familia. Cuando por vez primera se ve el mar, se cruza el océano y se experimenta la realidad de ciudades y países desconocidos, que durante tanto tiempo fueron objetos remotos e inalcanzables de nuestros deseos, siéntese uno como un héroe que ha realizado hazañas de grandeza inaudita. Ese día, en la Acrópolis, bien podría haberle preguntado a mi hermano: «¿Recuerdas aún cómo en nuestra juventud recorríamos día tras día las mismas calles, camino de la escuela; cómo domingo tras domingo íbamos al Prater o a alguno de esos lugares de los alrededores que teníamos tan archiconocidos?… ¡Y ahora estamos en Atenas, parados en la Acrópolis! ¡Realmente, hemos llegado lejos!» si se me permite comparar tal insignificancia con un magno acontecimiento: cuando Napoleón I fue coronado emperador en Notre-Dame, ¿acaso no se volvió a uno de sus hermanos (seguramente debe haber sido el mayor, José) y le observó: «¿Qué diría de esto Monsieur nôtre Père si ahora pudiera estar aquí ?» Aquí, empero, nos topamos con la solución del pequeño problema de por qué nos habíamos malogrado ya en Trieste el placer de nuestro viaje a Atenas. La satisfacción de haber «llegado tan lejos» entraña seguramente un sentimiento de culpabilidad: hay en ello algo de malo, algo ancestralmente vedado. Trátase de algo vinculado con la crítica infantil contra el padre, con el menosprecio que sigue a la primera sobrevaloración infantil de su persona. Parecería que lo esencial del éxito consistiera en llegar más lejos que el propio padre y que tratar de superar al padre fuese aún algo prohibido. A estas motivaciones de carácter general se agrega todavía, en nuestro caso, cierto factor particular: el tema de Atenas y la Acrópolis contiene en sí mismo una alusión a la superioridad de los hijos, pues nuestro padre había sido comerciante, no había gozado de instrucción secundaria y Atenas no podía significar gran cosa para él. Lo que perturbó nuestro placer por el viaje a Atenas era, pues, un sentimiento de piedad. Y ahora, sin duda, ya no se admirará usted de que el recuerdo de esa vivencia en la Acrópolis me embargue tan a menudo desde que yo mismo he llegado a viejo, desde que dependo de la ajena indulgencia y desde que ya no puedo viajar. Muy cordialmente suyo lo saluda

 Sigmund Freud

domingo, 2 de diciembre de 2018

Juan Jose Saer (1937, Serodino Santa Fe , 2005 Paris)




Envío 

Sé que lo que mamá quiso decirme antes de morir era que
odiaba la vida. Odiamos la vida porque no puede vivirse. Y queremos
vivir porque sabemos que vamos a morir. Pero lo que tiene un núcleo
sólido —piedra, o hueso, algo compacto y tejido apretadamente, que
pueda pulirse y modificarse con un ritmo diferente al ritmo de lo que
pertenece a la muerte— no puede morir. La voz que escuchamos
sonar desde dentro es incomprensible, pero es la única voz, y no hay
más que eso, excepción hecha de las caras vagamente conocidas, y
de los soles y de los planetas. Me parece muy justo que mamá odiara
la vida. Pero pienso que si quiso decírmelo antes de morirse no estaba
tratando de hacerme una advertencia sino de pedirme una refutación.



final

8
del cuento "Sombras sobre vidrio esmerilado" del libro Unidad de Lugar

domingo, 25 de noviembre de 2018

Fernando Aramburu (San Sebastián, 1959)




Su vida y la mía

Habito desde que nací en un hombre llamado Fernando Aramburu. No voy a quejarme. Hay desiertos peores. Este hombre me obliga a madrugar. Se ha ido metiendo en años. Tenía una melena que se le derramaba sobre los hombros. Hoy lleva, llevamos, los pensamientos al aire.
De niños, cenábamos a menudo pescado en la casa familiar. El padre, a un costado de la mesa, se inclina sobre el plato con su pedazo de pan. Yo he visto al padre de este hombre en que habito comer macarrones con pan. Pan con todo. Pan. Él mismo era un pedazo de pan. Y la madre está ahí delante, en un presente perenne. Es buena y lleva delantal. Nuestros alimentos saben sin excepción a modestia. En casa no hay libros, pero ya me voy a encargar yo de que los haya.
Este hombre que me envuelve me hacía leer, siendo yo muchacho, poemas y obras de teatro clásico (Lope, Tirso y demás) en voz alta, a todas horas. Mi madre entraba alarmada en la habitación, convencida de haber traído al mundo un hijo delirante. Me pillaba con Góngora, me pillaba con Rubén Darío. Andando el tiempo, se acostumbró a la presencia del lenguaje literario en el hogar. Mi silencioso padre se limitó a restregarme un pedazo de pan por la frente.
Luego fundamos el Grupo CLOC de Arte y Desarte. El hombre, yo y unos amigos. Pensábamos que, así como se hace literatura con los guijarros de la vida, podíamos hacer la vida con las llamas de la literatura. Albert Camus detuvo nuestras manos prestas a la rotura de cristales. Vivo desde entonces en un paisaje ético. Esto no nos libra del error ni a Aramburu ni a mí; pero todo, a fin de cuentas, se queda en la casa de la palabra, refugio del abrazo.
Contraje la poesía a edad temprana. La he combatido o, en todo caso, paliado con el humor. Estuvimos largo tiempo sin hablarnos. No la necesito menos que entonces; pero ya no bajo de noche, a oscuras, a proveerme de ella en las galerías del hombre que me abarca. La busco y a veces la encuentro en las páginas que otros escribieron.
Y un día Alemania succionó al hombre que me contiene. Din don, la puerta, una mujer. Es ella. Su sombra tenía la forma de un tren que atraviesa fronteras. Y allá fuimos, viajeros de una sombra hermosa, el hombre y yo. No sabíamos una palabra de vocales largas y breves, de declinaciones y otras intrincadas veredas gramaticales. Nos repartimos como buenos compañeros el amor. El tiempo hizo su parte: transcurrió. Y nosotros la nuestra: procreamos.
Este hombre me hace madrugar para cumplir a diario el sueño de un lejano adolescente que quería ser escritor. Llevamos tanto tiempo juntos que ya no sé si él es yo o yo soy él. Hemos acumulado otoños, libros y una muchedumbre de hojas caídas que forman un suelo de serenidad. Compartimos lo bueno y lo triste. Aún respiramos con los pulmones también compartidos.

del libro ... Autorretrato sin mi


sábado, 24 de noviembre de 2018

Ida Vitale (Montevideo, 1923)

Aclimatación

Primero te retraes,
te agostas,
pierdes alma en lo seco,
en lo que no comprendes,
intentas llegar al agua de la vida,
alumbrar una membrana mínima,
una hoja pequeña.
No soñar flores.
El aire te sofoca.
Sientes la arena
reinar en la mañana,
morir lo verde,
subir árido oro.
Pero, aún sin ella saberlo,
desde algún borde
una voz compadece, te moja
breve, dichosamente,
como cuando rozas
una rama de pino baja
ya concluida la lluvia.



Cambios

Puede cambiar la vida
sus ramas, como un árbol
cambia las suyas desde
el verde hasta el otoño.
Puede, pilar oscuro,
suplicio oscuro puede
recubrirse de frutos
como un mes de verano.
Ah puede también caer,
caer no sé hasta dónde,
como cae el poema,
o el amor en la noche,
hasta no sé qué fondo
duro y ciego y terrible,
tocando el agua madre
el manantial del miedo


Corta la vida o larga, todo

lo que vivimos se reduce
a un gris residuo en la memoria.
De los antiguos viajes quedan
las enigmáticas monedas
que pretenden valores falsos.
De la memoria sólo sube
un vago polvo y un perfume.
¿Acaso sea la poesía?




Fortuna


Por años, disfrutar del error
y de su enmienda,
haber podido hablar, caminar libre,
no existir mutilada,
no entrar o sí en iglesias,
leer, oír la música querida,
ser en la noche un ser como en el día.
No ser casada en un negocio,
medida en cabras,
sufrir gobierno de parientes
o legal lapidación.
No desfilar ya nunca
y no admitir palabras
que pongan en la sangre
limaduras de hierro.
Descubrir por ti misma
otro ser no previsto
en el puente de la mirada.
Ser humano y mujer, ni más ni menos.



domingo, 28 de octubre de 2018

Adolfo Bioy Casares (1914, 1999 Buenos Aires )


El humor en la literatura y en la vida 

 


La inteligencia, con la ayuda del tiempo, suele transformar la ira, el rencor o la congoja, en humorismo. Aunque hoy nadie se declare desprovisto del sentido del humor, los que miran con desagrado el humorismo no son pocos. En su fuero interno, buena parte de la sociedad tiene la convicción de que sobre ciertas cosas no se toleran bromas. A muchos, el humorista, sobre todo el satírico, les altera el estado de ánimo. “El mundo no es perfecto, pero prefiero que no me lo recuerden”, asegura esa gente, y envidia a los necios “porque a ellos les está permitida la felicidad”.
Desde luego hay humoristas que fomentan la irritación contra el humorismo. Son los de fuego graneado, de broma sobre broma. Las mujeres tienen poca paciencia con ellos; yo también.
En mi aprendizaje –qué digo, toda la vida es aprendizaje–, en mi juventud, arruiné algunos textos por la superposición de las bromas. Una amiga, docta en psicoanálisis, me previno: “El humorismo enfría. Interpone primero una distancia entre el autor y la situación y después entre la situación y el lector”. Tal vez alguna verdad haya en esto. Para peor, la intensidad es una de las más raras virtudes en literatura. No muy importante, pero rara.
Italo Svevo, minutos antes de morir, pidió un cigarrillo al yerno, que se lo negó. Svevo murmuró: “Sería el último”. No dijo esto patéticamente, sino como la continuación de una vieja broma; una invitación a reír como siempre de sus reiteradas resoluciones de abandonar el tabaco. Al referir al hecho, el poeta Umberto Saba observó que el humorismo es la más alta forma de la cortesía.
Yo acepté en el acto la explicación de Saba, pero cuando trataba de explicarla no me mostraba muy seguro. Después de un tiempo entendí. Un periodista amigo me había preguntado cuál era el sentido de mi obra. Acusé el golpe, como dicen los cronistas de boxeo, y alegué que tales aclaraciones no incumbían a un narrador; que si mis libros justificaban una respuesta, ya la darían los críticos, bien o mal. No habré quedado del todo satisfecho, porque esa noche, antes de dormirme, de nuevo pensé en la pregunta del periodista y me dije que un posible sentido para mis escritos sería el de comunicar al lector el encanto de las cosas que me inducen a querer la vida, a sentir mucha pereza y hasta pena de que pueda llegar la hora de abandonarla para siempre. Entonces recapacité que yo quizá no lograra comunicar ese encanto, porque el afán de lucidez con frecuencia me lleva a descubrir el lado absurdo de las cosas, y el afán de veracidad me impide callarlo. Mientras analizaba todo esto comprendí que el humorismo es cortés porque el señalar verdades recurre a la comicidad. Si muestra lo malo, mueve a risa, y cuando alguien recuerda la amarga verdad que dijimos, sonríe porque también recuerda cómo la echamos a la broma.
Un escritor, al que en cierta época traté asiduamente, era muy compañero de su madre. Cuando ésta murió quedó tristísimo y años después solía comentar cuánto extrañaba las conversaciones con ella. Sin embargo, en el momento en que la madre murió, ese hombre tuvo una visión cómica. Me refirió, en efecto, que a un lado y otro de la cama de su madre aparecieron, con trajes de etiqueta, su padre y el médico de la familia, que era un viejo amigo. Verlos ahí le conmovía, pero también le hacía gracia pensar en cómo se habrían ingeniado para echar mano de tan solemnes sacos negros y pantalones a rayas, y en la rapidez que tuvieron para vestirse. En ese instante, en que se abría para él un abismo de tristeza, no pudo menos que sonreír, porque esas dos personas tan queridas le recordaban a un tal Fregoli, un artista de variedades de los años veinte, famoso únicamente por su velocidad para cambiar de ropa. El escritor estaba preocupado por haber tenido esos pensamientos en aquella hora y me preguntó si el hecho no sugería que algo muy perverso había en él. Le contesté lo que pensaba: si uno se acostumbra a ver el lado cómico de las cosas, lo descubre en cualquier ocasión, aun en las más trágicas.
En tal sentido, si mis fuentes son veraces, Buster Keaton, el actor cómico, tuvo una muerte ejemplar. Alguien, junto a su cama de enfermo, observó: “Ya no vive”. “Para saberlo –respondió otro– hay que tocarle los pies. La gente muere con los pies fríos.” “Juana de Arco, no”, dijo Buster Keaton, y quedó muerto.

Desde las Cruzadas

Existe una rama del humorismo, proficuamente renovada año tras año, sobre la que no estoy informado como quisiera: la de los cuentos cómicos, las más veces políticos o pornográficos, de transmisión oral. Los hubo de Franz y Fritz, los hay de gallegos, de judíos, de argentinos... ¿El fenómeno ocurre en todos los países? ¿Desde cuándo? Si empezó en tiempos lejanos, ¿cómo eran, digamos, los cuentos de la época de las cruzadas? ¿Quiénes son los autores? (Algo sabemos: los autores no son vanidosos, no firman sus trabajos.) Como ejemplo del género recordaré el conocido cuento de la receta. Me dijeron que la versión uruguaya es así: “Mezcle bien, en porciones iguales, barro y bosta, y obtendrá un uruguayo; pero, atención: por poco que se exceda en la bosta, le sale un argentino”. En la Argentina circula el mismo cuento, pero referido a radicales y peronistas.
En una prestigiosa revista literaria leí la reflexión, apócrifa o auténtica, de una vieja señora que se había enterado de la teoría de Darwin. “¿Entonces descendemos del mono? Mi querida amiga, espero que no sea verdad, pero si es verdad espero que no se sepa.” Todavía más grata me parece la respuesta que, según refiere Baroja en sus Memorias, dio un andaluz cuando alguien le preguntó si era Gómez o Martínez: “Es igual. La cuestión es pasar el rato.”
Para concluir citaré palabras de un personaje de Jane Austen: “La gente comete locuras y estupideces para divertirnos y nosotros cometemos locuras y estupideces para divertir a la gente”. Un buen ejemplo de humorismo y una muy buena compasiva interpretación de la historia.

del libro " De las cosas maravillosas" de la editorial Temas al Margen

martes, 25 de septiembre de 2018

George Orwell ," Rebelion en la granja" extracto



"El hombre es el único ser que consume sin producir. No da leche, no pone huevos, es demasiado débil para tirar del arado y su velocidad ni siquiera le permite atrapar conejos. Sin embargo, es dueño y señor de todos los animales. Los hace trabajar, les da el mínimo necesario para mantenerlos y lo demás se lo guarda para él. Nuestro trabajo labora la tierra, nuestro estiércol la abona y, sin embargo, no existe uno de nosotros que posea algo más que su pellejo. Vosotras, vacas, que estáis aquí, ¿cuántos miles de litros de leche habéis dado este último año? ¿Y qué se ha hecho con esa leche que debía servir para criar terneros robustos? Hasta la última gota ha ido a parar al paladar de nuestros enemigos. Y vosotras, gallinas, ¿cuántos huevos habéis puesto este año y cuántos pollitos han salido de esos huevos? Todo lo demás ha ido a parar al mercado para producir dinero para Jones y su gente. Y tú, Clover, ¿dónde están estos cuatro potrillos que has tenido, que debían ser sostén y alegría de tu vejez? Todos fueron vendidos al año; no los volverás a ver jamás. Como recompensa por tus cuatro criaturas y todo tu trabajo en el campo, ¿qué has tenido, exceptuando tus escuálidas raciones y un pesebre? »Ni siquiera nos permiten alcanzar el término natural de nuestras míseras vidas. Por mí no me quejo, porque he sido uno de los afortunados. Tengo doce años y he tenido más de cuatrocientas criaturas. Tal es el destino natural de un cerdo. Pero al final ningún animal se libra del cruel cuchillo. Vosotros, jóvenes cerdos que estáis sentados frente a mí, cada uno de vosotros va a gemir por su vida dentro de un año. A ese horror llegaremos todos: vacas, cerdos, gallinas, ovejas; todos. Ni siquiera los caballos y los perros tienen mejor destino. Tú, Boxer, el mismo día que tus grandes músculos pierdan su fuerza, Jones te venderá al descuartizador, quien te cortará el pescuezo y te cocerá para los perros de caza. En cuanto a los perros, cuando están viejos y sin dientes, Jones les ata un ladrillo al pescuezo y los ahoga en el estanque más cercano. »¿No resulta entonces de una claridad meridiana, camaradas, que todos los males de nuestras vidas provienen de la tiranía de los seres humanos? Eliminad tan sólo al Hombre y el producto de nuestro trabajo nos pertenecerá. Casi de la noche a la mañana, nos volveríamos ricos y libres. Entonces, ¿qué es lo que debemos hacer? ¡Trabajar noche y día, con cuerpo y alma, para derrocar a la raza humana! Ése es mi mensaje, camaradas: ¡Rebelión! Yo no sé cuándo vendrá esa rebelión; quizá dentro de una semana o dentro de cien años; pero sí sé, tan seguro como veo esta paja bajo mis patas, que tarde o temprano se hará justicia. ¡Fijad la vista en eso, camaradas, durante los pocos años que os quedan de vida! Y, sobre todo, transmitid mi mensaje a los que vengan después, para que las futuras generaciones puedan proseguir la lucha hasta alcanzar la victoria. »Y recordad, camaradas: vuestra voluntad jamás deberá vacilar. Ningún argumento os debe desviar. Nunca hagáis caso cuando os digan que el Hombre y los animales tienen intereses comunes, que la prosperidad de uno es también la de los otros. Son mentiras. El Hombre no sirve los intereses de ningún ser exceptuando los suyos propios. Y entre nosotros los animales, que haya perfecta unidad, perfecta camaradería en la lucha. Todos los hombres son enemigos. Todos los animales son camaradas. En ese momento se produjo una tremenda conmoción. Mientras Mayor estaba hablando, cuatro grandes ratas habían salido de sus escondrijos y se habían sentado sobre sus cuartos traseros, escuchándolo. Los perros las divisaron repentinamente y sólo merced a una acelerada carrera hasta sus reductos lograron las ratas salvar sus vidas. Mayor levantó su pata para imponer silencio. —Camaradas —dijo—, aquí hay un punto que debe ser aclarado. Los animales salvajes, como los ratones y los conejos, ¿son nuestros amigos o nuestros enemigos? Pongámoslo a votación. »Yo planteo esta pregunta a la asamblea: ¿Son camaradas las ratas? Se pasó a votación inmediatamente, decidiéndose por una mayoría abrumadora que las ratas eran camaradas. Hubo solamente cuatro discrepantes: los tres perros y la gata, que, como se descubrió luego, habían votado por ambos lados. Mayor prosiguió: —Me resta poco que deciros. Simplemente insisto: recordad siempre vuestro deber de enemistad hacia el Hombre y su manera de ser. Todo lo que camine sobre dos pies es un enemigo. Lo que ande a cuatro patas, o tenga alas, es un amigo. Y recordad también que en la lucha contra el Hombre, no debemos llegar a parecernos a él. Aun cuando lo hayáis vencido, no adoptéis sus vicios. Ningún animal debe vivir en una casa, dormir en una cama, vestir ropas, beber alcohol, fumar tabaco, manejar dinero ni ocuparse del comercio. Todas las costumbres del Hombre son malas. Y, sobre todas las cosas, ningún animal debe tiranizar a sus semejantes. Débiles o fuertes, listos o ingenuos, todos somos hermanos. Ningún animal debe matar a otro animal. Todos los animales son iguales. »Y ahora, camaradas, os contaré mi sueño de anoche. No estoy en condiciones de describíroslo a vosotros. Era una visión de cómo será la tierra cuando el Hombre haya sido proscrito. Pero me trajo a la memoria algo que hace tiempo había olvidado. Muchos años ha, cuando yo era un lechoncito, mi madre y las otras cerdas acostumbraban a entonar una vieja canción de la que sólo sabían la tonada y las tres primeras palabras. Aprendí esa canción en mi infancia, pero hacía mucho tiempo que la había olvidado. Anoche, sin embargo, volvió a mí en el sueño. Y más aún, las palabras de la canción también; palabras que, tengo la certeza, fueron cantadas por animales de épocas lejanas y luego olvidadas durante muchas generaciones. Os cantaré esa canción ahora, camaradas. Soy viejo y mi voz es ronca, pero cuando Os haya enseñado la tonada podréis cantarla mejor que yo. Se llama «Bestias de Inglaterra». El viejo Mayor carraspeó y comenzó a cantar. Tal como había dicho, su voz era ronca, pero a pesar de todo lo hizo bastante bien; era una tonadilla rítmica, algo a medias entre «Clementina» y «La cucaracha». La letra decía así: 

¡Bestias de Inglaterra, bestias dé Irlanda! ¡Bestias de toda tierra y clima! ¡Oíd mis gozosas nuevas que cantan un futuro feliz! Tarde o temprano llegará la hora en la que la tiranía del Hombre sea derrocada y las ubérrimas praderas de Inglaterra tan sólo por animales sean holladas. De nuestros hocicos serán proscritas las argollas, de nuestros lomos desaparecerán los arneses. 
Bocados y espuelas serán presas de la herrumbre y nunca más crueles látigos harán oír su restallar. Más ricos que la mente imaginar pudiera, el trigo, la cebada, la avena, el heno, el trébol, la alfalfa y la remolacha serán sólo nuestros el día señalado. Radiantes lucirán los prados de Inglaterra y más puras las aguas manarán; más suave soplará la brisa el día que brille nuestra libertad. Por ese día todos debemos trabajar aunque hayamos de morir sin verlo. Caballos y vacas, gansos y pavos, ¡todos deben, unidos, por la libertad luchar! ¡Bestias de Inglaterra, bestias de Irlanda! ¡Bestias de todo país y clima! 
¡Oíd mis gozosas nuevas que cantan un futuro feliz! 

El ensayo de esta canción puso a todos los animales en la más salvaje excitación. Poco antes de que Mayor hubiera finalizado, ya se habían lanzado todos a cantarla. Hasta el más estúpido había retenido la melodía y parte de la letra, mientras que los más inteligentes, como los cerdos y los perros, aprendieron la canción en pocos minutos. Poco más tarde, con ayuda de varios ensayos previos, toda la granja rompió a cantar «Bestias de Inglaterra» al unísono. Las vacas la mugieron, los perros la aullaron, las ovejas la balaron, _los caballos la relincharon, los patos la graznaron. Estaban tan contentos con la canción que la repitieron cinco veces seguidas y habrían continuado así toda la noche de no haber sido interrumpidos. Desgraciadamente, el alboroto armado despertó al señor Jones, que saltó de la cama creyendo que había un zorro merodeando en los corrales. Tomó la escopeta, que estaba permanentemente en un rincón del dormitorio, y disparó un tiro en la oscuridad. Los perdigones se incrustaron en la pared del granero y la sesión se levantó precipitadamente. Cada cual huyó hacia su lugar de dormir. Las aves saltaron a sus palos, los animales se acostaron en la paja y en un instante toda la granja estaba durmiendo"