sábado, 22 de agosto de 2026

Partitura de " Hava Naguila " para saxo alto

Escuché esta melodía muchísimas veces de chico. Era una de esas canciones que uno conocía sin saber muy bien de dónde venía, pero que inmediatamente remitía a una fiesta judía. Ahora sé que **Hava Nagila** tiene su origen en un *nigún* jasídico, una de esas melodías que se cantaban muchas veces sin palabras. Con el tiempo salió de aquel mundo religioso, viajó, se transformó y terminó convirtiéndose en una de las músicas judías más reconocibles del mundo. Aprender algo de música me permitió descubrir además lo sencilla que es su estructura. Y, curiosamente, entender esa sencillez no le quitó nada: al contrario, me hizo disfrutarla más. Hay algo fascinante en comprobar cómo con tan pocos elementos se puede construir una melodía capaz de sobrevivir generaciones y de provocar todavía las mismas ganas de acompañarla, cantarla o bailarla. La melodía es bastante más antigua que la letra. Provenía de los jasidim de Sadigura, en la región de Bucovina —hoy parte de Ucrania—, y llegó a Jerusalén con miembros de esa comunidad. Allí el musicólogo **Abraham Zvi Idelsohn** la recogió y, en 1918, la adaptó y le agregó una letra en hebreo inspirada en los Salmos. **Hava Nagila** significa, sencillamente, **“alegrémonos”**. Y quizá buena parte de su secreto esté justamente ahí: una melodía sencilla, unas pocas palabras y una invitación que no necesita demasiadas explicaciones. **Alegrémonos.**

Partitura de "Misty" para saxo alto

 Definitivamente, tocar baladas en el saxo es una de las cosas que más me gustan. Lo difícil, muchas veces, es encontrar la partitura adecuada: de los grandes estándares de jazz existen infinidad de versiones, y no siempre es fácil saber cuál elegir.

Con esta versión de Misty me sentí cómodo y pensé que quizás estaba tocando la partitura original de Erroll Garner, que compuso el tema en 1954 y que con el tiempo se convertiría en uno de los grandes estándares del jazz.

Pero después descubrí algo que no sabía: Garner no leía ni escribía música de la manera convencional. Tocaba de oído. Así que esa “partitura original” que yo buscaba, escrita de puño y letra por el compositor, sencillamente no existía.

La melodía original, por supuesto, sí. Garner la había compuesto y grabado; otros se encargaron después de llevarla al pentagrama.

Y ahí aparece una curiosidad que me encanta: Garner podía tocar Misty, podía improvisar sobre ella y transformarla cada vez que se sentaba al piano, pero probablemente no habría podido leer la partitura que hoy usamos los demás para tocar su música.

sábado, 15 de agosto de 2026

Extracto de Veinticuatro horas en la vida de una mujer, de Stefan Zweig

 


"Sin embargo, tampoco entonces encontraba el menor interés en la uniformidad de aquellas caras extrañas, hasta que un día mi marido, cuya pasión secreta era la quiromancia, la adivinación por las líneas de las manos, me enseñó un modo especial de mirar, que era realmente más interesante y que impresionaba y excitaba bastante más que el soporífero mariposeo alrededor de las mesas: consistía en no mirar nunca a los rostros, sino únicamente al cuadrilátero de la mesa y sobre todo las manos de los jugadores y su manera particular de moverse. Ignoro si usted habrá fijado alguna vez por casualidad su atención exclusivamente en el tapete verde, en el centro del cual la bolita vacila como un beodo, de un número a otro, y dentro de cuyo cuadrilátero, dividido en secciones, llueven, a modo de maná, arrugados pedazos de papel, redondas piezas de oro o plata, que luego la raqueta del croupier, a semejanza de una fina guadaña, siega y arrastra hacia sí o empuja como una gavilla hacia el ganador. Observándolo desde esa especial perspectiva, lo único que varía son las manos, la multitud de manos claras, nerviosas y siempre en actitud de espera en torno al tapete verde, todas asomando por la caverna de su respectiva manga, cada una de forma y color diferentes, algunas desnudas, otras adornadas con anillos y pulseras tintineantes, muchas velludas como animales salvajes, muchas otras húmedas y retorcidas como anguilas, y todas, sin embargo, crispadas y trémulas por una enorme impaciencia. Involuntariamente pensaba siempre en la pista de las carreras en el momento en que, en la línea de salida, hay que contener con fuerza a los excitados caballos para que no se lancen antes de tiempo. Exactamente así temblaban y se agitaban las manos. Todo puede adivinarse en esas manos, en su manera de esperar, de coger, de contraerse: al codicioso se le reconoce por su mano parecida a una garra; al pródigo, por su mano blanda y floja; al calculador, por su muñeca firme; al desesperado, por la mano temblorosa; cientos de temperamentos se descubren con la rapidez del rayo, ya en el modo de tomar el dinero, ya si lo estruja o lo agita nerviosamente, ya si, abatido y  con mano fatigada, hace indiferente una puesta en el tapete verde. Que el hombre se descubre en el juego es una vulgaridad, ya lo sé, pero yo digo que su mano lo descubre todavía mejor durante el juego. Porque todos o casi todos los jugadores, han aprendido muy pronto a dominar su rostro; todos, del cuello para arriba, llevan la fría máscara de la impasibilidad: vencen las arrugas que se forman en torno de la boca y moderan su excitación apretando constantemente los dientes; se disimulan a sí mismos la visible inquietud, y con los músculos en tensión imprimen a su semblante una fingida indiferencia, que adquiere por momentos una frialdad aristocrática, Pero, por lo mismo que su atención está tensamente concentrada, en el esfuerzo por dominar la expresión del semblante, que es la parte más visible de su ser, y olvidan las manos, como olvidan también que hay individuos que las observan y que descubren en ellas todo lo que más arriba intentan disimular los labios sonrientes y las miradas aparentemente tranquilas. Y las manos ponen, impúdicamente, al descubierto su secreto. Porque llega inevitablemente un momento en que esos dedos a duras penas dominados, en apariencia adormecidos, saldrán de su voluntaria indolencia: en el tenso segundo en que la bolita de la ruleta cae en la pequeña casilla y se canta el número ganador; entonces, en ese instante, cada una de aquellas cien o ciento cincuenta manos dibuja un movimiento involuntario, completamente individual, personal, de instinto primitivo. Y cuando uno aprende y se acostumbra, como yo, debido a la pasión de mi marido, a observar esa muchedumbre de manos, la explosión, siempre variable, siempre diferente, siempre inesperada, del temperamento particular de cada persona, nos causa un efecto más emotivo que el teatro o la música. No me es posible describirle las mil maneras de mover las manos en el juego: las hay como de bestias salvajes, de velludos y curvados dedos, que arrebatan ferozmente el dinero; otras, nerviosas, trémulas, con las uñas pálidas, que apenas se atreven a avanzar; otras, nobles y a un tiempo viles, tímidas y brutales, vivas y a la vez torpes; y otras, vacilantes… Pero cada una actúa de manera diferente, porque expresa un temperamento distinto, a excepción de las manos de los croupiers. Las de éstos son máquinas perfectas; al lado de la exaltación viva de las otras, funcionan con una precisión objetiva, siempre atareadas y con absoluta indiferencia, cual si se tratase de las sonoras llaves de un aparato calculador. Pero estas manos frías actúan aún de una manera que nos sorprende mayormente por el contraste con sus obsesionadas y apasionadas hermanas; diríase que visten uniforme, como policías en medio de las oleadas y de la exaltación de una revuelta popular. Añádase todavía el goce personal que se experimenta a los pocos días, una vez conocidas las costumbres y pasiones de cada una de las manos. Al poco tiempo hice distinciones entre ellas, dividiéndolas, como lo haría con las personas, en simpáticas y antipáticas; las había que me parecían tan asquerosas por su avidez y su torpeza, que de ellas apartaba siempre la mirada como ante una indecencia. Cada mano nueva en la mesa constituía para mí una aventura y un motivo de curiosidad; muy a menudo olvidaba mirar el rostro que, más arriba, asentado en un cuello como una fría máscara, aparecía inmóvil, sobre una camisa de smoking o sobre un escote resplandeciente."

domingo, 9 de agosto de 2026

Un comentario sobre "Música", de Yukio Mishima






 Tomé Música, de Yukio Mishima, esperando encontrar referencias musicales en la novela. No fue así. Mishima toma prestado, acá, un linaje que no es el suyo —el psicoanálisis— y lo hace con una curiosidad que todavía no termino de explicarme. Quizás fue, simplemente, diversión literaria: probarse un instrumento ajeno solo para ver qué sonido daba. Resulto un texto perturbador.

La novela está narrada por un psicoanalista que trata a Reiko, una joven incapaz de "escuchar música" —metáfora bastante explícita de la frigidez y el bloqueo del deseo. Tiene mucho de caso clínico: el analista arma una hipótesis, se equivoca, revisa. Es rara, y sin embargo no la abandoné, cosa que sí me pasa con frecuencia con otros libros.

Lo que hace que la novela sea más interesante de lo que promete su premisa es que el analista, lejos de ser un instrumento neutral, se revela falible: reconoce que se sintió seducido por Reiko, y que en algún punto vivió la frigidez de ella como propia. No hay objetividad clínica posible cuando el que observa está implicado en lo que observa.

Eso cambia el peso del final. Reiko se cura, se casa, y el novio le manda un telegrama al analista que dice: "La música se deja oír. No cesa nunca." La prueba de la cura llega filtrada por alguien que ya confesó no ser un lector confiable, alguien con interés personal en creer que la curó, porque la frigidez de ella estaba enredada con su propio deseo desde el principio. El telegrama deja de ser prueba de algo y pasa a ser, nada más, el final que el analista necesitaba para la historia que se estaba contando sobre sí mismo.

Visto así, la novela no es Mishima validando el psicoanálisis. Es Mishima usando la estructura confesional del caso clínico —la autoridad del analista, la promesa de explicarlo todo— para vaciarla desde adentro, haciendo que la supuesta objetividad del narrador sea lo menos confiable del libro. Un sistema cerrado que usa y socava al mismo tiempo, como hace con tantos otros a lo largo de su obra, aunque esta vez el desmontaje no viene del ritual samurái ni de la estética, sino de la propia voz de quien cuenta la historia.

domingo, 2 de agosto de 2026

" El mal puede crecer " Sobre Marek Edelman escrito por Jorge Santkovsky

 





El mal puede crecer

"Lo más difícil es enseñar a amar. El odio se aprende solo."
— Marek Edelman

Marek Edelman desconfiaba de las personas que creían haber derrotado al mal.

Él lo había visto demasiado de cerca como para pensar que desaparece. Sabía que cambia de uniforme, de bandera y de lenguaje.

Cuando hablaba del mal no lo hacía como un filósofo. Lo hacía como alguien que había acompañado a niños, madres y ancianos hasta los vagones que los llevarían a Treblinka. No podía salvarlos. Pero estaba con ellos. Esa experiencia deja una marca que ningún libro puede enseñar.

El 16 de mayo de 2005, durante un seminario internacional sobre la enseñanza del Holocausto organizado por el Consejo de Europa y el Ministerio de Educación de Polonia en Cracovia, dijo algo que todavía hoy resulta incómodo escuchar:

"La cuestión fundamental no es el gueto, sino el individuo. Los seres humanos son intrínsecamente agresivos, y eso es lo que hizo posible el Holocausto. La amenaza se agudizó en el siglo XX porque estábamos atrapados entre dos regímenes fascistas: Alemania y Rusia. Con el fin de la Segunda Guerra Mundial se podría haber pensado que no habría más Holocausto, pero no fue así."

No estaba hablando solamente del pasado.
Nos estaba hablando a nosotros.

Edelman entendía que la agresividad es una fuerza ciega, innata en nuestra especie. Pero esa fuerza necesita un mapa para convertirse en barbarie generalizada, y ese mapa es el odio que se aprende solo. El horror a gran escala no nace de un impulso salvaje y repentino; nace cuando una cultura —por cansancio, indiferencia o complicidad— permite que esa agresividad natural sea educada, canalizada y vestida con uniforme.

Edelman no confiaba demasiado en la educación entendida como acumulación de conocimientos. Recordaba que Pol Pot había estudiado en la Universidad de la Sorbona. La inteligencia, por sí sola, no inmuniza contra la barbarie. Una mente brillante puede organizar el horror con la misma eficacia con la que resuelve una ecuación.

Seis semanas más tarde, el 27 de junio de 2005, durante la apertura de la presidencia polaca de la Task Force for International Cooperation on Holocaust Education, Remembrance and Research en Varsovia, volvió sobre la misma preocupación.

Advirtió que permitir manifestaciones de odio e intolerancia en nombre de la libertad era una mala señal. Eso, dijo, no era democracia.

La democracia tampoco consiste en acostumbrarse al mal.

Porque el mal puede crecer. Puede hacerlo lentamente, casi sin ruido, hasta que un día descubrimos que ya es demasiado tarde para preguntarnos cuándo empezó.

Marek no le perdonaba a ninguna sociedad que se acostumbrara a mirar hacia otro lado.

Quizá por eso nunca habló como un héroe. Cuando le preguntaban por el levantamiento del Gueto de Varsovia respondía con una sencillez desconcertante. No decía que habían luchado por la gloria ni por la patria. Tampoco hablaba de heroísmo. Simplemente no había otra cosa que hacer.

Marek no se preguntaba qué hacían los héroes. Se preguntaba qué hace una persona común cuando el mal entra en su casa.

Marek Edelman respondió de una manera durante el levantamiento del gueto.
Y respondió exactamente igual el resto de su vida.
Siguió diciendo lo que pensaba, aunque resultara incómodo.
Nunca aceptó convertirse en espectador.

Tal vez ésa sea la enseñanza más profunda que dejó. No que el mal existe. Eso ya lo sabemos. Lo difícil es reconocer el momento en que deja de parecernos ajeno.

Porque el mal no improvisa. Prepara el terreno y pide permiso. Y nosotros, distraídos o cansados, terminamos abriéndole la puerta.

Este texto es parte de " Un judío amateur"




Partitura de La Pantera Rosa para saxo alto

 

Una pequeña lección de humildad nunca esta demás.

Escuché a un saxofonista tocar La Pantera Rosa en el Bar Británico y tuve un pensamiento tan rápido como equivocado.

"Qué fácil debe ser tocar eso."

No sé por qué lo pensé. Supongo que porque es una melodía que escuché infinidad de veces y la tengo completamente incorporada. Es de esas músicas que uno cree conocer de memoria.

Cuando se lo comenté a Neke, mi profesor de saxo, no me contradijo. Simplemente me desafió:

—Bueno... sacala.

Ahí empezó el problema.

Comprendí bastante rápido hasta qué punto había sido soberbio. La melodía no era, en absoluto, tan sencilla como imaginaba. Me llevó varias clases, mucho ensayo y bastante prueba y error hasta poder tocarla con cierta naturalidad.

Fue una buena lección.

No está bueno ser pedante cuando uno todavía está aprendiendo. Aunque, pensándolo bien, tampoco está bueno serlo cuando uno ya es un experto.

Pero ese ya es otro asunto.

jueves, 16 de julio de 2026

"El judío imaginario :un libro, un cementerio y una vieja mentira " Por Jorge Santkovsky

I. El libro difícil de conseguir

Conseguir El cementerio de Praga fue más difícil que conseguir los Protocolos de los Sabios de Sion.

Los Protocolos están por todas partes. Aparecen en Internet con unos pocos clics. Se los cita en videos, comentarios y cadenas de mensajes. Todavía hay personas que los consideran una prueba irrefutable de que los judíos controlan el mundo.

El libro de Umberto Eco, en cambio, tuve que pedir que lo encargaran especialmente.

Me dio cierta pena. Una de las cosas que más disfruto al comprar un libro es hojearlo antes de decidirme. Leer una página al azar. Mirar el índice. Abrirlo en cualquier lugar y escuchar lo que tiene para decir. Esta vez no pude hacerlo. La librería lo había pedido especialmente para mí y, una vez llegado, ya no había marcha atrás. Si yo no lo compraba, tendrían que devolverlo.

No se trataba de una librería cualquiera. Era una de las mejores de San Telmo, atendida por gente que ama los libros y que sigue apostando a ellos en una época que parece haberles declarado la guerra.

Hay una vieja idea según la cual la lectura debería ser una forma de felicidad, y un libro tiene que conquistarnos desde las primeras páginas. No sé si es cierto, pero aquella tarde sentí la necesidad de averiguarlo.

No pude esperar a llegar a casa.

Caminé unas cuadras con el libro bajo el brazo. Cuando pasé por Plaza Dorrego me senté un momento y lo abrí. Quería saber si la compra se justificaba.

En una de las primeras páginas hay una ilustración: un anciano judío retratado con todos los estereotipos antisemitas: ojos que espían, sonrisas escurridizas, labios de hiena, una nariz "excavada por el odio". Debajo, el epígrafe: "Yo a los judíos los he soñado todas las noches, durante años y años." Volví unas páginas atrás para entender de dónde salía esa cara. Ahí estaba el resto: el narrador preguntándose a sí mismo "¿A quién odio? A los judíos, se me antoja contestar." Eran los rasgos que el abuelo le había transmitido de niño, un repertorio mucho más extenso del que la ilustración apenas tomaba una muestra, buena parte del cual sigue vigente hoy, reciclado en foros y cadenas de mensajes con la misma convicción de entonces. El narrador confiesa y se alegra de que nunca había visto a ninguno. Lo había soñado, noche tras noche, hasta darle este rostro.

Recuerdo haber sentido frío.

El personaje no odiaba a personas reales. Odiaba una criatura que él mismo, o más bien su abuelo antes que él, había inventado.

Pensé que quizás allí estaba una de las claves del libro.

¿Por qué un panfleto fraudulento sigue encontrando lectores mientras una novela monumental que explica su origen parece desaparecer de las librerías?

La pregunta me acompañó durante varios días.

Cuando compré el libro sabía muy poco sobre los Protocolos de los Sabios de Sion. Quería entender mejor la historia de una falsificación que, más de un siglo después de haber sido desenmascarada, sigue produciendo efectos.

En los últimos años escuché varias veces versiones actualizadas de la misma leyenda. Amigos inteligentes y bienintencionados me contaban, con genuina preocupación, que Israel quería quedarse con la Patagonia. Ninguno era antisemita confeso. Simplemente repetían cosas que alguien les había contado. Esa historia tiene nombre: Plan Andinia.*

Durante los incendios en el sur circularon versiones que atribuían los hechos a ciudadanos israelíes. Llegó a difundirse incluso la idea de que una granada israelí constituía la prueba material de la conspiración. Una granada puede imaginarse. Puede fotografiarse. Puede convertirse en un símbolo. Más tarde llegaron las aclaraciones y las desmentidas. Pero para entonces la historia ya había hecho su trabajo.

Hay algo casi cómico en que una historia semejante encuentre eco en una época de satélites, drones, inteligencia artificial y teléfonos capaces de acceder a casi cualquier información del planeta. Sin embargo, la tecnología cambia mucho más rápido que la naturaleza humana. La desmentida llegó. Pero para entonces ya era tarde.

Mientras los escuchaba pensaba en una vieja observación: las teorías conspirativas tienen una ventaja enorme sobre la realidad. Ofrecen explicaciones simples. La realidad, en cambio, está llena de contradicciones, errores humanos, intereses cruzados y casualidades. Las conspiraciones ofrecen una explicación elegante. Todo encaja. Todo responde a un plan. Nada ocurre por azar.

Los Protocolos ofrecían exactamente eso: una explicación total del mundo. Pero no inventaron nada. Heredaron una larga tradición de fantasías políticas europeas y simplemente le dieron una forma nueva. El antisemitismo moderno tiene la ilusión de ser una ideología. En realidad es una herencia.

Eco necesitó centenares de páginas para mostrar cómo se construyen esas ficciones. Los autores de la falsificación necesitaron muchas menos para construirla.

Hay una asimetría inquietante en todo esto. La mentira cabe en un folleto. La explicación ocupa una biblioteca.

Quizás por eso los Protocolos siguen circulando mientras los libros que explican su origen se vuelven cada vez más difíciles de encontrar.

II. El cementerio de Praga

El cementerio de Praga existe. Lo visité hace algunos años. Lo primero que me llamó la atención fue que Eco no lo llamara El antiguo cementerio judío de Praga. El título prescinde de toda aclaración. Praga tiene otros cementerios. Sin embargo, parece asumir que existe uno que no necesita presentación. Como si hubiera dejado de ser un lugar para convertirse en una idea. Praga sabe de eso; es la misma ciudad que dio vida al Golem.

Las lápidas aparecen apretadas unas contra otras, inclinadas por el paso de los siglos. El espacio era tan limitado que las tumbas debían superponerse en sucesivas capas. Muy cerca se encuentra la vieja sinagoga. Los visitantes caminan en silencio, como en una procesión. Algunos dejan pequeñas notas enrolladas en los resquicios de las tumbas, como quien deposita una petición o una esperanza.

Para millones de personas, sin embargo, el cementerio terminó siendo conocido por otra razón.

En 1868 un mediocre escritor alemán, Hermann Goedsche, publicó una novela titulada Biarritz. En uno de sus capítulos imaginó una reunión secreta de rabinos en el antiguo cementerio judío de Praga. Allí conspiraban para dominar el mundo. La escena incluía incluso la aparición del Diablo, que acudía a compartir sus consejos e intuiciones. Resulta difícil imaginar una historia más extravagante. Sin embargo, logró algo extraordinario: que una invención literaria fuera confundida con un hecho histórico.

Lo extraordinario fue lo que ocurrió después. Aquella ficción terminó desprendiéndose de la novela que la había producido. Fue repetida, deformada y reutilizada hasta convertirse en una supuesta prueba de una conspiración judía mundial. Décadas más tarde, ideas semejantes reaparecerían en los Protocolos de los Sabios de Sion.

Para los nazis no fue literatura. Fue una realidad.

Lo que comenzó como una fantasía literaria acabó transformándose en propaganda. Mientras tanto, el cementerio real sigue ahí. Las lápidas inclinadas, las notas enrolladas en los resquicios de las tumbas, los visitantes en silencio. Un lugar que todavía es un lugar.

Los mitos rara vez necesitan destruir la realidad. Les basta con reemplazarla.

El judío imaginario terminó siendo más conocido que muchos judíos reales. El cementerio imaginario terminó siendo más famoso que el cementerio verdadero. Y una novela olvidada produjo consecuencias mucho más nefastas que las que su autor podría haber imaginado.

 

*El Plan Andinia es un relato conspiranoico y judeofóbico que nace en Argentina en los años sesenta, promovido por nazis y anticomunistas locales a través de un panfleto titulado "El Plan Andinia o el nuevo Estado judío". En ese libelo se acusa a argentinos judíos, complotados con israelíes, de querer apoderarse de la Patagonia.

Este texto es parte de: Un judío amateur