domingo, 9 de agosto de 2026

Un comentario sobre "Música", de Yukio Mishima






 Tomé Música, de Yukio Mishima, esperando encontrar referencias musicales en la novela. No fue así. Mishima toma prestado, acá, un linaje que no es el suyo —el psicoanálisis— y lo hace con una curiosidad que todavía no termino de explicarme. Quizás fue, simplemente, diversión literaria: probarse un instrumento ajeno solo para ver qué sonido daba. Resulto un texto perturbador.

La novela está narrada por un psicoanalista que trata a Reiko, una joven incapaz de "escuchar música" —metáfora bastante explícita de la frigidez y el bloqueo del deseo. Tiene mucho de caso clínico: el analista arma una hipótesis, se equivoca, revisa. Es rara, y sin embargo no la abandoné, cosa que sí me pasa con frecuencia con otros libros.

Lo que hace que la novela sea más interesante de lo que promete su premisa es que el analista, lejos de ser un instrumento neutral, se revela falible: reconoce que se sintió seducido por Reiko, y que en algún punto vivió la frigidez de ella como propia. No hay objetividad clínica posible cuando el que observa está implicado en lo que observa.

Eso cambia el peso del final. Reiko se cura, se casa, y el novio le manda un telegrama al analista que dice: "La música se deja oír. No cesa nunca." La prueba de la cura llega filtrada por alguien que ya confesó no ser un lector confiable, alguien con interés personal en creer que la curó, porque la frigidez de ella estaba enredada con su propio deseo desde el principio. El telegrama deja de ser prueba de algo y pasa a ser, nada más, el final que el analista necesitaba para la historia que se estaba contando sobre sí mismo.

Visto así, la novela no es Mishima validando el psicoanálisis. Es Mishima usando la estructura confesional del caso clínico —la autoridad del analista, la promesa de explicarlo todo— para vaciarla desde adentro, haciendo que la supuesta objetividad del narrador sea lo menos confiable del libro. Un sistema cerrado que usa y socava al mismo tiempo, como hace con tantos otros a lo largo de su obra, aunque esta vez el desmontaje no viene del ritual samurái ni de la estética, sino de la propia voz de quien cuenta la historia.

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