domingo, 30 de agosto de 2026
" Soledad" un texto de Jorge Santkovsky
sábado, 29 de agosto de 2026
" Puertas que se abren " un texto de Jorge Santkovsky
Ser judío no es solamente cargar con una historia de expulsiones y cenizas. También, a veces, es encontrar una puerta que se abre sin preguntar nada.
Yo lo supe en 1977, cuando llegué a Buenos Aires desde Bahía Blanca con una valija prestada y más miedo que ropa. Me estaba escondiendo de los militares: había militado contra la dictadura, como tantos jóvenes de esa época. La Casa del Estudiante de la AMIA me recibió sin hacerme preguntas ni pedirme nada a cambio. Fue una bendición, porque estaba muy vulnerable en una ciudad enorme y hostil. Otros iban para hacer contactos o encontrar pareja. Yo fui porque no tenía dinero ni alojamiento.
Me dejaron quedarme sin pagar, hasta que pudiera hacerlo. No me preguntaron si creía en Dios, si respetaba el Shabat ni si pensaba volver. Bastó con mi apellido.
Durante unos meses creí que allí estaba a salvo. Era una ilusión, lo sé ahora. Con los años supe también que entre las víctimas de la dictadura hubo una proporción enorme de jóvenes judíos y que el antisemitismo formaba parte del horror de muchos centros clandestinos. Yo entonces no lo sabía, y ese no saber fue mi refugio. A veces la ignorancia también es una forma de fe.
Por esa misma época llegué hasta una oficina de la Sojnut, la Agencia Judía, en la calle Lavalle, casi llegando a Callao. No recuerdo quién hizo el contacto; posiblemente una tía que temía por mi vida. Lo que sí recuerdo perfectamente es el rostro del hombre que me recibió. Casi cincuenta años después creo que podría reconocerlo. No recuerdo su nombre, pero recuerdo algo más importante: él sabía lo que estaba pasando.
Me contó que ya habían sacado de Chile a jóvenes perseguidos por la dictadura de Pinochet, muchos de ellos militantes de izquierda como yo. Y me ofreció hacer lo mismo conmigo: sacarme de la Argentina y llevarme a Israel.
Me iría sin documentación argentina y debía entender que irme significaba no volver.
No "hasta que terminara la dictadura". No volver.
Hoy sabemos que terminó en 1983. En 1977 nadie podía saberlo. Podía durar veinte años, treinta, toda una vida.
Yo tenía diecinueve años. No era sionista; Israel ni siquiera formaba parte de mi horizonte. Tampoco hablaba hebreo ni tenía parientes allí. Me imaginaba llegando solo a un país extraño y, además, con la posibilidad de terminar haciendo el servicio militar. Había conseguido evitarlo en la Argentina y tampoco quería hacerlo en Israel. No lo sentía para mí.
Pero creo que hubo algo todavía más fuerte que me impidió partir. Mis conflictos estaban acá. La locura de mi padre era una sombra sobre mi vida y mi hermano se quedaría, de algún modo, todavía más huérfano. Irme podía salvarme, pero también significaba abandonar todo aquello. Sentía, además, que había cosas que debía resolver acá; que si me iba huyendo quizá nunca terminaría de sanar.
Salí de aquella oficina y empecé a caminar por Callao hacia Corrientes. No necesité llegar muy lejos. A mitad de cuadra ya sabía que no me podía ir.
Me quedé.
Y tuve suerte.
Todavía hoy paso a menudo por aquella antigua sede de la Sojnut en la calle Lavalle. Cada vez que lo hago miro el edificio y recuerdo aquel día, el rostro del hombre que me atendió y la caminata por Callao en la que decidí quedarme. Durante décadas no supe que aquella puerta que no atravesé tenía incluso un nombre.
Milut —"rescate" en hebreo— era el nombre de la operación en la que participaron la Agencia Judía, la Embajada de Israel y otros organismos israelíes para sacar de la Argentina a personas cuyas vidas estaban en peligro. Se estima que entre 350 y 400 argentinos lograron escapar mediante ese operativo.
Chile había sido el antecedente.
Eso me conmueve ahora de una manera que entonces no podía entender.
Yo no era sionista y ellos lo sabían. Tampoco parecía importarles demasiado. No estaban tratando de convencerme de Israel. Estaban tratando de salvarme.
Me gusta pensar que aquellos jóvenes idealistas, imprudentes y temerarios no eran vistos solamente como un problema que había que sacar del país. Que alguien creyó que sus vidas merecían ser salvadas, aun cuando muchas de sus ideas estuvieran lejos de las propias.
Rechacé el ofrecimiento. Pero fue bueno saber que, cuando alguien quería borrarme, había otro lugar dispuesto a hacer exactamente lo contrario: ayudarme a seguir existiendo.
Hay otro edificio frente al que también suelo pasar. La antigua Casa del Estudiante sigue en la calle Córdoba, pero está abandonada: rejas oxidadas, ventanas rotas, maleza creciendo en el patio. Si Lavalle me recuerda la puerta que decidí no atravesar, Córdoba me recuerda la que sí crucé.
Dicen que su cierre tuvo algo que ver con la caída del Banco Mayo y del Banco Patricios. No lo sé. Yo sólo siento que es una especie de tumba sin nombre. Allí dormí, allí me sentí seguro, allí fui recibido. Ahora nadie entra. Y tantos estudiantes del interior lo necesitarían. A veces me pregunto si alguien más lo recuerda.
Muchos años después, cuando mi hermano enfermó de Corea de Huntington, aprendí otro tipo de frontera. Su cuerpo se movía sin obedecerle y su conducta asustaba. La enfermedad tiene una etapa en la que la agresividad es imposible de contener. Ningún geriátrico lo quería aceptar. Nos lo decían con diplomacia: "No tenemos infraestructura". En la obra social del Hospital Italiano me lo dijeron sin malicia, pero sin rodeos:
—Busque un geriátrico judío. Ellos lo van a recibir.
Y así fue. Evité llevarlo al Borda —al hospital psiquiátrico— o a algún lugar parecido. Pude cumplir con el pedido de mi madre antes de morir: cuidarlo lo mejor posible. No hubo milagros ni privilegios lujosos. Cuando aparecieron los incidentes previstos, no hubo reproches. Sólo el reconocimiento de que alguien, en algún lugar, no nos iba a dar la espalda.
Otra vez, ser judío fue pertenecer a esa red que sostiene incluso cuando nadie mira.
No quiero exagerar. No es que ser judío me haya abierto siempre puertas. Hubo momentos en los que esperé una solidaridad que nunca llegó. También se han cerrado algunas oportunidades por la misma razón. A menudo sin palabras: una mirada, un chiste a mis espaldas, una ocasión perdida. Pero tiendo a olvidar esos episodios. No por ingenuidad, sino porque no quiero que definan mi memoria.
No creo en un Dios todopoderoso. Soy, en el mejor de los casos, un agnóstico que confía en el misterio. Y, sin embargo, sigo siendo judío. No por fe ni por observancia, sino porque se puede negar a Dios sin dejar de pertenecer.
Sin templo fijo, sin rezos obligatorios, con dudas más que certezas. Pero tampoco reniego. Siempre dejo en claro que soy judío. En los momentos decisivos, mi historia habló por mí. No lo elegí: apareció. Y tuve la suerte, y el pudor, de aceptarlo.
Ya no paso privaciones, nadie me busca de madrugada, no tengo que esconderme ni cuidar a mi hermano. Y, sin embargo, tengo una pesadilla recurrente: alguien me pide documentos en la calle, y yo no los encuentro, o los encuentro y no son los míos. Busco en los bolsillos, en la valija, en cualquier lado, y cuando por fin aparecen, las letras se mueven, se disuelven: no logro leer mi propio nombre. Y en esos sueños nunca logro demostrar quién soy.
Me despierto cuando algo no encaja y el sueño se quiebra. Supongo que esas fisuras existen también en la vida: dejan pasar lo que uno fue, incluso cuando todo parece estar en orden.
Mucho tiempo después, en un café de Barcelona, me senté por primera vez con un primo con el que el destino nunca me había cruzado. Hablando de aquellos años, me contó que a él también le habían ofrecido escapar a Israel. A su esposa, que no era judía, intentaron convencerla invocando la frase bíblica de Rut: «Tu pueblo será mi pueblo».
Ella se resistió. No iba a definir quién era por un texto que no era el suyo. Terminaron yendo igual por sus propios medios, y vivieron unos años en Israel. No porque ella hubiera aceptado ser Rut, sino porque quedarse en la Argentina de los militares era peor.
Escucharlo, casi cincuenta años después, me devolvió a aquella oficina de Lavalle y al hombre cuyo nombre olvidé pero cuyo rostro todavía recuerdo.
Mi primo cruzó esa puerta. Yo decidí no atravesarla.
Este texto correspónde al conjunto " Un judío amateur"
lunes, 24 de agosto de 2026
"Entre Mordejai y Marek " de Jorge Santkovsky
De mi madre conservo unas pocas cartas sin enviar. Ella amaba las palabras, pero apenas unas pocas llegaron a mi poder. Nunca se animó o no pudo dedicarse a la literatura, aunque escribía muy bien.
A veces pienso que escribía para no desaparecer del todo.
En una de esas cartas recuerda la emoción de presenciar un acto escolar en la escuela idish a la que yo asistía, cuando tenía ocho o nueve años. En ese acto, yo representaba a Mordejai Anielewicz.
No recuerdo nada de aquella escena. Ni el disfraz, ni las líneas, ni si estaba nervioso o feliz. Pero sí recuerdo el nombre. Anda a saber por qué, algo de ese nombre se quedó adentro.
Mordejai se convirtió, sin que yo lo advirtiera, en mi primer superhéroe.
No fue Superman ni Batman: fue aquel joven que murió peleando en el gueto, como jefe de una resistencia que sabía que no tenía salida. Un héroe con nombre judío, de carne y hueso. Mi infancia fue solitaria y carecía de juguetes o historietas que acompañaran mi imaginación, así que el pobre Mordejai, sin saberlo, ocupó en mi mente los espacios que en otros niños estaban destinados a la fantasía.
Lo que yo no sabía entonces es que lejos de ser un superhéroe de espaldas anchas, Mordejai estaba famélico. Su mayor fuerza no salía de un físico espléndido sino de una certeza: después de la conferencia de Wannsee, el destino de los trenes no era un campo de trabajo sino la máquina de la muerte. Era mejor morir peleando. Hacerlo dignamente era lo único que daba sentido al final —al menos como ejemplo para los otros—. Desde el Once donde crecí, yo me imaginaba a ese muchacho haciendo la guerra de guerrillas por los subsuelos de Varsovia, antes de suicidarse junto a su novia en el búnker de Mila 18 para no caer con vida en manos de los nazis.
De mi paso por esa escuela recuerdo casi nada; hoy, en su lugar, se enseña hebreo. El idish era melancólico, una lengua sin territorio; la lengua de la diáspora que hablaban millones de judíos en Europa del Este antes de que la historia los borrara de golpe. El nuevo Estado hizo del hebreo, una lengua antigua resucitada, la lengua de una nueva identidad nacional, mientras esa lengua quedaba relegada como vestigio de la diáspora. Años después me enteraría de que Marek Edelman nunca terminó de perdonar ese desplazamiento. Lamento esa pérdida; hoy, que vivo enamorado de las palabras, acudo a veces a ella como a un tesoro invaluable para el disfrute de los sentidos.
Con el tiempo, en un viaje a Varsovia, descubrí a Marek Edelman. Hay un mural enorme que lo recuerda en la ciudad, un memorial que refleja su importancia para la propia historia de Polonia.
Cuando murió Mordejai, él lo sucedió en el mando del levantamiento. Logró salvar su vida escapando por las alcantarillas. A diferencia de su compañero caído, Marek sobrevivió al gueto, a la guerra, a la posguerra, al antisemitismo y al comunismo. Y también al exilio interior, que acaso fue el más difícil de todos.
Lo que más me impresionó fue otra cosa: Marek era un polaco judío más que un judío polaco. No era religioso ni un miembro destacado de la comunidad. Como yo, había hecho todo lo posible por salirse de la aldea hacia el mundo. Pero lo atrapó la historia del modo más cruel. Me sentí identificado con eso. No fue menos valiente que Mordejai, pero su coraje fue distinto: menos épico, más sostenido. No el del que se lanza al fuego, sino el del que permanece alerta entre las cenizas.
Dudo que en el acto escolar de mi infancia hubiera habido un niño representando a Marek. Tal vez no sabíamos aún cómo dar lugar a los que sobreviven.
Marek y Mordejai no solo fueron distintos en sus destinos: también en sus ideas. Marek era del Bund, el movimiento socialista judío que creía en luchar por la igualdad dentro de cada país, sin patria propia, sin Estado, sin banderas. Mordejai, en cambio, militaba en Hashomer Hatzair, el sionismo socialista; soñaba con una tierra judía en Palestina y creía que la reconstrucción nacional era parte de la redención. Ambos eran jóvenes, idealistas, militantes. Ambos enfrentaron al mismo despiadado enemigo. Si hubieran sobrevivido a la guerra, quizás no habrían estado de acuerdo en nada.
Y sin embargo, en el corazón del gueto, esas diferencias se suspendieron. La historia no les pidió coherencia: les exigió coraje y dignidad.
Marek había conocido a Mordejai de chico. Lo recordaba como un muchacho humilde y vivaz, que ayudaba a sus padres en la feria. Contaba, con una ironía filosa, que Mordejai le agregaba tintura roja a las cáscaras de los huevos pasados para que parecieran frescos y venderlos mejor.
¿Un futuro héroe nacional puede haber hecho esas picardías? Quizás ahí radica lo más inquietante y lo más esperanzador de todo esto: no existen las personas extraordinarias por naturaleza. Como contrapunto a lo que Hannah Arendt definió como la banalidad del mal, la historia de Marek parece proponernos una especie de banalidad del bien. Una decencia pedestre, gris, que no necesita de santos ni de estatuas de bronce. Alguien común, atrapado en un contexto de oscuridad absoluta, simplemente hace lo que se debe hacer. Lo normal, aunque el mundo alrededor se haya vuelto loco.
Muchos años después, Edelman lo diría a su manera: "Los héroes hacen cosas extraordinarias. Lo que yo hice no fue algo extraordinario. Fue simplemente normal."
Mi madre no podía imaginar que ese pequeño acto escolar iba a quedar flotando en mi memoria durante décadas. Tampoco que yo, muchos años después, seguiría preguntándome si ese niño que representaba a Mordejai habría sido un hombre distinto de haber representado a Marek. No uno que se inmola en el búnker, sino uno que elige la intemperie de seguir viviendo después.
Sé que uno nunca termina de dejar atrás al niño que fue. A veces es apenas un recuerdo, una nostalgia, una escena vaga. Otras veces, sin saberlo, seguimos sus pasos para intentar entender quiénes somos. En este caso, quizás para buscar un lugar entre ambos.
Este texto es parte de " Un Judío amateur"
domingo, 23 de agosto de 2026
"El derecho a fracasar" de Jorge Santkovsky
sábado, 22 de agosto de 2026
"Nosotros y ellos, el peligro de los pronombres " de Jorge Santkovsky
Adriana escuchó el audio que había compartido Alicia. Hablaba de lo que estaba ocurriendo en Qusra, una aldea palestina de Cisjordania: un grupo de colonos israelíes había bloqueado el acceso a tres viviendas, instalado una carpa frente a ellas y dejado a varias familias prácticamente encerradas en sus propias casas. Antes les habían cortado el agua y la electricidad. El ejército israelí había enviado más efectivos a la zona. El relato coincidía con lo que le contaban sus propios amigos y familiares en Israel, gente en la que confía. Le pareció espantoso. Pero se frenó en una frase del audio: “El mundo tiene razón”. —¿Qué mundo? —escribió después—. ¿Los que festejan masacres de judíos? ¿Los que apuñalan judíos en cualquier parte del mundo? ¿La BBC? ¿Los que ondean la bandera palestina y no podrían ubicarla en un mapa? Y cerró con una anécdota de Borges. Poco después de la Segunda Guerra le preguntaron qué opinaba de los alemanes. “No sé, no los conozco a todos”, contestó. Alicia le respondió que esa mujer del audio era amiga suya, con familia en Israel; que no había que olvidar que los religiosos son insufribles de los dos lados, y que los palestinos también son cautivos de los suyos. Que el mundo tiene razones parciales. Que a ella le dolía. —No entendiste lo que dije —contestó Adriana. Alicia volvió, más despacio. Sí había algo de razón, explicó, en decir que lo que pasa en Gaza es un desastre y que el gobierno de Israel no hace lo suficiente para que cese. Y que eso lo vamos a pagar nosotros también. —Así es —dijo Adriana—. Pero no tiene nada que ver con lo que dije. —No te interpreté —cerró Alicia—. Vos hablaste de los rehenes y de Hamas; yo hablé de la paz y el fin de la guerra. En realidad, ninguna estaba discutiendo exactamente con la otra. Adriana respondía a una frase —“el mundo tiene razón”— y a todo aquello sobre lo que esa frase parecía darle la razón al mundo. Alicia respondía a Gaza, al sufrimiento y a la necesidad de terminar la guerra. Se cruzaron durante un tiempo sin encontrarse, cada una defendiendo algo distinto de lo que la otra atacaba. La discusión me dejó pensando en otra cosa. Algo bastante más incómodo. A muchos judíos nos resulta difícil aceptar que dentro de nuestro pueblo, como dentro de cualquier otro, hay y hubo gente capaz de cometer atrocidades. Es una frase muy fácil de escribir. Se vuelve bastante más difícil cuando el pueblo del que se habla es aquel al que uno siente que pertenece. No es un pensamiento nuevo. Marek Edelman, el último comandante vivo del levantamiento del gueto de Varsovia, cuenta en *Hubo amor en el gueto* que se lo dijo a Léon Blum en 1946, en los jardines de Luxemburgo, cuando la guerra acababa de terminar: el Holocausto no lo hicieron los alemanes. Lo hicieron los seres humanos. Lo decía alguien a quien difícilmente pudiera acusarse de querer disculpar a los alemanes. Tal vez esa sea una de las enseñanzas más difíciles de aceptar. Nos tranquiliza pensar que las atrocidades las comete alguna clase particular de gente. Los nazis. Los fanáticos. Los terroristas. Los otros. Edelman eliminaba ese consuelo: las hacen seres humanos. Y nosotros también lo somos. En la Guerra de la Independencia de Israel hubo episodios que hoy preferimos no recordar demasiado. Deir Yassin es uno de esos nombres. Y durante esa misma guerra, en Haifa, el intendente judío Shabtai Levy les pedía a sus vecinos árabes que no abandonaran la ciudad. Las dos cosas ocurrieron. Naturalmente nos resulta más fácil quedarnos con la segunda. Se parece mucho más a la imagen que queremos tener de nosotros mismos. Pero la otra también forma parte de la historia. No soy experto en esa guerra ni en ninguna de las guerras entre Israel y sus vecinos. Pero hay algo para lo que no hace falta serlo: no empezamos a ser humanos recién ahora. Mi propia incomodidad con todo esto apareció de una manera mucho más pequeña y cercana. Mi relación con los religiosos nunca fue sencilla. Hace un tiempo le pregunté por el 7 de octubre a un hombre religioso al que conozco desde hace años. Siempre me había parecido una persona macanuda. Habíamos hablado muchas veces y nunca había tenido motivos para pensar otra cosa. Su respuesta me dejó helado: —Pobre gente, pero no eran religiosos. Todavía me cuesta acomodar esa frase con la persona que conozco. Quizás justamente por eso me impresionó tanto. No tenía delante a un monstruo. Tenía a la misma persona amable con la que había conversado tantas veces. Solo que, en ese punto, parecía existir una frontera. De un lado estaban los suyos. Del otro, personas por las que podía sentir lástima, pero no exactamente la misma empatía. El “pero” hacía todo el trabajo. Y sería demasiado cómodo convertir esa experiencia en una demostración de cómo son “los religiosos”. Estaría haciendo exactamente aquello que me inquieta en otros casos: tomar lo que hizo o dijo una persona y trasladarlo al colectivo al que pertenece. Quizás por eso el lenguaje importa tanto. En Israel esto se discute abiertamente. *Haaretz* entrevistó al comentarista militar Roy Sharon, de Kan 11, autor de un libro sobre lo que él mismo llama “terrorismo judío” —una expresión que me produce una incomodidad que no termino de resolver. ¿Describe al terrorista o describe a los judíos? No es una pregunta puramente semántica. Somos millones de judíos que no tenemos ninguna responsabilidad por lo que haga un colono que incendia una casa, ataca a un palestino o comete un acto terrorista. Pero tampoco podemos resolver el problema negándonos a reconocer que existen judíos capaces de hacerlo. Y aun así queda una pregunta incómoda. ¿Por qué aceptamos con tanta facilidad hablar de científicos judíos, escritores judíos, artistas judíos o premios Nobel judíos? Ninguno de nosotros participó de los descubrimientos de Einstein por el solo hecho de ser judío. Sin embargo, algo de ese prestigio colectivo nos gusta reclamar como propio. Con las culpas hacemos, razonablemente, lo contrario. No son operaciones moralmente equivalentes. Pero hay un mecanismo común que merece ser observado: nuestra facilidad para viajar del individuo al colectivo. Cuando el viaje nos halaga, apenas lo advertimos. Cuando nos acusa, inmediatamente reclamamos precisión. Y tenemos razón en reclamarla. Porque una pertenencia puede describir a una persona sin convertir a todo el grupo en autor de sus actos. Tal vez por eso Adriana se detuvo justamente allí: “El mundo tiene razón.” “El mundo.” “Los palestinos.” “Los religiosos.” “Los judíos.” Palabras enormes para millones de personas que no conocemos. Palabras que convierten con demasiada facilidad a algunos en todos. Borges, al menos en aquella anécdota, eligió una respuesta bastante más modesta. No conocía a todos los alemanes. Este texto forma parte de " Un judio amateur"
domingo, 2 de agosto de 2026
" El mal puede crecer " Sobre Marek Edelman escrito por Jorge Santkovsky
El mal puede crecer
"Lo más difícil es enseñar a amar. El odio se aprende solo."
— Marek Edelman
Marek Edelman desconfiaba de las personas que creían haber derrotado al mal.
Él lo había visto demasiado de cerca como para pensar que desaparece. Sabía que cambia de uniforme, de bandera y de lenguaje.
Cuando hablaba del mal no lo hacía como un filósofo. Lo hacía como alguien que había acompañado a niños, madres y ancianos hasta los vagones que los llevarían a Treblinka. No podía salvarlos. Pero estaba con ellos. Esa experiencia deja una marca que ningún libro puede enseñar.
El 16 de mayo de 2005, durante un seminario internacional sobre la enseñanza del Holocausto organizado por el Consejo de Europa y el Ministerio de Educación de Polonia en Cracovia, dijo algo que todavía hoy resulta incómodo escuchar:
"La cuestión fundamental no es el gueto, sino el individuo. Los seres humanos son intrínsecamente agresivos, y eso es lo que hizo posible el Holocausto. La amenaza se agudizó en el siglo XX porque estábamos atrapados entre dos regímenes fascistas: Alemania y Rusia. Con el fin de la Segunda Guerra Mundial se podría haber pensado que no habría más Holocausto, pero no fue así."
No estaba hablando solamente del pasado.
Nos estaba hablando a nosotros.
Edelman entendía que la agresividad es una fuerza ciega, innata en nuestra especie. Pero esa fuerza necesita un mapa para convertirse en barbarie generalizada, y ese mapa es el odio que se aprende solo. El horror a gran escala no nace de un impulso salvaje y repentino; nace cuando una cultura —por cansancio, indiferencia o complicidad— permite que esa agresividad natural sea educada, canalizada y vestida con uniforme.
Edelman no confiaba demasiado en la educación entendida como acumulación de conocimientos. Recordaba que Pol Pot había estudiado en la Universidad de la Sorbona. La inteligencia, por sí sola, no inmuniza contra la barbarie. Una mente brillante puede organizar el horror con la misma eficacia con la que resuelve una ecuación.
Seis semanas más tarde, el 27 de junio de 2005, durante la apertura de la presidencia polaca de la Task Force for International Cooperation on Holocaust Education, Remembrance and Research en Varsovia, volvió sobre la misma preocupación.
Advirtió que permitir manifestaciones de odio e intolerancia en nombre de la libertad era una mala señal. Eso, dijo, no era democracia.
La democracia tampoco consiste en acostumbrarse al mal.
Porque el mal puede crecer. Puede hacerlo lentamente, casi sin ruido, hasta que un día descubrimos que ya es demasiado tarde para preguntarnos cuándo empezó.
Marek no le perdonaba a ninguna sociedad que se acostumbrara a mirar hacia otro lado.
Quizá por eso nunca habló como un héroe. Cuando le preguntaban por el levantamiento del Gueto de Varsovia respondía con una sencillez desconcertante. No decía que habían luchado por la gloria ni por la patria. Tampoco hablaba de heroísmo. Simplemente no había otra cosa que hacer.
Marek no se preguntaba qué hacían los héroes. Se preguntaba qué hace una persona común cuando el mal entra en su casa.
Marek Edelman respondió de una manera durante el levantamiento del gueto.
Y respondió exactamente igual el resto de su vida.
Siguió diciendo lo que pensaba, aunque resultara incómodo.
Nunca aceptó convertirse en espectador.
Tal vez ésa sea la enseñanza más profunda que dejó. No que el mal existe. Eso ya lo sabemos. Lo difícil es reconocer el momento en que deja de parecernos ajeno.
Porque el mal no improvisa. Prepara el terreno y pide permiso. Y nosotros, distraídos o cansados, terminamos abriéndole la puerta.
Este texto es parte de " Un judío amateur"
jueves, 16 de julio de 2026
"El judío imaginario :un libro, un cementerio y una vieja mentira " Por Jorge Santkovsky
I. El libro difícil de conseguir
Conseguir El cementerio de Praga fue más difícil que conseguir los Protocolos de los Sabios de Sion.
Los Protocolos están por todas partes. Aparecen en Internet con unos pocos clics. Se los cita en videos, comentarios y cadenas de mensajes. Todavía hay personas que los consideran una prueba irrefutable de que los judíos controlan el mundo.
El libro de Umberto Eco, en cambio, tuve que pedir que lo encargaran especialmente.
Me dio cierta pena. Una de las cosas que más disfruto al comprar un libro es hojearlo antes de decidirme. Leer una página al azar. Mirar el índice. Abrirlo en cualquier lugar y escuchar lo que tiene para decir. Esta vez no pude hacerlo. La librería lo había pedido especialmente para mí y, una vez llegado, ya no había marcha atrás. Si yo no lo compraba, tendrían que devolverlo.
No se trataba de una librería cualquiera. Era una de las mejores de San Telmo, atendida por gente que ama los libros y que sigue apostando a ellos en una época que parece haberles declarado la guerra.
Hay una vieja idea según la cual la lectura debería ser una forma de felicidad, y un libro tiene que conquistarnos desde las primeras páginas. No sé si es cierto, pero aquella tarde sentí la necesidad de averiguarlo.
No pude esperar a llegar a casa.
Caminé unas cuadras con el libro bajo el brazo. Cuando pasé por Plaza Dorrego me senté un momento y lo abrí. Quería saber si la compra se justificaba.
En una de las primeras páginas hay una ilustración: un anciano judío retratado con todos los estereotipos antisemitas: ojos que espían, sonrisas escurridizas, labios de hiena, una nariz "excavada por el odio". Debajo, el epígrafe: "Yo a los judíos los he soñado todas las noches, durante años y años." Volví unas páginas atrás para entender de dónde salía esa cara. Ahí estaba el resto: el narrador preguntándose a sí mismo "¿A quién odio? A los judíos, se me antoja contestar." Eran los rasgos que el abuelo le había transmitido de niño, un repertorio mucho más extenso del que la ilustración apenas tomaba una muestra, buena parte del cual sigue vigente hoy, reciclado en foros y cadenas de mensajes con la misma convicción de entonces. El narrador confiesa y se alegra de que nunca había visto a ninguno. Lo había soñado, noche tras noche, hasta darle este rostro.
Recuerdo haber sentido frío.
El personaje no odiaba a personas reales. Odiaba una criatura que él mismo, o más bien su abuelo antes que él, había inventado.
Pensé que quizás allí estaba una de las claves del libro.
¿Por qué un panfleto fraudulento sigue encontrando lectores mientras una novela monumental que explica su origen parece desaparecer de las librerías?
La pregunta me acompañó durante varios días.
Cuando compré el libro sabía muy poco sobre los Protocolos de los Sabios de Sion. Quería entender mejor la historia de una falsificación que, más de un siglo después de haber sido desenmascarada, sigue produciendo efectos.
En los últimos años escuché varias veces versiones actualizadas de la misma leyenda. Amigos inteligentes y bienintencionados me contaban, con genuina preocupación, que Israel quería quedarse con la Patagonia. Ninguno era antisemita confeso. Simplemente repetían cosas que alguien les había contado. Esa historia tiene nombre: Plan Andinia.*
Durante los incendios en el sur circularon versiones que atribuían los hechos a ciudadanos israelíes. Llegó a difundirse incluso la idea de que una granada israelí constituía la prueba material de la conspiración. Una granada puede imaginarse. Puede fotografiarse. Puede convertirse en un símbolo. Más tarde llegaron las aclaraciones y las desmentidas. Pero para entonces la historia ya había hecho su trabajo.
Hay algo casi cómico en que una historia semejante encuentre eco en una época de satélites, drones, inteligencia artificial y teléfonos capaces de acceder a casi cualquier información del planeta. Sin embargo, la tecnología cambia mucho más rápido que la naturaleza humana. La desmentida llegó. Pero para entonces ya era tarde.
Mientras los escuchaba pensaba en una vieja observación: las teorías conspirativas tienen una ventaja enorme sobre la realidad. Ofrecen explicaciones simples. La realidad, en cambio, está llena de contradicciones, errores humanos, intereses cruzados y casualidades. Las conspiraciones ofrecen una explicación elegante. Todo encaja. Todo responde a un plan. Nada ocurre por azar.
Los Protocolos ofrecían exactamente eso: una explicación total del mundo. Pero no inventaron nada. Heredaron una larga tradición de fantasías políticas europeas y simplemente le dieron una forma nueva. El antisemitismo moderno tiene la ilusión de ser una ideología. En realidad es una herencia.
Eco necesitó centenares de páginas para mostrar cómo se construyen esas ficciones. Los autores de la falsificación necesitaron muchas menos para construirla.
Hay una asimetría inquietante en todo esto. La mentira cabe en un folleto. La explicación ocupa una biblioteca.
Quizás por eso los Protocolos siguen circulando mientras los libros que explican su origen se vuelven cada vez más difíciles de encontrar.
II. El cementerio de Praga
El cementerio de Praga existe. Lo visité hace algunos años. Lo primero que me llamó la atención fue que Eco no lo llamara El antiguo cementerio judío de Praga. El título prescinde de toda aclaración. Praga tiene otros cementerios. Sin embargo, parece asumir que existe uno que no necesita presentación. Como si hubiera dejado de ser un lugar para convertirse en una idea. Praga sabe de eso; es la misma ciudad que dio vida al Golem.
Las lápidas aparecen apretadas unas contra otras, inclinadas por el paso de los siglos. El espacio era tan limitado que las tumbas debían superponerse en sucesivas capas. Muy cerca se encuentra la vieja sinagoga. Los visitantes caminan en silencio, como en una procesión. Algunos dejan pequeñas notas enrolladas en los resquicios de las tumbas, como quien deposita una petición o una esperanza.
Para millones de personas, sin embargo, el cementerio terminó siendo conocido por otra razón.
En 1868 un mediocre escritor alemán, Hermann Goedsche, publicó una novela titulada Biarritz. En uno de sus capítulos imaginó una reunión secreta de rabinos en el antiguo cementerio judío de Praga. Allí conspiraban para dominar el mundo. La escena incluía incluso la aparición del Diablo, que acudía a compartir sus consejos e intuiciones. Resulta difícil imaginar una historia más extravagante. Sin embargo, logró algo extraordinario: que una invención literaria fuera confundida con un hecho histórico.
Lo extraordinario fue lo que ocurrió después. Aquella ficción terminó desprendiéndose de la novela que la había producido. Fue repetida, deformada y reutilizada hasta convertirse en una supuesta prueba de una conspiración judía mundial. Décadas más tarde, ideas semejantes reaparecerían en los Protocolos de los Sabios de Sion.
Para los nazis no fue literatura. Fue una realidad.
Lo que comenzó como una fantasía literaria acabó transformándose en propaganda. Mientras tanto, el cementerio real sigue ahí. Las lápidas inclinadas, las notas enrolladas en los resquicios de las tumbas, los visitantes en silencio. Un lugar que todavía es un lugar.
Los mitos rara vez necesitan destruir la realidad. Les basta con reemplazarla.
El judío imaginario terminó siendo más conocido que muchos judíos reales. El cementerio imaginario terminó siendo más famoso que el cementerio verdadero. Y una novela olvidada produjo consecuencias mucho más nefastas que las que su autor podría haber imaginado.
*El Plan Andinia es un relato conspiranoico y judeofóbico que nace en Argentina en los años sesenta, promovido por nazis y anticomunistas locales a través de un panfleto titulado "El Plan Andinia o el nuevo Estado judío". En ese libelo se acusa a argentinos judíos, complotados con israelíes, de querer apoderarse de la Patagonia.
Este texto es parte de: Un judío amateur
domingo, 28 de junio de 2026
"De Cabo Verde a Jerusalén: la historia escondida detrás de un apellido" por Jorge Santkovsky
El gol que abrió un cementerio
«Los apellidos sobreviven mucho mejor que las tradiciones.»
Estaba viendo el Mundial sin pensar en nada especial cuando aparecieron los nombres en pantalla. Dos jugadores de Cabo Verde. Ryan Mendes. Y Gilson Benchimol Tavares. Me quedé parado. Mendes puede ser cualquier cosa, hay miles de Mendes en el mundo portugués y en Cabo Verde no es distinto. Pero Benchimol no. Benchimol tiene el mismo perfume sefardí que Goldberg tiene ashkenazí. No hay vuelta que darle. Y ahí estaba, en el medio, entre Gilson y Tavares, como una piedra en el río que el agua rodeó pero no se llevó del todo. Que Benchimol esté en la camiseta de Cabo Verde no prueba que el jugador sea judío practicante, ni que sepa nada de todo esto. Pero abre una ventana. Atrás de ese apellido hay una diáspora sefardí-marroquí que llegó a estas islas y terminó mezclándose con todo lo demás, con los portugueses, con los africanos, con el Atlántico. Una de esas huellas que sobreviven cuando ya no queda nada más. Un apellido como una lápida que camina. (Hay otros jugadores de Cabo Verde que juegan en Israel, Hélio Varela en el Maccabi Netanya, Clé en el Hapoel Petah Tikva. Pero eso probablemente sea solo fútbol. No todo hilo lleva a algún lado.)
Cabo Verde no tenía población cuando llegaron los portugueses en el siglo XV. Como las islas estaban deshabitadas, toda su población provino de otros lugares: colonos portugueses, africanos traídos como esclavos y, con el tiempo, comerciantes y migrantes de distintos orígenes. De esa mezcla nació algo completamente nuevo: el pueblo criollo, con su propia lengua y una identidad que no es simplemente portuguesa ni africana, sino una síntesis original que solo podía surgir en unas islas del Atlántico. Entre los que llegaron, sobre todo en el siglo XIX, hubo judíos sefardíes. Venían de Marruecos, de Gibraltar, parte de esa red de comerciantes judíos que se movía por todo el Atlántico siguiendo las rutas del comercio. Y acá viene el detalle que lo explica todo: eran casi todos varones. Una comunidad judía sin mujeres judías no puede seguir siendo comunidad judía. No solo por la halajá, que dice que la madre transmite la condición. Sino por algo más cotidiano: es en el hogar donde se aprende. Donde se cocina de cierta manera, donde se encienden las velas el viernes, donde los chicos escuchan desde chicos que hay algo que los hace distintos. Si ese hogar lo construye una mujer que no viene de esa tradición, la distinción empieza a borrarse. Despacio. Sin que nadie lo decida. Sin que nadie lo note demasiado hasta que ya está hecho. Los sefardíes de Cabo Verde se casaron con mujeres locales. Tuvieron hijos. Algunos apellidos claramente sefardíes sobrevivieron —Benchimol, Benoliel, Azulay— pero todo lo demás se fue diluyendo, como tinta en agua. Podrían haber traído mujeres judías desde Marruecos o Gibraltar. Las mismas rutas comerciales que habían llevado a esos hombres hasta Cabo Verde podían recorrer el camino inverso. No ocurrió. Y eso me parece más revelador que cualquier explicación posterior.
Todavía hay cementerios judíos en las islas. En Santo Antão, en Boa Vista, en São Vicente. Piedras con inscripciones en hebreo en lugares donde hace décadas nadie hace un servicio religioso. Los cementerios guardaron los nombres de los muertos. Los apellidos siguieron caminando entre los vivos. Los cementerios son hebreo sin judíos. Los apellidos son judaísmo sin memoria. Pero hay que detenerse un momento en esos cementerios, porque dicen algo importante. Construir uno no es un gesto menor. Implica comprar tierra, organizarse como comunidad, tallar lápidas en hebreo. Y hay algo más: en la tradición judía los muertos se entierran con las tumbas orientadas hacia Jerusalén, para que cuando llegue el Mesías puedan volver a la ciudad santa. Estos hombres, en el medio del Atlántico, a miles de kilómetros de todo, eligieron ese detalle. Se enterraban mirando a Jerusalén desde Cabo Verde. No eran judíos que se escondían ni que renegaban. Sabían exactamente lo que eran y hacia dónde apuntaban, aunque fuera desde el fin del mundo. Hoy esos cementerios ya no son ruinas olvidadas. Fueron restaurados, señalizados, reconocidos como patrimonio. Hay un proyecto específico para preservar esa memoria y atraer turismo judío-cultural. Aunque por ahora parece más una peregrinación de curiosos, descendientes e investigadores que un circuito turístico consolidado. Es decir: la memoria que no pudo sostenerse desde adentro la terminan preservando desde afuera. No es nada. Pero tampoco es exactamente lo que hubieran imaginado aquellos hombres que compraron la tierra y orientaron las tumbas hacia Jerusalén. Acá me permito un ejercicio de imaginación. Me pongo en el lugar de esos hombres, que en el fondo no eran tan distintos a mí: comerciantes acostumbrados a resolver problemas, a adaptarse, a leer el contexto y actuar en consecuencia. En un lugar donde nadie los perseguía, donde los dejaban vivir y comerciar y enterrar a sus muertos mirando a Jerusalén, la urgencia de cerrarse nunca llegó a ser urgencia de verdad. ¿Para qué complicarse si el mundo te trata bien? Yo probablemente hubiera hecho lo mismo. La comodidad también disuelve. A veces más que el odio.
Los judíos de Babilonia también eran comerciantes. Llegaron deportados, sin templo, sin tierra, en medio de una cultura que no era la suya. Y escribieron el Talmud. No a pesar de ser mercaderes sino siendo mercaderes: hombres acostumbrados a negociar, a adaptarse, a encontrar soluciones donde otros ven obstáculos. El exilio no los apagó, los obligó a pensar. Me pregunto si en Cabo Verde hubo alguien así. Algún Benchimol de hace dos siglos que después de cerrar sus cuentas se sentaba a escribir algo. Una carta, un comentario, una reflexión que fuera más que números. No lo sé. Si existió, no llegó hasta nosotros. Y esa ausencia quizás diga más que cualquier cementerio: en Babilonia había urgencia, había dolor, había algo que procesar. En Cabo Verde había, aparentemente, una vida bastante llevadera. Las vidas llevaderas no siempre sienten la necesidad de dejar testimonio.
Ahora, lo que más me intriga no es lo que pasó sino lo que no pasó. En Cabo Verde no hubo antisemitismo. No hay registro de persecución, de leyes contra los judíos, de nada parecido. Nadie los odiaba. Nadie los señalaba. Nadie los necesitaba como chivo expiatorio. Llegaron, comerciaron, se mezclaron, y el mundo local los dejó tranquilos. Aunque me queda una duda que no quiero esconder. ¿No hubo antisemitismo porque la sociedad era tolerante, o simplemente porque era demasiado nueva para haber construido sus odios? El antisemitismo europeo necesitó siglos de teología, de leyendas negras, de chivos expiatorios repetidos hasta volverse costumbre. Cabo Verde no tuvo nada de eso. Era una sociedad implantada desde cero, sin historia medieval, sin Iglesia arraigada por generaciones. Quizás no hubo persecución simplemente porque no hubo tiempo de inventarla. No lo sé. Y me parece importante decirlo. Lo que sí sé es que el resultado fue el mismo: libertad total, integración sin conflictos, nadie que te obligue a nada. Y eso, paradójicamente, fue parte del problema. Sé que suena raro. Pero hay algo sobre el gueto de Venecia que me quedó dando vueltas desde que lo leí. El gueto fue establecido en 1516. Una imposición brutal: los judíos encerrados en una isla, con toque de queda, marcados con una insignia. Todo eso es real y no hay manera de edulcorarlo. Pero paradójicamente, ese encierro también terminó reforzando la vida comunitaria. Si todos vivían juntos, se casaban entre ellos, enterraban a sus muertos en el mismo lugar, la comunidad no se disolvía. La hostilidad de afuera y la voluntad de adentro producían el mismo resultado: el judaísmo sobrevivía, se transmitía, seguía. El gueto tenía dos llaves. Una la tenía el poder cristiano. La otra, el deseo de seguir siendo. Lo de Cabo Verde es exactamente lo contrario. Libertad total, integración sin conflictos, nadie que te obligue a nada. Y como resultado: el judaísmo se fue apagando sin que nadie lo decidiera, sin que nadie lo anunciara, sin que hubiera un momento claro en que alguien dijera "hasta acá llegamos". Solo fue dejando de transmitirse, generación a generación, hasta que no quedó nada que transmitir.
Durante siglos la pregunta fue:
¿Qué nos obliga a seguir siendo judíos?
Y la historia la respondía sola, desde afuera, sin que nadie tuviera que pensarlo demasiado. Seguir siendo judío era resistir algo. Había alguien que quería que uno dejara de serlo, y eso ya era razón suficiente para no hacerlo. En Cabo Verde esa presión no existió nunca. Y entonces apareció la otra pregunta, la más difícil: ¿qué nos invita a seguir siéndolo? Esa pregunta necesita una respuesta distinta. Necesita que alguien encuentre algo en la tradición que valga la pena transmitir porque sí, porque uno elige, no porque el mundo te lo exige. Necesita comunidad, memoria viva, alguien que enseñe, alguien que quiera aprender, una mesa donde se cuenten las historias. Los sefardíes de Cabo Verde no tuvieron nada de eso. O lo tuvieron una generación, quizás dos, y después no. Y sin eso la identidad se fue. Sin drama, sin escenas. Con la misma discreción con que se apaga una vela cuando no hay viento pero tampoco hay nadie que la cuide.
Los apellidos sobreviven mucho mejor que las tradiciones. Un apellido puede atravesar tres siglos. Una costumbre, a veces, apenas dos generaciones. Quizás por eso me quedé mirando Benchimol en la pantalla. Tres siglos después, el apellido seguía ahí, como aquella piedra que el agua rodeó sin llevársela del todo. Y también estaba viendo, sin querer, algo de nosotros. De los que todavía tiramos del hilo. De los que encontramos en una camiseta de fútbol una pregunta que no termina nunca: qué se transmite, qué se pierde, y quién decide volver a encender la vela.
Por suerte o por desgracia —cada uno pensará lo que quiera— los antisemitas de manual no van a leer nunca un texto como este. Ellos, sin saberlo, sin quererlo, fueron durante siglos los mejores guardianes de la identidad judía. Los que leen esto somos los otros: los curiosos, los que preguntan, los que tiran del hilo de un apellido en una camiseta de fútbol. Judíos amateurs, en el mejor sentido. El problema es que quizás seamos también, sin darnos cuenta, parte del síntoma que describimos.
Este artículo forma parte de una serie de textos en preparación que probablemente se llamará El judío amateur. No es un libro sobre certezas, sino sobre búsquedas: las marcas de una identidad que aparece, se esconde y vuelve a aparecer en los lugares más inesperados.