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sábado, 15 de agosto de 2026

Extracto de Veinticuatro horas en la vida de una mujer, de Stefan Zweig

 


"Sin embargo, tampoco entonces encontraba el menor interés en la uniformidad de aquellas caras extrañas, hasta que un día mi marido, cuya pasión secreta era la quiromancia, la adivinación por las líneas de las manos, me enseñó un modo especial de mirar, que era realmente más interesante y que impresionaba y excitaba bastante más que el soporífero mariposeo alrededor de las mesas: consistía en no mirar nunca a los rostros, sino únicamente al cuadrilátero de la mesa y sobre todo las manos de los jugadores y su manera particular de moverse. Ignoro si usted habrá fijado alguna vez por casualidad su atención exclusivamente en el tapete verde, en el centro del cual la bolita vacila como un beodo, de un número a otro, y dentro de cuyo cuadrilátero, dividido en secciones, llueven, a modo de maná, arrugados pedazos de papel, redondas piezas de oro o plata, que luego la raqueta del croupier, a semejanza de una fina guadaña, siega y arrastra hacia sí o empuja como una gavilla hacia el ganador. Observándolo desde esa especial perspectiva, lo único que varía son las manos, la multitud de manos claras, nerviosas y siempre en actitud de espera en torno al tapete verde, todas asomando por la caverna de su respectiva manga, cada una de forma y color diferentes, algunas desnudas, otras adornadas con anillos y pulseras tintineantes, muchas velludas como animales salvajes, muchas otras húmedas y retorcidas como anguilas, y todas, sin embargo, crispadas y trémulas por una enorme impaciencia. Involuntariamente pensaba siempre en la pista de las carreras en el momento en que, en la línea de salida, hay que contener con fuerza a los excitados caballos para que no se lancen antes de tiempo. Exactamente así temblaban y se agitaban las manos. Todo puede adivinarse en esas manos, en su manera de esperar, de coger, de contraerse: al codicioso se le reconoce por su mano parecida a una garra; al pródigo, por su mano blanda y floja; al calculador, por su muñeca firme; al desesperado, por la mano temblorosa; cientos de temperamentos se descubren con la rapidez del rayo, ya en el modo de tomar el dinero, ya si lo estruja o lo agita nerviosamente, ya si, abatido y  con mano fatigada, hace indiferente una puesta en el tapete verde. Que el hombre se descubre en el juego es una vulgaridad, ya lo sé, pero yo digo que su mano lo descubre todavía mejor durante el juego. Porque todos o casi todos los jugadores, han aprendido muy pronto a dominar su rostro; todos, del cuello para arriba, llevan la fría máscara de la impasibilidad: vencen las arrugas que se forman en torno de la boca y moderan su excitación apretando constantemente los dientes; se disimulan a sí mismos la visible inquietud, y con los músculos en tensión imprimen a su semblante una fingida indiferencia, que adquiere por momentos una frialdad aristocrática, Pero, por lo mismo que su atención está tensamente concentrada, en el esfuerzo por dominar la expresión del semblante, que es la parte más visible de su ser, y olvidan las manos, como olvidan también que hay individuos que las observan y que descubren en ellas todo lo que más arriba intentan disimular los labios sonrientes y las miradas aparentemente tranquilas. Y las manos ponen, impúdicamente, al descubierto su secreto. Porque llega inevitablemente un momento en que esos dedos a duras penas dominados, en apariencia adormecidos, saldrán de su voluntaria indolencia: en el tenso segundo en que la bolita de la ruleta cae en la pequeña casilla y se canta el número ganador; entonces, en ese instante, cada una de aquellas cien o ciento cincuenta manos dibuja un movimiento involuntario, completamente individual, personal, de instinto primitivo. Y cuando uno aprende y se acostumbra, como yo, debido a la pasión de mi marido, a observar esa muchedumbre de manos, la explosión, siempre variable, siempre diferente, siempre inesperada, del temperamento particular de cada persona, nos causa un efecto más emotivo que el teatro o la música. No me es posible describirle las mil maneras de mover las manos en el juego: las hay como de bestias salvajes, de velludos y curvados dedos, que arrebatan ferozmente el dinero; otras, nerviosas, trémulas, con las uñas pálidas, que apenas se atreven a avanzar; otras, nobles y a un tiempo viles, tímidas y brutales, vivas y a la vez torpes; y otras, vacilantes… Pero cada una actúa de manera diferente, porque expresa un temperamento distinto, a excepción de las manos de los croupiers. Las de éstos son máquinas perfectas; al lado de la exaltación viva de las otras, funcionan con una precisión objetiva, siempre atareadas y con absoluta indiferencia, cual si se tratase de las sonoras llaves de un aparato calculador. Pero estas manos frías actúan aún de una manera que nos sorprende mayormente por el contraste con sus obsesionadas y apasionadas hermanas; diríase que visten uniforme, como policías en medio de las oleadas y de la exaltación de una revuelta popular. Añádase todavía el goce personal que se experimenta a los pocos días, una vez conocidas las costumbres y pasiones de cada una de las manos. Al poco tiempo hice distinciones entre ellas, dividiéndolas, como lo haría con las personas, en simpáticas y antipáticas; las había que me parecían tan asquerosas por su avidez y su torpeza, que de ellas apartaba siempre la mirada como ante una indecencia. Cada mano nueva en la mesa constituía para mí una aventura y un motivo de curiosidad; muy a menudo olvidaba mirar el rostro que, más arriba, asentado en un cuello como una fría máscara, aparecía inmóvil, sobre una camisa de smoking o sobre un escote resplandeciente."

domingo, 7 de septiembre de 2025

Extracto del libro : " Veinticuatro horas en la vida de una mujer" de Stefan Zweig

 


Y digo con gran atención, la que mi difunto esposo me había enseñado en cierta ocasión en la que, cansada de mirar, me quejé de que me aburría viendo siempre las mismas caras: mujeres ancianas y marchitas que permanecían sentadas allí durante horas en sus sillones, antes de que se atrevieran a apostar una ficha; astutos profesionales y las cocottes de la mesa de juego, toda esa sociedad cuestionable y avejentada que, ya sabe, es significativamente menos pintoresca y romántica de lo que siempre se describe en novelas miserables, como si fuera la fleur d’élégance y de la aristocracia de Europa. Y que conste que hace veinte años el casino era infinitamente más atractivo de lo que lo es hoy en día; en aquel entonces todavía rodaba el dinero en efectivo, el dinero tangible y visible, en billetes crujientes, en napoleones de oro, o en insolentes monedas de cinco francos, mientras hoy en el pomposo sancta sanctorum del juego, recientemente construido según la última moda, un público burgués de Viajes Cook pulveriza en vano aburridas fichas de juego carentes de todo carácter. Pero ya entonces encontraba muy poca atracción en esta monotonía de rostros indiferentes hasta que mi esposo, cuya pasión privada era la quiromancia, la  interpretación de las manos, me mostró una forma muy especial de observar aquel entorno, de hecho mucho más interesante, mucho más excitante y tenso que el desordenado y mero ir de mesa en mesa, a saber: no mirar nunca a la cara, sino solo el cuadrado de la mesa y allí, a su vez, solo observar las manos de la gente, ver su peculiar comportamiento. No sé si usted ha tenido la oportunidad de observar con sus propios ojos esos tapetes verdes, ese verde cuadrilátero en cuyo centro la bola va tropezando como un borracho de número en número y, dentro de los campos delimitados por cuadrados, caen girando, como si fuera una siembra, trozos de papel o redondas piezas de plata y oro, que a continuación el rastrillo del croupier con un crujido estridente como el de una guadaña o bien los recoge o bien los agavilla para el ganador. Desde este posicionamiento de perspectiva, lo único que cambia son las manos, las numerosas manos que, pálidas y siempre en movimiento, están expectantes en torno a la mesa verde, asomando desde las cuevas cambiantes de una manga, cada una de las cuales es un animal depredador al acecho, cada una diferente en forma y color: algunas limpias y otras enjaezadas con anillos y cadenas que tintinean; algunas peludas como de animales salvajes y otras húmedas y torcidas como anguilas, pero todas vibrantes y presas de una inmensa impaciencia. Siempre, de manera instintiva me venía a la mente la imagen de una pista de carreras, en la que, al comienzo, los excitados caballos son dominados a duras penas para que no salgan disparados antes de tiempo: de igual manera tiemblan, se agitan y piafan esas manos. A través de esas manos, por la forma cómo esperan, cómo agarran y flaquean se puede reconocer a cualquiera: al codicioso por el agarrotamiento; al derrochador por la soltura; al calculador por la calma; el desesperado por la muñeca temblorosa. Cientos de caracteres se manifiestan de inmediato a través del gesto de cómo agarran el dinero, ya sea que alguien se desmorone o se doble nerviosamente o que, agotado, con las palmas cansadas, las pose mientras la ruleta está circulando. En el juego, el hombre se manifiesta a sí mismo con una docena de palabras, lo sé, pero le digo que sus propias manos le traicionan aún más claramente durante el juego. Debido a que todos o casi todos los jugadores que están apostando pronto han aprendido a domeñar sus rostros, por encima del cuello de su camisa usan la fría máscara de la impasibilidad, fuerzan el gesto alrededor de la boca, y dominan su excitación apretando los dientes, mientras con sus ojos niegan la evidente inquietud, suavizan los músculos del rostro que se abren en una indiferencia artificial, elegantemente estilizada. Pero, debido a que precisamente toda su atención se concentra espasmódicamente en dominar su rostro como la parte más visible de su ser, se olvidan de sus manos y no se dan cuenta de que hay personas que adivinan a través de ellas todo lo que, arriba, sus labios, rizados por una sonrisa, y sus miradas, aposta impasibles, quieren esconder. Pero sus manos manifiestan de una manera descarada su más profunda intimidad. Porque inevitablemente llega un momento en el que todos esos dedos, a duras penas dominados, aparentemente dormidos, se arrancan de su noble indiferencia. En el segundo ardiente en que la bola de la ruleta cae en la pequeña casilla y se canta el número ganador, en ese preciso segundo cada una de esas cien o quinientas manos hace de manera instintiva un movimiento personalísimo, individual que responde a un instinto primigenio. Y si estás acostumbrado a observar ese estadio en el que son las manos las que compiten, tal y como mi esposo me enseñó esta especie de hobby, el estallido, siempre diferente e inesperado, de temperamentos es más emocionante que el teatro o los conciertos. No puedo enumerarle en absoluto cuántas variedades de manos hay: las hay de bestias salvajes, con dedos peludos y torcidos que atrapan el dinero como una araña; las hay nerviosas, temblorosas, con uñas pálidas que apenas se atreven a tocarlo; las hay nobles y bajas, brutales y tímidas, astutas, y otras que parecen vacilar, pero cada una actúa de manera diferente, pues cada uno de estos pares de manos expresa una vida particular, a excepción de los cuatro o cinco de los croupiers. Las de estos son máquinas perfectas que, en comparación con las otras, vivas hasta el extremo, funcionan con una precisión objetiva y profesional, y actúan con una total indiferencia como si se tratara de cajas registradoras que se cierran con su sonido metálico. Pero incluso estas manos sobrias impresionan tanto más profundamente gracias al contraste con sus hermanas, que están apasionadamente avizor. Podría decirse que es como si estuvieran con diferente uniforme, como agentes de policía en medio de una enardecida revuelta popular que crece. A esto se añade el incentivo personal que supone el que a los pocos días uno ha podido familiarizarse con las múltiples costumbres y pasiones de las manos individuales. Después de unos días ya había trabado conocimiento con algunas de ellas y, como si fueran personas, las dividí en simpatizantes y hostiles; algunas me repugnaban tanto por su picardía y codicia que siempre apartaba la mirada de ellas como si de una indecencia se tratara. Pero cada nueva mano en la mesa era una experiencia y una curiosidad para mí: a menudo me olvidaba de observar la cara, que, arriba, sujeta al cuello, permanecía impasible como una fría máscara social puesta encima de la camisa del smoking o una brillante pechera