domingo, 2 de agosto de 2026

" El mal puede crecer " Sobre Marek Edelman escrito por Jorge Santkovsky

 





El mal puede crecer

"Lo más difícil es enseñar a amar. El odio se aprende solo."
— Marek Edelman

Marek Edelman desconfiaba de las personas que creían haber derrotado al mal.

Él lo había visto demasiado de cerca como para pensar que desaparece. Sabía que cambia de uniforme, de bandera y de lenguaje.

Cuando hablaba del mal no lo hacía como un filósofo. Lo hacía como alguien que había acompañado a niños, madres y ancianos hasta los vagones que los llevarían a Treblinka. No podía salvarlos. Pero estaba con ellos. Esa experiencia deja una marca que ningún libro puede enseñar.

El 16 de mayo de 2005, durante un seminario internacional sobre la enseñanza del Holocausto organizado por el Consejo de Europa y el Ministerio de Educación de Polonia en Cracovia, dijo algo que todavía hoy resulta incómodo escuchar:

"La cuestión fundamental no es el gueto, sino el individuo. Los seres humanos son intrínsecamente agresivos, y eso es lo que hizo posible el Holocausto. La amenaza se agudizó en el siglo XX porque estábamos atrapados entre dos regímenes fascistas: Alemania y Rusia. Con el fin de la Segunda Guerra Mundial se podría haber pensado que no habría más Holocausto, pero no fue así."

No estaba hablando solamente del pasado.
Nos estaba hablando a nosotros.

Edelman entendía que la agresividad es una fuerza ciega, innata en nuestra especie. Pero esa fuerza necesita un mapa para convertirse en barbarie generalizada, y ese mapa es el odio que se aprende solo. El horror a gran escala no nace de un impulso salvaje y repentino; nace cuando una cultura —por cansancio, indiferencia o complicidad— permite que esa agresividad natural sea educada, canalizada y vestida con uniforme.

Edelman no confiaba demasiado en la educación entendida como acumulación de conocimientos. Recordaba que Pol Pot había estudiado en la Universidad de la Sorbona. La inteligencia, por sí sola, no inmuniza contra la barbarie. Una mente brillante puede organizar el horror con la misma eficacia con la que resuelve una ecuación.

Seis semanas más tarde, el 27 de junio de 2005, durante la apertura de la presidencia polaca de la Task Force for International Cooperation on Holocaust Education, Remembrance and Research en Varsovia, volvió sobre la misma preocupación.

Advirtió que permitir manifestaciones de odio e intolerancia en nombre de la libertad era una mala señal. Eso, dijo, no era democracia.

La democracia tampoco consiste en acostumbrarse al mal.

Porque el mal puede crecer. Puede hacerlo lentamente, casi sin ruido, hasta que un día descubrimos que ya es demasiado tarde para preguntarnos cuándo empezó.

Marek no le perdonaba a ninguna sociedad que se acostumbrara a mirar hacia otro lado.

Quizá por eso nunca habló como un héroe. Cuando le preguntaban por el levantamiento del Gueto de Varsovia respondía con una sencillez desconcertante. No decía que habían luchado por la gloria ni por la patria. Tampoco hablaba de heroísmo. Simplemente no había otra cosa que hacer.

Marek no se preguntaba qué hacían los héroes. Se preguntaba qué hace una persona común cuando el mal entra en su casa.

Marek Edelman respondió de una manera durante el levantamiento del gueto.
Y respondió exactamente igual el resto de su vida.
Siguió diciendo lo que pensaba, aunque resultara incómodo.
Nunca aceptó convertirse en espectador.

Tal vez ésa sea la enseñanza más profunda que dejó. No que el mal existe. Eso ya lo sabemos. Lo difícil es reconocer el momento en que deja de parecernos ajeno.

Porque el mal no improvisa. Prepara el terreno y pide permiso. Y nosotros, distraídos o cansados, terminamos abriéndole la puerta.

Este texto es parte de " Un judío amateur"




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