En toda biblioteca hay libros que uno no recuerda haber comprado. Aparecen ahí, como si hubieran llegado solos, arrastrados por los años o dejados por alguien que ya no está.
Eso me ocurrió con El cantor de tangos, de Tomás Eloy Martínez. Nunca lo había leído. Tampoco era un autor que estuviera especialmente en mi radar y, cuando me regalaron el libro, no le presté demasiada atención. Quedó en la biblioteca, intacto, durante años.
Hasta que un día volví a encontrarlo.
Tenía una dedicatoria escrita con letra prolija y algo inclinada. Era de Soledad, mi antigua empleada.
En esas pocas líneas, se quejaba con ironía de las exigencias del trabajo, pero también —con algo de pudor— decía que me tenía cariño. Sin saber si debía decirlo, lo dijo.
No recuerdo cuándo me confesó que había mentido para conseguir el puesto. Un día cualquiera me lo dijo, con naturalidad. Vivía en una pensión, pero me lo había ocultado porque pensaba —con razón, quizás— que no la hubiera contratado. Se manejaba efectivo, tarjetas, proveedores: no era un puesto menor, y ella lo sabía mejor que nadie.
Tal vez decidió contarlo cuando ya había tomado otra decisión más grande. Como quien salda una deuda antes de partir. Lo hizo con alivio, pero también con una sombra de culpa.
Soledad era hija de desaparecidos. Había sido apropiada por su abuela materna, que la crió como hija propia, ocultándole su historia. Según Soledad, su abuela había llegado incluso a negociar de algún modo con quienes habían secuestrado a su hija. Le exigía que la llamara "mamá" en público, como si cambiar las palabras pudiera borrar los hechos.
Nunca le permitió conocer la historia de su madre ni vincularse con la familia de su padre.
Cuando supo que yo había sido parte de aquella juventud comprometida, creo que eso la convenció de confiar. Que yo fuera judío —una identidad que su abuela despreciaba— sumó lo suyo, aunque nunca me lo dijo directamente. Con el tiempo empezó a repetir, a quien quisiera oírla, que trabajar en mi empresa había sido lo mejor que le había pasado.
En aquellos años proveíamos a varias comisarías de la ciudad, que estaban bastante mal equipadas. Un día, un agente vino al local a pedir ayuda. Soledad lo atendió con una furia que me desconcertó. El policía, sorprendido, volvió al patrullero sin decir nada. Al rato regresó y me pidió hablar en privado.
—¿Qué hice para que me tratara así? —me preguntó, genuinamente confundido.
Le conté parte de la historia. Que Soledad era hija de desaparecidos. Que su relación con la policía no era personal, sino histórica. Que había crecido en el centro de una herida abierta.
Él me escuchó en silencio y, al final, me dijo algo que no olvidé:
—Yo soy policía de la democracia, no de la dictadura.
A partir de entonces, hablé con ella sobre la indemnización que el Estado ofrecía a los hijos de desaparecidos. Le costaba aceptarla. Sentía que cobrar por sus padres era una forma de traicionarlos.
Le dije que no era un regalo ni un premio, sino una forma de reparar —aunque tarde y mal— lo que ellos no habían podido hacer por ella.
Finalmente lo entendió. Y con ese dinero, se retiró de la empresa.
Compró dos departamentos: en uno vivía, el otro lo alquilaba. Supe que, por fin, se había reencontrado con la familia de su padre, a quienes su abuela le había prohibido siempre conocer.
La última vez que la vi fue en una muestra de arte. Trabajaba como modelo para pintores. Me lo dijo con cierta vergüenza: había subido de peso, pero, entre risas, decía que eso servía para el arte renacentista.
—Con esto vivo —dijo. Y sonrió.
La felicité.
Cuando abrí el libro, descubrí que hablaba de tangos, de nostalgia, de identidades y de historias que se empeñan en volver. Pero a mí me pareció que hablaba de ella.
Este texto es parte de " Un judío amateur"
No hay comentarios:
Publicar un comentario