domingo, 23 de agosto de 2026

"El derecho a fracasar" de Jorge Santkovsky








Tuve un gran fracaso económico hace más de treinta años. Me bastó para aprender, aunque todavía vuelve en mis sueños. A veces me despierto de una pesadilla y por un segundo no sé si aquella incertidumbre sigue vigente. Heridas así nunca cierran del todo. Fue un dolor para mi familia y una vergüenza para mi orgullo. El negocio había arrancado en mi adolescencia, como forma de subsistencia, y fue creciendo hasta que un día cayó, como pasa con tantos emprendimientos construidos sin bases suficientemente sólidas. Años después, negociando uno de mis primeros negocios importantes —con Hewlett Packard, nada menos— tuve que sentarme a contarles aquel viejo fracaso, con el pudor intacto de quien todavía no sabía que en Estados Unidos esas cosas se cuentan de otra manera. Me dijeron algo que no olvidé nunca: para el espíritu americano, el bankruptcy no era necesariamente una vergüenza. Volver al mercado podía ser, por el contrario, la prueba de que uno era un emprendedor de verdad. Lo único que los preocuparía, me aclararon, era que se repitiera, que fuera una constante. Yo había entrado a aquella reunión dispuesto a confesar una quiebra. Ellos escucharon otra cosa: un fracaso. La diferencia no era solamente de palabras. Para nuestra cultura latina, al menos para la de mi generación, alrededor de una quiebra siempre flotaba cierta sospecha: irresponsabilidad, deshonra, incluso algo cercano al delito. Para aquellos norteamericanos, en cambio, haber fracasado y estar otra vez sentado frente a ellos podía ser un antecedente a favor. Esa conversación se me quedó grabada y con el tiempo empecé a coleccionar ejemplos que la confirmaran. El más grande de todos, el que muchas veces cuento en mis charlas, es el de un tipo que fracasó dos veces antes de fundar la empresa que lo hizo famoso. Henry Ford fundó su primera compañía, la Detroit Automobile Company, en 1899. El proyecto fracasó y la empresa terminó disolviéndose en 1901. Poco después volvió a intentarlo con la Henry Ford Company, pero las diferencias con sus inversores terminaron con Ford afuera del proyecto. Aquella empresa que había llevado su apellido fue reorganizada y terminó convirtiéndose, curiosamente, en Cadillac. Recién en el tercer intento, en 1903, la cosa prendió. Cinco años después apareció el Model T y, unos años más tarde, la línea de montaje móvil. El automóvil dejó de ser un lujo para convertirse en un producto de masas. El obrero podía aspirar a comprarse el mismo auto que ayudaba a fabricar. Henry Ford terminó convertido en uno de los hombres más ricos y famosos del planeta. Durante mucho tiempo pensé que no era casualidad que una historia así hubiera ocurrido en Estados Unidos. Con los años entendí que aquella respuesta que me habían dado en Hewlett Packard hablaba de algo más que de negocios. Hay sociedades en las que el fracaso es una mancha y otras que pueden permitirse considerarlo una experiencia. Los regímenes autoritarios llevan la primera lógica al extremo: el fracaso puede dejar de ser simplemente incapacidad o mala suerte para convertirse en deslealtad, sabotaje o traición. Y la historia ofrece ejemplos en los que el precio fue la cárcel o incluso la muerte. Una sociedad abierta, en cambio, puede darse un lujo extraordinario: dejar que alguien se equivoque y vuelva a probar. Pero hay una parte de la historia de Henry Ford que no suele aparecer en las charlas sobre resiliencia. Porque ese mismo talento —el de escalar una idea hasta volverla masiva, hasta poner un automóvil en cada garage de Estados Unidos— Ford lo utilizó también para otra cosa. A partir de 1920, el diario de su propiedad, el Dearborn Independent, empezó a publicar una serie de notas que luego serían reunidas bajo el título El judío internacional. La base de buena parte de aquel material eran los Protocolos de los Sabios de Sion, un documento falso fabricado en Rusia que aseguraba la existencia de un plan judío secreto para dominar el mundo. Una fantasía tan burda como efectiva: la reciclaron, la tradujeron, la imprimieron en varios tomos y millones de personas la leyeron como si fuera un informe de inteligencia. El éxito tiene una trampa: solemos concederle al que triunfa en un terreno autoridad sobre todos los demás. Ford sabía fabricar automóviles. Pero millones de personas terminaron escuchándolo también como si supiera algo sobre los judíos. Tenía prestigio, dinero y un diario. A veces alcanza. Y en su antisemitismo había un componente que después tendría consecuencias enormes: el miedo al “judío bolchevique”. Ford era un anticomunista ferviente y su diario vinculaba una y otra vez a los judíos con el bolchevismo, la revolución y el desorden social. La contradicción nunca pareció molestarlo demasiado. El judío podía ser, al mismo tiempo, el banquero que controlaba el capitalismo mundial y el revolucionario bolchevique decidido a destruirlo. Las teorías conspirativas tienen esa ventaja: no necesitan ser coherentes. En 1924, las notas del Dearborn Independent se ensañaron con un blanco puntual: Aaron Sapiro, abogado, hijo de inmigrantes, que se había pasado años organizando cooperativas de granjeros por todo el país. La idea era bastante sencilla y, dicho sea de paso, bastante noble: que los pequeños productores pudieran vender juntos y no quedar a merced de los grandes intermediarios. Para el diario de Ford, en cambio, Sapiro estaba construyendo un entramado mediante el cual los judíos pretendían apoderarse de la agricultura norteamericana. Sapiro hizo algo que pocos se animaban a hacer: demandó a Ford. No solamente al diario. A Henry Ford. El juicio comenzó en marzo de 1927 y terminó seis semanas después sin veredicto, declarado nulo por irregularidades relacionadas con el jurado. En medio de aquel proceso Ford sufrió, además, un accidente automovilístico que lo dejó malherido, justo cuando crecía la posibilidad de que tuviera que declarar. Algunos cronistas de la época no creyeron demasiado en la casualidad. Ford quería evitar a cualquier precio un segundo juicio. Sus abogados empezaron a buscar una salida y la encontraron en Louis Marshall, abogado judío, presidente del American Jewish Committee y uno de los hombres más respetados en la defensa de los derechos de las minorías en Estados Unidos. Fue Marshall quien redactó, palabra por palabra, la disculpa que Ford terminó firmando. Ahí está el detalle que a mí más me quedó picando. En esa disculpa, Ford se declaraba profundamente mortificado, se retractaba de las acusaciones y prometía retirar de circulación El judío internacional. Pero no mencionaba a Sapiro. Ni una vez. El hombre que había puesto la cara, el nombre y años de pleito para desafiar a uno de los hombres más poderosos de Estados Unidos quedó afuera del texto que ese mismo pleito había conseguido arrancarle. Ford llegó a un acuerdo, se retractó y, a fines de 1927, cerró el diario que había fabricado todo aquel material. Sapiro había ganado. Y, sin embargo, pocos recuerdan hoy su nombre y su gesta. Los folletos de El judío internacional, en cambio, siguieron circulando. En Estados Unidos y, sobre todo, en Alemania. Adolf Hitler admiraba a Ford y lo mencionó elogiosamente en Mein Kampf. La propaganda había adquirido vida propia. El juicio, la retractación y el cierre del diario podían quedar atrás; los libros ya estaban circulando. Hay algo especialmente perverso en las mentiras: retractarlas no obliga a regresar a cada ejemplar impreso. Pero el odio tampoco se hereda necesariamente en línea recta. Henry Ford II, nieto del fundador, heredó el imperio pero no aquella obsesión. En 1972 visitó Israel, donde Ford ya tenía una planta de ensamblaje en Nazaret, y sostuvo que la empresa no aceptaría que el boicot árabe determinara dónde podía o no podía hacer negocios. Nazaret queda cerca de Har Meguido, el Megido bíblico asociado al Armagedón. Medio siglo antes, el diario de su abuelo se preguntaba si el sionismo traería el fin del mundo. Las historias a veces tienen un extraño sentido del humor: la misma marca que había financiado la paranoia terminaba fabricando motores a pocos kilómetros del Apocalipsis. Pero el verdadero problema de las ideas no es cómo se desarman en la tercera generación, sino cómo cobran vida en la primera. Vuelvo entonces a Henry Ford. Al hombre que fracasó dos veces antes de fundar la empresa que cambiaría para siempre la manera en que el mundo se movía. Estados Unidos le permitió fracasar y volver a empezar. Le permitió enriquecerse, convertirse en una celebridad y expresar sus ideas, incluso las más miserables. Pero esa misma sociedad permitió que un abogado judío bastante menos poderoso llamado Aaron Sapiro lo llevara ante un tribunal. Quizás ahí esté la parte que durante años no vi cuando contaba la historia de Ford. La libertad que permite equivocarse también permite equivocarse monstruosamente. Ford ganó en el mundo de los negocios. Sapiro lo enfrentó en la Justicia y le arrancó una disculpa. Pero esa disculpa quedó encerrada en un expediente, mientras que el odio que Ford había fabricado siguió su propia línea de montaje mucho después de que él intentara detenerla. Llegó a las manos de un hombre en Alemania que lo citó con admiración en Mein Kampf, sin que a esa altura importaran el juicio, la disculpa, ni el nombre de Sapiro, a quien Ford ni siquiera se había dignado a nombrar en su retractación. Hace más de treinta años entré a una reunión avergonzado por una quiebra y salí de ella habiendo aprendido otra palabra: resiliencia. Yo sigo contando la historia de los dos fracasos de Ford cuando me parece pertinente, porque es una historia real y valiosa sobre no bajar los brazos. Pero aunque no la cuente, no olvido la otra parte de la historia. Este texto pertenece a " El judío amateur"

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