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domingo, 6 de septiembre de 2026

" Audios de una mujer sin salida" un texto de Jorge Santkovsky



Anoche vi una película, The Fundamentals of Caring. Cuenta la historia de un chico de mente brillante, atrapado por una enfermedad en un cuerpo casi inmóvil. Su madre, al menos, tenía los recursos para pagar un cuidador que se ocupara de todo lo que ese cuerpo exigía. La película me devolvió, sin pedirlo, a una vecina que tuve hace años: una mujer judía ortodoxa, aproximadamente de mi edad, que vivía con una hija adolescente atrapada en una silla de ruedas por una enfermedad degenerativa cuyo nombre nunca supe. A diferencia de la madre de la película, no tenía un peso para delegar nada.

En la película, cuando le preguntan al chico qué haría si pudiera caminar, responde algo inesperadamente sencillo: orinar de pie. Hacia el final, con ayuda, consigue hacerlo. Me quedé pensando qué habría querido hacer aquella chica si hubiera podido caminar. Y qué habría querido hacer su madre si hubiera sido libre.

Siempre tuve una incurable curiosidad por la vida de los extraños. Quizás por eso le prestaba tanta atención. Y pocas vidas me resultaban tan extrañas como la de los judíos ortodoxos: tan meticulosa, tan vigilada, tan ajena a cualquier forma de placer visible.

Lo que sí supe fue el dolor: cada baldosa floja era un golpe seco, y los reclamos los hacía con el tono justo entre la queja y la súplica. Hablaban más del cuerpo de su hija que de las veredas en mal estado. Yo no sabía cómo ayudar. Escuchaba, pero también me detenía en sus silencios, en los gestos que decían más que las palabras. La madre solía repetir que su hija era muy estudiosa, que en ese cuerpo inmovilizado había una inteligencia despierta esperando una oportunidad. Se percibía en su mirada que callaba mucho más de lo que hablaba.

Mi vecina no trabajaba ni salía del barrio de Once. Cuidar a su hija era una ocupación de tiempo completo, aunque no tuviera sueldo ni reconocimiento. Solo hacía tareas menores para otros miembros de su comunidad religiosa, que le pagaban lo justo para no morirse de hambre. El pago venía acompañado —al menos así lo vivía ella— de una cuota de control, miradas, rumores, una vigilancia constante que no necesitaba cámaras: bastaban las ventanas. Ventanas y balcones había en toda la cuadra.

Para ella, salir del barrio era como atravesar una frontera invisible. A veces daba la impresión de que vivía en una cárcel sin rejas. Estaba atrapada en un espacio donde cada esquina estaba marcada por quienes la sostenían y la sofocaban al mismo tiempo.

Por su ortodoxia no podía saludarme con un beso ni darme la mano. Y cuando ya quería salirse de ese mundo, tampoco lo hacía: temía que la vieran desde los balcones del edificio de enfrente, habitado por varias familias religiosas. El control estaba en todas partes, incluso en un simple gesto de cortesía.

Estudiaba diseño gráfico. Lo hacía a escondidas, o al menos con cierta discreción. No era una carrera mal vista, pero tampoco típica en su entorno. Esperaba que ese aprendizaje le abriera otros horizontes laborales, alguna forma de independencia, de vida fuera del encierro cotidiano. Era su modo de crear algo propio, de moverse, aunque fuera con el cursor en la pantalla. Dibujaba con una precisión delicada, como si cada trazo fuera un intento de recuperar el control de algo. De su tiempo, de su mente, de su cuerpo.

En una ocasión me mandó un enlace con algunos de sus dibujos. No les presté demasiada atención. Cuando me preguntó si me habían gustado, le respondí que sí, por no ofenderla. Entonces se quejó de que no hubiera puesto un "like". Esa pequeña escena revelaba tanto su necesidad de ser vista como la frustración de no lograrlo del todo.

Parecía alguien que, de haber nacido en otro lugar o en otra época, habría tenido otra vida. Pero esto pasa con casi todas las personas, si uno se toma el trabajo de escucharlas. A ella le había tocado una hija enferma, un padre que no se hizo cargo, y una comunidad que la abrazaba y la asfixiaba al mismo tiempo.

Un día, todavía en su etapa más religiosa, me regaló un par de libros. Yo los acepté, aunque en realidad no me interesaban: eran propaganda disfrazada de lectura. Me gustan los libros sobre religión, pero los que abren preguntas, no los que solo repiten respuestas. En una ocasión quise regalarle yo también un libro, algo más abierto, más inquietante. Pero no podía entregárselo en la mano: la ortodoxia le impedía recibir nada directamente de un hombre. Lo dejé en el suelo, entre nosotros, y ella lo recogió. Esa escena me pareció ridícula y conmovedora al mismo tiempo, como si la fe pudiera desaparecer con un roce de dedos.

El quiebre llegó con la muerte de su hija. Me enteré casi de casualidad, porque en ese departamento las ambulancias eran parte del paisaje: entraban y salían con la regularidad de un servicio programado. Pero una tarde fue la última. Ya no hubo regreso. La enfermedad se había llevado a la chica silenciosa que apenas conocí desde lejos, y a su madre le quedó un vacío que ni las rutinas ni las plegarias pudieron llenar.

A partir de entonces empezó a aflojar con la ortodoxia. Nunca mencionó que hubiera dejado de creer, pero se cansó del encierro, de tanta mirada ajena, de tanto control. Se quitó la peluca y la dejó en el ropero, gesto mínimo pero suficiente para marcar que ya no era exactamente la misma. Quería salirse, pero no tenía ni el coraje ni los recursos para dar el paso. Y como siempre, el dinero la mantenía atada: seguía trabajando para los mismos que antes la vigilaban, soportando poco pago y mucha presión.

Con el tiempo empezamos a hablar más seguido. Ella necesitaba cosas que no siempre podía pagar y yo terminaba facilitándole lo que estaba a mi alcance, nunca esperando devolución. Un día me pidió un celular usado, de esos mínimos que alcanzaban para tener WhatsApp. Dentro de la ortodoxia esa aplicación estaba prohibida, así que pedírmelo fue, en sí mismo, un acto de rebeldía. Para ella fue como abrir una ventana al mundo. Me decía que estaba dispuesta a "negociar" el pago, pero yo jamás se lo reclamé. El dinero había sido siempre su problema y un tema recurrente de conversación: siempre tenía poco y dependía, en buena medida, de una comunidad que le pagaba mal y la controlaba mucho.

Alguna vez hablamos de los judíos religiosos y de lo pobres que eran muchos de ellos. Ella se quejaba de esa pobreza que veía como autoinfligida: largas horas de rezos en lugar de trabajar por sus familias, como si la devoción pesara más que el pan. Para alguien que contaba cada centavo, esa elección le resultaba casi incomprensible.

Conmigo se permitía un humor distinto, algo más libre —sabía, creo, que la tenía en cuenta y no solo la toleraba, como sentía que hacían otros vecinos, incómodos con su sola presencia—. Cuando venía a buscarme al local, lo hacía sin ninguna de las formas que se esperan entre un comerciante y una clienta cualquiera —se paraba cerca, esperaba, no sabía irse ni quedarse del todo bien—. Y yo, que no tenía ningún interés comercial en ella, igual le prestaba atención. Algunos de mis empleados llegaron a imaginar que en el pasado habíamos tenido algo: no encontraban otra explicación para que el dueño se detuviera a hablar con alguien que no dejaba plata en la caja. En esas charlas se mezclaban la frustración, el deseo de salir de una cárcel invisible, y la imposibilidad real de hacerlo.

Era septiembre de 2020, plena pandemia, cuando un domingo a las siete y media de la mañana recibí un audio suyo. Decía que la tenían secuestrada en un hospital, al que había entrado para ayudar a una vecina. Hablaba rápido, exaltada, como quien sabe que está pidiendo algo imposible: que yo buscara un médico que la sacara de allí.

Media hora después, a las ocho, llegó otro audio. Repetía lo mismo: que sabía lo difícil de su pedido, pero que no veía otra salida. Nunca dijo en qué hospital estaba. Después, silencio.

Le mandé un audio preguntándole si se había equivocado de contacto. No éramos tan cercanos como para que yo pudiera rescatarla de un secuestro, y mucho menos de un hospital en tiempos de Covid. Sin embargo, esos mensajes quedaron ahí, flotando como un acertijo al que nunca encontré la solución. Parecía exaltada en los audios que luego no me respondió. Me imagino que se resistía a morir y que habrá sido difícil su desenlace.

Unos días más tarde me enteré de su muerte. No por su familia ni por sus amigos, sino por otra vecina que no la quería demasiado. Me dijo que había muerto de cáncer de pulmón. Yo nunca lo creí: jamás la vi fumar, ni toser, ni dar señales de esa enfermedad. Lo cierto es que ignoro qué produjo su muerte.

Con el tiempo se comunicó conmigo un amigo suyo que vivía en Israel. Había visto un comentario mío en el Facebook de ella y me escribió con dudas: no estaba convencido de que hubiera muerto, sospechaba que quizá se había mudado al interior para escapar del control de la comunidad. De estar seguro de su muerte, quería visitar su tumba. Supuse que podía haber sido un antiguo amor adolescente. Me preguntó quién vivía ahora en su departamento, si lo había heredado o si era prestado por la comunidad.

Siempre sospeché que esos departamentos quedaban en manos de la comunidad. Investigué con los vecinos: las expensas las siguen pagando y hay otra gente viviendo allí. Supongo que en la misma condición, pero ninguno de los nuevos habitantes ha llamado mi atención, y no tengo más información porque nunca se acercaron a hablar conmigo.

En esas charlas me contó también que ella tenía un hermano, un psicoanalista renombrado que residía en Israel. Ella nunca me lo había mencionado. Según su amigo, cuando le preguntó si podía ayudarla, el hermano reaccionó mal, casi ofendido. Como si la desgracia de ella no fuera asunto suyo. Esa revelación me golpeó: mientras ella se debatía entre la ortodoxia, la enfermedad y la pobreza, alguien de su propia sangre vivía con prestigio y comodidad a miles de kilómetros, sin mover un dedo por ella.

De ella solo me quedaron aquellos audios, enviados desde el celular que yo mismo le había regalado: una voz exaltada, pidiendo lo imposible. A veces pienso que siguen flotando en mi aparato como un testimonio de su encierro y de su resistencia. Fue lo más cerca que estuvo de dejarme entrar en su mundo sin salida.


este relato pertenece a " Un judío amateur"

Rick, uno de los Justos Ocultos: una lectura de Casablanca



Según una antigua tradición judía, el mundo se sostiene por el mérito de treinta y seis justos ocultos. — La tradición de los Lamed Vav Tzadikim, a partir del Talmud, Sucá 45b



En 1946, mientras los hermanos Marx filmaban Una noche en Casablanca, Warner Bros. les envió un ominoso documento legal advirtiéndoles que el título violaba sus derechos sobre el nombre. Groucho no se privó de contestar: le explicó al estudio, con ironía, que hasta entonces él ignoraba que la ciudad de Casablanca perteneciera en exclusiva a la Warner, y que el apellido Brothers tampoco era solo de ellos, porque los Marx eran hermanos profesionales desde mucho antes que los Warner. El estudio insistió, pidió un argumento de la película, Groucho inventó uno cada vez más absurdo, y finalmente se dieron por vencidos.

Me acordé de esa disputa hace poco, pensando en la otra Casablanca, la seria. Porque si algo queda claro viendo la película de Curtiz es que nadie es dueño de Casablanca. Ni el estudio que litiga por el nombre, ni los refugiados que la cruzan sin poder quedarse, ni siquiera Rick, que dice ser dueño del café y termina perdiendo lo único que tiene.

El éxito inexplicable de ciertas historias podría no deberse solo a su guion, a sus actores o a la pericia técnica con la que están realizadas. A veces, detrás de esa fascinación que no se comprende del todo, parecen actuar otras energías. Según una antigua creencia judía, el mundo se sostiene por treinta y seis hombres justos —los Lamed Vav Tzadikim—, ocultos y anónimos, que con sus actos de bondad preservan el equilibrio espiritual del universo.

En la tradición judía, el justo oculto (tzadik nistar) no sabe que lo es. Si lo supiera, si siquiera lo sospechara, perdería esa condición. Su justicia no radica en la conciencia de su virtud, sino en el anonimato absoluto de su entrega. No hay orgullo en su bondad, ni relato en su renuncia.

En Casablanca (1942) hay una escena que parece emerger de esta tradición. Un joven matrimonio búlgaro, recién casado y desesperado por huir de la Europa nazi, está dispuesto a cualquier cosa con tal de conseguir la visa que les permita llegar a Estados Unidos y cumplir su sueño americano. Ella está a punto de entregarse al corrupto comisario Renault para asegurar ese pasaje. Su marido, Jan, intenta sin éxito reunir el dinero jugando a la ruleta, ignorando la extorsión a la que su mujer está siendo sometida.

Cuando la joven acude a Rick, el cínico dueño del café, para pedirle consejo sobre si el comisario cumplirá su promesa, él decide intervenir. Se acerca a la ruleta y le indica discretamente al muchacho qué número debe apostar: el 22. Gana. Le dice entonces que apueste todo lo ganado al mismo número. Vuelve a ganar.

Rick está actuando con trampa, por supuesto; probablemente manipula el juego o utiliza su conocimiento del sistema turbio que él mismo regenta. No es un acto de magia, sino de estrategia. Sin embargo, en esta intervención reside una de las mayores justificaciones de su figura como tzadik. Su justicia no es puritana ni épica, sino pragmática y clandestina. Utiliza su control sobre el vicio y la corrupción —la ruleta amañada— para generar un bien y evitar un mal.

Gracias a ese dinero inesperado, la pareja puede escapar sin que ella deba humillarse. Los empleados del bar lo celebran. Rick, que se proclama neutral y egoísta, actúa como uno de los justos: protege a los inocentes, restaura el equilibrio y lo hace sin esperar gratitud ni reconocimiento. El tzadik a veces debe ensuciarse las manos en el mundo para preservar lo esencial.

El detalle del número no es irrelevante. En la tradición cabalística, el 22 posee un valor especial: corresponde al número de letras del alfabeto hebreo. Según el Sefer Yetzirá, con esas veintidós letras Dios creó el mundo. No son simples signos, sino fuerzas activas que configuran la realidad.

No hace falta forzar la lectura: alcanza con notar que Rick, sin saberlo, elige para su intervención el número con el que la tradición dice que el mundo fue creado.

No crea un mundo. Pero sí, esa noche, una vida posible.

No es el único gesto de justicia en la película. Rick renuncia al amor de Ilsa para que ella acompañe a Victor Laszlo, líder de la resistencia, y así pueda continuar su lucha contra el nazismo. Rick sabe que Laszlo necesita de ese amor para seguir luchando.

Y esa noche pierde algo más. Al matar al mayor Strasser para que los dos puedan escapar, pierde también el café, lo único que todavía era suyo. Ya no puede quedarse en Casablanca. Rick tendrá que huir, como todos los que hasta entonces solo veía cruzar su barra.

¿Puede la justicia brotar del fango? La tradición judía, que no es ajena a la complejidad moral, ofrece el caso de Pentakaka.

En una historia narrada en el Talmud de Jerusalén (Ta’anit 1:4), se relata el caso de un tal Pentakaka, un personaje que vivía en un ambiente sórdido de burdeles y espectáculos decadentes, un hombre de apariencia vulgar cuyo nombre, según una interpretación simbólica, derivaría de las palabras griegas penta (cinco) y kaká (pecados).

Un rabino supo en un sueño que las plegarias de Pentakaka eran atendidas por el cielo. Al encontrarlo, le preguntó si alguna vez había realizado una buena acción. Pentakaka recordó entonces que, ante el ruego de una mujer desesperada por liberar a su esposo de la cárcel, había vendido su propio lecho para conseguir el dinero y ayudarla, evitando que tuviera que prostituirse. Al escucharlo, el rabino comprendió por qué sus plegarias eran escuchadas.

Así como Pentakaka, Rick también transita un mundo turbio —regenta un bar y se codea con contrabandistas, traficantes y policías corruptos— y, sin embargo, cuando llega el momento, renuncia a lo suyo para salvar a otros. Su gesto es silencioso, alejado de toda épica, y tal vez por eso más poderoso: no busca gloria, solo hace lo correcto.

Tal vez sea por eso que Casablanca sigue conmoviendo: porque muestra cómo incluso un cínico puede, sin saberlo, estar sosteniendo al mundo.

Ninguno de los personajes de Casablanca pertenece verdaderamente al lugar que habita. Están de paso. Dejan atrás países, guerras, idiomas y afectos. Todos esperan algo: un visado, un barco, un avión, una firma. Casablanca no es una ciudad: es un umbral, un purgatorio terrestre donde lo único que se respira es la espera.

En la tradición judía, esa espera tiene un nombre: galut, el exilio. El galut no es solo una condición geográfica, sino también espiritual. Se puede estar exiliado incluso en la tierra prometida; se puede ser extranjero entre los propios. El exilio es errancia, pero también el lugar donde se cultiva la memoria y se mantiene la esperanza en la noche más larga.

El Café de Rick es un refugio. Allí se negocia, se sobrevive, se canta y se teme. Se comercia con lo que se tiene: dinero, nombres, favores, ilusiones. En el café, como en la diáspora, se resiste sin decirlo. Y es ahí, en ese umbral sin patria, donde el tzadik oculto tiene más sentido: no hace falta un templo para sostener el mundo. Alcanza un café con la ruleta trucada.

Hay algo que me llamó la atención cuando volví a ver Casablanca. En una película poblada de refugiados que huyen de una Europa dominada por los nazis, la palabra “judío” no se pronuncia. Ninguno de esos hombres y mujeres desesperados por conseguir un visado es identificado como tal.

Y, sin embargo, los judíos estaban allí.

Michael Curtiz, el director, había nacido en Budapest en una familia judía húngara. También había judíos entre quienes escribieron la película y entre sus actores y extras; algunos de estos últimos eran verdaderos refugiados europeos que habían escapado del nazismo.

Hay algo conmovedor en esa paradoja: hombres y mujeres que habían debido huir de Europa representaban en Hollywood a hombres y mujeres que intentaban huir de Europa.

Casablanca no habla de judíos. Pero habla del exilio.

Nada permite suponer que Curtiz haya pensado conscientemente en Rick como un justo oculto. Es probable que, si algo de esa tradición operó en su cine, lo haya hecho de manera inconsciente, filtrado por una sensibilidad que ya traía consigo. Antes de cruzar el Atlántico, en Viena, había filmado dos grandes superproducciones sobre temas bíblicos: Sodoma y Gomorra (1922) y La reina esclava (1924), esta última centrada en el Éxodo y en el romance entre un príncipe egipcio y una joven hebrea.

Pero haya sido deliberado o no, lo cierto es otra cosa: son esos gestos nobles y silenciosos de Rick los que hicieron que el público se enamorara del personaje, y esa fascinación sigue intacta más de ochenta años después.

Y quizás sea por eso que, a mí, que no soy creyente, la sabiduría del Talmud me sigue seduciendo: no porque exija fe, sino porque explica, mejor que casi cualquier otra cosa, por qué ciertos gestos anónimos alcanzan para sostener el mundo.


Este texto pertenece al libro aun inedito " Un judío amateur"