Según una antigua tradición judía, el mundo se sostiene por el mérito de treinta y seis justos ocultos. — La tradición de los Lamed Vav Tzadikim, a partir del Talmud, Sucá 45b
En 1946, mientras los hermanos Marx filmaban Una noche en Casablanca, Warner Bros. les envió un ominoso documento legal advirtiéndoles que el título violaba sus derechos sobre el nombre. Groucho no se privó de contestar: le explicó al estudio, con ironía, que hasta entonces él ignoraba que la ciudad de Casablanca perteneciera en exclusiva a la Warner, y que el apellido Brothers tampoco era solo de ellos, porque los Marx eran hermanos profesionales desde mucho antes que los Warner. El estudio insistió, pidió un argumento de la película, Groucho inventó uno cada vez más absurdo, y finalmente se dieron por vencidos.
Me acordé de esa disputa hace poco, pensando en la otra Casablanca, la seria. Porque si algo queda claro viendo la película de Curtiz es que nadie es dueño de Casablanca. Ni el estudio que litiga por el nombre, ni los refugiados que la cruzan sin poder quedarse, ni siquiera Rick, que dice ser dueño del café y termina perdiendo lo único que tiene.
El éxito inexplicable de ciertas historias podría no deberse solo a su guion, a sus actores o a la pericia técnica con la que están realizadas. A veces, detrás de esa fascinación que no se comprende del todo, parecen actuar otras energías. Según una antigua creencia judía, el mundo se sostiene por treinta y seis hombres justos —los Lamed Vav Tzadikim—, ocultos y anónimos, que con sus actos de bondad preservan el equilibrio espiritual del universo.
En la tradición judía, el justo oculto (tzadik nistar) no sabe que lo es. Si lo supiera, si siquiera lo sospechara, perdería esa condición. Su justicia no radica en la conciencia de su virtud, sino en el anonimato absoluto de su entrega. No hay orgullo en su bondad, ni relato en su renuncia.
En Casablanca (1942) hay una escena que parece emerger de esta tradición. Un joven matrimonio búlgaro, recién casado y desesperado por huir de la Europa nazi, está dispuesto a cualquier cosa con tal de conseguir la visa que les permita llegar a Estados Unidos y cumplir su sueño americano. Ella está a punto de entregarse al corrupto comisario Renault para asegurar ese pasaje. Su marido, Jan, intenta sin éxito reunir el dinero jugando a la ruleta, ignorando la extorsión a la que su mujer está siendo sometida.
Cuando la joven acude a Rick, el cínico dueño del café, para pedirle consejo sobre si el comisario cumplirá su promesa, él decide intervenir. Se acerca a la ruleta y le indica discretamente al muchacho qué número debe apostar: el 22. Gana. Le dice entonces que apueste todo lo ganado al mismo número. Vuelve a ganar.
Rick está actuando con trampa, por supuesto; probablemente manipula el juego o utiliza su conocimiento del sistema turbio que él mismo regenta. No es un acto de magia, sino de estrategia. Sin embargo, en esta intervención reside una de las mayores justificaciones de su figura como tzadik. Su justicia no es puritana ni épica, sino pragmática y clandestina. Utiliza su control sobre el vicio y la corrupción —la ruleta amañada— para generar un bien y evitar un mal.
Gracias a ese dinero inesperado, la pareja puede escapar sin que ella deba humillarse. Los empleados del bar lo celebran. Rick, que se proclama neutral y egoísta, actúa como uno de los justos: protege a los inocentes, restaura el equilibrio y lo hace sin esperar gratitud ni reconocimiento. El tzadik a veces debe ensuciarse las manos en el mundo para preservar lo esencial.
El detalle del número no es irrelevante. En la tradición cabalística, el 22 posee un valor especial: corresponde al número de letras del alfabeto hebreo. Según el Sefer Yetzirá, con esas veintidós letras Dios creó el mundo. No son simples signos, sino fuerzas activas que configuran la realidad.
No hace falta forzar la lectura: alcanza con notar que Rick, sin saberlo, elige para su intervención el número con el que la tradición dice que el mundo fue creado.
No crea un mundo. Pero sí, esa noche, una vida posible.
No es el único gesto de justicia en la película. Rick renuncia al amor de Ilsa para que ella acompañe a Victor Laszlo, líder de la resistencia, y así pueda continuar su lucha contra el nazismo. Rick sabe que Laszlo necesita de ese amor para seguir luchando.
Y esa noche pierde algo más. Al matar al mayor Strasser para que los dos puedan escapar, pierde también el café, lo único que todavía era suyo. Ya no puede quedarse en Casablanca. Rick tendrá que huir, como todos los que hasta entonces solo veía cruzar su barra.
¿Puede la justicia brotar del fango? La tradición judía, que no es ajena a la complejidad moral, ofrece el caso de Pentakaka.
En una historia narrada en el Talmud de Jerusalén (Ta’anit 1:4), se relata el caso de un tal Pentakaka, un personaje que vivía en un ambiente sórdido de burdeles y espectáculos decadentes, un hombre de apariencia vulgar cuyo nombre, según una interpretación simbólica, derivaría de las palabras griegas penta (cinco) y kaká (pecados).
Un rabino supo en un sueño que las plegarias de Pentakaka eran atendidas por el cielo. Al encontrarlo, le preguntó si alguna vez había realizado una buena acción. Pentakaka recordó entonces que, ante el ruego de una mujer desesperada por liberar a su esposo de la cárcel, había vendido su propio lecho para conseguir el dinero y ayudarla, evitando que tuviera que prostituirse. Al escucharlo, el rabino comprendió por qué sus plegarias eran escuchadas.
Así como Pentakaka, Rick también transita un mundo turbio —regenta un bar y se codea con contrabandistas, traficantes y policías corruptos— y, sin embargo, cuando llega el momento, renuncia a lo suyo para salvar a otros. Su gesto es silencioso, alejado de toda épica, y tal vez por eso más poderoso: no busca gloria, solo hace lo correcto.
Tal vez sea por eso que Casablanca sigue conmoviendo: porque muestra cómo incluso un cínico puede, sin saberlo, estar sosteniendo al mundo.
Ninguno de los personajes de Casablanca pertenece verdaderamente al lugar que habita. Están de paso. Dejan atrás países, guerras, idiomas y afectos. Todos esperan algo: un visado, un barco, un avión, una firma. Casablanca no es una ciudad: es un umbral, un purgatorio terrestre donde lo único que se respira es la espera.
En la tradición judía, esa espera tiene un nombre: galut, el exilio. El galut no es solo una condición geográfica, sino también espiritual. Se puede estar exiliado incluso en la tierra prometida; se puede ser extranjero entre los propios. El exilio es errancia, pero también el lugar donde se cultiva la memoria y se mantiene la esperanza en la noche más larga.
El Café de Rick es un refugio. Allí se negocia, se sobrevive, se canta y se teme. Se comercia con lo que se tiene: dinero, nombres, favores, ilusiones. En el café, como en la diáspora, se resiste sin decirlo. Y es ahí, en ese umbral sin patria, donde el tzadik oculto tiene más sentido: no hace falta un templo para sostener el mundo. Alcanza un café con la ruleta trucada.
Hay algo que me llamó la atención cuando volví a ver Casablanca. En una película poblada de refugiados que huyen de una Europa dominada por los nazis, la palabra “judío” no se pronuncia. Ninguno de esos hombres y mujeres desesperados por conseguir un visado es identificado como tal.
Y, sin embargo, los judíos estaban allí.
Michael Curtiz, el director, había nacido en Budapest en una familia judía húngara. También había judíos entre quienes escribieron la película y entre sus actores y extras; algunos de estos últimos eran verdaderos refugiados europeos que habían escapado del nazismo.
Hay algo conmovedor en esa paradoja: hombres y mujeres que habían debido huir de Europa representaban en Hollywood a hombres y mujeres que intentaban huir de Europa.
Casablanca no habla de judíos. Pero habla del exilio.
Nada permite suponer que Curtiz haya pensado conscientemente en Rick como un justo oculto. Es probable que, si algo de esa tradición operó en su cine, lo haya hecho de manera inconsciente, filtrado por una sensibilidad que ya traía consigo. Antes de cruzar el Atlántico, en Viena, había filmado dos grandes superproducciones sobre temas bíblicos: Sodoma y Gomorra (1922) y La reina esclava (1924), esta última centrada en el Éxodo y en el romance entre un príncipe egipcio y una joven hebrea.
Pero haya sido deliberado o no, lo cierto es otra cosa: son esos gestos nobles y silenciosos de Rick los que hicieron que el público se enamorara del personaje, y esa fascinación sigue intacta más de ochenta años después.
Y quizás sea por eso que, a mí, que no soy creyente, la sabiduría del Talmud me sigue seduciendo: no porque exija fe, sino porque explica, mejor que casi cualquier otra cosa, por qué ciertos gestos anónimos alcanzan para sostener el mundo.
Este texto pertenece al libro aun inedito " Un judío amateur"
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