A los judíos nos gustan mucho nuestros judíos. Salvo algunos.
Nos encantan los científicos, los escritores, los músicos, los médicos, los empresarios. Tenemos cierta debilidad por recordar cuántos premios Nobel somos, qué porcentaje de tal o cual disciplina ocupamos y qué inventó algún judío del que hasta ayer ninguno de nosotros había oído hablar.
Los mafiosos nos entusiasman bastante menos.
Yo me dedico desde hace muchos años al reciclado de residuos electrónicos, una actividad suficientemente cercana al negocio de la basura como para haber conocido personajes que uno preferiría no conocer demasiado. Lo mío siempre fue una especie de basura gourmet: servidores, computadoras, equipos de comunicaciones, materiales cuyo valor no resulta evidente para cualquiera. Eso me mantuvo bastante lejos de otros mundos.
Bastante, pero no completamente.
Una vez gané una licitación y poco después me llamó alguien con quien ya había hecho negocios. Me explicó que debía renunciar. Si no lo hacía, visitarían a mis clientes. No necesitó explicarme para qué. Renuncié. Me ha salvado muchas veces que mi ambición es moderada.
Años después terminé trabajando para ese mismo cliente, como subcontratista de un grupo con vínculos sindicales y una considerable capacidad de persuasión. Ellos tenían lo que yo no tenía. Yo tenía lo que ellos no tenían. El sistema funcionó durante años.
No hace falta contar mucho más. Tampoco estoy seguro de querer hacerlo.
Cuando leí Aprenda de la mafia, de Louis Ferrante, encontré situaciones extrañamente familiares.
Ferrante había pertenecido a la familia Gambino. No escribía sobre un mundo que hubiera investigado: escribía sobre un mundo en el que había vivido. Y una de sus afirmaciones me hizo gracia. Según él, prácticamente toda organización mafiosa tenía su gánster judío.
No sé si la afirmación resiste un estudio estadístico. Pero Ferrante la presenta casi como un axioma.
Su ejemplo es Meyer Lansky, a quien llama el Einstein de la mafia.
Lansky es uno de esos judíos que no solemos incluir en las listas de judíos ilustres. Fue una figura central del crimen organizado norteamericano. Junto con Bugsy Siegel estuvo involucrado en los negocios que dieron origen a Las Vegas.
Pero Lansky tenía una peculiaridad incómoda: era profundamente judío.
No particularmente religioso. Judío de una manera difícil de definir, pero no menos intensa.
Y cuando los nazis comenzaron a realizar actos y reuniones en Estados Unidos durante los años treinta, esa condición dejó de ser un dato biográfico.
En aquellos años, cuando Hitler consolidaba su poder en Alemania, el German American Bund, una organización pronazi, celebraba reuniones y manifestaciones en distintas ciudades norteamericanas. Sus miembros desfilaban con uniformes, esvásticas y retratos de Hitler. No eran cuatro extravagantes: el 20 de febrero de 1939 llenaron el Madison Square Garden con unas veinte mil personas, bajo un enorme retrato de George Washington flanqueado por esvásticas.
Las organizaciones judías tradicionales no sabían muy bien cómo enfrentarlos. Aquellos actos, por repugnantes que fueran, eran legales.
Según reconstruye el historiador Robert Rockaway, el juez judío Nathan Perlman recurrió a Lansky para pedirle que hiciera algo al respecto.
Lansky aceptó. No quiso cobrar.
Según esa versión, la única condición que le impusieron fue que no matara a nadie.
Organizó grupos de gánsteres judíos que irrumpían en las reuniones nazis y golpeaban a los asistentes. En una de aquellas incursiones, en el barrio neoyorquino de Yorkville, llegaron a arrojar a algunos participantes por las ventanas, según contaría el propio Lansky.
No eran intelectuales discutiendo contra el fascismo.
Eran gánsteres pegándoles a nazis.
Después de la Segunda Guerra Mundial, cuando los judíos de Palestina comenzaron a prepararse para la guerra que acompañaría el nacimiento de Israel, Lansky volvió a intervenir.
La Haganá necesitaba armas. Comprarlas y trasladarlas clandestinamente desde Estados Unidos exigía contactos que no siempre podían encontrarse entre los dirigentes respetables de la comunidad.
Lansky tenía algunos.
Yehuda Arazi, un enviado de la Haganá, recurrió a él para conseguir que las armas pudieran embarcarse clandestinamente hacia Palestina. Lansky se comunicó con Albert Anastasia y Joe Adonis, dos importantes jefes mafiosos que ejercían una enorme influencia sobre los sindicatos de estibadores y las operaciones del puerto de Nueva York.
Según relata Rockaway, los trabajadores portuarios vinculados a aquellas organizaciones ayudaron a ocultar y embarcar armas destinadas a los judíos de Palestina. Mientras tanto, se cuenta que algunos cargamentos de armamento destinados a Egipto sufrieron accidentes: terminaron misteriosamente en el fondo del mar.
La mafia controlaba los muelles. Y Lansky sabía perfectamente cómo utilizar ese poder.
Otra vez, los métodos eran discutibles. Otra vez, el propósito era defender a su pueblo.
Quizás ayudar a Israel no fuera más que la continuación de la vieja costumbre de los jóvenes judíos de proteger sus barrios de los antisemitas.
Solo que, después del Holocausto, el barrio judío había cambiado de dimensión.
Ahora se llamaba Israel.
Rockaway recuerda también una vieja idea de la tradición judía: el pintele yid, esa pequeña chispa de judaísmo que permanecería encendida en cada judío, por muy alejado que estuviera de la religión y por muy cuestionable que fuera su conducta.
Incluso en un mafioso.
Me gusta esa imagen, aunque no estoy seguro de creer en ella.
Quizás porque ofrece una explicación demasiado tranquilizadora: en el fondo de cualquier judío, por depravado que sea, habría algo bueno esperando la oportunidad de manifestarse. O porque la pertenencia a un pueblo es mucho más compleja que una virtud escondida.
En cualquier caso, Lansky no necesitó descubrir aquella chispa. La tuvo presente toda su vida.
En 1970, Lansky llegó a Israel decidido a instalarse allí. Tenía casi setenta años. Apeló a la Ley del Retorno, pero el Estado judío se negó a recibirlo; en 1972 la Corte Suprema confirmó la decisión por unanimidad. Sus antecedentes y sus vínculos con el crimen organizado pesaron más que sus servicios.
La paradoja siempre me fascinó.
El Estado de los judíos le cerraba la puerta a un judío que, cuando todavía no existía ese Estado y los nazis marchaban por las calles norteamericanas, había decidido enfrentarlos de la manera que mejor conocía.
Lansky resumió su situación con una frase que se le atribuye: «Soy judío en todos los países excepto en Israel».
Eso no convierte a Meyer Lansky en una buena persona.
Tal vez ahí empieza el problema.
Nos gustan los héroes completos. Personas cuya biografía podamos contar sin demasiados asteriscos.
Lansky necesita demasiados.
Louis Ferrante plantea el problema desde el extremo opuesto.
Nació en una familia católica italiana y se convirtió en mafioso. Participó en robos, fue detenido y pasó años en prisión. Allí comenzó a leer. Primero por curiosidad y después con una intensidad que terminó llevándolo a los textos religiosos.
Finalmente eligió el judaísmo.
Ferrante había conocido judíos mucho antes de conocer el judaísmo. Los había conocido en la mafia. En sus propios libros habla repetidamente de Lansky y de otros gánsteres judíos.
Podría decirse —aunque seguramente él no lo diría de esa manera— que comenzó a descubrir el judaísmo mientras todavía era mafioso.
Mucho después encontraría la Torá.
Se convirtió formalmente tras salir de prisión en 2003, de la mano del rabino conservador Arthur Rulnick, y comenzó a llevar una vida judía observante. Para comprar sus primeros tefilín fue a una librería de College Point, en Queens, y se detuvo en seco: estaba a menos de una cuadra del lugar donde, más de una década antes, había asaltado un camión. En una entrevista de 2009 dijo que soñaba con vivir algún día en Israel y ser enterrado allí.
Entonces aparecen frente a frente dos historias casi simétricas.
Uno nació adentro y terminó afuera.
El otro nació afuera y quiso entrar.
Ferrante cuenta además algo sobre los mafiosos que me produjo una sonrisa de reconocimiento: pueden ser sorprendentemente sensibles a las muestras de afecto.
Eso también lo he visto.
Hombres capaces de intimidar, de amenazar, de manejar relaciones donde nadie necesita explicar demasiado qué significa un determinado mensaje, pueden conmoverse de una manera casi infantil ante una demostración de cariño, de respeto o de lealtad.
Alguno llegó a decirme: «Quisiera ser como vos».
Con otro, un barra brava de un club de fútbol, hice negocios durante un tiempo. Se jactaba de que, cuando bajaba a la tribuna, la gente se abría para dejarlo pasar. Un día me contó que, de chico, comía las papas que le daban en el mercado y que, a los cinco años, las asaba en la calle, sobre el fuego que hacían con lo que encontraban.
Cuando lo conocí, vivía en el extremo opuesto: iba a un all inclusive que le costaba quinientos dólares por día y, por supuesto, se empachaba de comida y de alcohol. Era fanático del Viagra, tenía treinta y pocos años, y no entendía que yo no lo usara. Igual me lo metía en el bolsillo.
Lo escuché. Le dije que ya no hacía falta comer como si mañana no fuera a haber comida.
—Nunca nadie me habló así.
Pocos meses después me enteré de que había muerto de una sobredosis.
Después de tantos años tratando con seres humanos, cada vez estoy menos seguro de que las contradicciones sean realmente contradictorias.
No los traigo por héroes. Los traigo porque incomodan, y porque obligan a mirar una parte de nuestra propia historia que preferimos dejar fuera de la fotografía.
Los judíos tenemos científicos, artistas, comerciantes, obreros, revolucionarios, rabinos, empresarios y escritores.
También tenemos mafiosos.
Formar parte de un pueblo es aceptar también a los parientes que uno preferiría no sentar en la mesa principal.
Y, de vez en cuando, ocurre algo todavía más extraño.
Alguno de esos parientes incómodos termina haciendo algo muy valiente.
Y algún mafioso italiano pide permiso para sentarse a nuestra mesa.
Este es un texto del " Judio amateur"

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