Irène Némirovsky toma prestados esos estereotipos para subvertirlos. En su puesta en escena, el personaje del extranjero enriquecido entra en contradicción consigo mismo. Del mismo modo que Golder se halla dispuesto a arruinarse por su hija y vuelve sosegado junto a sus antepasados, así Asfar sólo acepta vender su alma para alimentar a los suyos, aunque lo olvida. Pese a haber sido modelados sobre caricaturas, Golder y Asfar rebosan humanidad, sufrimiento y belleza. Asfar ayuda a la señorita Aron, joven y pobre, convirtiéndola en su secretaria. Se envilece para salvar a su hijo de la maldición. Su condena es un sacrificio. En realidad, Asfar no es despreciable; es despreciado. Tiene hambre: hambre de honor, de respeto, de comprensión. La novelista se limita a trasladar al escenario «racial», que es el decorado de su época, resortes que son propios de la novela psicológica. Así como hay cien maneras de ser antisemita, hay otras cien de no serlo, y una de ellas implica no abandonar a los Asfar y los Golder a los xenófobos. Pero a Irène Némirovsky no se le tolera que manifieste tan poca identificación gregaria, lo que supone un prejuicio más. De «odio a uno mismo», se la acusa entonces. Mas, aparte de que nadie está obligado a adorarse a sí mismo, Némirovsky no se menosprecia, sólo presenta la imagen que le devuelve una Francia llena de espejos deformantes, periódicos, novelas y panfletos. En El maestro de almas no es a Asfar a quien condena, sino a la indigna criatura a que lo reduce la «expresión de cordialidad, compasión y desprecio» que es la esencia de la hipocresía. Como matiza él mismo, Asfar no es un meteco, sino «lo que ustedes llaman un meteco». La autora no había leído en vano El retrato de Dorian Gray a los quince años. El tema del reflejo odiado se halla presente en toda su obra, desde Golder, que se ve envejecer ante el espejo, a Asfar, que se asusta de «su sombrío y ansioso rostro, sus puntiagudas orejas, sus largos dientes» reflejados en los escaparates de las tiendas. ¿Odio hacia uno mismo? Más bien odio hacia el reflejo de uno mismo. Si El maestro de almas es un autorretrato de una «sórdida negrura» es porque su autora mojó la pluma en la tinta de sus futuros perseguidores. El maestro de almas es un cuento que recurre a los recursos propios del género: Asfar es «un animal salvaje perdido lejos del bosque» y más tarde «un hechicero». Se trata del cuento del licántropo, el híbrido al que la prensa de la época declara «inasimilable», como primer estadio hacia una lenta deshumanización. Es el cuento de las raíces que no pueden arrancarse: los personajes de Irène Némirovsky se levantan con la esperanza puesta en Occidente, pero se acuestan siempre en Oriente, como Clara, que en el lecho de muerte cree haber vuelto a casa de su padre. El cuento podría empezar así: «Coja un animal hambriento y acosado, con una hembra y cachorros que alimentar, y póngalo en un buen redil, entre tiernos corderos, en un verde prado…». ¿No será El maestro de almas la sátira del «desprecio burgués», de esa Francia que ya no es la madre hospitalaria de los huérfanos de la tierra? El 2 de febrero de 1939, la Iglesia se dignó conceder el bautismo a Irène Némirovsky, pero el Estado le negó la naturalización, pese a que Brasillach, hijo deforme del antisemitismo, ponía el talento de la autora como ejemplo para las novelistas francesas. «¡Inútiles melindres de Europa!». Esta novela es una respuesta a las mentiras de Occidente. «Si nos ofendéis, ¿no habremos de vengarnos?», observa Shylock. En las páginas precedentes, los retratos de burgueses y mujeres de la buena sociedad no están exentos de crueldad; se los presenta ignorantes, arrogantes, codiciosos, hipócritas, taimados… Del psicoanálisis, que es uno de los temas de El maestro de almas y cuyo objeto es precisamente remover «las vergonzosas heces del alma», Irène Némirovsky había retenido lo esencial: el principio universal del ego. Y de igual modo que lo han ilusionado con palabras pérfidas («Pero usted lleva en Francia mucho tiempo… ¡Casi es uno de nosotros!»), Asfar el humillado, Asfar el ofendido, se venga con falsas promesas. «Me gusta sentir que está muy por encima de mí —le confiesa a la inaccesible Sylvie—. Y a veces la odio. Pero el resto del tiempo la amo». ¿Es Irène Némirovsky quien se dirige a Francia de ese modo? La publicación por entregas finalizó en agosto de 1939, unos días antes del inicio de la guerra. ¿Había previsto el editor Albin Michel sacarla en formato de libro? Por el momento, consideraba más urgente asegurar su apoyo a la autora en aquellas «horas angustiosas», teniendo en cuenta que su ascendencia «rusa y judía» podría crearle «problemas». En abril de 1940, antes de la ofensiva alemana, apareció su testamento literario, Los perros y los lobos. Una vez más, Irène Némirovsky lleva a cabo un retrato nada complaciente, no de los judíos franceses, sino de judíos llegados «del Este, de Ucrania o Polonia», los mismos a quienes la prensa califica de «judíos salvajes». No obstante, consciente del odio que persigue a los judíos, y del que todavía se cree a resguardo, juzga necesario incluir una advertencia: «¿Por qué iba a negarse un pueblo a ser visto como es, con sus virtudes y sus defectos? Creo que ciertos judíos se reconocerán en mis personajes. Puede que me lo reprochen. Pero sé que digo la verdad». Seis meses más tarde, el primer Estatuto de los Judíos la obligará a publicar sus novelas cortas con seudónimo. En las dos novelas que terminó entonces y en la que dejará inacabada, los personajes judíos desaparecen: en una época que ama las caricaturas, la sutileza ya no está de moda. El 15 de julio de 1942, cuando tras dos días de arresto Irène Némirovsky es internada en el campo de Pithiviers, la última novela corta que publicará en vida aparece en el semanario petainista Présent. En esta obra, la desilusión de la autora es patente: «Míreme. Ahora estoy sola. Pero mi soledad no es elegida, buscada, sino humillada, amarga, la peor de todas, la del abandono, la de la traición»[9]. En noviembre de 1942 su marido Michel Epstein, que llevaba casi tres meses sin noticias suyas, consigue reunirse con ella mucho más lejos de lo que pensaba, en Europa Oriental: en Oswiecim, Polonia, Auschwitz en alemán. ¿Dónde están ahora los lobos, dónde los bárbaros, dónde los salvajes? «¿Qué me está haciendo este país, Dios mío?», escribía la autora en junio de 1941, como un eco de la desgarradora declaración de Asfar: «Sí, a todos vosotros que me despreciáis, franceses ricos, franceses felices: lo que yo quería era vuestra cultura, vuestra moral, vuestras virtudes, cuanto es más noble que yo, diferente de mí, diferente del lodo en que nací». Ella no había nacido en el barro, pero justo es decir que aspiraba al reconocimiento literario de Francia. Esa Francia obsesionada por el fantasma del Otro y cuya mueca de terror siguen reflejando las brillantes novelas de Irène Némirovsky setenta años después.
OLIVIER PHILIPPONNAT PATRICK LIENHARDT
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