El gol que abrió un cementerio
«Los apellidos sobreviven mucho mejor que las tradiciones.»
Estaba viendo el Mundial sin pensar en nada especial cuando aparecieron los nombres en pantalla. Dos jugadores de Cabo Verde. Ryan Mendes. Y Gilson Benchimol Tavares. Me quedé parado. Mendes puede ser cualquier cosa, hay miles de Mendes en el mundo portugués y en Cabo Verde no es distinto. Pero Benchimol no. Benchimol tiene el mismo perfume sefardí que Goldberg tiene ashkenazí. No hay vuelta que darle. Y ahí estaba, en el medio, entre Gilson y Tavares, como una piedra en el río que el agua rodeó pero no se llevó del todo. Que Benchimol esté en la camiseta de Cabo Verde no prueba que el jugador sea judío practicante, ni que sepa nada de todo esto. Pero abre una ventana. Atrás de ese apellido hay una diáspora sefardí-marroquí que llegó a estas islas y terminó mezclándose con todo lo demás, con los portugueses, con los africanos, con el Atlántico. Una de esas huellas que sobreviven cuando ya no queda nada más. Un apellido como una lápida que camina. (Hay otros jugadores de Cabo Verde que juegan en Israel, Hélio Varela en el Maccabi Netanya, Clé en el Hapoel Petah Tikva. Pero eso probablemente sea solo fútbol. No todo hilo lleva a algún lado.)
Cabo Verde no tenía población cuando llegaron los portugueses en el siglo XV. Como las islas estaban deshabitadas, toda su población provino de otros lugares: colonos portugueses, africanos traídos como esclavos y, con el tiempo, comerciantes y migrantes de distintos orígenes. De esa mezcla nació algo completamente nuevo: el pueblo criollo, con su propia lengua y una identidad que no es simplemente portuguesa ni africana, sino una síntesis original que solo podía surgir en unas islas del Atlántico. Entre los que llegaron, sobre todo en el siglo XIX, hubo judíos sefardíes. Venían de Marruecos, de Gibraltar, parte de esa red de comerciantes judíos que se movía por todo el Atlántico siguiendo las rutas del comercio. Y acá viene el detalle que lo explica todo: eran casi todos varones. Una comunidad judía sin mujeres judías no puede seguir siendo comunidad judía. No solo por la halajá, que dice que la madre transmite la condición. Sino por algo más cotidiano: es en el hogar donde se aprende. Donde se cocina de cierta manera, donde se encienden las velas el viernes, donde los chicos escuchan desde chicos que hay algo que los hace distintos. Si ese hogar lo construye una mujer que no viene de esa tradición, la distinción empieza a borrarse. Despacio. Sin que nadie lo decida. Sin que nadie lo note demasiado hasta que ya está hecho. Los sefardíes de Cabo Verde se casaron con mujeres locales. Tuvieron hijos. Algunos apellidos claramente sefardíes sobrevivieron —Benchimol, Benoliel, Azulay— pero todo lo demás se fue diluyendo, como tinta en agua. Podrían haber traído mujeres judías desde Marruecos o Gibraltar. Las mismas rutas comerciales que habían llevado a esos hombres hasta Cabo Verde podían recorrer el camino inverso. No ocurrió. Y eso me parece más revelador que cualquier explicación posterior.
Todavía hay cementerios judíos en las islas. En Santo Antão, en Boa Vista, en São Vicente. Piedras con inscripciones en hebreo en lugares donde hace décadas nadie hace un servicio religioso. Los cementerios guardaron los nombres de los muertos. Los apellidos siguieron caminando entre los vivos. Los cementerios son hebreo sin judíos. Los apellidos son judaísmo sin memoria. Pero hay que detenerse un momento en esos cementerios, porque dicen algo importante. Construir uno no es un gesto menor. Implica comprar tierra, organizarse como comunidad, tallar lápidas en hebreo. Y hay algo más: en la tradición judía los muertos se entierran con las tumbas orientadas hacia Jerusalén, para que cuando llegue el Mesías puedan volver a la ciudad santa. Estos hombres, en el medio del Atlántico, a miles de kilómetros de todo, eligieron ese detalle. Se enterraban mirando a Jerusalén desde Cabo Verde. No eran judíos que se escondían ni que renegaban. Sabían exactamente lo que eran y hacia dónde apuntaban, aunque fuera desde el fin del mundo. Hoy esos cementerios ya no son ruinas olvidadas. Fueron restaurados, señalizados, reconocidos como patrimonio. Hay un proyecto específico para preservar esa memoria y atraer turismo judío-cultural. Aunque por ahora parece más una peregrinación de curiosos, descendientes e investigadores que un circuito turístico consolidado. Es decir: la memoria que no pudo sostenerse desde adentro la terminan preservando desde afuera. No es nada. Pero tampoco es exactamente lo que hubieran imaginado aquellos hombres que compraron la tierra y orientaron las tumbas hacia Jerusalén. Acá me permito un ejercicio de imaginación. Me pongo en el lugar de esos hombres, que en el fondo no eran tan distintos a mí: comerciantes acostumbrados a resolver problemas, a adaptarse, a leer el contexto y actuar en consecuencia. En un lugar donde nadie los perseguía, donde los dejaban vivir y comerciar y enterrar a sus muertos mirando a Jerusalén, la urgencia de cerrarse nunca llegó a ser urgencia de verdad. ¿Para qué complicarse si el mundo te trata bien? Yo probablemente hubiera hecho lo mismo. La comodidad también disuelve. A veces más que el odio.
Los judíos de Babilonia también eran comerciantes. Llegaron deportados, sin templo, sin tierra, en medio de una cultura que no era la suya. Y escribieron el Talmud. No a pesar de ser mercaderes sino siendo mercaderes: hombres acostumbrados a negociar, a adaptarse, a encontrar soluciones donde otros ven obstáculos. El exilio no los apagó, los obligó a pensar. Me pregunto si en Cabo Verde hubo alguien así. Algún Benchimol de hace dos siglos que después de cerrar sus cuentas se sentaba a escribir algo. Una carta, un comentario, una reflexión que fuera más que números. No lo sé. Si existió, no llegó hasta nosotros. Y esa ausencia quizás diga más que cualquier cementerio: en Babilonia había urgencia, había dolor, había algo que procesar. En Cabo Verde había, aparentemente, una vida bastante llevadera. Las vidas llevaderas no siempre sienten la necesidad de dejar testimonio.
Ahora, lo que más me intriga no es lo que pasó sino lo que no pasó. En Cabo Verde no hubo antisemitismo. No hay registro de persecución, de leyes contra los judíos, de nada parecido. Nadie los odiaba. Nadie los señalaba. Nadie los necesitaba como chivo expiatorio. Llegaron, comerciaron, se mezclaron, y el mundo local los dejó tranquilos. Aunque me queda una duda que no quiero esconder. ¿No hubo antisemitismo porque la sociedad era tolerante, o simplemente porque era demasiado nueva para haber construido sus odios? El antisemitismo europeo necesitó siglos de teología, de leyendas negras, de chivos expiatorios repetidos hasta volverse costumbre. Cabo Verde no tuvo nada de eso. Era una sociedad implantada desde cero, sin historia medieval, sin Iglesia arraigada por generaciones. Quizás no hubo persecución simplemente porque no hubo tiempo de inventarla. No lo sé. Y me parece importante decirlo. Lo que sí sé es que el resultado fue el mismo: libertad total, integración sin conflictos, nadie que te obligue a nada. Y eso, paradójicamente, fue parte del problema. Sé que suena raro. Pero hay algo sobre el gueto de Venecia que me quedó dando vueltas desde que lo leí. El gueto fue establecido en 1516. Una imposición brutal: los judíos encerrados en una isla, con toque de queda, marcados con una insignia. Todo eso es real y no hay manera de edulcorarlo. Pero paradójicamente, ese encierro también terminó reforzando la vida comunitaria. Si todos vivían juntos, se casaban entre ellos, enterraban a sus muertos en el mismo lugar, la comunidad no se disolvía. La hostilidad de afuera y la voluntad de adentro producían el mismo resultado: el judaísmo sobrevivía, se transmitía, seguía. El gueto tenía dos llaves. Una la tenía el poder cristiano. La otra, el deseo de seguir siendo. Lo de Cabo Verde es exactamente lo contrario. Libertad total, integración sin conflictos, nadie que te obligue a nada. Y como resultado: silencio.
Durante siglos la pregunta fue:
¿Qué nos obliga a seguir siendo judíos?
Y la historia la respondía sola, desde afuera, sin que nadie tuviera que pensarlo demasiado. Seguir siendo judío era resistir algo. Había alguien que quería que uno dejara de serlo, y eso ya era razón suficiente para no hacerlo. En Cabo Verde esa presión no existió nunca. Y entonces apareció la otra pregunta, la más difícil: ¿qué nos invita a seguir siéndolo? Esa pregunta necesita una respuesta distinta. Necesita que alguien encuentre algo en la tradición que valga la pena transmitir porque sí, porque uno elige, no porque el mundo te lo exige. Necesita comunidad, memoria viva, alguien que enseñe, alguien que quiera aprender, una mesa donde se cuenten las historias. Los sefardíes de Cabo Verde no tuvieron nada de eso. O lo tuvieron una generación, quizás dos, y después no. Y sin eso la identidad se fue. Sin drama, sin escenas. Con la misma discreción con que se apaga una vela cuando no hay viento pero tampoco hay nadie que la cuide.
Los apellidos sobreviven mucho mejor que las tradiciones. Un apellido puede atravesar tres siglos. Una costumbre, a veces, apenas dos generaciones. Quizás por eso me quedé mirando Benchimol en la pantalla. Tres siglos después, el apellido seguía ahí, como aquella piedra que el agua rodeó sin llevársela del todo. Y también estaba viendo, sin querer, algo de nosotros. De los que todavía tiramos del hilo. De los que encontramos en una camiseta de fútbol una pregunta que no termina nunca: qué se transmite, qué se pierde, y quién decide volver a encender la vela.
Por suerte o por desgracia —cada uno pensará lo que quiera— los antisemitas de manual no van a leer nunca un texto como este. Ellos, sin saberlo, sin quererlo, fueron durante siglos los mejores guardianes de la identidad judía. Los que leen esto somos los otros: los curiosos, los que preguntan, los que tiran del hilo de un apellido en una camiseta de fútbol. Judíos amateurs, en el mejor sentido. El problema es que quizás seamos también, sin darnos cuenta, parte del síntoma que describimos.

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