domingo, 21 de junio de 2026
"La foto perdida con mi padre" extracto de " Vulnerables" de Jorge Santkovsky
No tengo ninguna foto junto a mi padre. No lo tengo joven en mi memoria y no dispongo de auxilio para recordarlo. No se ocupó de dejar testimonio visual, como todo padre orgulloso lo hace con sus hijos pequeños. Tampoco guardo un abrazo cariñoso, ni siquiera un beso en la mejilla.
La mejor época para comunicarnos fue cuando estaba internado en el geriátrico. En realidad, en el segundo geriátrico en el que estuvo, donde lo cuidaban bien. Tan bien que podía llevarlo, cada tanto, a pasear y a cenar afuera sin riesgo de que no quisiera volver. No importa el lugar donde lo llevara a comer, él pedía borsch, la comida típica judía a base de remolacha. A veces accedían a prepararlo pese a no estar en el menú. En esa época aún no se habían puesto de moda los restaurantes de comida étnica judía. Por supuesto que cuando salía conmigo ya estaba cenado. En el geriátrico la mesa se ponía temprano, pero comía igual sin quejarse. La comida no se despreciaba, lo sabía desde joven. Pero lo más importante es que podíamos conversar con tranquilidad, por primera vez en la vida.
Una tarde se me ocurrió ir a la casa de fotografía a sacarnos una instantánea. Él estaba tan contento que salió muy bien reflejado. Sonriendo salió. El dueño, que me conocía por ser cliente de mi local de computación, no aceptó cobrarnos, tanta fue la emoción que le produjo. Él se quedó con la foto y la puso al lado de la lámpara en su mesa de luz. Si cierro los ojos aún puedo verla.
Cuando comenzó a estar mejor, que fue poco antes de morir, pasaron más cosas. Por ejemplo, hacía las compras para la cocina de la institución. Era simpático y tenía fuerza para traer las bolsas. Y eso lo mantenía ocupado.
En esa época mi hermano se había mudado al departamento donde antes vivía mi padre, que quedaba cerca del geriátrico. Un día se le ocurrió la mala idea de llevarlo para pasar un rato juntos al departamento en cuestión. Mi hermano estaba orgulloso porque había tirado ya todas las cosas que quedaron abandonadas, sucias e inútiles. Entre ellas había un par de heladeras muy viejas que no funcionaban, pero servían para almacenar billetes fuera de circulación envueltos en papel de diario. Los diarios eran de la época en que los billetes tenían verdadero valor. Por cosas que me dijo antes de morir, él creía que había guardado dinero extranjero. Es una prueba de que su deterioro comenzó mucho antes de lo que imaginábamos, o tal vez era tan solo un negador y prefirió cerrar los ojos y oídos a la constante devaluación.
Pero esas cosas inservibles eran sus cosas y cuando volvió al geriátrico se puso incontrolable. No podían creer el cambio para peor que se había producido. Mi padre comenzó a golpear a los otros enfermos, a romper todo lo que tenía a su alcance. Me pidieron que lo llevara a una institución para enfermos mentales. Un médico de PAMI avalaba esta decisión. Pero a los pocos días mi padre tuvo la delicadeza de morirse. Lo agradecí porque me evitó el mal trago de internarlo en un lugar aun más deprimente.
Cuando volví al geriátrico a agradecer la atención brindada, le pedí la foto que nos sacamos juntos a quien con tanto esmero lo cuidó esos pocos meses de internación. Me enteré de que en un ataque de ira mi padre la había destrozado como a tantas otras cosas. No guardaron los pedazos y yo no tenía otra copia. Eran épocas donde los celulares no tenían cámaras.
Tampoco los fragmentos me hubieran servido porque hay cosas que se rompen y nada las puede reparar.
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