lunes, 19 de junio de 2023

"Rubi y el lago danzante" un cuento de Marcelo Cohen

 


Esto sucede en la época de la piedad absoluta por todas las criaturas. La conciencia de la igualdad de las especies culminó en nuevas leyes y varios gobiernos isleños han redimido a los animales de cualquier tipo de sujeción a los humanos, e incluso han exonerado a los animales electrónicos de ayudar a los ciborgues. Dicho esto, veamos. Una tarde, al volver a casa desde el educatorio, Munruf ve, acurrucada contra la pared de un edifico, una perrita manchada de hocico largo, orejas cortas y ojos de uva moscata, como las perras de las películas antiguas. Le tiembla el cuello, a la perrita; y es que está a punto de atacarla un lince de los que a veces se cuelan en la ciudad desde los campos vallados que el gobierno creó para que las bestias vivan y se devoren entre ellas a sus anchas. Ningún nene de nueve años ha visto nunca un perro fuera de los muestrarios de cuadernaclo, pero pocos soportarían que muriese esa cachorra tibia e indefensa, y Munruf no es de esos pocos. Instintivamente echa mano de su desintegrátor de juguete y ahuyenta al lince con una ráfaga de chispas. Recoge a la perrita y se la lleva bajo el gabán. Le pone Rubí, un nombre que ve en una de las casillas que en este barrio de módulos familiares subsisten como recuerdo o santuario de los animales que albergaron tiempo atrás. Rubí y Munruf se tienen un cariño tan inmediato y enternecedor que el padre del brachito, un obrero contestatario, acepta que el chico transgreda la prohibición específica de poseer mascotas. Con los días, la madre y hasta la hermana de Munruf, una quinceañera coquetona, vencen la repugnancia y se tiran con él en la alfombra a jugar con Rubí, rodar, enredarse con ella y recibir sus husmeos, moqueos y lengüetazos. Pero están los peliagudos trabajos de eliminar la caca, impedir que rezumen otros olores inhabituales, mantener a la perra alejada del minúsculo jardín del módulo y acallar el menor ladrido, y hay vecinos rastreros que hacen preguntas oblicuas, y a poco empieza a haber insólitos inspectores de la Bedelía de Diversidad rondando el barrio. Como encima es imposible disimular la cara de asfixia que da tener ese cuerpo extraño siempre adentro, el padre de Munruf empieza a temer por la familia, y por su trabajo de laminador en una planta metalúrgica de bambuminio. Y sin duda porque alrededor se palpa que en la casa hay una situación rara, una noche llama a la puerta un hombre gordo y pelilargo, de túnicat aceitunada, que viene a proponerles un trato. Entre los animales con que adornan sus casas los ricachones petulantes y los funcionarios traficantes de fauna, el ejemplar canino se cotiza muy bien porque ya no quedan muchos; pero la hermandad que representa el gordo está empeñada en dar a los animales una ocupación, restaurar el vínculo con los humanos y promover la diversión conjunta. Los hermanos son nativos del poniente de la isla, donde han heredado la reprimida creencia de que en el desenfado de las bestias hay una enseñanza para la gente. Están lo bastante bien ocultos y armados para proteger su causa y propagarla, y pagan mejor que los traficantes. Para desconsuelo de Munruf, no sólo por el dinero sino por el bien de todos, el padre acuerda. Dos días después se presenta un par de supuestos técnicos de ventilación que ahogan los gemidos de Rubí con caricias expertas, la meten en una caja de respuestos y la retiran en un furgonet. El gordo envía al cabeza de familia un mensaje neural con una hoja de ruta y un horario, y una reflexión difícil de calibrar: “Poquísimos animales domésticos sobrevivieron a la convivencia con los salvajes, y si hay perros que siguen coleando es porque son aguerridos”. El chico Munruf está decaído; lo aburren los librátors del cole. El padre lo lleva a visitar la nueva vida de Rubí. El último tramo del viaje es a pie. Dos millatros fuera de un caserío de la tundra hay una mina de orgeladio agotada. Hombres y mujeres con vibradoras bajo las túnicats vigilan la entrada del túnel hacia una bóveda presidida por un carteluz, El Gran Ruedo de Diversiones, bajo el cual se paga la entrada. Es día de torneo y hay buena concurrencia, bulliciosa y masticadora de golosinas, e intercambio y compraventa de patas de conejo, collares con púas, bozales, plumas de corneja, gorros de cuero de minorco. La competencia empieza con una riña de cherpias semiorgánicas; se picotean, se espolean, mientras la gente grita y tira tarbits a la arena, hasta que una destroza a la otra, aunque en seguida se rasga también dejando un reguero de cuajarones y tripálitos. Tras la limpieza desfilan los animalitos de veras, enmascarados y ataviados con túnicats aceitunadas. A uno le tiembla la careta como si hocicara. Munruf estruja la mano del padre. Retiran a todos menos dos y los desnudan; son dos perritas, una aleonada, la otra Rubí. Suena un triángulo. Acicateadas por el griterío, las contrincantes arrufan, gruñen, se abalanzan y se esquivan. Munruf murmura como si orase o diese instrucciones; se niega a irse; ni siquiera deja que el padre le tape los ojos. Pero si las perritas se mordisquean es precavidamente, casi con remilgos, y en seguida se cansan y caen en una serie de amagos inofensivos, tan lentos que la gente deja de apostar. Después estalla un abucheo enardecido por el fiasco. Las perritas se sientan. Rubí se mea. Cuando Munruf salta al ruedo y la levanta y se refriegan, antes que parar ese número empalagoso la mujerona despacha a niño y perra fuera de la arena. El padre de Munruf departe con el gordo, que pide dinero por devolverla, y mira de reojo el idilio de su hijo, sin duda debatiéndose entre dejar a la perra ahí, donde mal que mal terminará aprendiendo una profesión y está resguardada por expertos, dejarla en una libertad donde no va a durar mucho o llevársela de nuevo a casa con riesgo para la familia. Pero resulta que los hermanos animalistas no son tan expertos ni seguros. De hecho se han dejado reducir. La prueba es que un pelotón de frigatas y brachos vestidos con levitas multicolores irrumpe ágilmente en la bóveda, encañona al gordo con lanzagujas y sofrena a los espectadores. Disimulado hasta ahora en la platea, un veterano de sonrisa arrugada se levanta de la butaca para encarar al padre de Munruf haciendo caso omiso del gordo. Se presenta como Dun Aires. El grupo no pertenece a una secta; no alardean de creencias reverenciales; vienen de las serranías del sudeste, donde sus ancestros se preocupaban por dar a los animales otra suerte que la vagancia absurda o la servidumbre, y el sonriente Dun Aires es administrador de un circo furtivo. Munruf desconfía; se pone a Rubí bajo el capotín. El padre entorna los ojos como si otease memorias de circo que a lo mejor ni son suyas, pero la afabilidad de ese hombre todo menos seguro, incluso cauto, lo anima a dejar que pruebe convencerlo. El público encañonado se remueve en las gradas. Dun Aires habla no solo para el padre; se echa a gesticular para todos con una afabilidad propagantística. Él fue en su tiempo de aquellos cuyos bisabuelos contaban cómo sus vidas esplendían una vez por año con la llegada de los furgonetes del circo. Bajo la carpa del circo, entre fanfarrías y redobles, humanos y animales duchos en diversas artes se repartían papeles en insólitos números de habilidad, gracia desopilante, elegancia, valentía, poder y carácter para incomparable fascinación de gentes de siete a setenta años. Pero a la par que entendía mal las necesidades de las especies, la ley propició el descrédito de los espectáculos de habilidad y riesgo, y así cayó la infamia no sólo sobre la doma de fieras sino sobre la amazona, los trapecistas, los funámbulos, los simios bufones, los ballets ratoniles y las fieras mismas que sabían perfectamente cuándo aceptar una orden y cuándo transgredirla. ¿Quién se atreve hoy a devolver al público el goce de esas atracciones? ¿Qué público será tan cagón como para negárselas? La gradas enmudecen. Dun Aires se aparta con el padre de Munruf; lo instruye en que, a diferencia de mutantes como los huargos o tegraptores, los perros tienen una inteligencia reforzada por ciclos de resistencia evolutiva y son muy simpáticos. El padre acepta donarle a Rubí. Munruf se niega. Con el forcejeo, Rubí empieza a soltar ladriditos y el niño se desboca en unos alaridos tales que al padre le da una cachetada. Cae la mano, estupefacta de haber estropeado una historia de comprensión. Acariciando a los dos, Dun Aires disipa las vergüenzas acomodando a Rubí en un capacho. La perrita se calma, y padre e hijo se van. Durante el contrito millatro de caminata por la tundra, un rumor de rotores les revela que tal vez no hayan dado tan mal paso: al mirar hacia atrás ven que de un gavilónaro con una dudosa divisa oficial se está desprendiendo sobre la mina del Ruedo de Diversiones una tropa de asalto; pero al mismo tiempo, una bandada de alegres levitas multicolores se pierde ya veloz, levemente en el ocaso volando en alademoscas. En la casa de Munruf transcurren los días sin perra; la ausencia escuece la rutina cálida de la vida de la familia tanto como un extraño agujero que ha aparecido en el suelo de diminuto jardín: es un boquete sin fondo visible, con la boca rodeada de un anillo de materiales subterráneos, no sólo tierra sino escamas de adoblástice y ladrillina de cimientos, que se hace cada vez un poco más sin que el padre logre detectar cómo se origina. La cavidad parece un síntoma de que la casa está incompleta. En ese período de entendimiento, la madre de Munruf pone el colofón. Dice que es al ñudo debatirse, la vida nada más que de personas es así. Pero desde el ángulo de Munruf la cavidad del jredincito está además velada en brumas; y desde el ángulo del espectador, Munruf se ha vuelto un chico triste como no era al comienzo. Pero ya cuando se presagia que una apatía melancólica va a adueñarse de todos, una mañana se encuentran, no con un anuncio neural de publicidad, sino un panfletito impreso que durante la noche alguien deslizó por debajo de la puerta. En negro sobre amarillo, primorosas letras informa:

¡EL CIRCO REGRESA! BAJO SUS CANDILES DE FIESTA ESTARÁN UNA VEZ MÁS OVISTIA LA GALOPERA, DURUBÓ EL HOMBRE LÁSER, LAS GOLONDRINAS DEL TRAPECIO, BUFONES, ILUSIONISTAS, HUARGOS FEROCES Y LA LEYENDA DEL LOS CUZCOS DEL LAGO DANZANTE.

Se avisa que la ocasión no es muy frecuente y hay una fecha y detalladas instrucciones para llegar. Una nota al pie indica: Memorice los datos incluidos; este escrito se autoeliminará dos horas después de haber sido tocado. Munruf ha visto poco papel; pero cuando este se prende fuego no lo lamenta; más bien se ilusiona, como si la magia del circo se hubiera infiltrado en la casa y la llamita hubiera consumido algo de tristeza. Por eso, cuando la víspera de la excursión el padre le pregunta si encontrarse con Rubí no le abrirá de nuevo la herida, Munruf dice que no ve la hora de estar ahí. Al día siguiente los cuatro toman un autobús hasta una estación fluvial secundaria. Una hora después se bajan de la lancha en el muelle de una aldea ribereña. Las lomas donde se escalonan los últimos módulos están surcadas de sendas; por una casi borrada por matas de eubermia suben una cuesta, bajan por el otro lado, vadean un arroyo y entran en un bosque, y en la otra linde salen a una suerte de olla arcillosa al fondo de la cual, pespunteada de lucecitas, rodeada de ligeros flayfurgones camuflados, la carpa deja escapar una música. Desde otros puntos llegan niños, padres y abuelos. Delante de una cortina, un sosia de Dun Aires con la cara entalcada parlotea sin cesar mientras cobra las entradas. A lo largo de los tablones que rodean una pista circular las caras se expanden en la espera ferviente de lo nunca visto. De la musicaja brota un redoble y una fanfarria: Dun Aires anuncia a ¡Ovistia la galopante! La señorita que va cabeza abajo sobre la montura, desnudas las piernas y cubierto el torso por la levita caída, puede ser admirable, pero no supera el trote del palafreno negro, tan esbelto, tan brioso en sus vueltas por el anillo, tan fabulosamente animal, que el público no sabe si aplaudir o frotarse los ojos. Algunos fuman como chimeneas, otros se devoran las golosinas que han comprado casi sin masticarlas, otros simplemente aspiran el tufo del olor del caballo, y eso es apenas el comienzo, porque después el domador, a fuerza de vibrazots, negocia con el huargo amarillo hasta que la fiera, no por eso sin rugir, acepta pararse en dos patas para fundirse con el otro en un abrazo. Luego Merasju la hechicera parte en dos al bufón Froto, que corre por la arena como loco buscando el torso que le falta, y el mico Troyo hace cadena con las Golondrinas del Trapecio. Contando las que siguen, quizá las atracciones sean demasiadas; algunas dan cierta angustia, en otras los humanos no dominan bien el afán de protagonismo y mientras tanto la musicaja, a falta de orquesta, se va poniendo machacona. Las caras cuajan en sonrisas inmóviles. Los viejos se han empachado de caramelis. Entonces Dun Aires, todo ademanes, pide un aplauso para recibir a los Cuzcos del Lago Danzante. No es el lago, claro, el que danza, sino un mixto humano-canino que, al compás de un plácido merigüel, entra en fila india, forma una rueda, la desdobla, inicia desplazamientos enfrentados y poco a poco se desintegra en hileras más cortas que confluyen, pero sólo para divergir como fragmentos de frases enredadas, como varillas a la deriva en propiamente un lago. Si hay una leyenda implícita, no se entiende. Pero a Munruf no puede importarle. En medio de esa pequeña muchedumbre caligráfica está Rubí. Llevan un chal estampado, bonete, gafas oscuras de marco turquesa y, aunque las patitas traseras casi no se reconocen por el esfuerzo de mantenerse erguida sobre los zapatos de tacón, el hocico en punta es inconfundible, y se diría que la naricita húmeda ya tiembla por el influjo del olor de su amigo. Pero no mueve la cabeza. Concentrada en la música, avanza tres pasitos, se para, repite y a los seis da marcha atrás, sólo tres cada vez, como para recuperar algo que olvidó o recoger un herido en combate; como, si realmente en el agua, surfeara sobre una ola que se repliega para ir después un poco más lejos. Es prodigioso. La familia toda se babea, pero Munruf ha apoyado la cabeza en las manos. Los ojos le resplandecen, de lágrimas o de estupor, y del foco en el taconeo ondulante de la perrita la mirada que no pestañea se eleva al techo de la carpa, sale al cielo, da la curva a la bóveda del cielo y se desliza hacia atrás, hasta caer en la tierra y hundirse, mientras la imagen de Rubí se le desvanece en la oscuridad de un túnel que alguien cava en el subsuelo. De esa vuelta completa hacia atrás el bracho surge con una expresión inquisitiva. Se rasca la cabeza. Tanto le acaba de pasar que se ha perdido una parte del espectáculo, sin gran perjuicio porque, a juzgar por los demás, parece que empezó a reiterarse. Gentes y bestezuelas flaquean un purlín. El merigüel languidece. A tiempo se apaga para que todavía Dun Aires pueda repetir Damas y Caballeros: ¡Los Cuzcos del Lago Danzantes! y el público ovacione, larga, vivazmente, y la familia de Munruf de la impresión de convencerse de que, entre la inocultable humillación de los animales y la brillantez que les da la displina, el saldo para ellos es que han disfrutado. Estarían contentísimos si ahora que los bailarines saludan y se retiran no les quedase con la diversión un nudo en el estómago. Seguramente sienten un vacío, si no no se apurarían, padre y hermana de Munruf, a interceptar a Dun Aires para preguntar cuándo es la próxima función. Por desgracia, Dun Aires no lo sabe todavía. Sale de la carpa con ellos, señala los furgonetos, la actividad de los artistas, el trajín de los guardias y les pide que vean si no están ya están desmontando. Partirán a medianoche. No pueden jugar con el albur de que los ubique una brigada de la Bedelía, una horda de traficantes de fauna o una banda de las dos cosas juntas. La desanimada familia pregunta entonces cuándo. Dun Aires abre los brazos como un político triunfador. Que esperen el panfletito, les dice. Que esperen confiados. Lo que más hacen los circos es volver. Ellos también vuelven, más bien cabizbajos, desposeídos, inermes frente a un desquicio de sensaciones, aunque Munruf no del todo. ¿Qué te pareció, le pregunta el padre? No sé, papi; está muy profesional, ¿no? La madre opina que Rubí les ha enseñado que la vida es así: verdor, desierto y al final del desierto otra vez los árboles. Munruf asiente, alejado como si todavía estuviese rumiando el paseo por el cielo y el subuelo. Y cuando después de un viaje encima pesadísimo llegan a la casa, antes que nada sale al jardinet, se agacha ante del agujero, tantea un rato por dentro y, sin limpiarse mucho la mano, va a en busca de un librator de dibujos y le muestra uno al padre. Señala algo. Le pregunta si sabe qué es eso. Sí, hijo; es un topo, hijo, un animalito industrioso que cava túneles bajo la tierra. Munruf golpetea el dibujo con un dedo. Ya terminó de pensar. Está tan agitado que por poco se le cae el librátor. Claro, papá, dice; ¿te das cuenta?; es un topo; mejor lo dejo que siga escondido.

 Este cuento lo lei del libro de Hernan Casciari , donde cuenta el cuento :


Este cuento es de Marcelo Cohen, el gran autor y gran traductor argentino. Esta historia ocurre en un archipiélago más o menos futurista y dice así: 

En un futuro próximo, el Gobierno llegó a la con­clusión de que los animales debían vivir aislados, en una zona con vallas, donde pudieran interactuar de forma salvaje. Por eso las personas tenían prohibido, entre otras cosas, alimentarse con animales o tener mascotas. 

Por eso cuando Benjamín, un nene de nueve años, vio un perrito abandonado en la calle, se quedó duro: nunca había visto un perro de verdad, todo lo que sabía de los perros lo había leído en la enciclopedia. 

El perrito estaba muerto de miedo, porque seguro se había escapado de la zona de vallas, y Benjamín lo metió en su mochila. En su casa le puso nombre, Rubí. No fue fácil convencer a sus padres, porque tener un animal estaba penado con cárcel. Pero los padres de Benjamín también estaban maravillados. Dejaban dormir al perro en la cama, lo adoraban y ti­ raban la caca a escondidas. Una noche Rubí se escapó al patio y empezó a ladrarle a un agujero en la tierra. Salió toda la familia corriendo a guardar al perro, y al otro día tuvieron que mentirles a los vecinos. 

Hasta que un día pasó lo que temían: golpearon la puerta. Por suerte no era la Brigada, sino un tipo flaco, con túnica, que fue al grano: ya todo el barrio sabía que en la casa había un animal, y el perro tenía los días contados. O llegaba un agente del Gobierno a llevarse al perro y encarcelar al padre, o venía un traficante a robarles el perro y quizás hacer daño a alguien más. O… (tercera opción) podían venderle el perro a él, que trabajaba en un circo clandestino. 

¡¿Un circo?! Los padres de Benjamín trataron de re­cordar. Les sonaba el nombre, a veces sus abuelos ha­blaban de eso. El flaquito de túnica les explicó qué era un circo, y les compró el animal por muy buena plata. 

Los padres de Benjamín aceptaron, porque tener una mascota era, cada día, un peligro mayor. A pesar de la tristeza, la familia sintió alivio. Pero con el paso de las semanas empezaron a extrañar a Rubí. Y descu­brieron algo: la vida, si era solo entre personas, estaba incompleta. 

Un día, cuando no daban más de tristeza, por de­bajo de la puerta alguien deslizó un panfleto clandes­tino que decía: «¡Volvió el circo!». 

El papel daba precisiones para llegar al espectáculo y advertía que, tras memorizar la dirección exacta de la carpa, había que destruir el panfleto. 

Benjamín no podía creer que volvería a ver a Rubí.

Al día siguiente los tres tomaron un barco, bajaron en una isla y caminaron por una zona salvaje has­ta llegar a la carpa. Una vez adentro, se encontraron con todo eso que nosotros todavía recordamos, pero que nadie en el futuro ha visto nunca: monos acró­batas, domadores de leones, osos bailarines, tigres de bengala saltando en aros de fuego. La gente aplaudía, gritaba y lloraba de emoción. 

Hasta que, en un momento, el flaquito de túnica (al que ellos conocían muy bien) se paró en el centro de la pista y pidió un aplauso para recibir a «Rubí y el lago danzante», un nombre pomposo para bautizar a un perro que bailaba en una fuente de agua. Y ahí es­taba Rubí, envuelto en un chal, con sombrero y ante­ojos oscuros de marco turquesa, haciendo el esfuerzo por mantenerse erguido sobre sus patas traseras. 

Benjamín lloraba mirando a su perro. Pero no de emoción. Imaginaba lo que su mascota había sufrido para aprender a hacer esa idiotez. Pero nadie más que él lloraba. Cuando terminó el acto todos aplaudieron de pie esa humillación que los hombres hacían sobre los animales. 

Después, tan pronto como el de túnica se fue con el perro, la familia sintió un vacío. Se apuraron a pre­guntar cuándo sería la próxima función, pero les di­jeron que el circo se iba, a medianoche, antes de que la Brigada o los traficantes les cayeran encima. 

La familia volvió, cabizbaja, sin saber si habían vis­to algo extraordinario o algo terrible. Cuando llega­ron a casa, Benjamín se fue a llorar al patio, frente al pozo al que le ladraba Rubí en sus tiempos de masco­ta. Lloró y lloró, hasta que dentro del pozo Benjamín escuchó un ruido. Se secó las lágrimas, se agachó, y con la linterna del teléfono miró dentro del pozo. 

Después entró a su casa, buscó una enciclopedia, le señaló al padre un dibujo y le preguntó qué era eso. El papá le dijo: «¿Eso? Era un topo. ¿Por qué pregun­tás?». Benjamín respondió: «No. Por nada». 

Y después hizo un gran esfuerzo para que nadie, nunca, descubriera su felicidad.

 


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