lunes, 29 de junio de 2026

Partitura de "Mercy , Mercy, Mercy" para saxo alto

Aunque muchos la asocian al francés merci ("gracias"), la palabra del título es el inglés mercy: "misericordia", "compasión". Ambas provienen del latín mercedem, aunque con el tiempo tomaron caminos distintos. Joe Zawinul eligió mercy para expresar la idea de que, aun en los momentos más difíciles, siempre existe un motivo para la esperanza. Y eso es precisamente lo que se siente al escuchar esta melodía: una música que eleva el ánimo y nos recuerda, con una sencillez extraordinaria, que siempre hay razones para seguir adelante.

domingo, 28 de junio de 2026

Partitura de "Jerusalém de oro" en saxo alto

Hay canciones que uno escucha durante una época de la vida y luego olvida. Otras, en cambio, permanecen con nosotros durante décadas. Jerusalén de Oro es una de esas canciones para mí. Ha estado en mi memoria desde que era muy joven, mucho antes de que conociera en detalle las circunstancias en que fue escrita. Con los años descubrí que detrás de su melodía hay nostalgia, esperanza, guerra, regreso y memoria. No es frecuente que una canción quede tan ligada a un momento de la historia. Compuesta por Naomi Shemer en 1967, pocas semanas antes de la Guerra de los Seis Días, expresaba originalmente la añoranza por una Jerusalén que muchos israelíes sentían distante. Después de la guerra, la autora añadió una nueva estrofa y la canción adquirió un significado aún más profundo para gran parte de la sociedad israelí. Cada vez que la escucho —y ahora también cada vez que intento tocarla en el saxo— encuentro algo distinto. Quizás por eso sigue acompañándome después de tantos años. Comparto aquí esta partitura para quienes deseen descubrirla o volver a recorrerla.

Partitura de " Every breath you take" para saxo alto

Every Breath You Take fue la primera canción que Neke me enseñó a tocar en el saxo. No había pentagrama: sólo el nombre de las notas y las primeras frases. No fue fácil, pero la satisfacción de descubrir que podía interpretar una melodía tan conocida fue enorme. Tiempo después me detuve a leer la letra y me llevé otra sorpresa. Siempre la había escuchado como una canción de amor, pero descubrí un texto atravesado por los celos, el control y la obsesión. Años más tarde Sting contó que la escribió durante un momento muy difícil de su vida y que todavía le sorprende que sea elegida para bodas. Quizá sea una muestra de cuánto puede influir una melodía en nuestra manera de entender una canción. En mi caso, primero llegó el saxo y después las palabras.

"De Cabo Verde a Jerusalén: la historia escondida detrás de un apellido" por Jorge Santkovsky

El gol que abrió un cementerio



«Los apellidos sobreviven mucho mejor que las tradiciones.»



Estaba viendo el Mundial sin pensar en nada especial cuando aparecieron los nombres en pantalla. Dos jugadores de Cabo Verde. Ryan Mendes. Y Gilson Benchimol Tavares. Me quedé parado. Mendes puede ser cualquier cosa, hay miles de Mendes en el mundo portugués y en Cabo Verde no es distinto. Pero Benchimol no. Benchimol tiene el mismo perfume sefardí que Goldberg tiene ashkenazí. No hay vuelta que darle. Y ahí estaba, en el medio, entre Gilson y Tavares, como una piedra en el río que el agua rodeó pero no se llevó del todo. Que Benchimol esté en la camiseta de Cabo Verde no prueba que el jugador sea judío practicante, ni que sepa nada de todo esto. Pero abre una ventana. Atrás de ese apellido hay una diáspora sefardí-marroquí que llegó a estas islas y terminó mezclándose con todo lo demás, con los portugueses, con los africanos, con el Atlántico. Una de esas huellas que sobreviven cuando ya no queda nada más. Un apellido como una lápida que camina. (Hay otros jugadores de Cabo Verde que juegan en Israel, Hélio Varela en el Maccabi Netanya, Clé en el Hapoel Petah Tikva. Pero eso probablemente sea solo fútbol. No todo hilo lleva a algún lado.)



Cabo Verde no tenía población cuando llegaron los portugueses en el siglo XV. Como las islas estaban deshabitadas, toda su población provino de otros lugares: colonos portugueses, africanos traídos como esclavos y, con el tiempo, comerciantes y migrantes de distintos orígenes. De esa mezcla nació algo completamente nuevo: el pueblo criollo, con su propia lengua y una identidad que no es simplemente portuguesa ni africana, sino una síntesis original que solo podía surgir en unas islas del Atlántico. Entre los que llegaron, sobre todo en el siglo XIX, hubo judíos sefardíes. Venían de Marruecos, de Gibraltar, parte de esa red de comerciantes judíos que se movía por todo el Atlántico siguiendo las rutas del comercio. Y acá viene el detalle que lo explica todo: eran casi todos varones. Una comunidad judía sin mujeres judías no puede seguir siendo comunidad judía. No solo por la halajá, que dice que la madre transmite la condición. Sino por algo más cotidiano: es en el hogar donde se aprende. Donde se cocina de cierta manera, donde se encienden las velas el viernes, donde los chicos escuchan desde chicos que hay algo que los hace distintos. Si ese hogar lo construye una mujer que no viene de esa tradición, la distinción empieza a borrarse. Despacio. Sin que nadie lo decida. Sin que nadie lo note demasiado hasta que ya está hecho. Los sefardíes de Cabo Verde se casaron con mujeres locales. Tuvieron hijos. Algunos apellidos claramente sefardíes sobrevivieron —Benchimol, Benoliel, Azulay— pero todo lo demás se fue diluyendo, como tinta en agua. Podrían haber traído mujeres judías desde Marruecos o Gibraltar. Las mismas rutas comerciales que habían llevado a esos hombres hasta Cabo Verde podían recorrer el camino inverso. No ocurrió. Y eso me parece más revelador que cualquier explicación posterior.



Todavía hay cementerios judíos en las islas. En Santo Antão, en Boa Vista, en São Vicente. Piedras con inscripciones en hebreo en lugares donde hace décadas nadie hace un servicio religioso. Los cementerios guardaron los nombres de los muertos. Los apellidos siguieron caminando entre los vivos. Los cementerios son hebreo sin judíos. Los apellidos son judaísmo sin memoria. Pero hay que detenerse un momento en esos cementerios, porque dicen algo importante. Construir uno no es un gesto menor. Implica comprar tierra, organizarse como comunidad, tallar lápidas en hebreo. Y hay algo más: en la tradición judía los muertos se entierran con las tumbas orientadas hacia Jerusalén, para que cuando llegue el Mesías puedan volver a la ciudad santa. Estos hombres, en el medio del Atlántico, a miles de kilómetros de todo, eligieron ese detalle. Se enterraban mirando a Jerusalén desde Cabo Verde. No eran judíos que se escondían ni que renegaban. Sabían exactamente lo que eran y hacia dónde apuntaban, aunque fuera desde el fin del mundo. Hoy esos cementerios ya no son ruinas olvidadas. Fueron restaurados, señalizados, reconocidos como patrimonio. Hay un proyecto específico para preservar esa memoria y atraer turismo judío-cultural. Aunque por ahora parece más una peregrinación de curiosos, descendientes e investigadores que un circuito turístico consolidado. Es decir: la memoria que no pudo sostenerse desde adentro la terminan preservando desde afuera. No es nada. Pero tampoco es exactamente lo que hubieran imaginado aquellos hombres que compraron la tierra y orientaron las tumbas hacia Jerusalén. Acá me permito un ejercicio de imaginación. Me pongo en el lugar de esos hombres, que en el fondo no eran tan distintos a mí: comerciantes acostumbrados a resolver problemas, a adaptarse, a leer el contexto y actuar en consecuencia. En un lugar donde nadie los perseguía, donde los dejaban vivir y comerciar y enterrar a sus muertos mirando a Jerusalén, la urgencia de cerrarse nunca llegó a ser urgencia de verdad. ¿Para qué complicarse si el mundo te trata bien? Yo probablemente hubiera hecho lo mismo. La comodidad también disuelve. A veces más que el odio.



Los judíos de Babilonia también eran comerciantes. Llegaron deportados, sin templo, sin tierra, en medio de una cultura que no era la suya. Y escribieron el Talmud. No a pesar de ser mercaderes sino siendo mercaderes: hombres acostumbrados a negociar, a adaptarse, a encontrar soluciones donde otros ven obstáculos. El exilio no los apagó, los obligó a pensar. Me pregunto si en Cabo Verde hubo alguien así. Algún Benchimol de hace dos siglos que después de cerrar sus cuentas se sentaba a escribir algo. Una carta, un comentario, una reflexión que fuera más que números. No lo sé. Si existió, no llegó hasta nosotros. Y esa ausencia quizás diga más que cualquier cementerio: en Babilonia había urgencia, había dolor, había algo que procesar. En Cabo Verde había, aparentemente, una vida bastante llevadera. Las vidas llevaderas no siempre sienten la necesidad de dejar testimonio.



Ahora, lo que más me intriga no es lo que pasó sino lo que no pasó. En Cabo Verde no hubo antisemitismo. No hay registro de persecución, de leyes contra los judíos, de nada parecido. Nadie los odiaba. Nadie los señalaba. Nadie los necesitaba como chivo expiatorio. Llegaron, comerciaron, se mezclaron, y el mundo local los dejó tranquilos. Aunque me queda una duda que no quiero esconder. ¿No hubo antisemitismo porque la sociedad era tolerante, o simplemente porque era demasiado nueva para haber construido sus odios? El antisemitismo europeo necesitó siglos de teología, de leyendas negras, de chivos expiatorios repetidos hasta volverse costumbre. Cabo Verde no tuvo nada de eso. Era una sociedad implantada desde cero, sin historia medieval, sin Iglesia arraigada por generaciones. Quizás no hubo persecución simplemente porque no hubo tiempo de inventarla. No lo sé. Y me parece importante decirlo. Lo que sí sé es que el resultado fue el mismo: libertad total, integración sin conflictos, nadie que te obligue a nada. Y eso, paradójicamente, fue parte del problema. Sé que suena raro. Pero hay algo sobre el gueto de Venecia que me quedó dando vueltas desde que lo leí. El gueto fue establecido en 1516. Una imposición brutal: los judíos encerrados en una isla, con toque de queda, marcados con una insignia. Todo eso es real y no hay manera de edulcorarlo. Pero paradójicamente, ese encierro también terminó reforzando la vida comunitaria. Si todos vivían juntos, se casaban entre ellos, enterraban a sus muertos en el mismo lugar, la comunidad no se disolvía. La hostilidad de afuera y la voluntad de adentro producían el mismo resultado: el judaísmo sobrevivía, se transmitía, seguía. El gueto tenía dos llaves. Una la tenía el poder cristiano. La otra, el deseo de seguir siendo. Lo de Cabo Verde es exactamente lo contrario. Libertad total, integración sin conflictos, nadie que te obligue a nada. Y como resultado: el judaísmo se fue apagando sin que nadie lo decidiera, sin que nadie lo anunciara, sin que hubiera un momento claro en que alguien dijera "hasta acá llegamos". Solo fue dejando de transmitirse, generación a generación, hasta que no quedó nada que transmitir.



Durante siglos la pregunta fue:


¿Qué nos obliga a seguir siendo judíos?


Y la historia la respondía sola, desde afuera, sin que nadie tuviera que pensarlo demasiado. Seguir siendo judío era resistir algo. Había alguien que quería que uno dejara de serlo, y eso ya era razón suficiente para no hacerlo. En Cabo Verde esa presión no existió nunca. Y entonces apareció la otra pregunta, la más difícil: ¿qué nos invita a seguir siéndolo? Esa pregunta necesita una respuesta distinta. Necesita que alguien encuentre algo en la tradición que valga la pena transmitir porque sí, porque uno elige, no porque el mundo te lo exige. Necesita comunidad, memoria viva, alguien que enseñe, alguien que quiera aprender, una mesa donde se cuenten las historias. Los sefardíes de Cabo Verde no tuvieron nada de eso. O lo tuvieron una generación, quizás dos, y después no. Y sin eso la identidad se fue. Sin drama, sin escenas. Con la misma discreción con que se apaga una vela cuando no hay viento pero tampoco hay nadie que la cuide.



Los apellidos sobreviven mucho mejor que las tradiciones. Un apellido puede atravesar tres siglos. Una costumbre, a veces, apenas dos generaciones. Quizás por eso me quedé mirando Benchimol en la pantalla. Tres siglos después, el apellido seguía ahí, como aquella piedra que el agua rodeó sin llevársela del todo. Y también estaba viendo, sin querer, algo de nosotros. De los que todavía tiramos del hilo. De los que encontramos en una camiseta de fútbol una pregunta que no termina nunca: qué se transmite, qué se pierde, y quién decide volver a encender la vela.



Por suerte o por desgracia —cada uno pensará lo que quiera— los antisemitas de manual no van a leer nunca un texto como este. Ellos, sin saberlo, sin quererlo, fueron durante siglos los mejores guardianes de la identidad judía. Los que leen esto somos los otros: los curiosos, los que preguntan, los que tiran del hilo de un apellido en una camiseta de fútbol. Judíos amateurs, en el mejor sentido. El problema es que quizás seamos también, sin darnos cuenta, parte del síntoma que describimos.

Este artículo forma parte de una serie de textos en preparación que probablemente se llamará El judío amateur. No es un libro sobre certezas, sino sobre búsquedas: las marcas de una identidad que aparece, se esconde y vuelve a aparecer en los lugares más inesperados.

domingo, 21 de junio de 2026

"La foto perdida con mi padre" extracto de "Diario de un Cuentenik" de Jorge Santkovsky

 No tengo ninguna foto junto a mi padre. No lo tengo joven en mi memoria y no dispongo de auxilio para recordarlo. No se ocupó de dejar testimonio visual, como todo padre orgulloso lo hace con sus hijos pequeños. Tampoco guardo un abrazo cariñoso, ni siquiera un beso en la mejilla. La mejor época para comunicarnos fue cuando estaba internado en el geriátrico. En realidad, en el segundo geriátrico en el que estuvo, donde lo cuidaban bien. Tan bien que podía llevarlo, cada tanto, a pasear y a cenar afuera sin riesgo de que no quisiera volver. No importa el lugar donde lo llevara a comer, él pedía borsch, la comida típica judía a base de remolacha. A veces accedían a prepararlo pese a no estar en el menú. En esa época aún no se habían puesto de moda los restaurantes de comida étnica judía. Por supuesto que cuando salía conmigo ya estaba cenado. En el geriátrico la mesa se ponía temprano, pero comía igual sin quejarse. La comida no se despreciaba, lo sabía desde joven. Pero lo más importante es que podíamos conversar con tranquilidad, por primera vez en la vida. Una tarde se me ocurrió ir a la casa de fotografía a sacarnos una instantánea. Él estaba tan contento que salió muy bien reflejado. Sonriendo salió. El dueño, que me conocía por ser cliente de mi local de computación, no aceptó cobrarnos, tanta fue la emoción que le produjo. Él se quedó con la foto y la puso al lado de la lámpara en su mesa de luz. Si cierro los ojos aún puedo verla. Cuando comenzó a estar mejor, que fue poco antes de morir, pasaron más cosas. Por ejemplo, hacía las compras para la cocina de la institución. Era simpático y tenía fuerza para traer las bolsas. Y eso lo mantenía ocupado. En esa época mi hermano se había mudado al departamento donde antes vivía mi padre, que quedaba cerca del geriátrico. Un día se le ocurrió la mala idea de llevarlo para pasar un rato juntos al departamento en cuestión. Mi hermano estaba orgulloso porque había tirado ya todas las cosas que quedaron abandonadas, sucias e inútiles. Entre ellas había un par de heladeras muy viejas que no funcionaban, pero servían para almacenar billetes fuera de circulación envueltos en papel de diario. Los diarios eran de la época en que los billetes tenían verdadero valor. Por cosas que me dijo antes de morir, él creía que había guardado dinero extranjero. Es una prueba de que su deterioro comenzó mucho antes de lo que imaginábamos, o tal vez era tan solo un negador y prefirió cerrar los ojos y oídos a la constante devaluación. Pero esas cosas inservibles eran sus cosas y cuando volvió al geriátrico se puso incontrolable. No podían creer el cambio para peor que se había producido. Mi padre comenzó a golpear a los otros enfermos, a romper todo lo que tenía a su alcance. Me pidieron que lo llevara a una institución para enfermos mentales. Un médico de PAMI avalaba esta decisión. Pero a los pocos días mi padre tuvo la delicadeza de morirse. Lo agradecí porque me evitó el mal trago de internarlo en un lugar aun más deprimente. Cuando volví al geriátrico a agradecer la atención brindada, le pedí la foto que nos sacamos juntos a quien con tanto esmero lo cuidó esos pocos meses de internación. Me enteré de que en un ataque de ira mi padre la había destrozado como a tantas otras cosas. No guardaron los pedazos y yo no tenía otra copia. Eran épocas donde los celulares no tenían cámaras. Tampoco los fragmentos me hubieran servido porque hay cosas que se rompen y nada las puede reparar.

martes, 16 de junio de 2026

Batool Abu Akleen ( gaza 2005)




Trad. del árabe al inglés, Yasmin Zaher. Versión del inglés al castellano, J. G.


ASÍ ES COMO COCINO MI DOLOR

Recojo corazones tiernos en la calle
los más vencidos
con dedos ágiles robo las lágrimas
con el olor de la pena lleno latas oxidadas de sardinas.
Las miradas de las madres se aferran con fuerza a sus ojos
pero yo las arrebato rápidamente porque me parezco a sus hijos.
En una olla de cobre
hiervo cuanto he robado
y le añado sangre que no se ha absorbido
y serrín de un ataúd que estaba destinado
a ser la puerta de su nuevo hogar.
Vierto la mezcla en mi corazón
hasta que se vuelve negro.
Así es como cocino mi dolor.

THIS IS HOW I COOK MY GRIEF
I pick fresh hearts from the street
The most defeated ones
With nimble fingers, I steal the tears
I fill rusted sardine tins with the smell of sorrow.
Mothers’ glances cling tightly to their eyes
But I snatch them swiftly, because I resemble their children.
In a copper pot,
I boil what I stole
And add blood that hasn't absorbed
And sawdust from a coffin that was meant
as the door to his new home.
I pour the mixture into my heart
Until it blackens.
This is how I cook my grief.
هكذا أطهو حزني
أقطف من الشارع قلوباً طازجةً
أختار أكثرها خيبةً
بيدٍ خفيفةٍ أسرق الدموع من أصحابها
أعبئ رائحة الحزن في علب سردين صدئة.
نظرات الأمهات تلتصق بأعينهن بشدة
فأخطفها برشاقةٍ لأني أشبه أطفالهن.
في قدرٍ نحاسيٍ
أغلي كل مسروقاتي
أضيف إليها دماً لم تشربه الأرض بعد
ونشارةَ تابوتٍ كان يفترض أن يكون باباً لبيته الجديد.
أسكبُ الخليطَ في قلبي
فيصبح أسوداً
. هكذا أطهو حزني الشخصي.

martes, 26 de mayo de 2026

Extracto del cuento " La ultima niebla" de María Luisa Bombal






Mi amigo corre las cortinas y ejerciendo con su pecho una suave presión, me hace retroceder, lentamente, hacia el lecho. Me siento desfallecer en dulce espera y, sin embargo, un singular pudor me impulsa a fingir miedo. Él entonces sonríe, pero su sonrisa, aunque tierna, es irónica. Sospecho que ningún sentimiento abriga secretos para él. Se aleja simulando a su vez querer tranquilizarme. Quedo sola.

Oigo pasos muy leves sobre la alfombra, pasos de pies descalzos. Él está nuevamente frente a mí, desnudo. Su piel es oscura, pero un vello castaño, al cual se prende la luz de la lámpara, lo envuelve de pies a cabeza en una áureo la de claridad. Tiene piernas muy largas, hombros rectos y caderas estrechas. Su frente está serena y sus brazos cuelgan inmóviles a lo largo del cuerpo. La grave sencillez de su actitud le confiere como una segunda desnudez.

Casi sin tocarme, me desata los cabellos y empieza a quitarme los vestidos. Me someto a su deseo callada y con el corazón palpitante. Una secreta aprensión me estremece cuando mis ropas refrenan la impaciencia de sus dedos. Ardo en deseos de que me descubra cuanto antes su mi rada. La belleza de mi cuerpo ansía, por fin, su parte de homenaje.

Una vez desnuda, permanezco sentada al borde de la cama. Él se aparta y me contempla. Bajo su atenta mirada, echo la cabeza hacia atrás y este ademán me llena de íntimo bienestar. Anudo mis brazos tras la nuca, trenzo y destrenzo las piernas y cada gesto me trae consigo un placer intenso y completo, como si, por fin, tuvieran una razón de ser mis brazos y mi cuello y mis piernas. ¡Aunque este goce fuera la única finalidad del amor, me sentiría ya bien recompensada!

Se acerca; mi cabeza queda a la altura de su pecho, me lo tiende sonriente, oprimo a él mis labios y apoyo en seguida la frente, la cara. Su carne huele a fruta, a vegetal. En un nuevo arranque echo mis brazos alrededor de su torso y atraigo, otra vez, su pecho contra mi mejilla.

Lo abrazo fuertemente y con todos mis sentidos escucho. Escucho nacer, volar y recaer su soplo; escucho el estallido que el corazón repite incansable en el centro del pecho y hace repercutir en las entrañas y extiende en ondas por todo el cuerpo, transformando cada célula en un eco sonoro. Lo estrecho, lo estrecho siempre con más afán; siento correr la sangre dentro de sus venas y siento trepidar la fuerza que se agazapa inactiva dentro de sus músculos; siento agitarse la burbuja de un suspiro. Entre mis brazos, toda una vida física, con su fragilidad y su misterio, bulle y se precipita. Me pongo a temblar.

Entonces él se inclina sobre mí y rodamos enlazados al hueco del lecho. Su cuerpo me cubre como una grande ola hirviente, me acaricia, me quema, me penetra, me envuelve, me arrastra desfallecida. A mi garganta sube algo así como un sollozo, y no sé por qué empiezo a quejarme, y no sé por qué me es dulce quejarme, y dulce a mi cuerpo el cansancio infligido por la preciosa carga que pesa entre mis muslos. "