domingo, 10 de mayo de 2015

Ray Bradbury - El Parque de Juegos

    El señor Charles Underhill ignoró mil veces el parque de juegos, antes y 
     después de la muerte de su mujer. Pasaba ante él mientras iba hacia el 
     tren suburbano, o cuando volvía a su casa. El parque ni le gustaba ni 
     dejaba de gustarle. Apenas advertía su existencia.
     Pero aquella mañana, su hermana Carol, que había ocupado durante seis 
     meses el espacio vacío del otro lado de la mesa del desayuno, mencionó por 
     primera vez el tema, serenamente.
     -Jim va a cumplir tres años -dijo -. Así que mañana lo llevaré al parque 
     de juegos.
     -¿El parque de juegos? -dijo el señor Underhill.
     Ya en su oficina, subrayó en un memorándum con tinta negra: mirar el 
     parque de juegos.
     Aquella misma tarde, con el estruendo del tren todavía en el cuerpo, el 
     señor Underhill recorrió el acostumbrado trayecto de vuelta con el 
     periódico doblado y apretado bajo el brazo para evitar la tentación de 
     leer antes de pasar el parque. Así fue que, a las cinco y diez de aquel 
     día, llegó a la verja de hierros fríos y a Puerta abierta del parque, y se 
     quedó allí mucho, mucho tiempo, petrificado, mirándolo todo...
     Al principio parecía que no había nada que ver. Y luego, a medida que 
     dejaba de atender a su acostumbrado monólogo interior, la escena gris y 
     borrosa, como la imagen de una pantalla de televisión, fue aclarándose 
     poco a poco.
     Percibió ante todo unas voces confusas, débiles gritos subacuáticos que 
     emergían de unas líneas indistintas, rayas en zigzag y sombras. Luego, 
     como si alguien hubiese puesto en marcha una máquina, las voces se 
     convirtieron en gritos, las visiones se le aclararon de pronto. ¡Y vio a 
     los niños! Corrían velozmente por el césped del parque, peleando, 
     golpeando, arañando, cayendo, con heridas que sangraban, o estaban a punto 
     de sangrar, o habían sido vendadas hacía poco. Una docena de gatos 
     arrojados a unos perros dormidos no hubieran chillado de esa manera. Con 
     una claridad increíble, el señor Underhill vio las minúsculas cortaduras y 
     cicatrices en caras y rodillas.
     Resistió parpadeando aquella primera explosión de sonido. La nariz 
     reemplazó a los ojos y oídos, que se retiraron dominados por el pánico.
     Aspiró el olor penetrante de los ungüentos, la tela adhesiva, el alcanfor, 
     y el mercuriocromo rosado, tan fuerte que se sentía su gusto acre. Un 
     viento de yodo pasó por entre los hierros de la verja, de reflejos opacos 
     bajo la luz del día, nublado y gris. Los niños corrían como demonios 
     sueltos por un enorme campo de bolos, entrechocándose ruidosamente, y 
     sumando golpes y heridas, empujones y caídas hasta un incalculable total 
     de brutalidades.
     ¿Estaba equivocado o la luz del parque era de una intensidad peculiar? 
     Todos los niños parecían tener cuatro sombras. Una oscura, y tres 
     penumbras débiles que hacían estratégicamente imposible decir en qué 
     dirección se precipitaban sus cuerpos para alcanzar el blanco. Sí, la luz 
     oblicua y deformante parecía transformar el parque en algo lejano y remoto 
     que Underhill no podía alcanzar. 0 se trataba quizá de la dura verja de 
     hierro, no muy distinta de las verjas de los zoológicos, donde cualquier 
     cosa puede ocurrir del otro lado.
     Un corral de miserias, pensó Underhill. ¿Por qué insistirán los niños en 
     hacer insoportable la vida? Oh la continua tortura. Se oyó suspirar con un 
     inmenso alivio. Gracias a Dios, para él la infancia había terminado, 
     definitivamente. No más pinchazos, moretones, pasiones insensatas y sueños 
     frustrados.
     Una ráfaga le arrancó el periódico. Corrió tras él bajando los escalones 
     que llevaban al parque. Alcanzó el diario y se retiró deprisa. Pues 
     durante un brevísimo momento, sumergido en aquella atmósfera, había 
     sentido que el sombrero crecía y se hacía demasiado grande, la chaqueta 
     demasiado pesada, el cinturón demasiado flojo, los zapatos demasiado 
     sueltos. Durante un instante se había sentido como un niño que juega al 
     hombre de negocios con la ropa de su padre; a sus espaldas la verja se 
     había alzado hasta una altura imposible, mientras el cielo le pesaba en 
     los ojos con su enorme masa gris, y el olor del yodo, como el aliento de 
     un tigre, le agitaba los cabellos. Se volvió y corrió, tropezando, 
     cayéndose casi.
     Se detuvo, ya fuera del parque de juegos, como alguien que acaba de salir, 
     estremeciéndose, de un mar terriblemente frío.
     -¡Hola, Charlie!
     Oyó la voz y se volvió para ver quién lo había llamado. Allá, en lo alto 
     de un tobogán metálico, un niño de unos nueve años lo saludaba con un 
     ademán.
     -¡Hola, Charlie!
     El señor Underhill alzó también una mano. Pero no conozco a ese chico, 
     pensó. ¿Y por qué me llama por mi nombre?
     El niño sonreía abiertamente en el aire húmedo, y ahora, empujado por 
     otras ruidosas criaturas, se arrojó chillando por el tobogán.
     Underhill observó pensativo la escena. El parque era como una inmensa 
     fábrica que producía, únicamente, pena, sadismo y dolor. Si uno observaba 
     durante media hora, no había allí una sola cara que no se retorciese, 
     llorase, enrojeciese de ira, empalideciera de miedo, en uno u otro 
     momento. ¡Realmente! ¿Quién había dicho que la infancia era la mejor edad 
     de la vida? Cuando en verdad era la más terrible, la más cruel, una época 
     bárbara donde no hay policías que lo protejan a uno, sólo padres ocupados 
     en sí mismos y en su mundo de allá arriba. No, si dependiera de él, pensó 
     tocando la verja de hierros fríos, pondrían aquí un cartel nuevo: EL 
     JARDÍN DE TORQUEMADA.
     Y en cuanto a ese niño que lo había llamado... ¿quién sería? Había algo de 
     familiar en él; quizá, escondido en los huesos, el eco de algún viejo 
     amigo. El hijo, quizá, de un padre exitosamente ulcerado.
     Así que es éste el parque donde va a jugar mi hijo, pensó el señor 
     Underhill. Así que es éste.
     Colgando el sombrero en la percha del vestíbulo' examinándose la delgada 
     figura en el espejo claro como el agua, Underhill se sintió invernal y 
     fatigado. Cuando su hermana salió a recibirlo, y su hijo apareció 
     sigilosamente, Underhill los saludó con algo menos que atención. El niño 
     trepó por el cuerpo de su padre, jugando al Rey de la Colina. Y el padre, 
     con los Ojos clavados en la punta del cigarro que estaba encendiendo, se 
     aclaró la garganta y dijo:
     -He estado pensando en ese parque, Carol.
     -Mañana llevaré a Jim.
     -¿De veras? ¿A ese parque?
     Underhill se estremeció. Recordaba aún los olores del parque, y lo que 
     allí había visto. Mientras recogía el periódico pensó en aquel mundo 
     retorcido con sus heridas y narices golpeadas, aquel aire tan lleno de 
     dolor como la sala de recibo de un dentista, y aquellas horribles y 
     espantosas sensaciones; horribles y espantosas no sabía por qué.
     -¿Qué pasa con ese parque? -preguntó Carol.
     -¿Lo has visto? -Underhill titubeó, confuso.- Maldita sea, me refiero a 
     los niños, es una jaula de fieras.
     -Todos esos niños son de muy buena familia.
     -Bueno, se pelean como pequeñas gestapos -dijo Underhill -. ¡Sería como 
     enviarlo a un molino para que un par de piedras de dos toneladas lo hagan 
     papilla! Cada vez que imagino a Jim en ese pozo de bárbaros, me estremezco.
     -Sabes muy bien que es el único parque conveniente en varios kilómetros a 
     la redonda.
     -No me importa. Me importa en cambio haber visto una docena de garrotes, 
     cachiporras y pistolas de aire comprimido. El primer día harán pedazos a 
     Jim. Nos lo devolverán en una fuente, con una naranja en la boca.
     Carol se rió.
     -¡Cómo exageras!
     -Hablo en serio.
     -Jim tiene que vivir su propia vida. Es necesario que aprenda a ser duro. 
     Recibirá golpes y golpeará a otros. Los niños son así.
     -No me gustan los niños así.
     -Es la mejor época de la vida.
     -Tonterías. Yo solía recordar con nostalgia mi infancia. Pero ahora 
     comprendo que era un tonto sentimental. La infancia es una pesadilla de 
     gritos y persecuciones, y volver a casa empapado de terror, de la cabeza a 
     los pies. Si puedo evitarle eso a Jim, lo haré.
     -Sería perjudicial, y gracias a Dios imposible.
     - O quiero ni que se acerque a ese lugar, ya te lo he dicho. Antes 
     prefiero que se convierta en un recluso neurótico.
     -¡Charlie!
     -¡Sí, lo prefiero! Esas bestiezuelas, debías haberlas visto. Jim es hijo 
     mío, no tuyo, no lo olvides. -Sintió en los hombros las delgadas piernas 
     del niño, los delicados dedos que le alborotaban el cabello.- No quiero 
     que hagan con él una carnicería.
     -Lo mismo le ocurrirá en la escuela. Es preferible que se vaya 
     acostumbrando ahora que tiene tres años.
     -He pensado en eso también. -El señor Underhill tomó orgullosamente a su 
     hijo por los tobillos, que colgaban como delgadas y tibias salchichas 
     sobre las dos solapas.- Hasta podría buscarle un preceptor.
     -¡Oh, Charles!
     No hablaron durante la cena.
     Después de cenar, el señor Underhill llevó a Jim a dar un paseo mientras 
     Carol lavaba los platos. Pasaron frente al parque de juegos, iluminado por 
     las débiles lámparas de la calle. Era una noche fría de septiembre, y ya 
     se percibía la fragancia seca del otoño. Otra semana más, y rastrillarían 
     a los niños en los campos, como si fuesen hojas, y los llevarían a quemar 
     a las escuelas, empleando el fuego y la energía de la infancia para fines 
     más constructivos. Pero volverían aquí después de las clases, 
     acometiéndose unos a otros, convirtiéndose a sí mismo en veloces 
     proyectiles, dando en el blanco, estallando, dejando estelas de miseria 
     detrás de aquellas guerras minúsculas.
     -Quiero ir ahí -dijo Jim apretándose contra la alta verja de hierro, 
     observando a los últimos quince niños que jugaban golpeándose y 
     persiguiéndose.
     -No, Jim, no puedes querer eso.
     -Quiero jugar -dijo Jim, mirando fascinado, con los ojos brillantes, como 
     un niño grande pateaba a un niño pequeño, que a su vez pateaba a otro más 
     pequeño -. Quiero jugar, papá.
     Underhill tomó con firmeza el brazo menudo.
     -Vamos, Jim, tú nunca te meterás en esto mientras yo pueda evitarlo.
     -Quiero jugar.
     Jim gimoteaba ahora. Los ojos se le deshacían en lágrimas y tenía la cara 
     como una naranja arrugada y brillante.
     Algunos de los niños escucharon el llanto y levantaron la cabeza. 
     Underhill tuvo la horrible sensación de encontrarse delante de una 
     madriguera de zorros, sorprendidos de pronto, y que alzaban los ojos de 
     los restos peludos y blancos de un conejo muerto. Los Ojos malvados de un 
     vidrioso amarillo, las barbillas cónicas, los afilados dientes blancos, 
     los desordenados pelos de alambre, los jerseys cubiertos de zarzas, las 
     manos del color del hierro con las huellas de todo un día de luchas. El 
     aliento de los niños llegaba hasta él: regaliz oscuro y menta y jugo de 
     frutas, una dulzura repugnante, una mezcla que le retorcía el estómago. Y 
     sobre todo esto, el olor de mostaza caliente de alguien que se defendía 
     contra un precoz catarro de pecho grasoso hedor de la carne untada con 
     emplasto; el s alcanforados, que se cocinaban bajo una banda de franela. 
     Todos los empalagosos y de algún modo depresivos olores de lápices, tizas 
     y borradores, reales 0 imaginarios, removieron en un instante viejos 
     recuerdos. El maíz crujía entre los dientes y una jalea verde asomaba en 
     las narices que aspiraban y echaban aire. ¡Dios! ¡Dios!
     Los niños vieron a Jim, nuevo para ellos. No dijeron una palabra, pero 
     cuando Jim se echó a llorar con más fuerza y Underhill comenzó a 
     arrastrarlo como una bolsa de cemento, los niños los siguieron con los 
     ojos brillantes. Underhill sentía deseos de amenazarlos con el puño y 
     gritarles: « ¡Bestias, bestias, no tendréis a mi hijo! »
     Y entonces, con una hermosa impertinencia, el niño que estaba en lo alto 
     del tobogán de metal azul, tan alto que parecía envuelto en una niebla, 
     muy lejos, el niño con la cara de algún modo familiar, lo llamó, agitando 
     la mano:
     -¡Hola, Charlie...
     Underhill se detuvo y Jim dejó de llorar.
     -¡Hasta luego, Charlie ... !
     Y la cara del niño que estaba allí, en aquel alto y muy solitario tobogán, 
     se pareció de pronto a la cara de Thomas Marshall, un viejo y hombre de 
     negocios que vivía en una calle vecina, pero a quien no veía desde hacía 
     años.
     -Hasta luego, Charlie.
     Luego, luego. ¿Qué quería decir ese tonto?
     -¡Te conozco, Charlie -llamó el niño -. ¡Hola!
     -¿Qué? -jadeó Underhill.
     -Mañana a la noche, Charlie. ¡No lo olvides! -y el niño se deslizó por el 
     tobogán, y se quedó tendido, sin aliento, con la cara como un queso blanco 
     mientras los otros niños saltaban y se amontonaban sobre él.
     Underhill se detuvo indeciso durante cinco segundos o quizá más, hasta que 
     Jim comenzó a llorar otra vez, y entonces, seguido por los dorados ojos 
     zorrunos, en aquel primer frío del otoño, arrastró a Jim hasta la casa.
     A la tarde del día siguiente, el señor Underhill terminó temprano su 
     trabajo en la oficina, tomó el tren de las tres, y llegó a Green Town a 
     las tres y veinticinco, con tiempo para embeberse de los activos rayos del 
     sol del otoño. Curioso, pensó, cómo de pronto, un día, llega el otoño. Un 
     día es verano, y el día siguiente... ¿Cómo puede uno medirlo o probarlo? 
     ¿Algo en la temperatura o el olor? ¿0 el sedimento de los años, que por la 
     noche se desprende de los huesos, y comienza a circular por la sangre, 
     haciéndolo temblar a uno o estremecerse? Un año más viejo, un año más 
     cerca de la muerte, ¿era eso?
     Caminó calle arriba, hacia el parque, haciendo planes para el futuro. 
     Parecía como si en otoño uno hiciese más planes que en las otras 
     estaciones. Esto se relacionaba sin duda con la muerte. Uno piensa en la 
     muerte y automáticamente hace planes. Bueno, había que conseguir un 
     preceptor para Jim, eso era indiscutible. Nada de esas horribles escuelas. 
     La cuenta en el banco sufriría un poco, pero Jim, por lo menos, sería un 
     niño feliz. Podrían elegir a sus amigos. Cualquier bravucón que se 
     atreviese a tocar a Jim sería arrojado a la calle. Y en cuanto a este 
     parque... ¡completamente fuera de la cuestión!
     -Oh, hola, Charles.
     Underhill alzó los ojos. Ante él, a la entrada del parque, estaba su 
     hermana. Advirtió en seguida que lo llamaba Charles, no Charlie. El 
     malestar de la noche anterior no había desaparecido del todo.
     -Carol, ¿qué haces aquí?
     La muchacha enrojeció y miró el parque a través de la verja.
     -No has hecho eso -dijo Underhill.
     Buscó con la mirada entre los niños que reñían, corrían, gritaban.
     -¿Quieres decir que ... ?
     Carol movió afirmativamente la cabeza, casi divertida.
     -Pensé que si lo traía temprano...
     -Antes de que yo llegase, así no me enteraba, ¿no es así?
     Así era.
     -Buen Dios, Carol, ¿dónde está Jim?
     -En este momento venía a ver...
     -¿Quieres decir que lo dejaste aquí toda la tarde?
     -Sólo cinco minutos mientras hacía unas compras.
     -Y lo dejaste. ¡Buen Dios! -Underhill tomó a su hermana por la muñeca.- 
     Bueno, vamos, encuéntralo, ¡sácalo de ahí!
     Miraron juntos. Del otro lado de la verja una docena de chicos se 
     acometían mutuamente, unas niñas se abofeteaban, y unos cuantos niños se 
     dividían en grupos y corrían tropezando unos con otros.
     -¡Está ahí, lo sé! -dijo Underhill.
     En ese momento, Jim pasó corriendo, perseguido por seis niños. Gritaba y 
     sollozaba. Rodó por el suelo, se incorporó, volvió a correr, cayó otra 
     vez, chillando, y los niños que lo perseguían descargaron sobre él sus 
     cerbatanas.
     -Les meteré esas cerbatanas en las narices -dijo Underhill -. ¡Corre, Jim, 
     corre!
     Jim se lanzó hacia la puerta. Underhill lo tomó en brazos. Era como alzar 
     una masa arrugada y empapada. Le sangraba la nariz, se le habían 
     desgarrado los pantalones, estaba cubierto de tizne.
     -¡Ahí tienes tu parque! -dijo Underhill, de rodillas, sosteniendo a su 
     hijo y levantando la cabeza hacia Carol -. ¡Ahí tienes a tus dulces y 
     felices inocentes, a tus juguetones fascistas! Que encuentre aquí otra vez 
     a este chico y me vas a oír. Vamos, Jim. Y ustedes, pequeños bastardos, 
     ¡váyanse!
     -Nosotros no hicimos nada -dijeron los niños.
     -¿En qué se ha transformado el mundo? -dijo el señor Underhill 
     interrogando al universo.
     -¡Hola, Charlie! -dijo el niño desconocido, desde el parque. Agitó una 
     mano y sonrió.
     -¿Quién es ése? -preguntó Carol.
     -¿Cómo diablos voy a saberlo? -dijo Underhill.
     -Te veré más tarde, Charlie. Hasta luego -dijo el niño desapareciendo.
     El señor Underhill se llevó a su hermana y a su hijo.
     -¡Sácame la mano del codo! -dijo Carol.
     Underhill se fue a acostar temblando de rabia. No podía dominarse. Tomó un 
     poco de café, pero nada detenía esos temblores. Tenía ganas de arrancarles 
     los pulposos cerebritos a aquellas groseras y frías criaturas. Sí, 
     aquellas criaturas melancólicas, perversas como zorros, con rostros fríos 
     que ocultaban la astucia, la traición y el veneno. En nombre de todo lo 
     que era decente, ¿qué clase de niños era esta nueva generación? Una banda 
     armada de palos, cuerdas y cuchillos; una manada sedienta de sangre, 
     formada por idiotas descabellados. Las aguas de albañal del descuido les 
     corrían por las venas. Ya en cama, movió violentamente la cabeza, una y 
     otra vez, del lado caliente de la almohada al otro lado, y al fin se 
     levantó y encendió un cigarrillo; pero eso no bastaba. Al llegar a la casa 
     se había peleado con Carol, y le había gritado, y ella le había gritado a 
     él, como un pavo y una pava que chillan en medio del campo, donde todos se 
     ríen de las tonterías de la ley y el orden, que nadie recuerda.
     Underhill se sentía avergonzado. Uno no combate la violencia con 
     violencia, no si uno es un caballero. Uno habla con calma. Pero Carol 
     quería poner al niño en un torno y que lo despachurrasen. Quería que lo 
     pincharan, lo agujerearan y descargaran sobre él todos los golpes. Que lo 
     golpearan continuamente, desde el parque de juegos al parvulario, y luego 
     en la escuela, en el colegio, en el bachillerato. Si tenía suerte, al 
     llegar al bachillerato los golpes y crueldades se refinarían a sí mismos; 
     el mar de sangre y saliva se retiraría de la costa de los años y dejaría a 
     Jim a orillas de la madurez con quién sabe qué perspectivas para el 
     futuro, con el deseo, quizá, de ser un lobo entre lobos, un perro entre 
     perros, un asesino entre asesinos. Ya había bastante de todo eso en el 
     mundo. Sólo pensar en los próximos diez o quince años de tortura 
     estremecía al señor Underhill. Sentía la carne entumecida por las 
     inyecciones, herida, quemada, aplastada, retorcida, violada y machacada. 
     Underhill se sacudió como una medusa de mar echada violentamente en una 
     mezcladora de cemento. Jim nunca sobreviviría. Era demasiado delicado para 
     esos horrores.
     Underhill se paseaba por la casa, envuelta en las sombras de la 
     medianoche, pensando en todo esto: en sí mismo, en su hijo, el parque, el 
     miedo. No hubo parte que no tocara y revolviera dentro de él. Cuánto, se 
     dijo a sí mismo, cuánto de esto se debe a la soledad, cuánto a la muerte 
     de Ann, cuánto a la nostalgia. ¿Y qué realidad tiene el parque mismo, y 
     los niños? ¿Cuánto hay ahí de racional y cuánto de disparate? Movió los 
     delicados pesos en la escala, y observó cómo el fiel se movía, se detenía, 
     y volvía a moverse, hacia atrás, y hacia adelante, suavemente, entre la 
     mediano, che y el alba, entre lo blanco y lo negro, entre la sana cordura 
     y la desnuda insensatez. No debía apretar tanto, tenía que darle al niño 
     más libertad. Y sin embargo... cuando miraba el rostro menudo de Jim veía 
     siempre en él a Ann, en los ojos, en la boca, en las aletas de la nariz, 
     en el aliento tibio, en el brillo de la sangre que se movía bajo la 
     delgada cuchilla de la piel. Tengo derecho, pensó, a tener miedo. Tengo 
     todo el derecho. Cuando uno tiene dos hermosos objetos de porcelana, y uno 
     se rompe, y el otro, el último, queda intacto, ¿cómo ser objetivo, cómo 
     guardar una inmensa calma, cómo sentirse de cualquier manera, pero no 
     preocupado?
     No, pensó Underhill caminando lentamente por el vestíbulo, nada puedo 
     hacer sino tener miedo, y tener miedo de tener miedo.
     -No necesitas rondar la casa toda la noche -le dijo su hermana desde la 
     cama, cuando Underhill pasó ante su puerta -. No seas niño. Siento haberte 
     parecido terca o fría. Pero tienes que pensarlo. Jim no puede permitirse 
     un preceptor. Ann hubiera querido que fuese a la escuela, como todos. Y 
     debe volver a ese parque mañana, y seguir yendo hasta que aprenda a ser 
     hombre y se acostumbre a los otros niños. Entonces no reñirán tanto con él.
     Underhill calló. Se vistió en silencio, a oscuras, bajó las escaleras, y 
     abrió la puerta de calle. Faltaban cinco minutos para la medianoche. 
     Caminó rápidamente calle abajo, entre las sombras de los olmos, los 
     nogales y los robles, tratando de dejar atrás aquella rabia, aquel 
     orgullo. Sabía que Carol tenía razón, por supuesto. Éste era el mundo en 
     que uno vivía, y había que aceptarlo. Pero ésa era, precisamente, la mayor 
     dificultad. Había pasado ya por aquellas pruebas, sabía lo que es ser un 
     niño entre leones. Su propia infancia había vuelto a él en las últimas 
     horas, una época de terror y violencia. Y no podía resistir el pensamiento 
     de que Jim pasaría por todo eso, especialmente una criatura delicada como 
     él, de huesos delgados, de rostro pálido. ¿Qué puede esperarse entonces 
     sino acosamientos y huidas?
     Se detuvo junto al parque, aún iluminado por una gran lámpara. De noche 
     cerraban la puerta, pero la luz seguía encendida hasta las doce. Sentía 
     deseos de destrozar aquel lugar despreciable, echar abajo la verja de 
     hierro, borrar los toboganes y decirles a los niños: -¡Váyanse! ¡Váyanse 
     todos a jugar a los patios de sus casas!
     Qué ingenioso el frío, el profundo parque. Nunca se sabía dónde vivían los 
     otros. El niño que te había roto los dientes, ¿quién era? Nadie lo sabía. 
     ¿Dónde vivía? Nadie lo sabía. Uno podía venir aquí una vez, pegarle a un 
     niño más pequeño, y luego irse a otro parque. Nunca te encontrarían. De 
     parque en parque, uno podía llevar a cabo sus trucos criminales, y todos 
     lo olvidarían a uno. Se podía regresar a este mismo parque un mes después, 
     y si el niñito a quien le hiciste saltar los dientes estaba allí y te 
     reconocía, podías negarlo. «No, no soy ése. Tiene que haber sido otro 
     chico. Es la primera vez que vengo aquí. No, ¡no soy ése! »
     Y cuando el niñito se diese vuelta, podías derribarlo de un golpe. Y 
     correr luego por calles anónimas, un ser anónimo.
     -Qué puedo hacer realmente?, pensó Underhill. Carol es más que generosa 
     con su tiempo. Es muy buena con Jim, eso no puede discutirse. Mucho del 
     amor con que hubiese podido edificar un matrimonio, se lo ha dado a Jim 
     este año. No puedo pelearme continuamente con ella a propósito del niño, y 
     no puedo decirle que se vaya. Quizá si nos fuéramos al campo eso podría 
     ayudar. No, no, imposible; el dinero. Pero no puedo dejar a Jim aquí, 
     tampoco.
     -Hola, Charlie -dijo una voz serena.
     Underhill giró sobre sus talones. Allí, dentro del parque, sentado en el 
     suelo, dibujando con un dedo en el polvo, estaba el solemne niño de nueve 
     años. No alzó los ojos. Dijo Hola, Charlie, sin moverse, con naturalidad, 
     en aquel mundo que se extendía más allá de la dura verja de hierro.
     -¿Cómo conoces mi nombre? -dijo Underhill.
     -Lo conozco. -El niño cruzó cómodamente las piernas, sonriendo.- Estás en 
     dificultades.
     -¿Qué haces aquí a esta hora? ¿Quién eres?
     -Me llamo Marshall.
     -¡Por supuesto! Tommy, el hijo de Tom Marshall. Ya me parecías familiar.
     El niño se rió suavemente.
     -Más familiar de lo que crees.
     -¿Cómo está tu padre, Tommy?
     -¿Lo has visto últimamente? -preguntó el niño.
     -En la calle, hace dos meses, sólo un momento.
     -¿Qué aspecto tenía?
     -¿Qué?
     -¿Qué aspecto tenía el señor Marshall? -preguntó el niño. Era curioso, 
     pero parecía rehusarse a decir «mi padre».
     -Buen aspecto. ¿Por qué?
     -Sospecho que es un hombre feliz -dijo el niño.
     El señor Underhill miró las piernas del niño y vio que estaban cubiertas 
     de costras y arañazos.
     -¿No te vas a casa, Tommy?
     -Me quedé un rato para verte. Sabía que ibas a venir. Tienes miedo.
     El señor Underhill no supo qué contestar.
     -Esos pequeños monstruos -dijo al fin.
     El niño dibujó un triángulo en el polvo.
     -Quizá yo pueda ayudarte.
     Era ridículo.
     -¿Cómo?
     -Darías algo por evitarle esto a Jim, ¿no es verdad? Cambiarías de lugar 
     con él, si pudieses.
     El señor Underhill, los pies clavados en el suelo, asintió con un 
     movimiento de cabeza.
     -Bueno, ven mañana a las cuatro de la tarde. Podré ayudarte entonces.
     -Pero, ¿de qué ayuda hablas?
     -No puedo explicártelo -dijo el niño -. Es algo relacionado con el parque. 
     En todo lugar donde hay maldad, hay también poder. Puedes sentirlo, ¿no es 
     cierto?
     Un viento cálido recorrió el parque desnudo, iluminado por aquella única 
     lámpara. Sí, aun ahora, a medianoche, había en el parque algo de maldad, 
     pues en él se cometían actos malvados.
     -Todos los parques son como éste?
     -Algunos. Quizá éste sea único entre muchos. Quizá dependa de cómo lo 
     mires tú. Las cosas son lo que quieres que sean. Mucha gente opina que 
     este parque es magnífico. Tienen razón también. Depende del punto de 
     vista, quizá. Lo que quiero decir, sin embargo, es que Tom Marshall era 
     muy parecido a ti. Se preocupaba también por Tommy Marshall y el parque y 
     los chicos. Quería evitarle a Tommy molestias y penas.
     Hablar de la gente como si se encontrara muy lejos incomodaba al señor 
     Underhill.
     -Así que hicimos un trato.
     -¿Con quién?
     -Con el parque, supongo, o el que lo dirige, quienquiera que sea.
     -¿Quién lo dirige?
     -Nunca lo he visto. Hay una oficina allí, bajo el kiosco, con una luz que 
     no se apaga en toda la noche. Es una luz brillante, azul, algo graciosa. 
     Hay también un escritorio sin papeles, y una silla vacía. En la puerta se 
     lee GERENTE, pero nadie vio nunca al hombre.
     -Debe de andar por ahí.
     -Exactamente -dijo el niño -. 0 yo no estaría donde estoy, y algunos otros 
     no estarían donde están.
     -Hablas por cierto como una persona adulta.
     El niño sonrió complacido.
     -¿Quieres saber quién soy realmente? No soy Tommy Marshall, de ningún 
     modo. Soy Tom Marshall, el padre. -El niño siguió sentado en el polvo, 
     inmóvil, a aquella hora de la noche, bajo la luz alta y lejana. El viento 
     le movía suavemente el cuello de la camisa, que le rozaba la cara, y 
     arrastraba el polvo fresco.- Soy Tom Marshall, el padre. Sé que te será 
     difícil creerlo. Pero así es. Tenía mucho miedo por Tommy. Pensaba lo 
     mismo que tú a propósito de Jim. Así que hice este trato con el parque. 
     Oh, hay varios aquí que han hecho lo mismo. Si te fijas un poco los 
     distinguirás de los otros niños por la expresión de la mirada.
     Underhill parpadeó.
     -Será mejor que vayas a acostarte.
     -Tú quieres creerme Quieres que sea cierto. Lo veo en tus Ojos. Si 
     pudieras cambiar con Jim, lo harías. Deseas evitarle toda esta tortura, 
     ponerlo en tu lugar, ya crecido, con todo el trabajo hecho.
     -Cualquier padre decente simpatiza con su hijo.
     -Y tú más que otros. Tú sientes todos los mordiscos y puntapiés. Bueno, 
     ven mañana por aquí. Puedes hacer un trato, también.
     -¿Cambiar con Jim? -Era un pensamiento increíble, divertido, pero 
     satisfactorio - ¿Cuánto tendré que pagar?
     -Nada. Sólo tienes que jugar en el parque.
     -¿Todo el día?
     -E ir a la escuela, por supuesto.
     -¿Y crecer otra vez?
     -Sí, y crecer otra vez. Ven por aquí mañana a las cuatro.
     -Mañana tengo que trabajar en la ciudad.
     -Mañana -dijo el niño.
     -Será mejor que vayas a acostarte, Tommy.
     -No, Tommy no. Me llamo Tom Marshall -dijo el niño sin moverse.
     Las luces del parque se apagaron.
     El señor Underhill y su hermana no se hablaron en el desayuno. Underhill 
     solía llamarla al mediodía para hablar de esto o aquello, pero aquel día 
     no telefoneó. Sin embargo, a la una y media, luego de un mal almuerzo, 
     marcó el número de la casa. Cuando Carol respondió, cortó la comunicación 
     Cinco minutos más tarde volvió a llamar.
     -Charlie, ¿llamaste tú hace cinco minutos?
     -Sí -dijo Underhill.
     -Me pareció oírte respirar antes de que cortaras. ¿Para qué llamaste, 
     querido?
     Carol se mostraba comprensiva otra vez.
     -Oh, llamaba, nada más.
     -Han sido dos días malos, ¿no es cierto? Tú me entiendes, ¿no es cierto, 
     Charlie? Jim debe ir al parque de juegos y recibir unos pocos golpes.
     -Unos pocos golpes, sí.
     Underhill vio la sangre y los zorros hambrientos y los conejos 
     despedazados.
     -Aprender a dar y recibir -decía Carol -, y pelear si es necesario.
     -Pelear si es necesario.
     -Sabía que me darías la razón.
     -La razón -dijo Underhill -. Es cierto. No hay escapatoria. Debe ser 
     sacrificado.
     -Oh, Charlie, qué raro eres.
     Underhill carraspeó.
     -Bueno, está decidido.
     -Sí.
     Me pregunto cómo será eso, pensó Underhill.
     -¿Todo está bien? -preguntó ante el teléfono.
     Pensó en los dibujos en el polvo, en el niño sentado en el suelo.
     -Sí -dijo Carol.
     -He estado pensando -dijo Underhill.
     -Habla.
     -Estaré en casa a las tres -dijo lentamente, separando las palabras como 
     un hombre a quien han golpeado en el estómago, falto de aliento -. Haremos 
     un paseo, tú, Jim y yo -dijo con ojos cerrados.
     -¡Magnífico!
     -Al parque -añadió Underhill, y colgó el tubo.
     Era realmente el otoño ahora, el frío real. Durante la noche los árboles 
     habían enrojecido, y ahora sus hojas caían en espiral alrededor de la cara 
     del señor Underhill, que subía hacia la puerta de su casa. Allí estaban 
     Carol y Jim, apretados y protegiéndose del frío, esperándolo.
     -¡Hola! -se gritaron, abrazándose y besándose.
     -¡Ah, aquí está Jim!
     -¡Ah, aquí está papá!
     Se rieron y Underhill se sintió paralizado. Faltaba lo peor del día. Eran 
     casi las cuatro. Miró el cielo plomizo, que podía derramar en cualquier 
     momento un río de plata fundida; un cielo de lava y hollín y viento 
     húmedo. Tomó fuertemente a su hermana por el brazo mientras caminaban.
     Carol sonrió.
     -¡Qué amable estás!
     -Es ridículo, por supuesto -dijo Underhill pensando en otra cosa.
     -¿Qué?
     Habían llegado a la entrada del parque.
     -Hola, Charlie.
     Allá lejos, en la cima del monstruoso tobogán estaba el chico de Marshall, 
     agitando la mano. No sonreía ahora.
     -Tú espera aquí -le dijo el señor Underhill a su hermana---. Será nada más 
     que un momento. Me llevo a Jim al parque.
     -Muy bien.
     Underhill tomó la manita del niño.
     -Vamos, Jim. No te separes de papá.
     Bajaron los duros escalones de cemento, y se detuvieron en el polvo liso. 
     Ante ellos, en una secuencia mágica, se extendían los diagramas, las 
     rayuelas gigantescas, los asombrosos numerales y triángulos y figuras 
     oblongas que los niños habían dibujado en el polvo increíble.
     Un viento enorme bajó del cielo y el señor Underhill se estremeció. Apretó 
     con más fuerza aún la mano del niño y miró a su hermana.
     -Adiós -dijo.
     Pues estaba creyéndolo. Estaba en el parque y lo creía, y era mejor así. 
     Nada era demasiado bueno para Jim. ¡Nada en este mundo atroz! Y ahora su 
     hermana se reía de él.
     -¡Charlie, tonto!
     Y entonces echaron a correr, a correr por el suelo sucio del parque, por 
     el fondo de un mar pétreo que los empujaba y apretaba.
     -¡Papá! ¡Papá! -lloraba ahora Jim, y los niños corrían hacia ellos. El 
     niño del tobogán se acercaba aullando, y las rayuelas giraban en el polvo. 
     Un terror incorpóreo se apoderó de Underhill, pero sabía qué debía hacer, 
     qué debía hacerse, y qué ocurría. En el otro extremo del parque volaban 
     las pelotas de fútbol, zumbaban las pelotas de béisbol, saltaban los 
     palos, relampagueaban los puños, y la puerta de la oficina del gerente 
     permanecía abierta, y había un escritorio vacío y una silla vacía, y una 
     luz solitaria iluminaba el cuarto.
     Underhill trastabilló, cerró los ojos y cayó, llorando, con el cuerpo 
     doblado por el dolor, murmurando palabras extrañas, mientras el mundo 
     giraba y giraba.
     -Ya está, Jim -dijo una voz.
     Y el señor Underhill, subió, subió con los ojos cerrados, subió por unos 
     ruidosos peldaños metálicos, gritando, aullando, con la garganta seca.
     Y luego abrió los ojos.
     Estaba en lo alto del tobogán. El gigantesco y metálico tobogán azul que 
     parecía de tres mil metros de altura. Unos niños lo atropellaban, lo 
     golpeaban para que siguiese, ¡tírate, tírate!
     Y Underhill miró. Yallá abajo, un hombre de abrigo negro se alejaba del 
     parque, y allá, en la entrada, una mujer lo saludaba con la mano, y el 
     hombre se detuvo junto a la mujer, y ambos lo miraron, agitando las manos 
     y gritándole:
     -¡Diviértete, Jim! ¡Diviértete!
     Underhill dio un grito. Se miró las manos, comprendiendo, aterrorizado. 
     Las manos pequeñas, las manos delgadas. Miró la tierra allá abajo, muy 
     lejos. Sintió que le sangraba la nariz, y allí estaba el chico de 
     Marshall, junto a él.
     -¡Hola! -gritó el otro, golpeándole la boca -. ¡Sólo pasaremos aquí doce 
     años! -gritó en medio del tumulto.
     ¡Doce años!, pensó el señor Underhill, atrapado. Y el tiempo es diferente 
     para los niños. Un año es como diez años. No, no se extendían ante él doce 
     años de infancia, sino un siglo, un siglo de esto.
     -¡Tírate!
     Detrás de él, mientras lo pinchaban, aporreaban, empujaban, el hedor de la 
     mostaza, el Vick Vaporub, los maníes, el regaliz masticado y caliente, la 
     goma de menta y la tinta azul. El olor del hilo de las cometas y el jabón 
     de glicerina; el olor a calabaza de la fiesta de Todos los Santos, y la 
     fragancia de las máscaras de papel, y el olor de las cicatrices secas. Los 
     puños se alzaban y caían, Underhill vio las caras de zorros y, más allá, 
     junto a la verja, al hombre y la mujer que lo saludaban con la mano. Se 
     estremeció, se cubrió el rostro, sintió que lo empujaban, cubierto de 
     heridas, al borde de la nada. De cabeza, se dejó caer por el tobogán, 
     chillando, perseguido por diez mil monstruos. Un momento antes de golpear 
     contra el suelo, de caer en un nauseabundo montón de garras, tuvo de 
     repente un pensamiento.
     Esto es el infierno pensó. ¡Esto es el infierno!
     Y en la caliente multitud demoledora nadie le dijo que no.

domingo, 3 de mayo de 2015

Ana Maria Manno (Buenos Aires , 1946)


de la pena travesía impulsa celo de tu boca errando súplica


para que tu voz
me nombre
puro polvo enamorado extracto de lujuria
ajena
anémona cuerpo
escindido
puro polvo de incienso
cuerpo extractado de infusión
malva
cuerpo amasado de leche trascendente
cuerpo remojado en cuerpo
de verte
cuerpo extraviado sobre irritabilidad de cuerpos desnudos
tu verticalidad hecha cuerpo se deshace
siembro
extraigo cuerpo de tu cuerpo
desangro

cuerpo inmolado sobre cuerpo extraño
polvo enamorado entre cuerpos
eres
polvo de incienso
puro polvo de incienso sobre tu piel
lenta
no parar de succionar y desechar no parar y procrear
abre lo que cierra
cuerpo
calvario
cuerpos manoseados de hambruna infinita
cuerpos degustados pesadilla de saborear cuerpos
mutilados
calamidad de cuerpos surgentes arrebujados de piel
y huesos
densidad de cuerpos descifrados
vueltos a servir
a otro cuerpo
erecto
polvo lubricado por ser de incienso

enamorado
cuerpo de dados al azar
sobre labios de ver
lugar
cuerpo sobre cuerpo a instancias de otro cuerpo
negro sello de permeabilidad
mutante
cuerpo encrespado
habitué de otros cuerpos
descansa
cuerpo de leyes sobre cuerpos
materialidad
finita
cuerpo extensible rugoso engañoso
cuerpo divulgado
cuerpo abierto a los cambios
de cuerpos
procede

cuerpo extractado de cuerpo
por crear
cuerpo libidinoso
acecha
cuerpo desmembrado
vivo
cuerpo surco cuerpo extensión cuerpo errata cuerpo diferido
cuerpo
¿vida extensión de cuerpo o cuerpo extensión de vida?

A la memoria de Luis Ángel Remón

del libro " Extracto de lujuria ajena" editado por la editorial Huesos de Jibia 2014

Cristian Riccieri (Buenos Aires , 1973)






Los días han desmayado,

ha llegado el tiempo
de que los ojos vuelvan
la espalda al mundo.
Viajo a través del silencio
que ignora la palabra.
He olvidado algo,
he devorado algo dentro de mí
que me lo impide.

Niños-monstruos

Hacer un poema de la infancia
no es ordenar una palabra acá
y otra allá, es haberse destacado
en la galería de terror del barrio,
declarar un amor ante el círculo sarcástico,
es haber puesto el cuerpo y el alma que no espira,
es haber sufrido la complicidad de mediocres e idiotas,
es haber notado que se escapa la tortuga con tu nombre
ante la disciplinada fila escolar.
Encantadores niños-monstruos,
tan condenados, tan abominables
que la muerte muere en ella misma
para no trabajar con ellos.

Volví al antiguo rito:

Junté las palmas de mis manos
y las ahuequé tratando de formar una cueva.
En el espacio que distaba entre ambas,
apoyé mi oreja y escuché grabaciones
incesantes del mar escaparse de mis manos.

Poemas de "La pata del pajarito" editado por la editorial Huesos de Jibia 2014

sábado, 2 de mayo de 2015

M. G. Burello (Haedo , 1969)





Pasión

Esta pasión enfermiza que navega en mi sangre
rara vez se atreve a hablar. Apenas se exterioriza
en círculos concéntricos cada vez más amplios,
en la discreta periferia que oscila en mi entorno.
Oscura y secreta, masiva y central,
se agazapa y ruge en la íntima quietud del alma,
en el silencio y la noche de la escenografía externa.
Sólo en mi pecho se oficia esta liturgia privada,
y a cada sesión, se destruye y renueva su alfabeto,
que hoy ni yo mismo sabría descifrar.
Pulsión que corroe su propio instrumento,
afán que sitia y jaquea su propia sede…
Un mal que no conoce terapia ni redención
y lleva siglos incubando en un cuerpo al que hace sentir joven.
En ocasiones, escribe poesía:
la estás leyendo.


Insomnio

Cesa ya la noche infinita
y cesan con ella los mecanismos del mundo.
Se detienen las nubes y la sangre
en los cielos y en los animales.
Las órbitas celestes distorsionan, se anula
el lento divagar de los planetas. Las estrellas
desconocen el álgebra del cosmos…
Todo se niega a perseverar y seguir.
Cesan los ecos de multiformes contiendas,
y los clamores, y las maldiciones.
Las criaturas se mueren para volver a nacer.
Se imponen el moho y la parálisis.
El fuego se congela en estalagmitas incandescentes.
Y todo es cementerio ya.

En esta sombra cesan todas las cosas
menos yo, que, incólume, no ceso.


En las ciudades

He estado en las ciudades, he visto
lupanares, almacenes, marquesinas.
Y aunque busqué al prójimo sólo encontré
otras personas, otros rostros: soledades.
La identidad se sostiene con andamios endebles
cuando hay miedo a la verdad,
y en la masa la ficción personal
es una mentira empecinada
en perdurar. ¡Escándalo
del que sabe, del que siente,
porque ése ya ha renunciado
al cotidiano juego de la individuación!
Ése respira el aire que a los demás les falta,
y baja la frente en medio del fragor.
Ése lleva su lápida por pasaporte
y no divulga la mala noticia entre oídos sordos.
Está realmente solo. Y es legión.

Al volver de las ciudades descubrí horrorizado
que el río y la montaña guardaban sus secretos,
desconfiados.
Y aunque clamé al cielo, entre llantos,
valles y quebradas no devolvieron mi eco.

Sacerdote

Soy el sacerdote de un culto olvidado
que, tras la peste, vuelve a un templo en ruinas:
sin feligreses ni ritos, prendo incienso
para entibiarme los huesos dolidos
y capear la tormenta. ¡Ay!
Qué sermones no impartiría, qué servicios
no entonarían mis labios resecos,
si en vez de fantasmas me oyeran
figuras de carne…
Pero no hay nadie: la casa está vacía
y en el claustro baldío desfallecen
los culpables de un dogma fenecido
que masticó su final en mi ausencia.

He de guarecerme hasta el alba,
nutriendo mi cuerpo y reposando mi alma;
cuando el sol bese el horizonte
un nuevo sacrificio abrirá el credo.

(Los anales aseguran que ni un monje
de esa fe proscripta retornó a la patria.
El último augur de la secta
murió presa del delirio,
en un ostracismo solitario)

De " Liturgia privada" editado por la editorial "Huesos de Jibia" 2015

Amira Juri (Cordoba, 1969)




1

El lenguaje
nacido entre algodones y piedras
se forjó diversos cuerpos
en la encrucijada: simultáneo/sucesivo.
Habitó la luz y lo oscuro
bebió agua de manantial
probó de sórdidos riachuelos.
Querencia y aversión en todo su cuerpo
cuando quiere adherirse
a los objetos, a los seres, a las cosas.


28

Con Jorge Luis Borges tuvo fisonomía argentina:
“en el dialecto de hoy
diré a mi vez las cosas eternas”.
El caballero fundaba escaleras, puertas, alephs,
fusionaba noches, muertes, universos,
descubría epístolas apócrifas en la Edad Media,
balbuceaba el imprescindible ser contingente del lenguaje,
cerca de la barca de madera
que “no sabe, nunca lo sabrá, que la premeditaron”.

52

Giorgio Agamben apunta:
“hasta el siglo XVIII se sospecha que también los pájaros hablan”.
Una fisura liga y separa la “humanitas” de la “animalitas”
un mirar de guepardo atraviesa el iris del lenguaje.

76

Con un sable afilado el lenguaje
hizo tajos saludables en sus amarras.
Las paredes y los muros se derribaron,
los calendarios detuvieron su imperio.
La inocencia del mundo asomó por un instante.

86

Diógenes: “el verdadero poder es el poder sobre uno mismo”
un filósofo frugal hurgaba en las máscaras oficiales.
Quería un sol,
sin la interrupción de la arrogancia.
Quería la honestidad
sin la debilidad de quien no acepta el cambio.


90

Antonio Porchia en sus “Voces”:
“el sol ilumina la noche,
no la convierte en luz”.
El ojo de una cerradura fue una bahía,
la esponjosa atomicidad de las cosas
se escondió en la garganta de un toro.

98

Los escombros feroces del tiempo
descuelgan quejidos sobre el cuerpo del lenguaje
un precipicio numinoso abre cuencas en su garganta
un cardumen aturdido recorre su silábica columna.

Del libro "Los cuerpos del lenguaje" editado por la editorial " Huesos de Jibia" 2014

sábado, 25 de abril de 2015

Geo Bogza (1908 Blejoi, Rumania-1993 Bucarest, Rumania)




Recuedros de Polonia
I
En Varsovia, una muchacha hablaba así:
si quieres acariciarme, yo no me opondría;
si quieres besarme, puedes hacerlo
te permitiría que me desnudes los senos.
Pero debes saber que a papá lo fusilaron los alemanes
y a un hermano mío lo quemaron en los hornos.
Si quieres acariciarme, yo no me opondría
pero debes saber que todos estos muertos
están en mí
y yo toda, toda soy de ceniza.
Bésame, pero que no te sepa amarga.
II
En Cracovia, una muchacha hablaba así:
si quieres puedes abrazarme
si quieres puedes acariciarme los senos
pero no me compres abalorios, nunca.
Tenía trece años cuando los alemanes
ahorcaron a mamá, de un árbol en la calle.
Si quieres podemos atravesar nadando el Vístula
pero no me digas que tengo el cuello blanco y bello
y no me compres abalorios, nunca

Traduccion de Omar Lara.

jueves, 23 de abril de 2015

Gcina Mhlophe (1958 , Hammarsdale,Sudáfrica )




Sola me siento a pensar

Últimamente más de una vez
Me he encontrado sentada sola, pensando
No es que tenga demasiado tiempo
Sólo para sentarme a pensar –
Soy una mujer ocupada con un horario apretado
Tengo que tratar de ir al mismo paso
del mundo veloz que me rodea
Pero entonces de alguna manera sucede
Que en medio de ese trajín y tropel
Todo se detiene
Y me hallo a mi misma sentada sola, pensando
¿No sería el Sr. Presidente un mejor hombre
Si él tuviese un útero y senos llenos de leche?
¿Se conmovería por la cantidad de niños encarcelados
Todos en el nombre de la paz, la ley y el orden
Si él tuviese un niño de diez años en prisión
El olor de los gases lacrimógenos y las heridas de bala sangrantes
Serían tan estimulantes como para producir esa sonrisa familiar en la cara del Presidente
Si él tuviese un útero y senos repletos de leche?
Todas estas visiones me vienen
Cuando estoy sentada sola pensando
Pensando en mi mejor amiga
Que está sentada en una celda
Y extraña a su bebito
Con los senos doloridos repletos de leche.


Traducción y Version  de Nora Isabel Delgado  y Jorge Paolantonio

Sitting alone thinking

Lately I have more than once
Found myself sitting alone, thinking
Not that I have such a lot of time
Just to sit and think -
I’m a busy woman with a heavy schedule
I have to try and keep up
With the fast world around me
But then somehow it happens
Right in the middle of all the hustle and bustle
Everything just stops
And I find myself sitting alone, thinking
Would Mr. President be a better man
If he had a womb and breasts full of milk?
Would he be impressed by the number of children jailed
All in the name of peace, law and order
If he had just one ten year old in jail
Would he smell the tear-gas and bloody bullet wounds
Be so appetising as to bring that familiar smile on the President’s face
If he had a womb and breasts full of milk?
All these visions came up to me
When I’m sitting alone thinking
Thinking of my very best friend
As he sits in a jail cell
Longing for her little baby
Her painful breasts full of milk

domingo, 19 de abril de 2015

Los poemas de Sigfrido Radaelli por Carlos Mastronardi




Sobre el libro " Hombre Callado"

Desde su título, este libro de Sigfrido Radaelli anuncia una definida posición ante el mundo y es símbolo de una naturaleza moral, sin duda nada común. Los poemas que integran “Hombre callado”, en cuanto dicen de contención y recato, responden con fidelidad a su título. Se diría la emancipación natural del alma donde se formaron. Nunca como en este caso el signo corresponde con mayor justeza a la cosa significada. En efecto, el carácter y la sensibilidad de Radaelli se evidencian sin sacrificio en estos versos que son fruto de una morosa y amorosa dedicación a cuatro o cinco asuntos esenciales. 
He hablado de contención y recato. La misma vida de Radaelli, que escribió poemas desde los años de su primera juventud pero que los retuvo como si hubiera querido remirarlos largamente y en secreto, prueba que los precedentes asertos nada tienen de gratuitos. Ahora nos da su primer libro de versos. Con decorosa cautela y con inusual modestia, tras muchos años de silencio voluntario, hoy suma su voz al coro de nuestra lírica. En una época que tiende a la cuantificación y en que el ideal burgués de la producción en masa todo lo invade, mantiene una conducta singular y adopta una actitud extraordinaria. 

En nuestro siglo, fuertemente proyectado hacia los valores pragmáticos y hacia la idolatría materialista del hecho, la gente no es juzgada por lo que es, sino por lo que hace. Nada más ajeno a la vida teorética o contemplativa que singularizó a ciertos períodos clásicos. El reino artístico se diría sometido a un imperioso anhelo de producción, anhelo que, de ser nuestros coetáneos, mucho hubiera sorprendido al sobrio Mallarmé, al suscinto Rimbaud. 
Estimo pues, digno de subrayarse la discreta actitud de Radaelli, que en vez de darnos una ambiciosa suma lírica ha preferido hacernos el don de un libro prieto, pero dotado de una intensidad y de una trémula riqueza que tendrán felices resonancias en el ánimo de sus lectores. 
He señalado una grata disidencia, hecha de mesura y de recato. Quiero decir dos palabras acerca de los versos de “Hombre callado”. El paso del tiempo, el sentimiento de lo perecedero asoma en sus páginas, pero esa condición sombría de todo lo humano está contrapesada por una intuición de perennidad, por una visión confortada del mundo y del destino. Afirma nuestro poeta que no hay caducidad sino olvido y desmemoria. Rastrea esencias inmortales y nos enseña que lo caedizo y fugaz no serían tales si no nos acompañase el sentimiento de lo eterno. Esta moralidad luminosa, esta concepción alentadora reaparece en muchas páginas de “Hombre callado”. 
Una exaltación que no excluye el apacible tono coloquial, una elocuencia sin elocuencia, imprime su tono a estos admirables poemas. El poeta se acerca a las cosas y las vidas; un manso franciscanismo lo consustancia con la verdad de todo lo creado. Otras veces lo desvelan los grandes enigmas; entonces su conmovedora voz pide la cifra de aquello que nos rige desde la sombra. Pero su palabra siempre es afirmativa y celebratoria. 
Huelgan mis consideraciones, ya que toda poesía firme se impone como una evidencia, como un hecho de la naturaleza. Me limito, pues, a proponer el contacto directo con este libro donde se hermanan la palabra y la delicadeza, el vigor y la ternura. 

Hombre callado, poemas, por Sigfrido Radaelli, con dibujos de Leopoldo Presas, Editorial Sudamericana, Buenos Aires. 

Publicado en EL DIARIO ( Parana ), el 13 de octubre de 1966 

Sigfrido Radaelli (Moron 1909-1982)


Como si

Ya no se entiende nada.
Hablan convencidos
como si creyeran realmente en las cosas,
y diestramente se comportan
desde adentro de la máscara convenida entre todos.

Como si la vocación mas intima,
las ambiciones , los deseos,
fuesen ese profundo anhelo que dicen sentir.
Como si la angustia les atenaceara a veces
y los recuerdos  les diese consuelo;
como si efectivamente dudasen cuando dicen dudar ;
como si, al negar , la negativa fuese expresión exacta
                 de un no verdadero;
como si de veras los demás fuesen para ellos eso
que dicen que es,
como  si…



El grito

Agazapado,
latente, a punto de arrojar su flecha sonora.

Dulce y terrible ahogo
corriendo por innumerables túneles sin salida,
debatiéndose entre pesadillas sin alcanzar la vigilia.

Es hundirse en el mar irremediablemente
o sentirse rodeado de llamas
mientras la boca esta  enmudecida para la queja o la suplica.
Es el horror
y la infinita lastima de si mismo
y el considerar al fin lo fatal , como al fin se admítela
 muerte.

No se disparará la flecha.
No se encontraran salida los túneles.
Y no hallará la mirada su dirección verdadera,
Porque oculto está,
pero vivo  y gimiente y tembloroso,
el grito.


De " Hombre callado" 1965 Editorial Sudamericana, Buenos Aires. 

La ausencia

Ya sé, los dos sabemos
que si te alejas hoy es para volver mañana.
O sea que mañana te veré nuevamente.
Está bien.
Pero hoy si te alejas para volver sin plazo,
si es eso lo que ocurre,
o sea ya no sé si veré mañana
o en un mes
o en un año,
ya no sé entonces si nunca volveré a verte.
¿Y entonces, Dios mío, hoy es la última vez que te veo
y esta tarde la última,
son estos minutos los últimos?

Ahora sé qué es no saber nada de nada.
Todo ha cambiado de golpe. Enfrente de mí
un agujero inmenso y negro, y en mis oídos resonando
un eco lastimero y largo.
A mi alrededor todo es vacío.
Hablo y me detengo,
vuelvo a hablar solitario, escucho asombrado mi voz
y vuelvo al silencio.
¿Qué sentido tienen ya las palabras
o los murmullos o el recuerdo o las pruebas del amor?


de" Tiempo sombrío"  Buenos Aires, Losada, 1975

Sobre "Epigrama contra Stalin" un poema de Osip Mandelstam Por José Manuel Prieto





A Osip Mandelstam le costó la vida un epigrama contra Stalin. José Manuel Prieto reconstruye ese terrible capítulo del totalitarismo al presentar esta traducción, comentada verso por verso, de la célebre sátira.



I

En 1996 el historiador Jean Meyer, que por aquel entonces daba los toques finales a su libro Rusia y sus imperios, me pidió que le tradujera del ruso un poema del poeta Osip Mandelstam (Varsovia, 1891-campo transitorio de Vtoraya Rechka, cerca de Vladivostok, 1938). La perestroika estaba todavía cerca y yo había recién publicado una traducción del Réquiem de Anna Ajmátova, uno de los más importantes poemas políticos del siglo XX. El poema que Jean Meyer quería incluir en su libro era el muy conocido “Epigrama contra Stalin”, que empieza con el verso: “Vivimos sin sentir el país a nuestros pies”. Como cualquiera que hubiera vivido en Rusia en aquellos años de fines de los ochenta y principios de los noventa yo conocía muy bien el poema y en más de una ocasión lo había recitado en voz alta, admirado por sus indudables cualidades formales, en particular el verso inicial: My zhibiom pod saboyu nie zhuya strani, palabras de una fuerza casi mágica. Del poema no existía ninguna versión en castellano y la versión en francés que aparecía en el recién publicado libro de Vitali Shentalinski, De los archivos literarios de la KGB, era tan pobre comparada con el bellísimo original ruso que de inmediato comencé a traducir una variante más satisfactoria en el margen de la página. En mi traducción improvisada busqué captar el encanto del poema y a la vez conservar la severa gravedad de sus versos. Trabajé varios días en una versión que Jean Meyer terminó incluyendo en su hoy día muy celebrado libro y que luego clavé sobre mi escritorio. El poema le había costado la vida a Mandelstam y escribirlo había sido un acto de increíble valentía, de arrojo, o más bien de integridad artística. Por años no he dejado de pensar en él, de leer todo lo referente a su creación y más que nada a la reacción terrible de su destinatario. Tan sólo una cosa no me dejaba en paz: a pesar de que lo había traducido con el mayor esmero y paciencia, no había quedado del todo satisfecho con el resultado. El poema no terminaba de cuajar en español, parecía una copia muy pálida del original tan bello y potente, como cincelado en ruso. Esto es porque a diferencia de la obra de un poeta como Joseph Brodsky, a quien también he traducido in extenso, la poesía de Osip Mandelstam es de una concentración asombrosa, poco discursiva. De ahí que me sea virtualmente imposible traducir de manera satisfactoria todas las sonoridades, la riqueza de muchas imágenes que no logran caer o encajar totalmente en la lengua de llegada, el castellano en este caso. En la operación se pierde el aura de significados y alusiones que rodea cada palabra en la versión original, absolutamente transparente para el lector en lengua rusa. Como si de todo un árbol sólo lográramos transplantar las ramas más gruesas y todo su follaje, verde y cambiante, quedara en el territorio de la otra lengua.

Estaba el hecho, además, de que el poema es rimado, como casi toda la poesía rusa, pero escogí verterlo en verso libre escarmentado por los fallidos intentos de tantos traductores que, con más buena voluntad que pericia y con una idea a mi modo de ver equivocada sobre cómo traducir poesía rimada, elaboran versiones que difícilmente funcionan en castellano. En cualquier caso, terminé publicando aquella versión y recibí muchos elogios. Pasaron los años, más de diez y no había vuelto a leer mi versión del epigrama hasta fecha reciente, con vistas a incluirlo en una Antología personal de la poesía rusa que estoy preparando. Tras una atenta relectura no creí posible cambiar ninguna de las soluciones que en su momento hallé para su traducción pero sí consideré pertinente añadirle unos comentarios que buscan transmitir al lector ese halo de significado del que hablo más arriba. He creído además importante y hasta necesario aportar una relación detallada de las circunstancias históricas que rodearon su creación, algo totalmente necesario dadas la personalidad de su creador, la naturaleza del poema en cuestión y las terribles consecuencias que terminó acarreándole.

Una última cosa antes de pasar al poema y a los comentarios: como ya dije, en Rusia se le conoce como el “Epigrama contra Stalin”, un nombre que algunos consideran desacertado porque supone una disminución de su importancia. Según algunos, este nombre se trató de una maniobra de los amigos de Mandelstam (entre otros, Boris Pasternak) para equipararlo a esas pequeñas piezas de ocasión que buscan zaherir, satirizar, y que hallaron su máximo exponente en Marcial, el poeta latino del primer siglo después de Cristo.

Descrito por un crítico como las dieciséis líneas de una sentencia de muerte, es quizá el más importante poema político del siglo XX, escrito por uno de sus más grandes poetas y contra el que fue, bien podría afirmarse, el más cruel de sus tiranos.



II

EPIGRAMA CONTRA STALIN



Vivimos sin sentir el país a nuestros pies,

nuestras palabras no se escuchan a diez pasos.

La más breve de las pláticas

gravita, quejosa, al montañés del Kremlin.

Sus dedos gruesos como gusanos, grasientos,

y sus palabras como pesados martillos, certeras.

Sus bigotes de cucaracha parecen reír

y relumbran las cañas de sus botas.



Entre una chusma de caciques de cuello extrafino

él juega con los favores de estas cuasipersonas.

Uno silba, otro maúlla, aquel gime, el otro llora;

sólo él campea tonante y los tutea.

Como herraduras forja un decreto tras otro:

A uno al bajo vientre, al otro en la frente, al tercero en la ceja,
[al cuarto en el ojo.

Toda ejecución es para él un festejo

que alegra su amplio pecho de oseta.



Noviembre de 1933


III

COMENTARIOS



Verso primero



Vivimos sin sentir el país a nuestros pies,

(Мы живем, под собою не чуя страны,)


Este verso con que el poema comienza no presenta mayor dificultad, en apariencia, que la de trasmitir con absoluta claridad la idea de la vida azarosa de los ciudadanos, el peligro que se respiraba en todo el país. La imagen, sin embargo, se ve amplificada por el verbo que Mandelstam escoge para trasmitir esa sensación y que vertí al castellano como “sentir”, pero que en el original es chuyat, palabra que en su primera acepción arroja olfatear, ventear (para los animales), y que alude a la percepción vaga y periférica de la fiera que ventea al cazador, aporta esa dimensión cinegética. De ahí que la imagen que en ruso proyecta todo el verso es de la de personas que flotan, la zozobra de una existencia que ha perdido la referencia, el suelo debajo; trasmite una clara sensación de urgencia y peligro, de claro acoso.



Verso segundo



nuestras palabras no se escuchan [no son audibles]
/ a diez pasos.

(Наши речи за десять шагов не слышны,)


En la Rusia soviética los ciudadanos han adquirido la costumbre de hablar en voz baja por temor a los oídos ajenos, los padres evitan conversar sobre cualquier tema delicado frente a sus hijos, los amantes temen ser escuchados; las delaciones, como la misma que informará a las autoridades de la existencia del epigrama, están a la orden del día. La costumbre es simple y llanamente salir a la calle para tratar cualquier asunto, hasta los de escasa importancia. Cuando Sir Isaiah Berlin visita a Anna Ajmátova en el Leningrado de la posguerra, al comienzo mismo de la entrevista la poeta le señala el techo en señal de que podrían estar escuchándolos. En Contra toda esperanza, las memorias de Nadiezhda Mandelstam, viuda de Osip, el poeta cuenta cómo en cierta ocasión, tras un viaje a provincia, encontró que en todo Moscú los teléfonos habían sido cubiertos con almohadas porque se había corrido la voz de que servían como terminales de escucha. Algo imposible, en realidad, para el desarrollo tecnológico de la época, pero otras memorias, Avec Staline dans le Kremlin, de Boris Bazhanov, ex secretario de Stalin que desertó en 1929, cuentan cómo, dentro del Kremlin, Stalin había hecho instalar una pequeña central personal que le permitía escuchar las conversaciones de los otros líderes comunistas. Una tarde Bazhanov, que no sospechaba de la existencia de aquella habitación, abrió la puerta equivocada y encontró a Stalin escuchando absorto, con los audífonos puestos, alguna conversación entre los líderes del partido, los contados que tenían el privilegio de vivir en el Kremlin. Esta visión precipita la fuga de Bazhanov por la frontera con Irán, en 1929, a pie.



Verso tercero



La más breve de las pláticas

(А где хватит на полразговорца,)


En el original, literalmente: “cuando alcanza para media conversación”. Otra variante podría ser “cuando nos animamos a una pequeña conversación” (rasgoborets). El “alcanza” (jvatit), que traduzco por “nos animamos”, alude aquí tanto a la prisa, la falta de tiempo, como al miedo que agarrota a todos.

En 1934, de visita en casa de Pasternak, Mandelstam no puede evitar leer el epigrama, que acaba de escribir. Es un acto de total insensatez, toda vez que a la velada habían asistido personas que no tardaron en delatar la lectura. Una persona muy cercana a ambos, Emma Gerstein, cuenta en sus Memorias otra sesión en la que estaba presente el hijo de Nikolái Gumiliov, Lev, que también pasaría muchos años en el gulag. Aquel comportamiento a todas luces suicida de Mandelstam tenía, sin embargo, otra explicación: antes de escribir sus poemas, los componía en la cabeza, y sólo cuando estaban ya listos, tras un largo proceso que más recuerda los afanes del Jaromir Hladík de “El milagro secreto”, el cuento de Jorge Luis Borges, los ponía en papel, casi frente al pelotón de fusilamiento. Mandelstam además sabía que el epigrama era un poema que jamás sería publicado y buscaba dejarlo “registrado” en la mayor cantidad de mentes para evitar así que desapareciera con su muerte, que seguramente él adivinaba próxima.



Verso cuarto



gravita, quejosa...

(Там припомнят...)


En el original, literalmente: “sale a relucir”, lo “mientan” (pripomniat)... ¿Gozaba Stalin de esa ciega admiración popular que todavía muchos le atribuyen en aquellos años anteriores al Gran Terror y a los Procesos de Moscú? El verbo utilizado, pripomniat, comporta un dejo de fastidio. Se le dice a alguien: “¡te lo recordaré!” (ya tebie pripomniu!), en el sentido de “me las pagarás”, “me las cobraré”. No es sólo que se recuerde al dictador, sino que es un recuerdo quejoso.

A Pasternak se lo había recitado también en privado y con anterioridad durante un paseo por un Moscú invernal. La respuesta de Pasternak, siempre más cauteloso y astuto (moriría en su cama, en la privilegiada villa para escritores de Peredelkino), fue, literalmente: “Lo que me ha leído usted no tiene relación alguna ni con la literatura ni con la poesía. No es un hecho literario sino un acto suicida que no apruebo y del cual no quiero tomar parte. Usted no me ha leído nada y yo no escuché nada, y le pido que tampoco se lo lea a nadie más.”

El poeta, sin embargo, sí lo hizo y, como hemos visto, en más de una ocasión. Un memorialista lo acusa de haberlo hecho movido por un odio terrible hacia Stalin.



... al montañés del Kremlin.

(... кремлёвского горца.)


Para un intelectual de la vieja escuela como Mandelstam (graduado del mismo elitista Colegio Tenishev al que asistió el niño Vova –diminutivo de Vladimir– Nabokov), la imagen de un georgiano, un “montañés” (goriets), en el Kremlin es señal de absoluta extrañeza y asilvestramiento. Las personas que ocupan los altos puestos del gobierno en la Rusia Soviética son de muy bastos modales, poco menos que campesinos. En 1921, cuando unos amigos van a interceder por la vida del poeta Nikolái Gumiliov (el primer esposo de Anna Ajmátova, acusado falsamente de participar en una conspiración monárquica y fusilado por ello), les sorprende descubrir, en el juez de instrucción que llevaba el caso –el “comisario” de la Cheka según la terminología revolucionaria–, el aspecto y los modales de un tendero de la época zarista. Dice el memorialista que, al confesarles que no había nada que él pudiera hacer para salvar la vida del poeta, movió las manos con la suavidad de “quien mide o aquilata la calidad de un paño”. Y, sin embargo, lo que tenía en sus manos era la vida de Nikolái Gumiliov.



Verso quinto



Sus dedos gruesos como gusanos, grasientos,

(Его толстые пальцы, как черви, жирны,)


El “gran” poeta de la época, vate ensalzado por la propaganda oficial, no era Vladimir Maiakovski ni ninguno de los otros tres grandes titanes del siglo XX ruso: Marina Tsvetáeva, Boris Pasternak o Anna Ajmátova. El gran bardo proletario respondía al nombre de Demián Biedny, Demián “el Pobre”, y era un hábil rimador de coplas partidistas cuya popularidad era inmensa. Su posición dentro de la jerarquía soviética era tal que tenía apartamento en el Kremlin, donde, según otro memorialista, pagaba sus deudas de incorregible jugador de cartas con pedacería de oro que cortaba con un alicate y pesaba en una pequeña balanza sobre el paño verde de la mesa. Vecino, en consecuencia, de Iósif Stalin, este tomaba a veces libros prestados de la biblioteca del falso poeta obrero, libros que luego devolvía, se había quejado Demián a un colega, “con huellas de sus grasientos dedos en las páginas”. Mandelstam parece haber conocido la anécdota y metamorfoseó los dedos de Stalin en “gusanos grasientos”.



Verso sexto



y sus palabras como pesados martillos, certeras.

(А слова, как пудовые гири, верны,)


En el original, literalmente: “Y sus palabras como pesas de un pud, certeras.” Durante toda su vida Stalin, que recibió instrucción en un seminario ortodoxo en Tiflis (el actual Tbilisi), conservó un marcado acento georgiano. Hablaba escogiendo las palabras de una lengua que llegó a manejar con soltura, el ruso, pero que nunca dejó de serle extranjera. Dentro de los acentos que un ruso distingue con facilidad, el georgiano destaca particularmente por su pesadez. Son innumerables los chistes basados en la pronunciación de los georgianos, dura y poco sensible a los múltiples fonemas de la lengua rusa.

Esas pesas de un pud provocan en mí este otro recuerdo: en mis primeros años de estudiante en Rusia solía ejercitarme por las mañanas con una de esas pesas de un pud, una antigua medida rusa que equivale a unos dieciséis kilos. De hierro colado y un diseño que se remonta al XIX y al furor de la gimnasia suiza, terminan en una especie de asa por la que se las levanta con una sola mano, la derecha, la izquierda, cuidando, temiendo, no dejarlas caer en un pie. Hoy ya no se venden, desplazadas por mancuernas occidentales, cromadas y de discos intercambiables.



Verso séptimo



Sus bigotes de cucaracha parecen reír

(Тараканьи смеются усища,)


En el original, literalmente: “Ríen sus bigototes de cucaracha”. Imagen infantil que con toda probabilidad alude al muy conocido poema para niños de Kornéi Chukovski, en el que una “bigotuda cucarachota” (usati tarakanishe) mantiene aterrorizados a los animales del bosque hasta que un “valiente gorrión” se planta frente a ella y la engulle de un picotazo.

Encuentro una confirmación de esta suposición mía en El cielo de la Kolyma, las invaluables memorias de Evguenia Ginzburg. Un día, cuenta Ginzburg, comenzó a leerles ese poema a los niños a su cargo en el jardín de infantes donde trabajaba en la lejana provincia de Magadán. Un colega, al escuchar sobre “la terrible bigotuda cucarachota”, comprendió horrorizado cuál podía ser la “lectura” de aquel pasaje y a punto estuvo de denunciarla por leerles ese poema a los niños. Como es un poema que todavía hoy memorizan
los niños de toda Rusia, la lectura de este verso pasa, invariablemente, por este locus de la memoria, una imagen a la vez cómica y terrible.



Verso octavo



y relumbran las cañas de sus botas.

(И сияют его голенища.)


El atuendo de Lenin, el chalequito de burgués suizo en el que afinca sus pulgares la mañana de 3 de abril de 1917 cuando arenga a la multitud frente a la estación de Finlandia, es demostrativamente el de un hombre pacífico, un civil. Fue León Trotski quien, en 1918, en plena guerra entre Blancos y Rojos, se hizo fotografiar con un atuendo de cuero y correajes que escandalizó a Moses Nappelbaum, retratista de la Perspectiva Nevski. A Nappelbaum, autor de célebres retratos de la élite petersburguesa, entre los que se encuentran el de la propia Anna Ajmátova, aquello le pareció –y en efecto lo había sido hasta la fecha– un ridículo traje de chauffeur, impropio para un líder de la Revolución Mundial.


El atuendo, sin embargo, hizo fortuna y se convirtió en el uniforme distintivo de los comisarios de la Cheka y, levemente reformado –botas de caña alta, guerrera de paño–, en el uniforme de toda la dirigencia bolchevique.


Verso noveno



Entre una chusma de caciques de cuello extrafino

(А вокруг него сброд тонкошеих вождей,)


Mandelstam utiliza sbrod, que aquí traduzco por “chusma”, término despectivo e injuriante. Según el crítico ruso Benedict Sarnov, este verso casi seguro le prolongó la vida a Osip Mandelstam. Las primeras personas que escucharon, aterrorizadas, el epigrama pensaron que el arresto y fusilamiento de Mandelstam era inminente. En lugar de ello, Stalin ordenó una medida leve de entre el arsenal punitivo soviético: “exilio administrativo” a la ciudad de Cherdin, a la que se le permitió viajar acompañado por su esposa. Luego, la medida sería suavizada todavía más cuando, en 1935, les permitieron trasladarse a Voronezh, pequeña ciudad provincial en el sur de Rusia, de clima más templado. Stalin, siempre según Sarnov, le otorgó un plazo al poeta para que escribiera un poema dedicado a su persona. “Stalin sabía perfectamente que la opinión que de él tendrían las generaciones futuras dependería en alto grado de lo que sobre él escribieran los poetas.” Más aún tratándose de Mandelstam, tan sagaz que había llegado a entender el tipo de personas, “caciques de cuello extrafino”, que rodeaba al dictador y de qué manera él, Stalin, jugaba con ellos, los dominaba. Tanta penetración, tan sutil compresión de la vida del líder, parece haber impresionado a Stalin. Esto quizás explique la insistencia con que, durante una célebre conversación telefónica (véase comentario al siguiente verso), Stalin le pregunta a Pasternak si Mandelstam podría ser considerado un “verdadero maestro”. Su pregunta fue: “¿Pero es o no un maestro?”

La verdad sea dicha, Stalin demostró ser un psicólogo no menos fino y penetrante que el poeta (lo que, por otra parte, no debe extrañarnos). Efectivamente, en la ciudad de Voronezh, Mandelstam terminó escribiendo una triste Oda a Stalin, en enero de 1937, y a la que J.M. Coetzee le ha dedicado un interesante ensayo (en “Osip Mandelstam and the Stalin Ode”, de su libro Giving Offense / Essays on Censorship). En la oda figura este verso: “Me gustaría llamarte no Stalin, sino Yugashvili.” Es decir, recurriendo no a su pseudónimo oficial, partidista, sino a su nombre de cuna, más humano, acercándose a él por su parte más suave, rescatable. Un “encargo” semejante le fue hecho a Mijaíl Bulgákov, que también dedicaría casi un año, al final de su vida, ya mortalmente enfermo, a escribir la obra teatral Batum, pieza sobre la juventud heroica del joven Yugashvili y que transcurre en el Bakú prerrevolucionario.

Pasternak, un tanto más sutil, llegó a enviarle a Stalin, durante las exequias de su esposa Nadezhda Alliluyeva, un telegrama que fue publicado en la Gaceta Literaria y que algunos consideran que lo salvó de ir a dar al gulag: “Me uno al sentimiento de mis camaradas. La víspera profunda y tenazmente la pasé pensando en Stalin, como artista, por primera vez.” Es decir, le hizo la velada promesa de que algún día usaría su talento para dejar una imagen “humana” o literaria del dictador...

Permítaseme aquí esta otra digresión biográfica que ilustra a través de qué prisma vivencial leo también este poema: muchos años después, cuando estudiaba en la más grande universidad técnica de Siberia, en la profunda retaguardia soviética, conversé en uno de sus salones de conferencia por primera vez y durante media hora con el hijo de Lev Kámenev, uno de aquellos caudillos, fusilado en 1936. Había vivido todos esos años bajo un apellido falso, Glebov, y en aquel invierno aún no había salido de su relativo anonimato. No tenía, constato ahora de memoria, el cuello fino al que hace alusión Mandelstam y sí la nuca calva y llena de pliegues de un gospodin profesor. De baja estatura y regordete, fumaba incesantemente en el auditorio, algo que estaba estrictamente prohibido. Brillante profesor de filosofía, hablé con él, lo recuerdo muy bien, de la Estética de Aristóteles. A fines de los ochenta recuperó su apellido verdadero y llegué a verlo dando entrevistas en la televisión sobre su padre y sobre sí mismo, siempre cigarrillo en mano.



Verso décimo



él juega con los favores de estas cuasipersonas.

(Он играет услугами полулюдей.)


La urss de los años treinta conoció el florecimiento y la expansión de un complicado sistema de patronazgo entre altos mandos del partido y la élite intelectual, como lo cuenta Sheila Fitzpatrick en su Everyday Stalinism, un libro de 1999. Era frecuente que los escritores y poetas asistieran a los “salones” de la nueva clase gobernante. Fue el caso de la amistad que unió a Nikolái Bujarin, el “preferido del partido”, y los Mandelstam. Bujarin es uno de los que al estallar el asunto del epigrama interfiere primero y recula luego asustado al comprender la magnitud de la afrenta que se ha infligido al temible dictador.

Escribirle a Stalin, acudir directamente a él para que dirima un asunto como aquel, de persecución política o encarcelamiento, se había convertido en costumbre entre los escritores soviéticos caídos en desgracia. En 1931 le había escrito Evgueni Zamiatin, autor de la célebre distopía Nosotros (1921), precursora del Brave New World de Aldous Huxley y de 1984 de George Orwell. Zamiatin le pidió permiso para emigrar, que le fue otorgado. Mijaíl Bulgákov le escribe con igual solicitud: que lo dejen irse al extranjero en compañía de su esposa, y, sin embargo, la petición le es negada.

Curiosamente, en el caso de Mandelstam, es el propio Iósif Stalin quien decide llamar a Pasternak con la clara intención de interceder por el poeta, y hasta llega a echarle en cara a Pasternak que sus colegas no hayan hecho nada luego de su arresto para salvarlo. Ocurre entonces la célebre conversación entre ambos en la que el dictador, por sobre todas las cosas, quiere saber la opinión de Pasternak y la de todo el gremio de escritores sobre la poesía de Mandelstam. La conversación tiene lugar a las 2 de la mañana. Pasternak está en su dacha. Suena el timbre. Levanta el teléfono:

Stalin: El caso de Mandelstam está siendo analizado. Todo se arreglará. ¿Por qué no acudieron a las organizaciones de escritores o a mí? Si yo fuera poeta y mi amigo hubiera caído en desgracia, haría lo imposible (me subiría a las paredes) para ayudarle.

Pasternak: Las organizaciones de escritores no se ocupan de tales asuntos desde 1927, y si yo no hubiera hecho las diligencias, usted, es lo más probable, no se hubiera enterado.

Stalin: ¿Pero es o no un maestro?

Pasternak: ¡No se trata de eso!

Stalin: ¿De qué entonces?

Pasternak: Me gustaría encontrarme con usted... Que habláramos.

Stalin: ¿Sobre qué?

Pasternak: Sobre la vida y la muerte...

En este punto Stalin colgó bruscamente...


Verso undécimo



Uno silba, otro maúlla, aquel gime, el otro llora;

(Кто свистит, кто мяучит, кто хнычет,)


La Rusia de 1933 todavía no conoce, lógicamente, los Grandes Procesos de Moscú que se iniciarían a partir de 1936 y se celebrarán hasta 1939, con la mayoría de aquellos “caciques de cuello extrafino” en el banquillo de los acusados. Tampoco conoce el espectáculo de autoinculpación que ofrecerán los ex líderes bolcheviques, acusados de todos los crímenes imaginables. La descripción de Mandelstam se adelanta con prodigiosa exactitud: más de uno lloró al escuchar la sentencia y de rodillas imploraron perdón a Stalin y al partido. Cuando hacen prisionero a Mandelstam, la noche del 13 de mayo de 1934, la NKVD todavía no cuenta con una versión definitiva del poema, o bien las distintas personas que lo han delatado lo recuerdan de manera diferente, en particular el último verso. El juez de instrucción le pide al poeta que le escriba la versión autorizada del poema, a lo que este accede amablemente:



Lo escribió en una hoja de papel y usando la misma pluma con que estamparían la sentencia que sellaría su suerte.


Verso duodécimo



sólo él campea tonante...

(Он один лишь бабачит и тычет,)


Escogí traducir “campea tonante” por babachit, un neologismo, un verbo inexistente, que sin embargo no presenta dificultad alguna para el ruso parlante por ser una expresión onomatopéyica, ba-ba-ba-chit, es decir, zumba con voz tonante, habla con voz fuerte, de jefe.



... y los tutea.

(... y tychet.)


En una primera acepción tykat es también “señalar con el dedo”, “meter por los ojos”, tratar a alguien de manera familiar y desconsiderada. De modo que el sentido se mueve entre estas dos acepciones. En Rusia es raro que los desconocidos se tuteen y en una primera presentación la etiqueta exige el más riguroso uso del usted. El tuteo es prerrogativa de los barrenderos o de los altos jefes. En un altercado callejero, el tuteo es percibido de inmediato como una violentísima agresión. Mandelstam lo utiliza aquí como muestra del maltrato al que Stalin somete a sus subordinados.



Verso decimotercero



Como herraduras forja un decreto tras otro:

(Как подкову, кует за указом указ:)


La palabra para decreto es la rusa ukaz, de amplio uso también en Occidente, y nombra una orden sin apelación y de aplicación inmediata. La imagen de que se forjan como herraduras remite a la frase rusa, más cotidiana, “hacer algo como quien hornea blynis o blintzes”, es decir, rápidamente y sin pensar. Lo que transmite la banalización del acto del gobernar.

En 1929 Stalin cree llegado el momento de cinchar apretadamente el inmenso país, despojarlo del apéndice inútil del capitalismo. Evgueni Preobrazhenski, el célebre economista, teoriza sobre cómo usar la riqueza que el campesinado había acumulado en aquellos años de mayor libertad como plataforma para el despegue industrial del país. La colectivización forzada genera un rechazo generalizado, el campesinado se resiste fieramente, y Stalin lanza una campaña de terror que buscará romperle el espinazo a la Rusia campesina. Al menos seis millones de campesinos ucranianos mueren de hambre en aldeas acordonadas por el ejército mientras el país cumple sus compromisos de exportación de granos. Las ciudades se llenan de fugitivos que cuentan el horror. Para 1934 está claro que el país vive bajo la tiranía de un Estado policial, comparado con el cual la Rusia de los zares, tan denostada por la generación anterior de intelectuales, puede ser vista como el más benigno y magnánimo de los regímenes.



Verso decimocuarto



A uno al bajo vientre, al otro en la frente, al tercero en la ceja,
/ al cuarto en el ojo.

(Кому в пах, кому в лоб, кому в бровь, кому в глаз.)


Los decretos de ese emperador de pacotilla tienen, sin embargo, un efecto mortal. La banalización de la muerte, también. El acercamiento, o el zoom in, para decirlo recurriendo a una terminología del cine, con que el poeta muestra las partes del cuerpo donde van cayendo las herraduras ucases tiene el efecto de esos close ups en El acorazado Potemkin de Eisenstein, en que se muestra también, para mayor impacto de la escena, la pupila enorme tras el cristal de unos quevedos, la boca abierta en un grito, el rictus de un rostro que ocupa toda la pantalla.

Mandelstam, un poeta de honda inspiración lírica, no había escrito poesía ensalzando la Revolución, a diferencia de otros que se dejaron llevar por el entusiasmo y saludaron con apasionamiento el advenimiento de Octubre. Alexander Blok fue uno de ellos y llegó a publicar su poema “Los doce”, en que celebra el triunfo revolucionario con imágenes pletóricas de simbología evangélica. Vladimir Maiakovski, por su parte, creyó hallar en la Revolución la apoteosis de la estética futurista que había moldeado sus versos de “vocinglero jefe”, como se llama a sí mismo en su elegía “A plena voz”. No tardaría en darse cuenta de que en la Rusia de Stalin pronto quedaría aquella sola voz tonante... Para el momento en que el destino lo pone en rumbo de colisión con Stalin, Mandelstam ha publicado un número de libros, ninguno de tónica política, de tan alto valor poético que toda Rusia –o al menos ese uno por ciento de lectores de poesía del que hablaba Joseph Brodsky– lo tiene por un Maestro, con mayúscula.



Verso decimoquinto



Toda ejecución...

(Что ни казнь у него...)


A mediados de los setenta Lev Razgón, un sobreviviente del gulag y autor de las implacables memorias Nepridumannoye [“de la vida real”; en inglés, True Stories], fue internado en una clínica moscovita por un padecimiento cardiaco. Uno de sus vecinos de sala es un ex oficial, hombre amable con los otros pacientes y en particular con el escritor, a quien asiste solícito. A Razgón, con quien hace buenas migas, termina contándole algo que jamás había confesado a nadie: su labor como miembro de una de las miles de brigadas de ejecutores que operaron en la urss en la década de los treinta. Razgón escucha anonadado sobre los cien gramos de vodka que tomaban los verdugos al comenzar la noche, sobre los camiones cargados de prisioneros que eran llevados a bosques en las afueras, sobre los gritos de las mujeres al borde del foso, los vivas al partido de algunos hombres, el tiro en la nuca, el puntapié que le propinaban a la víctima para hacerla caer en el foso al tiempo que apretaban el gatillo porque las esposas de los verdugos estaban cansadas de lavar sus guerreras salpicadas de sangre... Muchos camiones durante toda la noche, por toda la urss. Siete millones de 1934 a 1941. La espeluznante cifra de un millón de ejecutados por año.



... es para él un festejo

(... - то малина)


En el original: es para él frambuesa, palabra que tiene aquí una profunda connotación criminal, del bajo mundo; en el argot ruso, malina (“frambuesa”; el seto de las frambuesas, malinovka) se usa para referirse a la corporación de delincuentes, la guarida desde donde perpetran sus crímenes. Mandelstam apunta también aquí a la singular simbiosis entre el mundo criminal y bolchevique, transmite al lector el impulso de venganza, de ajuste de cuentas, del mundo lumpen con que se alía, desde el mismo comienzo, el bolchevismo. No hay memorialista del gulag que no mencione el uso de los comunes en los campos contra los del artículo 58, los “políticos”, acusados de traición a la patria. Los comunes no compartían el pecado original de ser “enemigos de clase” y, por lo tanto, podían ser “reeducados”, desempeñaban labores ligeras, de intendencia: cocineros, celadores, o en las casas de baño, en Siberia, donde el calor es de por sí un privilegio.



Verso decimosexto



que alegra su amplio pecho...

(И широкая грудь...)


En el original, simplemente: “Y su amplio pecho...” Delgado, de escasos 168 centímetros, con el rostro picado de viruelas, y un brazo semiparalizado por la polio con el que sostenía siempre su pipa, Stalin decepcionaba a las personas que tenían ocasión de verlo en persona y que esperaban encontrarse al coloso que sugerían sus dobles de granito y piedra erigidos por toda la urss. Para Mandelstam, ese amplio pecho que se alegra es un pecho no humano, de hierro, dentro del cual, como en el interior de los toros de bronces minoicos, bramaban los millones de sus víctimas.



... de oseta.

(... осетина.)


¿Era Iósif Yugashvili georgiano u oseta, de Osetia, la pequeña república del Cáucaso vecina de Georgia? Stalin era considerado oficialmente un georgiano, porque los osetas son tenidos por un pueblo de temperamento más violento, gente menos refinada. Curiosamente, estos dos últimos versos no convencían del todo a Mandelstam y es increíble que un hecho tan alejado de la política como la perfección de esta última línea ocupara su mente durante aquellas sesiones suicidas de lectura en voz alta. Se le recuerda diciendo: “Debo quitarlos, no me parecen buenos. Me suenan a Tsvetáeva.” No le dio tiempo, sin embargo, y quedaron en la memoria de quienes lo escucharon. Muchos años después, ya en tiempos de la perestroika, cuando Vitali Shentalinski encontró la versión manuscrita de puño y letra del poeta en los archivos de la KGB, no halló divergencias con las versiones que se habían leído en samizdat por toda la URSS. El poema había quedado grabado fielmente en la memoria de quienes lo habían escuchado en el lejano 1934. ~
http://www.letraslibres.com/revista/convivio/sobre-un-poema-de-osip-mandelstam?page=full


tomado de http://www.letraslibres.com/revista/convivio/sobre-un-poema-de-osip-mandelstam

María Milagros King


Justiniano

Otra vez me quedo
con la luz sobre mi escritorio
y de madrugada.
Esta vez llueve fuerte, pienso,
y el viento sobre la calle Yatay
me hace temblar un poco
si salgo a este balcón mojado.
Y no sé si la batalla es adentro o afuera.
O da lo mismo.
Ahora volver a los libros y todos estos
papeles, papeles.
A estudiar el arte en épocas de Justiniano.
Y no sé si la batalla es adentro o afuera,
Da lo mismo. Digo, dije.
El tenía que reconstruir un Imperio caído.
No tenía menos problemas que yo.
Pero tengo que ordenar estos papeles o dejar de pensar.
Debe de haber algo importante y me quedo mirando
aquella foto del mosaico que se llama ”Invierno”.
Como sea, batallas, digo, dije.
Pero otra vez los ojos de Justiniano desde el mosaico.
Si vuelven a mirarme esos ojos
voy a abrir la puerta del balcón,
Voy a dejar que el viento entre desde la calle Yatay.
Voy a hacer volar todos los papeles, todos los papeles.
Iré a dormir un poco, creo.
Mañana es martes y los martes suelo reconstruir Imperios
e ir al supermercado.