Mi contribucion al Banco de Fotos y Cartas


Mónica Susana Gonzalez Bello y Heriberto Gabriel Prado



ACERCA DE MÓNICA Y SU CARTA

Que haya firmado la carta como Mónica y no como “Cumpita”, que era su apodo conocido, resultaba sensato en plena dictadura. Temíamos que revisaran las cartas e incluso que no llegaran a destino. Cumpita en sí mismo, más que un apodo, era una manifestación de sus convicciones. No es lo único que necesita ponerse en contexto para comprender esta carta. La propia dificultad que expresa su autora tiene que ver con esa autocensura que todos sufríamos de diferentes maneras.
Los recuerdos son esquivos, parciales, pero voy a tratar de ser lo más fiel posible a mi memoria, que es la única verdad de la que puedo nutrirme y dejar testimonio.
Encontré esta carta escrita con prolija caligrafía femenina, que no registro haber leído en su momento. Vaya a saber cómo logró la carta llegar intacta hasta hoy y convertirse en el disparador para contar esta historia. 
Confío que al publicarse extenderá la memoria de los involucrados, único homenaje que puedo ofrecerles.
Esa carta llegó a la casa de una tía porque era la única dirección que tenían para contactarse. Las cartas eran para amortiguar la soledad en que vivíamos: ya no teníamos militancia activa. Supongo que las cartas no tenían mi nombre y apellido, que dudo conocieran. No se nos ocurrió una forma más segura de estar en contacto. Hoy lo lamento.
Me di por enterado del destino trágico de Cumpita y Gabriel cuando los militares fueron a buscarme a esa dirección y, por suerte, no me encontraron. Sé que fueron incluso con helicópteros en plena Ciudad de Buenos Aires. Mi tía pudo explicarles que yo no estaba ahí, o quizás simplemente que era un error. No recuerdo los detalles, tampoco me los contaron, pero confío en la capacidad que tuvo ella de salir del entuerto en que la había metido al ser casilla postal de su sobrino, que sí sabía meterse en problemas. No sé si alguna vez llegue a pedirle disculpas por haber puesto a mi familia en peligro.
Cumpita era muy dulce, una chica de campo que llegó a Bahía Blanca a estudiar humanidades y terminó trabajando de empleada doméstica por ese romántico afán de proletarizarse para hacer la revolución como marcaba el mandato de la época.
Nunca supe de qué lugar era oriunda, y ni siquiera su verdadero nombre. Eran pautas de la militancia: saber lo menos posible.
Gabriel era un militante poco discreto, le gustaba hablar y mostrarse, había construido un personaje y era un gran seductor. Se vestía con ropa de fajina y andaba en una moto marca Gilera, ya en esa época era bastante antigua. En ocasiones yo lo acompañaba para repartir volantes en las puertas de las fábricas. 
No sé qué dirían esos volantes ni si los obreros podían sortear el miedo imperante en la época y leerlos.
Ellos se conocieron en los primeros años universitarios, que rápidamente abandonaron por una revolución que no tenía un futuro claro pero resultaba prometedora en un mundo donde todo permanecía oculto. Vivían juntos y trabajaban. Hacían una linda pareja.
Pero a Gabriel no le alcanzaba y se enamoró de una adolescente intensa. No sería raro que yo tuviera parte de la culpa por habérsela presentado, no lo recuerdo con precisión. Aquí la memoria no sólo me engaña, creo que se esconde para evitar que duela. Lo cierto es que las consecuencias de ese amor y los celos que desencadenaron nos ponían a todos en peligro. Amor y revolución en una ciudad tan pálida no era lo que se esperaba.
Me acuerdo que el pobre flaco hacía propaganda de Mónica, como sugiriendo que saliera con ella. Ellos vivían juntos pero el amor de él ya era otro. Y él daba a entender que ella quedaba disponible. Quizás fantaseaba conque de ese modo ordenaría sus cosas. 
Ese romance motivó a la dirección de nuestra organización pedirle que se mudara de ciudad. Yo lo ignoraba en esos momentos. 
En la carta ella me dice que siente que me traicionó al no avisarme que dejarían Bahía Blanca, un sentimiento sin duda injusto. No tenía ninguna culpa.
Me cuenta sobre su vida en Mar del Plata, sobre el flaco con el que aún convivía; aunque estaban separados, según ella, habían encontrado el modo de darle un giro a su relación.
La vida, lazos que van más allá de la razón, o quizás el espanto de un destino trágico los mantuvo unidos hasta su lamentable desenlace.
Pienso, con el beneficio de la lejanía, que ella seguía enamorada y solo la muerte pudo separarlos.
Aquella adolescente tercera en discordia, hoy ya una mujer madura, me consta, aún no ha cerrado la herida.
Vivió en otros países, pero nunca logró enterrar su pena. En todas partes siguió siendo extranjera. Las penas necesitan del arraigo para tener un merecido descanso.
De nuestro pequeño grupo fueron los únicos que quedaron en el camino. Los otros compañeros mal que mal sobrevivimos. Por eso quizás recordarlos produce un dolor tan agudo. Los diálogos se cortan al empezar a recordar.
Por mi parte, logré escapar a tiempo. Tuve la suerte de no asistir a aquella noche trágica donde nos abordaron los militares. Me salvaron las hormonas. Tenía una cita con una chica muy bella con nombre de leyenda. Ella desconocía mi militancia clandestina y en mi huida terminé defraudándola. Me gusta pensar que fue para protegerla, pero esa es otra historia. Espero que haya sido la única mujer que defraudé en mi vida.
Gabriel no estaba hecho para la clandestinidad. Se puede pensar que estar aislados en otro ámbito, sin una organización que los contuviera, los puso en peligro.
En esta carta se puede ver, y quizás sea lo más dramático, cómo la búsqueda de mejor sueldo y mejores relaciones fue la razón que los llevó a convertirse en obreros fileteros y los entregó servidos a las peores manos posibles.
Me enteré hace muy poco de la relación entre la marina y la industria del pescado, al colaborar con la justicia de Mar del Plata que investigó el destino de mis amigos.*
Es lógico concluir sobre dónde estaban los que los denunciaron a los militares.
Sobre toda esta historia hay mucho más para contar pero sólo me remito a lo que se dice en la misiva, la cual no recuerdo haber contestado como se me requería.  

Valga este trabajo como respuesta y homenaje. 
Hoy están ausentes entre quienes sentimos cierta nostalgia, pero también orgullo de lo que vivimos.
Mantener la memoria presente de aquellos amigos es una valiosa oportunidad. 
No pretendo descubrir nada diciendo que las situaciones de riesgo producen una gran adrenalina. Puedo volver a sentir el perfume de la época cuando rememoro esos tiempos, quizás breves, pero intensos.
Nuestra mirada sexagenaria sin duda es distinta, ajada y cultivada por los años.
Ellos se conservan intactos en su belleza e intrépida inocencia.


Jorge Santkovsky



Eugenia Montero Secretaria
Oficina de Coordinación para causas por violaciones a los 
Derechos Humanos cometidas durante el terrorismo de estado
Mar del Plata

Res. PGN 147/07

Se refería a la causa 4447 del Juzgado Federal 3 en relación a todos los Centros Clandestinos de Detención que operó la Armada Argentina en esta jurisdicción de Mar del Plata. 






CARTA DE MÓNICA




Querido Boca:



No te podés dar una idea de la cantidad de veces que empecé esta carta y luego la rompí, de la cantidad de veces que la pensé, la mastiqué, le hice tomar forma, idea. Nunca te la pude mandar. No era lo mismo, ni siquiera se asemejaba a tenerte enfrente y charlar. Pero hoy me decidí y lo voy a hacer, yo sé que siempre va a ser mejor que el silencio, tanto para vos como para mí.
Cuando nos fuimos sentí como que te traicionaba. Es decir, traicionaba eso que habíamos construido vos y yo, llamalo amistad, hermandad, relación o como quieras. Sabía porque no podía decirte que me iba pero me costaba asumirlo, después lo hice, luego lo olvidé, pero ahora que recomenzamos, espero, te lo tenía que decir. Creo que era ese sentimiento de culpa, para llamarlo de alguna manera y el hecho de que siempre me costó volcar exactamente lo que siento en la escritura, siempre me quedo corta para expresarme.






Ahora paso a contarte novedades. Cuando recién llegué estuve trabajando en una fábrica de conservas y Gabriel entro en una bodega. Tuvimos mucha suerte respecto al trabajo, en el sentido de que encontramos en seguida. Yo en la fábrica encontré muchas compañeras piolas y otras muchas que no lo eran tanto, todo me permitió tener una experiencia que para mí fue muy importante, crecí mucho creo y pude entender mejor lo del miedo a la libertad que vos y Gabriel me hablaban además de Fromm. A Gabriel no le fue tan bien en la bodega, eran pocos compañeros, además de ser mucho más grandes de edad que el Flaco y le era completamente imposible mantener cierta comunicación mínima. Pasamos los dos, fundamentalmente el Flaco, una etapa de adaptación al medio muy jodida, le costó mucho pero lo hemos ido superando paulatinamente. Casi que está demás decir que yo me cagaba de hambre con la quincena de la fábrica, Gabriel tenía un sueldo un poco mejor, bastante, mejor que el mío. Debido a esto, es decir a los sueldos bajos, pensamos cambiar de laburo, además de que Gabriel se estaba por volver loco sin poder charlar con más gente. Entonces fui a ver al capataz de una planta de filet que estaba cerca de mi fábrica y lo encaré para que nos enseñaran a hacer filet, me dijo que sí. Ahora estamos convertidos en fileteros, ganando buena guita y teniendo al lado compañeros muy piolas, con decirte que nos quedamos a dormir todos juntos en la fábrica, y es el primer laburo en que además de trabajar nos divertimos como locos. Con Gabriel hemos logrado darle un nuevo giro a nuestra relación, nos hemos convertido en amigos-compinches, lo que ha permitido que nuestra comunicación se haya hecho más fluida y nos entendamos mejor. Estoy casi bien, seguro que entendés casi, así sin palabras.




No quiero hacerla demasiado lunga así la podés recibir pronto y también me puedas contestar pronto. La carta mandasela a Mamalu que ella se va a encargar de que me llegue. Escribime, no hagas como yo, por favor. Te necesité mucho. Te quiero mucho. Cantidades industriales de besos


Mónica





http://cartasyfotos.blogspot.com.ar/2016/11/cantidades-industriales-de-besos.html
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