miércoles, 22 de febrero de 2017

"Utopía de un hombre que está cansado" de Jorge Luis Borges







                                                                                                    Illustration. Federico Abuyé

Llamóla Utopía, voz griega cuyo
significado es no hay tal lugar.
Quevedo


No hay dos cerros iguales, pero en cualquier lugar de la tierra la llanura es una y la
misma. Yo iba por un camino de la llanura. Me pregunté sin mucha curiosidad si estaba
en Oklahoma o en Texas o en la región que los literatos llaman la pampa. Ni a derecha
ni a izquierda vi un alambrado. Como otras veces repetí despacio estas líneas, de
Emilio Oribe:
En medio de la pánica llanura interminable
Y cerca del Brasil,
que van creciendo y agrandándose.
El camino era desparejo. Empezó a caer la lluvia. A unos doscientos o trescientos
metros vi la luz de una casa. Era baja y rectangular y cercada de árboles. Me abrió la
puerta un hombre tan alto que casi me dio miedo. Estaba vestido de gris. Sentí que
esperaba a alguien. No había cerradura en la puerta.
Entramos en una larga habitación con las paredes de madera. Pendía del
cielorraso una lámpara de luz amarillenta. La mesa, por alguna razón, me extrañó. En
la mesa había una clepsidra, la primera que he visto, fuera de algún grabado en acero.
El hombre me indicó una de las sillas.
Ensayé diversos idiomas y no nos entendimos. Cuando él habló lo hizo en latín.
Junté mis ya lejanas memorias de bachiller y me preparé para el diálogo.
- Por la ropa - me dijo -, veo que llegas de otro siglo. La diversidad de las lenguas
favorecía la diversidad de los pueblos y aún de las guerras; la tierra ha regresado al
latín. Hay quienes temen que vuelva a degenerar en francés, en lemosín o en
papiamento, pero el riesgo no es inmediato. Por lo demás, ni lo que ha sido ni lo que
será me interesan.
No dije nada y agregó:
- Si no te desagrada ver comer a otro ¿quieres acompañarme?
Comprendí que advertía mi zozobra y dije que sí.
Atravesamos un corredor con puertas laterales, que daba a una pequeña cocina en
la que todo era de metal. Volvimos con la cena en una bandeja: boles con copos de
maíz, un racimo de uvas, una fruta desconocida cuyo sabor me recordó el del higo, y
una gran jarra de agua. Creo que no había pan. Los rasgos de mi huésped eran
agudos y tenía algo singular en los ojos. No olvidaré ese rostro severo y pálido que no
volveré a ver. No gesticulaba al hablar.
Me trababa la obligación del latín, pero finalmente le dije:
- ¿No te asombra mi súbita aparición?
- No - me replicó -, tales visitas nos ocurren de siglo en siglo. No duran mucho; a
más tardar estarás mañana en tu casa.
La certidumbre de su voz me bastó. Juzgué prudente presentarme:
- Soy Eudoro Acevedo. Nací en 1897, en la ciudad de Buenos Aires. He cumplido
 ya setenta años. Soy profesor de letras inglesas y americanas y escritor de cuentos

fantásticos.
- Recuerdo haber leído sin desagrado - me contestó - dos cuentos fantásticos. Los
Viajes del Capitán Lemuel Gulliver, que muchos consideran verídicos, y la Suma
Teológica. Pero no hablemos de hechos. Ya a nadie le importan los hechos. Son meros
puntos de partida para la invención y el razonamiento. En las escuelas nos enseñan la
duda y el arte del olvido. Ante todo el olvido de lo personal y local. Vivimos en el
tiempo, que es sucesivo, pero tratamos de vivir sub specie aeternitatis. Del pasado nos
quedan algunos nombres, que el lenguaje tiende a olvidar. Eludimos las inútiles
precisiones. No hay cronología ni historia. No hay tampoco estadísticas. Me has dicho
que te llamas Eudoro; yo no puedo decirte cómo me llamo, porque me dicen alguien.
- ¿Y cómo se llamaba tu padre?
- No se llamaba.
En una de las paredes vi un anaquel. Abrí un volumen al azar; las letras eran claras
e indescifrables y trazadas a mano. Sus líneas angulares me recordaron el alfabeto
rúnico, que, sin embargo, sólo se empleó para la escritura epigráfica. Pensé que los
hombres del porvenir no sólo eran más altos sino más diestros. Instintivamente miré los
largos y finos dedos del hombre.
Éste me dijo:
- Ahora vas a ver algo que nunca has visto.
Me tendió con cuidado un ejemplar de la Utopía de More, impreso en Basilea en el
año 1518 y en el que faltaban hojas y láminas.
No sin fatuidad repliqué:
- Es un libro impreso. En casa habrá más de dos mil, aunque no tan antiguos ni tan
preciosos.
Leí en voz alta el título.
El otro se rió.
- Nadie puede leer dos mil libros. En los cuatro siglos que vivo no habré pasado de
una media docena. Además no importa leer sino releer. La imprenta, ahora abolida, ha
sido uno de los peores males del hombre, ya que tendió a multiplicar hasta el vértigo
textos innecesarios.
- En mi curioso ayer - contesté -, prevalecía la superstición de que entre cada tarde
y cada mañana ocurren hechos que es una vergüenza ignorar. El planeta estaba
poblado de espectros colectivos, el Canadá, el Brasil, el Congo Suizo y el Mercado
Común. Casi nadie sabía la historia previa de esos entes platónicos, pero sí los más
ínfimos pormenores del último congreso de pedagogos, la inminente ruptura de
relaciones y los mensajes que los presidentes mandaban, elaborados por el secretario
del secretario con la prudente imprecisión que era propia del género.
Todo esto se leía para el olvido, porque a las pocas horas lo borrarían otras
trivialidades. De todas las funciones, la del político era sin duda la más pública. Un
embajador o un ministro era una suerte de lisiado que era preciso trasladar en largos y
ruidosos vehículos, cercado de ciclistas y granaderos y aguardado por ansiosos
fotógrafos. Parece que les hubieran cortado los pies, solía decir mi madre. Las
imágenes y la letra impresa eran más reales que las cosas. Sólo lo publicado era
verdadero. Esse est percipi (ser es ser retratado) era el principio, el medio y el fin de
nuestro singular concepto del mundo. En el ayer que me tocó, la gente era ingenua;
 creía que una mercadería era buena porque así lo afirmaba y lo repetía su propio

fabricante. También eran frecuentes los robos, aunque nadie ignoraba que la posesión
de dinero no da mayor felicidad ni mayor quietud.
- ¿Dinero? - repitió -. Ya no hay quien adolezca de pobreza, que habrá sido
insufrible, ni de riqueza, que habrá sido la forma más incómoda de la vulgaridad. Cada
cual ejerce un oficio.
- Como los rabinos - le dije.
Pareció no entender y prosiguió.
- Tampoco hay ciudades. A juzgar por las ruinas de Bahía Blanca, que tuve la
curiosidad de explorar, no se ha perdido mucho. Ya que no hay posesiones, no hay
herencias. Cuando el hombre madura a los cien años, está listo a enfrentarse consigo
mismo y con su soledad. Ya ha engendrado un hijo.
- ¿Un hijo? - pregunté.
- Sí. Uno solo. No conviene fomentar el género humano. Hay quienes piensan que
es un órgano de la divinidad para tener conciencia del universo, pero nadie sabe con
certidumbre si hay tal divinidad. Creo que ahora se discuten las ventajas y desventajas
de un suicidio gradual o simultáneo de todos los hombres del mundo. Pero volvamos a
lo nuestro.



Asentí.
- Cumplidos los cien años, el individuo puede prescindir del amor y de la amistad.
Los males y la muerte involuntaria no lo amenazan. Ejerce alguna de las artes, la
filosofía, las matemáticas o juega a un ajedrez solitario. Cuando quiere se mata. Dueño
el hombre de su vida, lo es también de su muerte.
- ¿Se trata de una cita? - le pregunté.
- Seguramente. Ya no nos quedan más que citas. La lengua es un sistema de citas.
- ¿Y la grande aventura de mi tiempo, los viajes espaciales? - le dije.
- Hace ya siglos que hemos renunciado a esas traslaciones, que fueron
ciertamente admirables. Nunca pudimos evadirnos de un aquí y de un ahora.
Con una sonrisa agregó:
- Además, todo viaje es espacial. Ir de un planeta a otro es como ir a la granja de
enfrente. Cuando usted entró en este cuarto estaba ejecutando un viaje espacial.
- Así es - repliqué. También se hablaba de sustancias químicas y de animales
zoológicos.
El hombre ahora me daba la espalda y miraba por los cristales. Afuera, la llanura
estaba blanca de silenciosa nieve y de luna.
Me atreví a preguntar:
- ¿Todavía hay museos y bibliotecas?
- No. Queremos olvidar el ayer, salvo para la composición de elegías. No hay
conmemoraciones ni centenarios ni efigies de hombres muertos. Cada cual debe
producir por su cuenta las ciencias y las artes que necesita.
- En tal caso, cada cual debe ser su propio Bernard Shaw, su propio Jesucristo y su
propio Arquímedes.
Asintió sin una palabra. Inquirí:
- ¿Qué sucedió con los gobiernos?
- Según la tradición fueron cayendo gradualmente en desuso. Llamaban a elecciones, 
declaraban guerras, imponían tarifas, confiscaban fortunas, ordenaban

arrestos y pretendían imponer la censura y nadie en el planeta los acataba. La prensa
dejó de publicar sus colaboraciones y sus efigies. Los políticos tuvieron que buscar
oficios honestos; algunos fueron buenos cómicos o buenos curanderos. La realidad sin
duda habrá sido más compleja que este resumen.
Cambió de tono y dijo:
- He construido esta casa, que es igual a todas las otras. He labrado estos muebles
y estos enseres. He trabajado el campo, que otros cuya cara no he visto, trabajarán
mejor que yo. Puedo mostrarte algunas cosas.
Lo seguí a una pieza contigua. Encendió una lámpara, que también pendía del
cielorraso. En un rincón vi un arpa de pocas cuerdas. En las paredes había telas
rectangulares en las que predominaban los tonos del color amarillo. No parecían
proceder de la misma mano.
- Ésta es mi obra - declaró.
Examiné las telas y me detuve ante la más pequeña, que figuraba o sugería una
puesta de sol y que encerraba algo infinito.
- Si te gusta puedes llevártela, como recuerdo de un amigo futuro - dijo con palabra
tranquila.
Le agradecí, pero otras telas me inquietaron. No diré que estaban en blanco, pero
sí casi en blanco.
- Están pintadas con colores que tus antiguos ojos no pueden ver.
Las delicadas manos tañeron las cuerdas del arpa y apenas percibí uno que otro
sonido.
Fue entonces cuando se oyeron los golpes.
Una alta mujer y tres o cuatro hombres entraron en la casa. Diríase que eran
hermanos o que los había igualado el tiempo. Mi huésped habló primero con la mujer.
- Sabía que esta noche no faltarías. ¿Lo has visto a Nils?
- De tarde en tarde. Sigue siempre entregado a la pintura.
- Esperemos que con mejor fortuna que su padre.
Manuscritos, cuadros, muebles, enseres; no dejamos nada en la casa.
La mujer trabajó a la par de los hombres. Me avergoncé de mi flaqueza que casi no
me permitía ayudarlos. Nadie cerró la puerta y salimos, cargados con las cosas. Noté
que el techo era a dos aguas.
A los quince minutos de caminar, doblamos por la izquierda. En el fondo divisé una
suerte de torre, coronada por una cúpula.
- Es el crematorio - dijo alguien -. Adentro está la cámara letal. Dicen que la inventó
un filántropo cuyo nombre, creo, era Adolfo Hitler.
El cuidador, cuya estatura no me asombró, nos abrió la verja.
Mi huésped susurró unas palabras. Antes de entrar en el recinto se despidió con un
ademán.
- La nieve seguirá - anunció la mujer.
En mi escritorio de la calle México guardo la tela que alguien pintará, dentro de
miles de años, con materiales hoy dispersos en el planeta.

Cuento publicado en "El libro de Arena"

Digitalizado por Hugo Vega

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