domingo, 17 de mayo de 2015

Gerardo Lewin (Buenos Aires , 1955)






Guerra



Ven, acércate mientras hacia tí avanzo.

Matémonos,

Démonos mutua muerte,
en un todo de acuerdo,
en nada concordando
sino en asesinarnos.

Estás de más en este mundo
así como yo sobro.
Y nada justifica mi existencia
pues todo contribuye a que te mueras.

Hemos hablado ya más de la cuenta.
Era todo mentira cuanto dije
y cuanto me juraste, falso.
Nunca habrá paz entre nosotros,
yo te aniquilaré
hasta acabar con tu recuerdo.
Tú me destruirás
 y sólo seré una lejana niebla.

Ven, cualquier método es bueno.

Alcemos torres de palabras,
altas almenas desde donde arrojarnos
vientos de odio, flechas envenenadas.

Enviarás contra mí a tus ángeles ardiendo,
a los jinetes ebrios de tu gloria.
Lanzaré contra tí multitud de poetas,
un ejército de sacerdotes.

Busquemos los hermosos rostros
de los jóvenes puros
y hagamos que se degüellen
los unos a los otros.

Batallemos sin fin, sin esperanza.
Hagamos de la tierra un único,
un infinito cementerio permanente.

(de Amores Muertos, 2003, El Jabalí)






Diálogo informal en el andén con mi amiga, la bella suicida

 
Mira, querida amiga, – dije –
ya ves que la locomotora avanza.
Enfrentas decisiones cruciales e inmediatas
y no hemos podido hablar aún
del dolor ni del sentido de la vida.

Es verdad – replicó
mientras un aire rubio la obligaba a guiñar –
pero, ¿cómo fue que llegamos aquí?
¿es cierto que este tren nos llevaría
a antípodas ciudades, ignorantes
de la moderna tristeza que adoptamos,
donde es posible contraer sacras nupcias con árboles
y envejecer petrificados
hasta que las pupilas se nos llenen de astillas?

No creo ya que todo eso exista
sino como un ejemplo otro
de la desilusión del yo,
de la disolución del yo,
de la desolación del yo,
– suspiré –
¿Por qué no vamos a bailar,
a comer algo, a tomar un café?

Nada me queda claro de lo dicho.
Todo se me ha borrado
como una certidumbre despeñada.
¿Es que hubo alguna vez amor entre nosotros
– dijo –
o éramos personajes
de una aplaudida telenovela vespertina,
en la que yo vestía un trajecito gris
y caía la lluvia?

El suelo tiembla – comprobé turbado –
Mira: la muerte ya está sobre nosotros.
¿Qué palabras debo decirte ahora
en esta nueva noche que se cierne?

Sólo di: ¡resucita!













Tránsito II

Reptan los autos
bajo la luz tajante.

Zully viene hacia mí.

Tacho y reescribo
una palabra: naufragio.
Náufrago soy
en el mar
de estos últimos minutos.

He estado martillando en el silencio.

¿No te has perdido, amor,
en las esquinas de perversa magia,
en futuros que ansiamos olvidar?

Todo se me resbala y cae,
aliento de otros días derramado
como es, ahora, la taza del café.

¿Vienes ya?
Me aferro al recuerdo de tu voz
al borde de un abismo pequeño,
casi sin importancia:
“No te olvides de llamarme”
o “Vida, qué quisieras cenar”.


del libro "Nombre impropio + Transito " 2016



Último invierno en Polonia


Eran seis o siete cadáveres balanceándose,
colgando silenciosos de un largo travesaño.

En la foto los mece un viento helado.

Al pie, en yidish,  una leyenda que olvidé
y que ahora traduzco:

Estos son los nombres
de los muertos sin patria,
de los muertos sin rostro,
de los muertos sin madre,
de los muertos que no fueron sumados
a la cuenta final
en el último invierno de Polonia.
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