domingo, 19 de abril de 2015

Los poemas de Sigfrido Radaelli por Carlos Mastronardi




Sobre el libro " Hombre Callado"

Desde su título, este libro de Sigfrido Radaelli anuncia una definida posición ante el mundo y es símbolo de una naturaleza moral, sin duda nada común. Los poemas que integran “Hombre callado”, en cuanto dicen de contención y recato, responden con fidelidad a su título. Se diría la emancipación natural del alma donde se formaron. Nunca como en este caso el signo corresponde con mayor justeza a la cosa significada. En efecto, el carácter y la sensibilidad de Radaelli se evidencian sin sacrificio en estos versos que son fruto de una morosa y amorosa dedicación a cuatro o cinco asuntos esenciales. 
He hablado de contención y recato. La misma vida de Radaelli, que escribió poemas desde los años de su primera juventud pero que los retuvo como si hubiera querido remirarlos largamente y en secreto, prueba que los precedentes asertos nada tienen de gratuitos. Ahora nos da su primer libro de versos. Con decorosa cautela y con inusual modestia, tras muchos años de silencio voluntario, hoy suma su voz al coro de nuestra lírica. En una época que tiende a la cuantificación y en que el ideal burgués de la producción en masa todo lo invade, mantiene una conducta singular y adopta una actitud extraordinaria. 

En nuestro siglo, fuertemente proyectado hacia los valores pragmáticos y hacia la idolatría materialista del hecho, la gente no es juzgada por lo que es, sino por lo que hace. Nada más ajeno a la vida teorética o contemplativa que singularizó a ciertos períodos clásicos. El reino artístico se diría sometido a un imperioso anhelo de producción, anhelo que, de ser nuestros coetáneos, mucho hubiera sorprendido al sobrio Mallarmé, al suscinto Rimbaud. 
Estimo pues, digno de subrayarse la discreta actitud de Radaelli, que en vez de darnos una ambiciosa suma lírica ha preferido hacernos el don de un libro prieto, pero dotado de una intensidad y de una trémula riqueza que tendrán felices resonancias en el ánimo de sus lectores. 
He señalado una grata disidencia, hecha de mesura y de recato. Quiero decir dos palabras acerca de los versos de “Hombre callado”. El paso del tiempo, el sentimiento de lo perecedero asoma en sus páginas, pero esa condición sombría de todo lo humano está contrapesada por una intuición de perennidad, por una visión confortada del mundo y del destino. Afirma nuestro poeta que no hay caducidad sino olvido y desmemoria. Rastrea esencias inmortales y nos enseña que lo caedizo y fugaz no serían tales si no nos acompañase el sentimiento de lo eterno. Esta moralidad luminosa, esta concepción alentadora reaparece en muchas páginas de “Hombre callado”. 
Una exaltación que no excluye el apacible tono coloquial, una elocuencia sin elocuencia, imprime su tono a estos admirables poemas. El poeta se acerca a las cosas y las vidas; un manso franciscanismo lo consustancia con la verdad de todo lo creado. Otras veces lo desvelan los grandes enigmas; entonces su conmovedora voz pide la cifra de aquello que nos rige desde la sombra. Pero su palabra siempre es afirmativa y celebratoria. 
Huelgan mis consideraciones, ya que toda poesía firme se impone como una evidencia, como un hecho de la naturaleza. Me limito, pues, a proponer el contacto directo con este libro donde se hermanan la palabra y la delicadeza, el vigor y la ternura. 

Hombre callado, poemas, por Sigfrido Radaelli, con dibujos de Leopoldo Presas, Editorial Sudamericana, Buenos Aires. 

Publicado en EL DIARIO ( Parana ), el 13 de octubre de 1966 
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